Homilías

Fiesta de la Epifania

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EPIFANÍA DEL SEÑOR
(6 de Enero de 2006)

En este precioso relato, que acabamos de escuchar, de los magos que vienen de Oriente, siguiendo una estrella, para adorar al Rey de los judíos, el evangelista S. Mateo nos ofrece una verdadera catequesis sobre la búsqueda de Dios, el modo de encontrarlo y la sorpresa de un encuentro que cambia la vida y nos descubre que el Dios de Belén es muy diferente del “dios” que con mucha frecuencia nos fabricamos en nuestra imaginación y que no es sino la proyección imaginaria de nuestras propias fantasías.

S. León Magno comentando este texto, nos dice: “Cuando los tres Magos fueron conducidos por el resplandor de una nueva estrella para venir a adorar a Jesús, ellos no le vieron expulsando demonios, resucitando a los muertos, dando vista a los ciegos, curando a los cojos, dando la facultad de hablar a los mudos, o en cualquier otro acto que revelara su poder divino; sino que vieron a un niño que guardaba silencio, tranquilo, confiado a los cuidados de su madre. No aparecía en Él ningún signo de su poder. Lo que apareció ante su vista fue el gran espectáculo de su humildad. Este Niño, al cual se había unido Dios, el Hijo de Dios, presentaba a sus miradas una enseñanza que mas tarde debía ser proclamada abiertamente, y lo que no profería aún el sonido de su voz el simple hecho de verle era ya una enseñanza. Toda la victoria del Salvador, que ha subyugado al diablo y al mundo, ha comenzado por la humildad y ha sido consumada por la humildad (...) Por eso amadísimos hermanos, la práctica de la sabiduría cristiana no consiste ni en la abundancia de palabras, ni en la habilidad para discutir, ni en el apetito de alabanza y de gloria, sino en la sincera y voluntaria humildad, que el Señor Jesucristo ha escogido y enseñado como verdadera fuerza desde el seno de su madre hasta el suplicio de la cruz (S. León Magno, Homilía VII- 37)

Los magos de Oriente representan a una humanidad que, con humildad, busca a Dios. Y Dios nunca abandona al que le busca. Todo el que busca a Dios lo encuentra. Desde el momento mismo de su nacimientoJesús aparece como la luz que brilla en las tinieblas. Toda la liturgia de hoy, solemnidad de la Epifanía (que significa “manifestación de Dios”) habla de la luz de Cristo. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén y que indicó el camino a los Magos hasta Belén, es la misma luz que resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar Dios.

Cuando los magos llegaron al lugar que la estrella les había indicado. “Entraron en la casa vieron al niño con María, y cayendo de rodillas le adoraron”.El final de su camino fue la adoración de un recién nacido, pobre y humilde. Algo desconcertante, que nunca hubieran imaginado. Pero, a partir de ese momento, como comentaba este verano el Papa a los jóvenes en Colonia, comienza para los magos una nueva y definitiva peregrinación. El encuentro con Dios en la pequeñez y humildad de un recién nacido va a significar un cambio radical en sus vidas y un modo nuevo de entender las cosas. Ellos habían imaginado encontrar a Dios de otra manera. Eran personas inquietas. Sabían que en el mundo había mucho desorden y mucha injusticia. Estaban convencidos de que Dios existía y de que Dios es justo y bondadoso. Y, como personas realistas e inteligentes, sabían que para arreglar las cosas es necesario tener influencia y poder. Posiblemente habían oído hablar de los grandes profetas de Israel, que anunciaban la llegada de un Rey y Mesías que restablecería el orden en el mundo. Y, ellos, que eran hombres que amaban la justicia y el derecho, se habían puesto en camino para encontrar a ese gran rey, para postrarse a sus pies y ofrecerse como colaboradores suyos en la renovación del mundo. Posiblemente habrían recibido muchas críticas por iniciar un camino lleno de incertidumbres y de riesgos. Muchos dirían de ellos que eran unos utópicos e ilusos que nunca sacarían provecho de esa arriesgada aventura. Por eso, conscientes de que lo que buscan es algo que supera sus propias fuerzas, al llegar a Jerusalén, preguntan a los doctores y tratan de buscar al Mesías en el palacio del rey. Pero no es ahí donde la estrella se detiene. Es más, en el palacio del rey se produce una gran conmoción ante la posibilidad de que alguien desconocido pusiera en peligro su poder: “El rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él”. Y pronto iba a empezar la trama para acabar con aquel que, según ellos, quería hacerles sombra. Pronto iba a empezar la persecución .

