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Ntra. Sra. del Rosario – Valdemoro
(8 de Septiembre de 2006)

La Virgen María nos convoca un año más en esta fiesta litúrgica de su Natividad para dar gracias a Dios nuestro Padre por todos los dones y gracias que hemos recibido durante el año de su divina misericordia; y, también, para poner ante Él, junto a María como intercesora, nuestras preocupaciones y sufrimientos pidiéndole luz y fortaleza para afrontarlos con fe.

Realmente la fiesta de hoy es una fiesta de familia. Nos sentimos contentos de estar con nuestra Madre, a la que Valdemoro invoca especialmente con el nombre de Ntra. Sra. del Rosario. El Santo Rosario es una oración familiar y humilde. Es la oración de los sencillos. Una oración que está al alcance de todos. Pero una oración que, en su sencillez, encierra una gran hondura teológica y espiritual. Rezar el Rosario es ir recorriendo con una mirada contemplativa los misterios de la vida de Ntro. Sr. Jesucristo, misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria, de la mano de María, repitiendo una y otra vez la oración del Ave María, en la que saludamos a nuestra Madre con las palabras del Ángel de la Anunciación, y pedimos a Ntra. Sra. que nos ayude “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Juan Pablo II, en su carta apostólica sobre el Santo Rosario nos decía que el Rosario nos ayuda a recordar a Cristo con María, a comprender a Cristo con María, a rogar a Cristo con María y a anunciar a Cristo con María. Tenemos que recuperar esta preciosa oración y convertirla, como ha sido durante siglos, en la oración familiar por excelencia.

Por eso, invocar . a María como Ntra. Sra. del Rosario, da también a nuestro encuentro festivo de hoy un tono de sencillez y familiaridad que nos permite compartir nuestros inquietudes más hondas y nuestros deseos más sinceramente buscados.

Este año la Iglesia de Valdemoro, en sus diversas parroquias e instituciones, ha vivido momentos verdaderamente luminosos, que, sin duda, producirán frutos muy abundantes.

Quiero referirme, en primer lugar, a la numerosa participación de Valdemoro en la Jornada Mundial de las familias, celebrada en Valencia, con su Santidad Benedicto XVI, el pasado mes de Julio. Fue ciertamente un encuentro feliz para todos y un momento de afirmación de lo que la familia significa en el plan de Dios. La familia, santuario de la vida, del amor y de la fe tiene un papel decisivo e insustituible para la construcción de una sociedad en paz donde se respete el valor inviolable de la vida y se promueva la dignidad de la persona humana.

“La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya, sobre todo, en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y la compresión mutuas (...) La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. La familia es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida es una gran responsabilidad de todos” (Benedicto XVI. Encuentro mundial con las familias. Homilía de la Vigilia de oración. Valencia 8-7-06)

En este día de fiesta, junto a María, nuestra Madre, le damos gracias a Dios por la experiencia eclesial, intensa, gozosa y multitudinaria de Valencia y le pedimos que nos conceda la gracia de ser verdaderos apóstoles del “Evangelio de la Familia”. Los esposos cristianos viviendo una auténtica espiritualidad matrimonial, fundamentada en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en el magisterio de la Iglesia y en el sacramento del perdón, han de ser - y así se lo pedimos a al Virgen - verdaderos apóstoles para sus propios hijos y para otras familias, convirtiendo su amor de esposos en signo y sacramento del amor irrevocable de Cristo a su Iglesia, siendo generosos en su apertura al don de la vida, acogiendo a los hijos no tanto como un derecho que les pertenece, sino como un regalo de Dios que han de cuidar con esmero y haciendo de sus hogares, a ejemplo del hogar de Nazaret, un lugar donde los hijos crezcan en edad, sabiduría y gracia
ante Dios y ante los hombres.

Haciendo memoria de la obra que Dios va realizando en vosotros, en Valdemoro, creo que hay que destacar, el trabajo evangelizador que se está haciendo con los jóvenes. Además de la tarea ordinaria que se viene realizando en la catequesis y en los diversos grupos de pastoral juvenil, tenemos que dar gracias a Dios por los momentos en que los jóvenes de Valdemoro han vivido el gozo de sentirse Iglesia y de encontrarse personalmente con Cristo en peregrinaciones, campamentos, experiencia misioneras y en multitud de encuentros de oración, celebraciones litúrgicas, retiros espirituales o convivencias en los que han sentido la cercanía de Dios y han escuchado en su intimidad la voz del Maestro que les decía: “Ven y sígueme. No tengas miedo y acércate a Mi para encontrar todo lo que tu corazón busca; y para descubrir en mi Palabra, proclamada en la Iglesia, la fuente de donde brota la Verdad más auténtica y el amor más limpio y la alegría más luminosa y la paz que más serena el corazón”.

