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FIESTA DE LA VIRGEN DEL CONSUELO
Ciempozuelos-2005

En torno al altar del Señor, en esta fiesta de María, Consuelo de los afligidos, que tantas resonancias afectivas despierta en todos nosotros, especialmente en los que habéis nacido y vivido siempre en Cienpozuelos, la Virgen María nos convoca y nos llama para estar con su Hijo Jesucristo. para escuchar su Palabra, para manifestarle con gozo que queremos seguirle y para caminar con Él en el camino de la vida. Y nosotros hemos respondido a la llamada de María con nuestra presencia aquí, en un ambiente de fraternidad y de fiesta. Todo lo que dice relación con María tiene siempre aires fiesta y de familia. Y queremos hoy acompañar a nuestra Madre con nuestros cantos, con nuestra plegaria y con nuestra fe. En medio de la rutina diaria necesitamos estos momentos de expansión, de fiesta y de encuentro familiar con la Madre para que ella nos recuerde las cosas esenciales de la vida y nos consuele en la tribulación

María nos pone en el camino de la verdad y continuamente nos repite aquellas mismas palabras que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná: “haced lo que Él os diga”. Hoy volvemos a escuchar esas palabras. Y por eso, de la mano de María, en esta fiesta tan familiar , ponemos nuestros ojos en Jesús y de una manera muy especial, en este año de la Eucaristía, ponemos nuestros ojos en Jesucristo vivo y presente en el Misterio Eucarístico.

Hace pocas semanas más de setecientos jóvenes de la diócesis de Getafe peregrinaba a al ciudad alemana de Colonia para participar con el Papa Benedicto XVI en la vigésima Jornada mundial de la Juventud. Ha sido un acontecimiento eclesial y social de una gran magnitud. Era verdaderamente sorprendente ver invadidas de jóvenes, venidos de todos los continentes, las calles de Colonia y de las ciudades cercanas de Bön y Dusseldorf, acamando a Jesucristo y vitoreando al Papa. La autoridades y las fuerzas de orden público estaban verdaderamente sorprendidas al ver aquellas inmensas riadas de jóvenes, sin ningún altercado, sin ninguna violencia, sin alcohol y sin drogas, en un clima de fiesta, de paz y de alegría, con banderas de todos los países, con chicos y chicas de todas las razas, sintiéndose felices de pertenecer a la Iglesia y proclamando con su alegría y con sus cantos el inmenso gozo que brota del evangelio. Allí, verdaderamente estaba Jesucristo. En esos jóvenes se percibía la belleza de la vida cristiana y la esperanza de una nueva humanidad llena de amor a Dios y de respeto a la dignidad del ser humano.

El domingo 21 de Agosto un gran multitud de jóvenes, que posiblemente superaba el millón, en la gran explanada de Marienfeld participaba con un admirable respeto en la Eucaristía presidida por el Papa y escuchaba con un impresionante silencio las palabras del Santo Padre en su homilía. Y el Papa les hablaba de la Eucaristía. Y les invitaba a dejarse transformar por el Señor. Y les animaba a entrar en la “hora” de Jesús. Esa “hora” en la que Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en le mundo los amó hasta el extremo”. Y les exhortaba a dejarse arrastrar por esa dinámica transformadora del amor, para ser constructores de una humanidad nueva.

En esta fiesta de María, pidiendo su intercesión y acogiéndonos a su protección maternal quiero compartir con vosotros las palabras que sobre la Eucaristía el Papa dirigía los jóvenes, para que nosotros, con el ejemplo de nuestra fe seamos para ellos un verdadero modelo de vida cristiana.