Los magos van aprendiendo que Dios es muy diferente a cómo nos lo imaginamos. El poder de Dios no entra en competencia con los poderes de este mundo.”Al poder estridente y pomposo de este mundo, Él contrapone el poder inerme del amor que en la Cruz – y después siempre en la historia – sucumbe y, sin embargo constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios”(Colonia-2005). No terminamos de entenderlo, el poder del mundo nos fascina. Imaginamos que sólo desde el poder es posible dirigir la historia. Fácilmente sucumbimos ante los movimientos culturales o sociales o políticos que están de moda. Sin darnos cuenta nos dejamos arrastrar por la corriente de lo más fácil y de lo menos comprometido. Pero los magos, ante el niño de Belén, descubren y ¡ojalá también nosotros descubramos!, que Dios es diverso. Y para encontrarle tenemos que dejar a un lado nuestras falsas seguridades. Y que para seguirle tenemos que convertirnos. Es necesario un cambio de mentalidad. Tenemos que movernos en otro plano. Tenemos que abrirnos a la verdad. Y la verdad sólo puede ser percibida por aquellos que la buscan con un corazón libre y humilde. Por eso Dios ha querido manifestarnos su Rostro y su poder, desde Belén hasta la cruz, en la humildad, en la pobreza, en el perdón y en la misericordia. Y sólo los humildes y los pobres y los misericordiosos tendrán la dicha de encontrarse con Él, cómo el mismo Señor nos dirá más tarde en la bienaventuranzas.

Lo mismo que los magos, en esta fiesta de la Epifanía, también nosotros, adorando al niño de Belén hemos de convertirnos. Hemos de olvidar nuestras manías de grandeza, y nuestro afán de ocupar los primeros puestos. Hemos de poner el corazón no en la codicia de poder o de riquezas sino en el único tesoro capaz de llenar de felicidad nuestras vidas que es Jesucristo pobre y humilde , que nos recibe y nos invita a compartir con Él una vida entregada a los hermanos por amor. Hemos de acomodar nuestras vidas, no al modo de ser de los poderes de este mundo, sino al modo de ser de Dios, al modo divino de ejercer el poder.

Así se lo decía el Papa este verano a los jóvenes en Colonia: “Los magos en Belén aprenden que su vida debe acomodarse a ese modo divino de ejercer el poder, a ese modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, de la bondad, del derecho, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán ¿para qué me sirve esto?. Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo?. Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, encontrarse a sí mismos.” (Colonia-2005).

La fuente de muchas angustias para el hombre de hoy viene de querer exprimir la realidad, en una carrera desenfrenada y con un afán egoísta, para sacar provecho de todo, pensando sólo en él y en sus gustos y en sus caprichos y en sus deseos de ser valorado y considerado importante por los demás, y a costa de lo que sea, incluso de su salud, sin tener en cuenta al que tiene delante y cerrándose a una comunicación personal y profunda que vaya más allá de lo meramente utilitario. Piensan que en eso consiste el poder. Pero una vida así, va de frustración en frustración y deja el corazón vacío y triste. Y a la vista están los estragos que una vida así produce en la familia y en la sociedad.

