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Homilía de D. Joaquín Mª López de Andújar, Obispo de Getafe en la ceremonia de Ordenación de un presbítero y diez diáconos

Cerro de los Ángeles, Getafe, 12 de Octubre de 2009

Os daré pastores según mi corazón” (Jer 3,15). Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y guíen. La Iglesia, Pueblo de Dios, contempla con gozo el cumplimiento de este anuncio profético y da continuamente gracias al Señor. Sabe que ese cumplimiento se realiza en Jesucristo. “Yo soy el Buen pastor y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí (...) y doy la vida por mis ovejas” (Jn 10,11 y ss). Y sabe también que la presencia de Jesucristo, Buen pastor, sigue viva entre nosotros, por voluntad suya, en todos los lugares y en todas las épocas, por medio de los apóstoles y de sus sucesores. Sin sacerdotes la Iglesia no podría cumplir el mandato del Señor de anunciar el evangelio.“Id y haced discípulos de todas las gentes”(Mt 28,19); ni podría renovar cada día, en el Misterio Eucarístico, el Sacrificio de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada para la vida del mundo (cf. PDV, 1).

En un día como hoy, en el que van a ser ordenados un presbítero y diez diáconos, nuestra Iglesia diocesana de Getafe da gracias al Señor porque permanece en medio de nosotros apacentando su grey, por medio de aquellos que Él llama personalmente para continuar su misión pastoral.

El evangelio que acaba de ser proclamado nos dice que Jesús, después de mirar lleno de compasión a las gentes que estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor, dice a sus discípulos: “La mies es abundante y los trabajadores pocos, rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,38). La oración que hacemos todos los días pidiendo vocaciones sacerdotales ha sido escuchada por el Señor y hoy, con emoción y esperanza, le damos gracias por estos nuevos pastores que Él nos regala.

Nunca podemos perder de vista que la llamada al ministerio sacerdotal es iniciativa de Dios. El Señor llama a los que quiere y como quiere. “Nadie puede venir a Mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44). “No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). La historia de toda vocación sacerdotal es la historia de un inefable diálogo entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor. Estos dos aspectos de la vocación, el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre, son inseparables.

Queridos ordenandos y queridos seminaristas la vocación es un don de la gracia divina y no un derecho del hombre. La vida sacerdotal nunca puede ser considerada como una promoción simplemente humana, ni la misión del ministro nunca puede ser entendida como un simple proyecto personal Tener esto claro nos ayudará a excluir de nosotros cualquier sentimiento de vanagloria o presunción. Los que hemos tenido la gracia de ser llamados por el Señor hemos de sentir continuamente una profunda gratitud, llena de admiración y una esperanza muy firme, porque sabemos que estamos apoyados no en nuestras propias fuerzas, sino en la fidelidad incondicional de Aquél que nos ha llamado.

Dice el evangelista S. Marcos que Jesús “llamó a los que quiso y vinieron a Él” (Mc 3,13). Este “venir a Él”, que se identifica con el “seguir” a Jesús, que aparece en otros relatos de vocación, expresa la respuesta libre de los doce a la llamada del Maestro. Así sucede en la vocación de Pedro y de Andrés. Jesús les dice: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Y ellos, al instante, “dejaron las redes y lo siguieron” (Mt 4,21-22). Y, de la misma manera, sucede también en la experiencia de Santiago y de Juan (cf. Mt 4,21-22) y sucede siempre que Dios llama a alguien para una misión. En toda vocación brillan siempre a la vez el amor gratuito de Dios y la libertad del hombre; siempre aparece la adhesión a la llamada de Dios y su entrega incondicional a Él. Es el diálogo entre la gracia y la libertad: un diálogo en el que gracia y libertad no sólo no se oponen entre si sino que por el contrario la gracia anima y sostiene la libertad humana, liberándola de la esclavitud del pecado (cf Jn 8,34-36), sanándola y elevándola en sus capacidades de apertura y acogida del don de Dios. (cf. PDV 36)

La certeza de que Dios es siempre fiel en su amor y en su llamada nos llena de confianza y nos da fuerza en las dificultades. Dios nunca abandona a aquellos a los que llama para una misión. Él siempre camina a nuestro lado y nos da a su Hijo como hermano y compañero inseparable de nuestra historia. Porque, como nos dice el evangelista S. Juan: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que cree en Él no perezca sino que tenga la vida eterna” (Jn. 3,16).

Ante este Amor que nos precede y nos acompaña, la actitud de los que hemos sido llamados por Él al ministerio sacerdotal no puede ser otra que la de dejarnos sorprender por ese amor y sentirnos felices por esa llamada. Quien es fiel al proyecto de Dios encuentra el verdadero sentido de su vida. No tengamos nunca miedo al proyecto de Dios sobre nosotros, aunque nos parezca arduo y difícil. Benedicto XVI nos dice, en el comienzo de su última encíclica Cáritas in Veritate que cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él porque en ese proyecto el hombre encuentra su verdad y aceptando esta verdad se hace libre (cf. CV 1).

