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SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
CELEBRACIÓN DE LOS JUBILEOS SACERDOTALES DE ORO Y PLATA

Cerro de los Ángeles, 16 de junio de 2023

Queridos hermanos en el episcopado. Saludo al Sr. Obispo auxiliar, D. José María, al Obispo emérito, D. Joaquín, y al Obispo de Inhambane en Mozambique, Mons. Ernesto Maguengue, que hoy comparte con nosotros esta solemnidad.
Queridos hermanos sacerdotes, especialmente saludo y felicito a los hermanos que este año cumplís el 70, 65, 50 y 25 aniversario de vuestra ordenación sacerdotal.
Queridos diáconos y seminaristas,
Queridos consagrados y consagradas,
Hermanos y hermanas en el Señor.

Esta mañana, mirando al corazón traspasado del Señor reconocemos su fidelidad, “Él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman”, nos dice el libro del Deuteronomio que acabamos de proclamar (7,9).

Celebramos la fidelidad de Dios; lo hacemos al contemplar el misterio de su Amor manifestado en su Corazón, y lo hacemos también al conmemorar la ordenación sacerdotal de nuestros hermanos sacerdotes en sus jubileos. 25, 50, 65 y hasta 70 años de servicio entregado a Dios y a los hermanos, en medio de la fragilidad propia de nuestra condición humana. Esta celebración nos recuerda que somos “sostenidos”, sostenidos por una fuerza que no viene de nosotros, que llevamos el tesoro en vasijas de barro para que se vea que la fuerza no viene de nosotros y, además, conforme la vasija más se resquebraja más se manifiesta la belleza del tesoro. No dejemos de reconocer, queridos hermanos, la belleza de estas vidas sacerdotales gastadas cada día, en el transcurso de los años, para la gloria de Dios y el servicio de los hermanos. Ellos nos recuerdan hoy que lo más precioso para Dios es nuestra vida. Gracias hermanos por vuestra entrega, por vuestra vida.

No nos eligió Dios por ser los mejores, sino por puro amor, por mantener la alianza hecha a nuestros padres, porque es fiel, fiel a Sí mismo. No dejemos de considerar, cuando pensamos o gustamos de la fidelidad de Dios, que Dios es fiel a sí mismo, que Dios no puede sino amar. La llamada, como todo en nuestra vida, es una gracia que no encuentra su explicación en las cualidades de cada uno, sino en el designio de su amor fiel para la humanidad, “por puro amor a vosotros”. Por nuestra parte, la fidelidad consiste en responder a ese amor, amando como Él ama. El amor a los hermanos es la encarnación del amor de Dios en nuestra carne, en nuestra realidad. Nuestro ministerio, por tanto, es un servicio de amor; es dar lo que hemos recibido, es reconocer y mostrar con nuestra vida que Dios es amor.

Queridos hermanos sacerdotes, nuestra primera y principal misión es amar. Nuestros proyectos pastorales, nuestras actividades apostólicas, han de ir siempre precedidas por el amor, por el amor a Dios, y por el amor a nuestro pueblo. Tienes una parroquia bien organizada, con mucho dinamismo, llena de gente, pero si no los amas no sirve de nada; por el contrario, tienes una parroquia pobre, la respuesta de tus fieles es escasa, pero los amas con todo el corazón y te entregas a ellos, pues estás dando muchos frutos, aunque no los veas, aunque te parezca lo contrario. Dejadme que os lo repita, hemos de “estar”, tener la puerta abierta, estar disponibles para escuchar y acompañar, para iluminar y consolar; no damos más frutos por movernos de aquí para allá, sin rumbo y muy ocupados en no hacer nada, sino por estar donde el Señor nos pide, a través del ministerio de la Iglesia, y donde la gente nos necesita.

  Cuentan que san Bernardo, para despertar el deseo de conversión, se repetía a menudo: “Bernarde, ad quid venisti?” –Bernardo, ¿para qué has venido? Es una pregunta que deberíamos hacernos todos con frecuencia, sin distinción de edad, es volver al primer amor, y no para lamentarnos de la pasión que hemos dejado en el camino, ni para recuperar un deseo voluntarista de revivir el primer encuentro, sino para redescubrir la conciencia del fuego inicial que sigue siendo un misterio escondido (cfr. Mauro-Giuseppe Lepori. Fijos los ojos en Jesús que inició y completa nuestra fe, Rímini 2023, p. 11). Es redescubrir que la vocación es un misterio que se regenera en cada momento de la existencia, y que he de vivirla siempre como lo que es, un misterio de amor.

  Como recuerda Pablo a su joven discípulo Timoteo, estamos invitados, queridos hermanos sacerdotes, a reavivar el don que recibimos por la imposición de las manos (cfr. 2Tim 1,5-6). Hemos de volver cada día a la fuente de la gracia en la intimidad con el Maestro, somos “para estar con Él” (cfr. Mc 3,14); la configuración con Cristo en la celebración de la Eucaristía nos va transformando a su imagen, la predicación de la Palabra nos ilumina y nos contrasta en el camino del seguimiento, la caridad pastoral nos lleva por el camino de la santidad. La cercanía al Señor es siempre garantía de un servicio verdaderamente evangélico.

