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FIESTA DEL SANTÍSIMO CRISTO
Fuenlabrada - 2006

En torno a la mesa del altar, en esta fiesta del Santísimo Cristo que tantas resonancias afectivas despierta, especialmente en los que habéis nacido y vivido siempre en Fuenlabrada, el Señor nos convoca y nos llama para estar con Él, para escuchar su Palabra, para manifestarle con gozo que queremos seguirle y para caminar con Él en el camino de la vida. Y nosotros hemos respondido a su llamada con nuestra presencia aquí, en un ambiente de fraternidad y de fiesta y queremos hoy acompañarle con nuestros cantos, con nuestra plegaria y con nuestra fe. En medio de la rutina diaria necesitamos estos momentos de expansión, de fiesta y de encuentro familiar para que Cristo desde la cruz nos recuerde las cosas esenciales de la vida y nos consuele en la tribulación. Contemplando el rostro del Señor, crucificado por amor, queremos hoy renovar nuestro deseo más íntimo de quitar de nosotros todo lo que estorba para el encuentro con Cristo, de acudir a los sacramentos, particularmente al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón de los pecados, actualizar en nosotros la gracia bautismal y orientar nuestra vida definitivamente según la luz del Evangelio.

Celebramos esta fiesta del Santísimo Cristo en el marco litúrgico de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. En el oficio de lecturas leíamos esta mañana estas preciosas palabras de san Andrés de Creta: “Por la Cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales (...) Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual, y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye al estado de justicia original”

Este misterio de amor que es la cruz de Cristo quiso el Señor anticiparlo, en la Última Cena, en el Misterio Eucarístico. Os invito especialmente en este día a contemplar el rostro de Cristo en el pan y en el vino consagrados, donde el Señor ha querido permanecer con nosotros, acompañando y dando unidad a su Iglesia hasta el final de los tiempos.

Este año nuestra Iglesia Diocesana, en sus diversas parroquias e instituciones, ha vivido momentos verdaderamente luminosos, que, sin duda, producirán frutos muy abundantes. Quiero referirme, en primer lugar, a la numerosa participación diocesana en la Jornada Mundial de las familias, celebrada en Valencia, con su Santidad Benedicto XVI, el pasado mes de Julio. Fue ciertamente un encuentro feliz para todos y un momento de afirmación de lo que la familia significa en el plan de Dios. La familia, santuario de la vida, del amor y de la fe tiene un papel decisivo e insustituible para la construcción de una sociedad en paz donde se respete el valor inviolable de la vida y se promueva la dignidad de la persona humana.

“La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya, sobre todo, en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y la compresión mutuas (...) La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. La familia es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida es una gran responsabilidad de todos” (Benedicto XVI Encuentro Mundial con las familias. Homilía de la Vigilia de oración. Valencia 8-7-06)

En este día de fiesta, le damos gracias a Dios por la experiencia eclesial, intensa, gozosa y multitudinaria de Valencia y le pedimos que nos conceda la gracia de ser verdaderos apóstoles del “Evangelio de la Familia”. Los esposos cristianos viviendo una auténtica espiritualidad matrimonial, fundamentada en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en el magisterio de la Iglesia y en el sacramento del perdón, han de ser verdaderos apóstoles para sus propios hijos y para otras familias, convirtiendo su amor de esposos en signo y sacramento del amor irrevocable de Cristo a su Iglesia, siendo generosos en su apertura al don de la vida, acogiendo a los hijos no tanto como un derecho que les pertenece, sino como un regalo de Dios que han de cuidar con esmero y haciendo de sus hogares, a ejemplo del hogar de Nazaret, un lugar donde los hijos crezcan en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

Haciendo memoria de la obra que Dios va realizando entre nosotros, creo que hay que destacar, el trabajo evangelizador que se está haciendo con los jóvenes. Además de la tarea ordinaria que se viene haciendo en la catequesis y en los diversos grupos de pastoral juvenil, tenemos que dar gracias a Dios por los momentos en que los jóvenes de la diócesis han vivido el gozo de sentirse Iglesia y de encontrarse personalmente con Cristo en peregrinaciones, campamentos, experiencia misioneras y en multitud de encuentros de oración, celebraciones litúrgicas, retiros espirituales o convivencias en los que han sentido la cercanía de Dios y han escuchado en su intimidad la voz del Maestro que les decía: “Ven y sígueme. No tengas miedo y acércate a Mi para encontrar todo lo que tu corazón busca; y para descubrir en mi Palabra, proclamada en la Iglesia, la fuente de donde brota la Verdad más auténtica y el amor más limpio y la alegría más luminosa y la paz que más serena el corazón”.