El ejemplo de los santos pastores, como San Juan de Ávila o el Santo Cura de Ars, nos ayuda a responder con fidelidad a la llamada de Dios. “Este buen Salvador -decía el Cura de Ars– está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”. No tengamos ningún reparo en dejarnos sorprender por el Amor, que es Dios, más allá de nuestros planes y esquemas. Siguiendo el ejemplo de los santos abramos nuestro corazón a la sorpresa de Dios haciendo de nuestra vida un continuo “si” a Dios en las circunstancias de todos los días. Seamos, como los santos pastores, humildes, confiados y generosos para aprender a vivir en la lógica de la entrega: una entrega que nace de la experiencia de la misericordia divina. Los santos nos enseñan a entender la historia de nuestra vida desde los latidos del Corazón de Cristo, que busca a la oveja perdida como algo que pertenece a su amor esponsal y como expresión de la ternura materna de Dios. Ellos nos invitan a experimentar en nuestras propias vidas la compasión hacia todos los hermanos.

En la homilía de las canonizaciones de ayer, decía el Santo Padre refiriéndose a S. Francisco Coll: “Su pasión fue predicar con el fin de anunciar y reavivar la Palabra de Dios, ayudando así a las gentes al encuentro profundo con el Señor. Un encuentro que llevaba a la conversión del corazón, a recibir con gozo la gracia divina y a mantener un diálogo constante con el Señor mediante la oración. Por eso su actividad evangelizadora incluía una gran entrega al sacramento de la Reconciliación, un énfasis destacado en la Eucaristía y una insistencia constante en la oración. Francisco Coll llegaba al corazón de los demás porque transmitía lo que él mismo vivía, lo que ardía en su corazón: el amor de Cristo y su entrega a Él”. Y refiriéndose al Padre Damián, apóstol de los leprosos, nos decía el Papa: “Siguiendo al apóstol Pablo, S. Damián nos impulsa a seguir las buenas y duras batallas. No aquellas que llevan a la división, sino las que unen. Nos invita a abrir los ojos sobre las lepras que, aún hoy, desfiguran la humanidad de nuestros hermanos y que a apelan a nuestra generosidad y a la caridad de nuestra presencia de servicio”.

Queridos ordenandos, por el don del Espíritu Santo que vais a recibir en la ordenación diaconal y sacerdotal, estáis llamados, siguiendo el ejemplo de estos santos pastores, a participar del ser sacerdotal de Cristo. Estáis llamados a prolongar la misión de Cristo, para obrar en su nombre en sintonía con su mismo estilo de vida como signo personal, comunitario y sacramental del Buen Pastor. Durante la última cena, Jesús en su diálogo con el Padre afirma repetidamente refiriéndose a los apóstoles que son “los suyos” (Jn 13,1), “los que Tú me has dado” (Jn 17,4 ss.). Los apóstoles pertenecen a Jesús de una manera especial. Son los que el Padre le ha dado para prolongar en el mundo su misión. Son los llamados a ser la “expresión” o “la gloria “ (Jn 17,10) de Jesús. Son aquellos elegidos por el Padre para reflejar, entre los hombres, el amor de Jesús a todos y cada uno de los redimidos.

Esta identidad vocacional de los apóstoles, llamados a reflejar en el mundo el amor sacerdotal de Cristo a los hombres, esta particular pertenencia a Cristo, aparece en el evangelio desde el inicio mismo de la predicación de Jesús, cuando “llamó a los que quiso para que estuvieran con Él y para enviarles a predicar” (Mc 3,13-14). Vemos, a lo largo de todo el evangelio, cómo la vida de los apóstoles se caracteriza por el encuentro con Jesús, por el seguimiento a Jesús, por la comunión entre ellos, en Jesús, como centro de esa comunión y por la participación en la misión de Jesús, siendo transparencia e instrumento de la vida, el amor y la misión de Jesús. Nosotros, sacerdotes, hemos sido enriquecidos con la gracia del Espíritu Santo para continuar en el mundo la vocación apostólica. Somos hoy y aquí, en medio de los hombres de nuestro tiempo, los apóstoles de Cristo, llamados a estar con Él, en la oración contemplativa, en la Eucaristía y en los demás sacramentos y llamados a predicar en su nombre.