  Y ahora, queridos hermanos, permitidme volver a la fiesta que hoy celebramos, al Corazón de Cristo, y volver a las palabras del evangelio que hemos proclamado: “aprended de mí que soy manso y humilde corazón” (Mt 11,29).

  Jesús tiene un corazón manso y humilde, es esta también una manifestación y una prueba de su amor. El amor verdadero es siempre humilde. La soberbia no encierra nunca amor, quizás amor a sí mismo, pero no amor oblativo, amor que se entrega. Solo la humildad es capaz de salir de sí e ir al encuentro del otro. La vocación del amor está siempre en el encuentro con el otro, como bellamente lo ha descrito san Pablo en la carta a los Corintios: el amor es paciente y benigno, no tiene envidia, no presume ni se engríe, no es egoísta, ni lleva cuentas del mal, no se alegra con la injusticia y goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cfr. 1Cor 13,4-7).

  Por esto, el misterio del Corazón de Cristo solo lo pueden entender los humildes, los que se acercan a Él desde la pobreza y la confianza, los que se saben necesitados, los que están cansados y agobiados. El Corazón del Señor es nuestro hogar, donde descansamos de las fatigas y las preocupaciones, es el lugar donde nos sentimos comprendidos y queridos. El Corazón de Jesús es nuestra patria, la que hoy vivimos en misterio, con la esperanza del Cielo. En mi Corazón, dice el Señor, “encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,30).

   Al contemplar el Corazón de Jesús contemplamos el corazón mismo del Padre, porque quien lo ha visto a Él, ha visto al Padre (cfr. Jn 14,8). Jesús nos revela que Dios es padre, nuestro padre, y que tiene un corazón de padre, en definitiva, nos dice cómo es Dios y cómo podemos llegar a Él. El Corazón de Jesús nos interpela, por tanto, sobre nuestra propia imagen de Dios. ¿Cuál es la imagen de Dios que hay en mi corazón? El padre que hay en mi origen, que constituye mi propia identidad porque soy creatura suya; el padre que me acompaña con su cuidado amoroso y tierno; el padre que me abraza cuando me recoge de la caída y hace una fiesta por mi vuelta al hogar; el padre que me escucha cuando lo invoco como padre; el padre que me acompaña, aunque alguna vez no lo veo; el padre que espera; el padre que es la meta de mi vida. 

  El mundo en el que vivimos es una invitación constante a mostrar el rostro del Padre. Transitamos por una cultura que vive la orfandad de la ausencia de un padre que le otorgue identidad, pues parece no reconocer su origen y desconocer el fin al que se encamina, se mueve perdido sin verdad y sin razón, todo se ha convertido en opinable y fruto de las emociones de cada momento; sin embargo, este hombre que parece no tener patria, tiene corazón, un corazón que busca, un corazón que está hecho por Dios y para Dios. Nuestro servicio a este hombre y a su mundo es mostrarle el Corazón que ha querido ser como el suyo, y hacerse a su medida. Creo que esta es nuestra misión, a la que, en esta solemnidad, volvemos a ser llamados, a mostrar el corazón de Cristo, que es el corazón humanado de Dios, para que el hombre se reconozca en Él y en Él busque su descanso.    

  Hoy quiero hacer memoria de un hecho que ha marcado nuestra historia más reciente como acontecimiento de gracia. Fue en junio de 1923, hace ahora cien años, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, cuando la hermana Maravillas de Jesús, entonces joven carmelita en El Escorial, comienza a recibir inspiraciones del Señor para fundar un Carmelo en el Cerro de los Ángeles. El Señor le pide “a gritos” esta Fundación con las palabras que ella misma transmite en la carta a una monja: “Aquí quiero que tú y esas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis una casa en que tenga mis delicias. Mi corazón necesita ser consolado y este Carmelo quiero que sea el bálsamo que cure las heridas que me abren los pecadores. España se salvará por la oración”. Así, guiada por esta voz interior, el 19 de marzo de 1924, fiesta de san José, comenzó a andar la vida comunitaria en el Convento de Carmelitas Descalzas del Sagrado Corazón de Jesús y Nuestra Señora de los Ángeles.

  Cien años de vida de este convento que tantos acontecimientos históricos ha vivido, y que hoy sigue cumpliendo con el deseo del Señor, ser un consuelo para su Corazón y rezar por España. Con este motivo, y a instancia de las MM Carmelitas, la Santa Sede nos ha concedido un año Jubilar desde hoy hasta la solemnidad del Sagrado Corazón del próximo año. Demos gracias a Dios por esta presencia teresiana que con su oración y sacrificio sostiene nuestra vida cristiana y el quehacer de cada día.


  Que la Virgen María, cuyo Inmaculado Corazón contemplaremos mañana, nos acerque al corazón de su Hijo, y nos conceda la gracia de la renovación de nuestra vida en la llamada particular de cada uno en la Iglesia y en el mundo. Que nos acompañe, como Madre amorosa, en nuestra vida sacerdotal para que podamos ser guías firmes e iluminados para los fieles que el Señor encomienda a nuestro cuidado pastoral. El Santo Cura de Ars enseñaba a sus fieles que «basta con dirigirse a ella para ser escuchados», por el simple motivo de que Ella «desea sobre todo vernos felices».

+ Ginés, Obispo de Getafe