Hoy quiero invitar a los jóvenes de Valdemoro y a los sacerdotes y catequistas que los acompañan a la gran Misión Juvenil Diocesana que nos disponemos a comenzar en este curso y en cuya preparación, muchos de vosotros ya estáis participando. Los evangelizadores de los jóvenes tienen que ser los mismos jóvenes. La Iglesia os llama y os necesita para que lleguéis a muchos compañeros, amigos o vecinos vuestros que se sienten perdidos, buscando una felicidad que nunca encuentran porque la buscan mal o porque no saben donde buscarla o porque son víctimas de intereses ideológicos o simplemente comerciales, que lo que intentan es manipularlos, anulando su libertad y aprovechándose de ellos.

Hay muchos jóvenes que están esperando que alguien se acerque a ellos para responder a sus preguntas y para escuchar sus preocupaciones y para llenar sus muchos momentos de soledad y para descubrirles su dignidad de hijos de Dios y devolverles su capacidad inmensa de entrega a los ideales más nobles. Muchos jóvenes están necesitando que, aquellos que han descubierto el tesoro maravilloso del encuentro con Cristo y con la Iglesia, les ofrezcan caminos por los que ellos puedan encauzar toda su energía vital orientándola hacia el amor a Dios y a los hermanos de tal manera que saliendo de un egoísmo estéril, que no lleva a ninguna parte y que sólo engendra tristeza, puedan descubrir en la entrega a los hermanos un amor más grande: el Amor que es el fundamento de todo amor, el Amor que da sentido a todos los amores humanos, el Amor que es Dios mismo, que en Jesucristo, nacido de María Virgen, por obra del Espíritu Santo, asumiendo nuestra naturaleza humana, se ha hecho hermano nuestro y amigo nuestro, compartiendo con nosotros las alegría y la penas y muriendo en la cruz por amor para redimirnos de todo pecado y liberarnos de todas las esclavitudes.

La misión juvenil tiene que sacarnos de nuestras rutinas, tiene que despertarnos de nuestros adormecimientos y tiene que empujarnos con ímpetu para acudir a todos los lugares donde los jóvenes, viven o estudian o trabajan o llenan sus ratos de ocio para anunciarles con el testimonio de nuestras propias vidas a un Dios, amigo del hombre que quiere que los hombre tengan vida y una vida abundante y feliz y eterna. Tenemos que anunciarles, animados por la fuerza del Espíritu Santo y enriquecidos por sus dones, que ese Dios, en su Hijo Jesucristo, vivo y resucitado en la Iglesia, quiere liberarles de la atadura del pecado que esclaviza al hombre y no deja que resplandezca en él su dignidad de hijo de Dios.

La misión diocesana juvenil tiene que reforzar en todos nosotros el amor a la Iglesia y los lazos que nos unen. Nos tiene que ayudar a fortalecer nuestra comunión eclesial. Estamos unidos no sólo en la fe, en los sacramentos sino también en la misión, que es fruto de la caridad. No somos individuos aislados que viven su relación con Dios de una manera subjetiva, condicionada por la emotividad o por el puro sentimiento. Somos miembros del Cuerpo de Cristo y, por eso, el Señor nos invita a superar cualquier tentación de particularismo para trabajar, como Iglesia Diocesana, en esta gran misión dirigida a los jóvenes

En este día de fiesta queremos proclamar con María nuestra confianza en Dios y nuestra inmensa gratitud por la maravillas que diariamente Dios realiza en medio de nosotros. Le pedimos a María que se cumpla en nosotros la bienaventuranza de los limpios de corazón para ser capaces de ver a Dios y sentir su consuelo en los acontecimientos de cada día.

Que la Virgen María que fue no solo la madre de Jesús sino también su discípula y que escuchó su Palabra y la puso por obra, nos acerque a su Hijo y nos ayude a ser discípulos fieles para que también nosotros escuchando su Palabra nos convirtamos para todos los hombres, especialmente para los más necesitados de amor, para los más pobres y los más débiles, auténticos testigos de su misericordia. Amén

 

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