Queridos hermanos, no nos engañemos; los dones gratuitos de esta vocación apostólica y sacerdotal no llevan consigo más privilegio que el de obrar en el nombre y en la persona de Cristo Cabeza de su Iglesia, reflejando en nuestras vidas la inmolación de Cristo en la cruz, dando la vida, sirviendo a nuestros hermanos, lavándoles los pies y presentándonos ante ellos “como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (I Cor 4,1).

La espiritualidad sacerdotal no consiste en otra cosa que en la vivencia de lo que los ministros ordenados somos y hacemos. Una espiritualidad que se concreta en actitudes interiores de fidelidad al amor de Cristo, de disponibilidad para servir a los hermanos y de generosidad, como la del Buen pastor, hasta dar la vida. La espiritualidad sacerdotal exige de nosotros la huida de cualquier forma de subjetivismo o individualismo. El Pueblo de Dios, Pueblo sacerdotal, tiene derecho a ver en el sacerdote la caridad de Jesucristo, Buen Pastor, que vivió obediente a los designios del Padre y se entregó a los hombres, desprendiéndose de cualquier apego humano, como esposo que lleva a todos en el corazón.

La vocación del sacerdote sólo puede ser entendida como vocación de “seguimiento” pleno y radical a Cristo, y sólo puede ser vivida como vocación de total adhesión a Cristo, tal como la resumió el apóstol Pedro: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mt. 19, 27). Esta totalidad de la entrega es la respuesta adecuada a la gratuidad de la llamada y a la predilección que supone haber sido elegidos por el Señor para una misión tan alta. Los sacerdotes hemos de empaparnos de los “sentimientos” de Cristo que se “anonadó” para expresar su donación incondicional al Padre y a los que el Padre le había confiado.

Esa donación de Cristo para comunicar a los hombres la vida nueva ha de continuar expresándose, con la gracia de Dios, en la vida de los suyos. Quienes creen en Cristo necesitan y tienen derecho a ver en los sucesores de los apóstoles el amor mismo del Buen Pastor. No se puede predicar el Evangelio en nombre de Cristo si no es presentando en la propia vida la vida de Cristo, pobre, casto y obediente.

Queridos sacerdotes, queridos seminaristas, no hemos de asustarnos ante las exigencias de la llamada del Señor. Si el Señor nos ha llamado, Él nos dará también la gracia necesaria para seguirle y nos hará experimentar todos los días la alegría de vivir sólo para Él. Vivamos sin ningún temor el radicalismo evangélico, según el estilo del Buen Pastor. El Espíritu Santo recibido en la ordenación sacerdotal hará posible lo que para los hombres parece imposible. El Espíritu Santo conformará nuestras vidas con Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia, nos dará la capacidad de ser instrumentos vivos de Cristo Sacerdote eterno, nos acompañará siempre para actuar personificando a Cristo mismo, allí donde el mismo Cristo nos envíe y moverá nuestros corazones para seguir haciendo presente entre nuestros hermanos la misericordia divina.

La Virgen María, como Madre y figura de la Iglesia, es Madre de misericordia por ser Madre de la misericordia personificada en Jesús. María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado como nadie la misericordia y también, de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su Corazón la propia participación en la misericordia divina. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado, el misterio de la Cruz. Nadie como ella ha acogido de corazón este Misterio. Que ella interceda hoy, ante su Hijo Jesucristo, para que los que van a ser ordenados y todos los que han recibido la gracia del sacramento del orden, conformen su vida con el misterio de la Cruz del Señor y manifiesten al mundo en su ministerio sacerdotal y en su propia vida las riquezas infinitas de la misericordia divina. Amen.

Homilia dia Sagrado Corazon

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Homilía de D. Joaquín María López de Andújar, Obispo de Getafe con motivo de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, 19 de junio de 2009, en la Basilica del Cerro de los Ángeles.

Queridos hermanos y amigos, queridos sacerdotes; y, especialmente, queridos sacerdotes que en este año celebráis vuestras bodas de oro y de plata sacerdotales. Nos unimos muy cordialmente a vosotros, en esta Eucaristía, para darle gracias a Dios por vuestro servicio generoso a la Iglesia y para pedirle que os mantenga fieles en este ministerio y os llene de gozo y esperanza.

El deseo del Papa de inaugurar el año sacerdotal, conmemorativo del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, en esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, es sin duda una invitación a los sacerdotes a tener un corazón como el de Cristo lleno de amor y misericordia y una invitación a todo el Pueblo de Dios a ver en el ministerio sacerdotal un verdadero don de Dios que quiere estar, a través de los sacerdotes, cerca del hombre iluminando su mente con la luz de la revelación, fortaleciendo su vida con la gracia de los sacramentos y haciéndole sentir el consuelo de Dios en los momentos de soledad y tribulación.