El Dios de Belén que descubren los magos nos habla de una vida y de una sabiduría diferentes. Es la sabiduría de Dios que colma de bienes a los pobres y despide vacíos a los ricos. Es la sabiduría que cambia el corazón del hombre, haciéndole más humano y sensible para percibir la belleza de lo pequeño y la grandeza de lo humilde. Sólo un corazón , así transformado por Dios, es capaz de cambiar el mundo. Los magos han sido los pioneros de este cambio del mundo y los primeros misioneros de la verdad revelada en Belén.. Y detrás de ellos ha venido toda una multitud de hombres y mujeres que con figurados con Cristo han sido testigos de esta sabiduría divina.

“Los magos que viene de Oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos de la fe la estrella de Dios, que han buscado a Dios que está cerca de nosotros (...) Es la muchedumbre de los santos (...) mediante los cuales el Señor nos ha abierto el Evangelio a lo largo de la historia (...) Son la estela luminosa que Dios ha dejado en el trascurso de la historia, y sigue dejando aún (...) Han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se ha de conseguir ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitarse (...) Los santos son los verdaderos reformadores (...) Sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo.”(Colonia-2005)

La fiesta de hoy nos anima a formar parte de esa gran muchedumbre de santos para seguir abriendo con ellos caminos al Evangelio y ser verdaderos reformadores de una cultura decadente, que quiere salvar al hombre alejándole de Dios. La fiesta de hoy nos anima a descubrir el verdadero rostro de Dios y convertirnos en estrella luminosa que conduzca a muchos hermanos nuestros a encontrarse con Cristo.

Como los magos, después de ver en Belén el Rostro de Dios,reinician una vida nueva así nosotros hemos de reiniciar constantemente, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía, nuestra vida para ser estrellas que lleven a Dios. Hemos de reiniciar, desde el misterio de Belén, nuestro compromiso cotidiano de santidad. Hemos de reiniciar con el poder de la gracia una vida cristiana marcada por la comunión, por la caridad y por nuestro testimonio en el mundo.

Que la Virgen María, estrella de la mañana, que preparó la venida del Señor, Luz del mundo, nos acompañe siempre en el camino de la vida e interceda por nosotros.

 

Santa Maria Madre de Dios

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SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
(Jornada de oración por paz – 2006)

La Iglesia quiere que comencemos el año contemplando el misterio de María Madre de Dios. “Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. Así rezaba el pueblo fiel acompañando a los padres conciliares, cuando en el año 431, en la ciudad de Éfeso, fue definido el dogma de la Maternidad Divina de María. Si María no fuese Madre de Dios, Jesús no sería Hijo de Dios, y si Jesús no fuera Hijo de Dios estaríamos sin Salvación.

María es Madre de Dios. La Salvación entró en el mundo por medio de María. Ella es la puerta por la que Dios entró en el mundo y Ella es también la puerta por la que el mundo entra en Dios. María no sólo es la Madre de Dios. También es nuestra Madre. Jesucristo en la cruz nos la entregó como Madre. Por eso podemos decir también que ella es el camino y la puerta para llegar a Cristo, el Hijo de Dios. Ella es el camino para llegar a Dios. “Dios y Señor nuestro que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de Aquella de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el Autor de la Vida”.

Por eso es muy apropiado celebrar en este día primero del año la Jornada Mundial de Oración por la Paz, pidiendo al Señor, por intercesión de María, el bien de la salvación más precioso: el bien de la paz.

Como todos los años el Papa ha dirigido su mensaje de paz a todos los hombres y mujeres del mundo: “Deseo hacer llegar un afectuoso saludo a todos los hombres y a todas las mujeres del mundo de modo especial a los que sufren a causa de la violencia y de los conflictos armados. Es también un deseo lleno e esperanza por un mundo más sereno, en el que aumente el número de quienes, tanto individualmente como comunitariamente, se esfuerzan por seguir las vías de la justicia y de la paz” (1).

Este año el Papa ha centrado su mensaje en la relación entre la verdad y la paz.. El lema de este año, que es “En la verdad, la paz”, se expresa la convicción de que, cuando el hombre se deja iluminar por el esplendor de la verdad, emprende de modo, casi natural, el camino de la paz (3).

