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HOMILÍA JUEVES SANTO

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo” Jn.13,1

* Todo, en el Jueves Santo, nos habla de amor. El amor de Dios a los hombres. Un amor hasta el extremo. Dios mismo se nos entrega en su Hijo... Dios mismo, en la persona de su Hijo, se nos entrega totalmente, compartiendo nuestra vida, siendo, en todo, igual a nosotros menos en el pecado, asumiendo nuestra debilidad y nuestros padecimientos. “ No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nosotros, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso acerquémonos con toda seguridad al trono de la gracia que nos auxilie oportunamente” Hebr. 4,14-5,10

Hoy es un día para contemplar el amor de Dios y darle gracias... y sentirnos llenos de seguridad y de confianza en sus brazos, porque los brazos de Dios son los brazos de un amor que no tiene límites. Hoy es un día para afianzar las raíces de nuestra existencia, los fundamentos de nuestro ser en la misericordia y en el amor divino. En medio de nuestras inseguridades y temores, envueltos muchas veces por el sufrimiento, por la duda o por la falta de amor, hemos de poner hoy nuestra mirada en Jesucristo, el Señor, en quien se nos ha revelado ese amor inmenso e infinito de un Dios que nunca nos va a dejar solos. Un Dios siempre cercano al hombre llenándole permanentemente de fortaleza y consuelo.

* Ese amor nos lo ha revelado Jesucristo a lo largo de toda su vida: con su Palabra, con sus milagros (que son signos de amor) y con su constante preocupación y atención a todos los hombres, especialmente a los humildes, a los pequeños, a los pecadores y a los pobres. Pero es en el Jueves santo cuando ese amor de Dios revelado en Jesucristo va a llegar a su momento mas sublime: en la Última Cena, (que va a ser anticipación del sacrificio del Calvario), en la que va a perpetuar su presencia entre nosotros con la Eucaristía y con el ministerio sacerdotal confiado a los apóstoles.

* La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Es el memorial permanentemente actualizado del sacrificio redentor de Cristo en el Calvario. “El Señor Jesús en la noche en que iban a entregarlo tomó pan, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros, haced esto en conmemoración mía. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía Cristo se entrega a su Iglesia para que su Iglesia, nosotros, tengamos vida... para que el muro que nos separa de Dios (el pecado) quede destruido... para que tengamos acceso siempre abierto para entrar en la intimidad de Dios, muriendo, con Cristo, al pecado y a todo lo que nos aparta de Dios y entrando, con Cristo, en la vida de la gracia, del perdón y de la misericordia.

La Iglesia no puede vivir sin la Eucaristía. El cristiano no puede permanecer en la fe sIn la Eucaristía. La Eucaristía nos hace cristianos y edifica la Iglesia: la Eucaristía hace posible el milagro de la unidad, de la comunión fraterna, de la aceptación y de la acogida mutua, a pesar de la diferencias.

Sólo viviendo y celebrando la Eucaristía nuestro amor será universal. ... Nuestro amor y entrega a los hermanos llegará a todas partes, incluso al enemigo y será un amor que se conmueve ante el sufrimiento de los pobres y buscará soluciones y pondrá lo que pueda de su parte para tender una mano al desvalido. Por eso hoy, Jueves santo, día eminentemente eucarístico, la Iglesia, con mucho acierto, nos invita a pensar en CARITAS, cauce institucional de la Iglesia para el servicio a los pobres y a comprometernos en ella y con ella.

Viviendo la Eucaristía, con Cristo, en la Última Cena y reconociendo en ella su presencia real, sentimos hoy el dolor de todos los que sufren, en Palestina, en Afganistán, en Irak, y en muchos lugares de África, Sudamérica o Asia, así como en tantos y tantos lugares ignorados, a veces, muy cerca de nosotros donde la dignidad de la persona humana, o la vida, o la libertad de los hombres, por los que Cristo ha derramado su sangre, es menospreciada o destruida.

* Vivir la Eucaristía es vivir el mandamiento del amor, que hoy, Jueves santo tiene una resonancia especial. Es el testamento de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto
conocerán que sois discípulos míos, si os tenéis amor unos a otros”Jn 13,34.

La novedad del mandamiento del amor no es el amor en sí mismo, sino el modo de amar. La novedad está en amar como Cristo, dando la vida. La novedad está en la fuente del amor que es Dios mismo y su Espíritu santo que con su gracia y sus dones hace posible lo que para los hombres es imposible... hace posible amar con el mismo amor con que Dios nos ama a nosotros.

* Todo esto, lo vivimos y celebramos en la Eucaristía. Y para perpetuar la Eucaristía el Señor nos hizo hoy un segundo regalo: el regalo del sacerdocio ministerial ... el regalo del ministerio apostólico que el Señor concedió a su Iglesia en las personas de aquellos doce apóstoles, a los que Él había llamado personalmente para que estuvieran muy cerca de Él y para enviarles a predicar.

En la persona del sacerdote, por el sacramento del orden, el Señor sigue presente, entre nosotros sacramentalmente, como pastor bueno que cuida a su Iglesia y que congrega en la unidad y en la caridad a los suyos mediante el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos.

Hoy es un día para reconocer con gratitud el don que el Señor hizo a su Iglesia con el ministerio sacerdotal. Por la gracia del ministerio sacerdotal, nuestros pecados quedan perdonados y la Palabra del Señor llega a nosotros con integridad y con la autoridad del mismo Cristo, de muy diversas formas: en la predicación o en la catequesis o en las muchas maneras de exhortación o de proclamación de la Palabra.

Y es un día para pedirle al Señor mucho por los sacerdotes, por los que se preparan para el sacerdocio y por las vocaciones sacerdotales. Pedir mucho al Señor para que los sacerdotes seamos fieles a la gracia que hemos recibido y nuestras vidas sean un verdadero ejemplo de santidad... que las vidas de los sacerdotes, como decía S.Juan de Ávila, “sepan a Dios”... tengan el sabor de Dios... inviten a sentir a todos los fieles cristianos “el gusto” por las cosas divinas... que cuando alguien vea la vida ejemplar de un sacerdote sienta deseos de acercarse a Dios.

* El lavatorio de los pies que haremos dentro de un momento, haciendo presente entre nosotros el gesto de Jesús con sus discípulos, nos va a recordar cómo hemos de vivir la relación entre nosotros: una relación de amor, de servicio, de disponibilidad y de humildad. “Vosotros me llamáis Maestro Señor y decís bien pues lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Jn.13,1-15

* Después de esta celebración quedará expuesto, en el Monumento, para veneración y adoración de todos, el Santísimo Sacramento. Os invito a estar con el Señor, en adoración, dándole gracias por tanto amor como nos ha mostrado y pidiéndole luz, fortaleza y consuelo para ser testigos de su amor ante los hombres, especialmente en nuestras familias: que bendiga a nuestras familias, cuide nuestros hijos y a todos nos haga crecer en el amor. Recordemos ante el Señor, vivo y realmente presente en la Eucaristía todas las necesidades del mundo, pidiéndole perdón por los pecados que se cometen.

Vamos a poner, sobre todo, ante el Señor, el sufrimiento de los pobres, de los pasan hambre, de los que sufren la guerra y la violencia, recordando con especial emoción a las víctimas de los recientes atentados de Madrid. Pidamos por España y por el mundo entero para que cese y desaparezca la violencia y el terrorismo; y los que sufren sus consecuencias encuentre en nosotros, el consuelo, la acogida y el amor fraterno. Y, todos, bien fundamentados y asentados en el amor de Cristo, alcancemos el perdón de nuestros pecados y la paz del corazón. AMEN.

 

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