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MISA CRISMAL - 2005

Queridos hermanos y amigos y especialmente queridos sacerdotes que hoy, en esta solemne concelebración de la Misa Crismal, vais a renovar ante el Pueblo de Dios vuestras promesas sacerdotales y vuestra comunión con el ministerio apostólico.

Dentro de unos momentos con la bendición del óleo de los enfermos y del óleo de los catecúmenos y con la consagración del santo crisma mostraremos la plena comunión, en el sacerdocio de Cristo, de los presbíteros con su Obispo y expresaremos el Misterio de una Iglesia que, ungida por el Espíritu Santo, engendra nuevos hijos en los sacramentos de la Iniciación Cristiana y cuida con amor a los que viven agobiados por el sufrimiento y la enfermedad.

Con esta celebración nos introducimos en el santo triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor, punto culminante de todo el año litúrgico. Todos los demás tiempos litúrgicos se encaminan a él y todos reciben de él su eficacia sacramental. La Misa Crismal queda especialmente vinculada al Jueves santo, día eminentemente sacerdotal y eucarístico. Un día en el que, como todos los años, el Santo Padre, a pesar de su débil estado de salud, nos ha dirigido, desde el hospital, una carta a todos los sacerdotes animándonos a vivir con gozo y con generosidad el don inmenso del sacerdocio que, para el bien de toda la Iglesia, el Señor ha querido regalarnos.

“Os envío mi mensaje desde el hospital (...), enfermo entre los enfermos, uniendo en la Eucaristía mi sufrimiento al de Cristo. Con este espíritu deseo reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de nuestra espiritualidad sacerdotal. Lo haré dejándome guiar por las palabras de la Institución de la Eucaristía, las que pronunciamos cada día “in persona Christi” para hacer presente en nuestros altares el sacrificio realizado una vez por todas en el Calvario. De ellas surgen indicaciones iluminadoras para la espiritualidad sacerdotal (...) Las palabras de la Institución de la Eucaristía no deben ser para nosotros únicamente una “fórmula consagratoria”, sino también una “fórmula de vida”(1)

Creo que en un día como hoy, en el que estamos reunidos una gran parte del presbiterio diocesano (y, en espíritu, todo el presbiterio)), nos será de mucho provecho meditar una a una las palabras de la Consagración, tal como el Papa nos lo indica en su carta, señalando las actitudes que han de configurar una existencia sacerdotal que teniendo como centro la Eucaristía, teniendo “forma eucarística”, irradie el amor y la entrega de Cristo en la cruz para la salvación de todo el género humano.

El Señor Jesús “la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos”. El primer sentimiento expresado por Jesús en el momento de partir el pan es el de dar gracias. La Eucaristía es acción de gracias. Y la existencia del sacerdote ha de ser una existencia profundamente agradecida. Todos los días hemos de dar gracias a Dios por haberse fijado en nosotros, a pesar de nuestros muchos fallos e incoherencias, y habernos llamado a vivir tan cerca de Él. Hemos de darle gracias por el don de la fe, por haberle conocido y amado y por haber experimentado constantemente en nuestras vidas su amor incondicional, y su perdón. Hemos de darle gracias por habernos confiado el ministerio de la reconciliación, haciéndonos cauce e instrumento de su misericordia y testigos su amor desbordante. Hemos de darle gracias porque ser sacerdote de Cristo llena el corazón de tal manera que lo hace capaz, con la gracia divina, de llegar hasta los abismos más profundos del ser humano para llenarlos de esperanza con la luz del evangelio y mostrarles la belleza de la vida que surge del encuentro con el Señor. Hemos de darle gracias porque ser sacerdote nos permite estar como Jesús, junto al pozo de Jacob, que es la Iglesia, para ofrecer el agua viva, el don del Espíritu, a tantos hombres y mujeres, que sedientos de vida eterna, como la samaritana, acuden a nosotros para calmar su sed.

La existencia del sacerdote es también, nos dice el Papa una existencia entregada como la de Jesús nuestro Maestro y Señor. “Tomad y comed esto es mi Cuerpo (...)Tomad y bebed esta es mi Sangre (...) La autodonación de Cristo,- explica el Santo Padre - que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios–Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena.” (4) Los Sacerdotes cuando repetimos las palabras de la consagración nos sentimos implicados en esa entrega del Señor. Cuando decimos “tomad y comed” estamos poniendo nuestras vidas a disposición de la comunidad y al servicio de los más necesitados. Cuando presidimos la Eucaristía estamos participando en el misterio de la cruz redentora de Cristo. La vida del sacerdote sólo tiene sentido si es una vida entregada, como la del Señor. Sólo tiene sentido si en la entrega a los hermanos está nuestro gozo. Sólo tiene sentido si haciendo de nuestra vida un don para los demás encontramos la verdadera alegría. La caridad pastoral, a ejemplo de Cristo que “amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5,23) debe marcar nuestras vidas con una constante actitud de disponibilidad dejándonos, en muchos momentos, absorber por las necesidades y exigencias de aquellos que nos han sido confiados. Esto es lo que Jesús pide a los apóstoles con el signo del lavatorio de los pies, esto es lo que el Pueblo de Dios espera de nosotros y esto es, en definitiva, lo que colmará de felicidad nuestra vida.