¿Qué significa la Eucaristía? ¿Qué está realmente sucediendo cuando celebramos la Eucaristía?. “Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su sangre – decía el Papa a los jóvenes - Jesús anticipa su muerte en la cruz y la transforma en un acto de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Desde siempre todos los hombres esperan en
su corazón, de algún modo, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo”

Queridos hermanos, pidamos hoy, en su fiesta, a la Virgen María, que nos ayude a comprender, y que ayude a comprender a aquellos jóvenes que escuchaban atentamente al Papa, toda la fuerza transformadora que encierra el Misterio Eucarístico. En la Eucaristía el odio se transforma en amor y la muerte se transforma en vida. La Eucaristía significa la victoria del amor sobre todo tipo de destrucción, de violencia o de muerte. La Eucaristía nos introduce en el reino de la libertad y de la vida. Es, como decía el Papa “una explosión del bien que vence al mal” y que es capaz de suscitar toda una cadena de transformaciones que cambiarán el mundo. Esto es la redención. Y nosotros podemos entrar en ese dinamismo de la redención. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que nosotros mismos seamos transformados y para que nos comprometamos en ese
proceso de transformación del mundo por la fuerza del amor.

Vivimos momentos en nuestra sociedad y en nuestra cultura especialmente delicados. Hay valores esenciales que, bajo la capa de un falso progreso, están siendo claramente vulnerados: el valor y el respeto a la vida y a la dignidad de la persona humana, desde el momento mismo en que es concebida hasta su muerte natural; el valor de la familia como ese ámbito sagrado en el que, fruto del amor estable y fecundo de un hombre y de una mujer, de un padre y de una madre, el ser humano nace a la vida y crece y es educado en un clima de ternura y de acogida; y el valor de la libertad: una libertad entendida como esa capacidad del hombre para orientar su vida, no hacia el mal que le destruye sino hacia el bien, hacia la verdad, hacia la belleza y hacia todo aquello que le dignifica como persona y que le conduce a la felicidad; una libertad que tiene, entre sus manifestaciones más importantes, el derecho y la obligación de los padres de educar a sus hijos según sus propias convicciones religiosas y morales y que ha de ser protegido por las leyes, según establece nuestra Constitución, reconociendo el valor de la clase de religión en todos los centros de enseñanza y la posibilidad de que los padres puedan llevar a sus hijos, en igualdad de condiciones y sin ningún tipo de discriminación, a aquellos centros cuyo ideario sea más conforme con esas convicciones.

La Eucaristía nos empuja a un modo de vivir, activo, dinámico y transformador. Vivir la Eucaristía es entrar, como la Virgen María en el plan de Dios. La Eucaristía es acción de gracias, alabanza, bendición y transformación a partir del Señor. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida. Y especialmente la Eucaristía del domingo que es el día del Señor. No perdamos nunca el sentido del domingo como el día del Señor. El día en que Jesucristo, venciendo la muerte salió del sepulcro. El día de la nueva creación.

Y, en torno al domingo, tal como decía el Papa en Colonia a los jóvenes, construyamos comunidades vivas. Quien ha descubierto a Cristo siente en su corazón el deseo de llevar a otros hacia Él.. Quien ha descubierto a Cristo siente tal alegría que no puede guardársela para sí mismo. Siente la necesidad de transmitirla a los demás. Construyamos, en torno a la Eucaristía, comunidades cristianas que vivan el mandamiento del amor, teniendo todos en ellos un solo corazón; comunidades cristianas con capacidad de perdón, con sensibilidad hacia las necesidades de los demás, comprometidas en su servicio al prójimo y siempre dispuestas a compartir sus bienes con los demás.

Acudamos hoy con mucha confianza a María para que ella nos alcance de su Hijo la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana, y para que, dejándonos transformar por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo en la construcción de un mundo en el que, respetando la pluralidad de razas y culturas, resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios. “Pongámonos, sobre todo a la escucha de María, en quien el misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla, elevada al cielo en cuerpo y alma, vemos un resquicio del “cielo nuevo y de la tierra nueva” que se abrirán ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo” (I.E. 61). Que ella interceda por nosotros. Amen.

 

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