Hoy quiero invitar a los jóvenes de Fuenlabrada y a los sacerdotes y catequistas que les acompañan a la gran Misión Juvenil Diocesana que nos disponemos a comenzar en este curso y en cuya preparación, muchos de vosotros ya estáis participando. Los evangelizadores de los jóvenes tienen que ser los mismos jóvenes. La Iglesia os llama y os necesita para que lleguéis a muchos compañeros, amigos o vecinos vuestros que se sienten perdidos, buscando una felicidad que nunca encuentran porque la buscan mal o porque no saben donde buscarla o porque son víctimas de intereses ideológicos o simplemente comerciales, que lo que intentan es manipularlos, anulando su libertad y aprovechándose de ellos.

Hay muchos jóvenes que están esperando que alguien se acerque a ellos para responder a sus preguntas y para escuchar sus preocupaciones y para llenar sus muchos momentos de soledad y para descubrirles su dignidad de hijos de Dios y devolverles su capacidad inmensa de entrega a los ideales más nobles. Muchos jóvenes están necesitando que, aquellos que han descubierto el tesoro maravilloso del encuentro con Cristo y con la Iglesia, les ofrezcan caminos por los que ellos puedan encauzar toda su energía vital orientándola hacia el amor a Dios y a los hermanos de tal manera que saliendo de un egoísmo estéril, que no lleva a ninguna parte y que sólo engendra tristeza, puedan descubrir en la entrega a los hermanos un amor más grande: el Amor que es el fundamento de todo amor, el Amor que da sentido a todos los amores humanos, el Amor que es Dios mismo, que en Jesucristo, nacido de María Virgen, por obra del Espíritu Santo, asumiendo nuestra naturaleza humana, se ha hecho hermano nuestro y amigo nuestro, compartiendo con nosotros las alegría y la penas y muriendo en la cruz por amor para redimirnos de todo pecado y liberarnos de todas las esclavitudes.

La misión juvenil tiene que sacarnos de nuestras rutinas, tiene que despertarnos de nuestros adormecimientos y tiene que empujarnos con ímpetu para acudir a todos los lugares donde los jóvenes, viven o estudian o trabajan o llenan sus ratos de ocio para anunciarles con el testimonio de nuestras propias vidas a un Dios, amigo del hombre que quiere que los hombre tengan vida y una vida abundante y feliz y eterna. Tenemos que anunciarles, animados por la fuerza del Espíritu Santo y enriquecidos por sus dones, que ese Dios, en su Hijo Jesucristo, vivo y resucitado en la Iglesia, quiere liberarles de la atadura del pecado que esclaviza al hombre y no deja que resplandezca en él su dignidad de hijo de Dios.

La misión diocesana juvenil tiene que reforzar en todos nosotros el amor a la Iglesia y los lazos que nos unen. Nos tiene que ayudar a fortalecer nuestra comunión eclesial. Estamos unidos no sólo en la fe, en los sacramentos sino también en la misión, que es fruto de la caridad. No somos individuos aislados que viven su relación con Dios de una manera subjetiva, condicionada por la emotividad o por el puro sentimiento. Somos miembros del Cuerpo de Cristo y, por eso, el Señor nos invita a superar cualquier tentación de particularismo para trabajar, como Iglesia Diocesana, en esta gran misión dirigida a los jóvenes

Acudamos hoy con mucha confianza al Señor para que nos alcance la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana, y para que, dejándonos transformar por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo a la construcción de un mundo en el que, respetando las legítimas diferencias, resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios.

Que la cruz salvadora de Cristo nos llene de su luz y todos los días podamos decir como el apóstol Pablo: “”vivo yo, pero no soy yo es Cristo quien vive en mi. Y, mientras vivo en esta carne, vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mi” (Gal. 2,19 sig.)

Que la santísima Virgen, Madre del Redentor y Madre nuestra, que junto a la cruz de su Hijo permaneció obediente a la voluntad del Padre interceda por nosotros y nos conduzca a la gloria de la resurrección. Amen.

 

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