La existencia del sacerdote, continua el Santo Padre , es una existencia que ha experimentado en sí misma la salvación del Señor y por eso, desde la propia experiencia puede anunciar a otros la salvación que viene de Cristo. La existencia del sacerdote, dice el Papa, es una existencia “salvada” y para salvar. “Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros... esta es mi sangre que será derramada por vosotros y por todos los hombres”. Nosotros somos cauce e instrumento de esa salvación que Cristo ofrece a los hombres, una salvación integral y universal, una salvación que llega al hombre entero y a todos los hombres. Nosotros, salvados por Cristo, reconstruidos y regenerados por su misericordia, somos la prueba y el signo mas elocuente de la eficacia de la salvación que predicamos. La gracia de Dios hace posible en nosotros, débiles y pecadores, que todos los días, superando nuestra fragilidad, podamos convertirnos para los hermanos en anunciadores y pregoneros privilegiados de la salvación que viene de Dios.

La existencia del sacerdote nos dice también el Papa es una existencia que hace presente, entre los hombres de nuestro tiempo, las palabras de Jesús, la memoria del Señor. “Haced esto en memoria mía”. La existencia del sacerdote es una existencia que “recuerda”, que invita a una espiritualidad de la memoria.” En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, el sacerdote está llamado a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo fiel de Cristo y de todo su misterio” (5.)

Las palabras de la consagración, sigue diciendo el Papa, concluyen con una exclamación llena de asombro ante el acontecimiento tan grande que acaba de suceder en el altar. “Este es el Misterio de nuestra fe”. Lo que realmente sucede en el altar es un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los sacerdotes tenemos la misión de custodiar este Misterio sacrosanto. Por eso también podemos decir que la existencia del sacerdote es una existencia consagrada, es decir una existencia que vive inmersa en los misterios santos que la Iglesia celebra. La relación con la Eucaristía configura nuestra vida. Nuestra vida es una vida eucarística, que vive de la eucaristía, que adora con respeto y emoción la presencia real del Señor en el pan eucarístico, que prepara a los hombres, con la catequesis y la predicación, para encontrarse con el Señor de la Vida en el Pan de la Vida, que ofrece con su Señor y con todo el pueblo santo de Dios, el sacrificio de la nueva alianza por la salvación de todos los hombres. La vida del sacerdote es vida consagrada al Señor, es vida para el Señor y para los que el Señor ama. Es vida que cada día en el altar se sacrifica con el Señor y muere con Él, para que aquellos que el Señor ha puesto en su camino alcancen la vida eterna.

Como síntesis de todo lo dicho nos recuerda el Papa que la vida del sacerdote, la existencia del sacerdote es una existencia orientada a Cristo. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”. La vida del sacerdote es una vida llena de esperanza porque sabe que su meta es Cristo. Es una vida que en medio de la dificultades del mundo nunca pierde la alegría. “El sacerdote es alguien que, no obstante el paso de los años, continua irradiando juventud y como “contagiándola” a las personas que encuentra en su camino”(7). No podemos defraudar a la gente. El Pueblo de Dios necesita sacerdotes verdaderamente apasionados por Cristo y capaces de contagiar a todos esa pasión.. La gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de “ver” en ellos a Cristo (Cf. Jn.12,21). Y tienen necesidad de ello especialmente los jóvenes, tan necesitados hoy de palabras verdaderos y de caminos que conduzcan a una vida llena de plenitud de belleza. “Cristo sigue llamando a los jóvenes para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de la vida sacerdotal, si fuéramos más santos, mas alegres, mas apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote conquistado por Cristo (cf. Fil. 3,12) “conquista” mas fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura”(7)

Termina el Santo Padre su carta invitándonos a poner nuestra mirada en la Virgen María y a tener una existencia “eucarística” aprendida de María. María es nuestra gran maestra en la contemplación del rostro de Cristo. “Nadie como ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los sagrados misterios y cómo hemos de estar con su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas” (8) A ella invocamos hoy con especial devoción y le pedimos por nuestra diócesis. Que ella haga crecer en santidad a los sacerdotes y por su ministerio, nunca le falte al Pueblo de Dios el alimento de su Palabra, la gracia de sus sacramentos y el testimonio de la caridad. Y así, todos, reunidos en comunión con la Virgen María y con todos los santos, siendo cada uno, sacerdotes religiosos o laicos, fieles a la vocación a la que hemos sido llamados, ofrezcamos al mundo el gozo del evangelio y seamos fermento de una humanidad transfigurada por la fuerza del Espíritu Santo. Amen.

 

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