Y es que la paz sólo es posible como fruto o resultado de un orden diseñado y querido por el amor de Dios. Para que haya paz es preciso respetar ese orden. Hay que vivir en coherencia con la verdad de ese orden, es decir, con la realidad de las cosas, tal como esa realidad ha sido creado por Dios. Y para que respetemos ese orden, esa realidad, Dios ha inscrito en el corazón de cada hombre, desde que el hombre es hombre, en todas las culturas y en todas las épocas una ley moral universal. Por eso cuando, quebrantando esa ley universal impresa en la naturaleza humana, no se respeta la vida humana, o no se respeta la familia o cuando se obstaculiza y se impide el desarrollo integral de la persona y la tutela de los derechos fundamentales; cuando muchos pueblos se ven obligados a sufrir injusticias y desigualdades intolerables ... , es imposible la paz. Sólo es posible la paz cuando se respeta y se realiza por completo la verdad del hombre (4).

Lo contrario de la verdad es la mentira, es negar la realidad, es contradecir ese orden querido por Dios, es inventarse “otra realidad”, según las propias conveniencias de cada uno. Y la mentira está relacionada con el drama del pecado y sus consecuencias perversas, que han causado y siguen causando efectos devastadores en la vida de los individuos y de las naciones (5).

La auténtica búsqueda de la verdad requiere tomar conciencia de que el problema de la verdad y la mentira concierne a cada hombre y a cada mujer, y que es decisivo para un futuro pacífico de la humanidad. Buscar la Verdad, amar la Verdad, ser testigos valientes de la Verdad. Todo esto supone:

· Conciencia de estar unidos por un mismo destino trascendente, valorando y teniendo en cuenta y valorando adecuadamente las legítimas diferencias.
· Promover una convivencia de todos los ciudadanos en una sociedad gobernada por la justicia.
· Cultivar relaciones fecundas y sinceras, buscando la reconciliación y el perdón y siendo fieles a la palabra dada.(6)

Jesucristo es quien nos revela la plena verdad del hombre y el sentido último de la historia. Jesucristo es la Verdad que nos da la paz. Con la fuerza de su gracia es posible estar en la verdad y vivir en la verdad.

Los grandes enemigos de la verdad y, por tanto, de la paz son el “nihilismo” y en el “fanatismo religioso” (fundamentalismo). Uno y otro están en la base de muchas formas de terrorismo.

Los nihilistas niegan la existencia de cualquier verdad. (casa edificada sobre arena; dictadura del relativismo)). Los fundamentalistas tiene la pretensión de imponer la “verdad” por la fuerza.

Unos y otros coinciden en le desprecio del hombre y de la vida y, en última instancia, en el desprecio de Dios. El “nihilismo” niega su existencia; el fundamentalismo fanático desfigura su Rostro benevolente y misericordioso.(8)

“Quien mata con atentados terroristas cultiva sentimientos de desprecio hacia la humanidad, manifestando desesperación ante la vida y el futuro” (Mensaje Jornada Mundial de la paz 2002,6).

Nuestra vocación cristiana nos impulsa en este día a intensificar en todas las partes del mundo el anuncio y el testimonio el evangelio de la paz.

Dios es Amor que salva. Dios es Padre amoroso que desea ver cómo sus hijos se reconocen entre ellos como hermanos. Dios es fuente inagotable de esperanza que da sentido a la vida personal y colectiva. Dios es el único que hace eficaz toda acción encaminada al bien y a la paz.

Y ese Dios se ha encarnado en el mundo por María. A Ella acudimos hoy como hijos pidiéndole que nos ayude a encontrarnos con su Hijo, Príncipe de la Paz, Autor de la Vida, Revelación del amor del Padre, Señor de la Historia, amigo y hermano nuestro, que nos conduce, por el don del Espíritu Santo, hacia el Padre, fuente inagotable de Verdad y de Amor.

PlandeEvangelizacion