El motivo principal de este año sacerdotal, nos dice el Papa, es que los sacerdotes crezcamos cada vez más en nuestra fidelidad a Cristo, nos esforcemos con oraciones y buenas obras para obtener de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote la gracia de brillar por la fe, la esperanza y la caridad y mostremos con nuestra forma de vivir y también con nuestro aspecto exterior que estamos plenamente entregados al bien espiritual del Pueblo de Dios. "Este año ha de contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo" (Benedicto XVI Carta a los sacerdotes con motivo del año sacerdotal).

En el Misterio del Corazón de Cristo, que hoy celebramos, la Iglesia quiere revelarnos la humanidad de Dios y quiere hacernos sentir la cercanía entrañable de un Dios, que, en Cristo, se hace "todo corazón" y todo amor. En el Corazón de Jesús podemos descubrir a un Dios que es capaz de llegar a nosotros con sentimientos humanos, para que nosotros, como respuesta, entremos en este Misterio de amor y le entreguemos a Dios, en el Corazón de Cristo, todo el amor del que somos capaces y todos nuestros sentimientos de gratitud y de confianza.

Pero además de todo esto, hoy la Iglesia nos invita a nosotros sacerdotes, en esta Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes y en este año sacerdotal que inauguramos, a buscar y encontrar en el Corazón de Cristo el verdadero y único modelo de un auténtico corazón sacerdotal. Tenemos que ser sacerdotes, según el corazón de Cristo; sacerdotes, en el Corazón de Cristo; sacerdotes que amen a los hombres y entreguen su corazón, con el mismo amor y la misma entrega del corazón sacerdotal de Cristo.

En el evangelio de S. Mateo llama Jesús a los que sufren y se presenta a ellos como manso y humilde de corazón: "Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados (..) y aprended de Mí, que soy manso y humilde corazón" (Mt. 11, 28). Y la carta a los Hebreos (cf. Heb. 5, 1.10) nos ayuda a comprender que estas dos cualidades del Corazón de Jesús, la mansedumbre y la humildad, se corresponden a lo que podríamos llamar las dos dimensiones de la mediación sacerdotal, que están al servicio de la alianza entre Dios y los hombres. En la carta a los Hebreos, el sumo sacerdote es descrito de forma que coincide exactamente con la presentación que Jesús hace de sí mismo en el evangelio de S. Mateo. Según el autor de la carta a los Hebreos el sumo sacerdote es comprensivo para con los hombres (Heb. 5, 2) y humilde ante Dios ' (Heb. 5, 4).

El sumo sacerdote, nos dice la carta a los Hebreos, es comprensivo y amable con los hombres y "capaz de comprender a ignorantes y extraviados porque está también él envuelto en flaqueza y debilidad" (Heb. 5, 2). Y es humilde ante Dios, porque "nadie se arroga esta dignidad si no es llamado por Dios"(Heb.5, 4). Según la carta a los Hebreos, esta descripción del sumo sacerdote encuentra su perfecta realización en Cristo, el verdadero y único sacerdote, lleno de misericordia hacia sus hermanos (Heb. 2, 17), capaz de compadecerse de sus flaquezas (Heb. 4,15); y, al mismo tiempo lleno de humildad, ya que no se glorificó a sí mismo (Heb. 5, 5) sino que tomó el camino de la extrema humildad (Heb. 5, 7-8), al término del cual ha sido proclamado sumo sacerdote por Dios. (Heb. 5,10).

En este día del Corazón de Jesús, contemplando la vida y la entrega del Señor, que nos ha llamado a ser signo y presencia de su sacerdocio entre los hombres os invito especialmente a meditar estas dos cualidades esenciales del sacerdocio de Cristo: la mansedumbre en su relación con los hombres y la humildad en su relación con el Padre.

Contemplando la mansedumbre del Corazón de Cristo tenemos que aprender cada día los sacerdotes a vivir nuestra relación con los hombres con actitudes de verdadera misericordia, con entrañas de misericordia, como las vivió el Señor. El ministerio de Jesús fue una continua revelación de admirable misericordia, para los enfermos, los lisiados, los ignorantes, los débiles, los pequeños y -lo más sorprendente de todo- para los pecadores. Para darnos una idea de esta actitud de Jesús, los evangelios nos dicen que Jesús, en muchos momentos, se siente verdaderamente conmovido en sus entrañas ante el sufrimiento humano. Viendo a un leproso Jesús "conmoviéndose de piedad en sus entrañas", le cura (Mc. 1, 41). Y al ver a la muchedumbre siente compasión de ella, porque estaban fatigados y abatidos como ovejas sin pastor (...) y se puso a enseñarles" (Mt. 9,36). Y, cuando ve a la gente extenuada y hambrienta, Él mismo dice "siento compasión por esta gente" (Mc. 8, 2) y se preocupa de alimentarles, buscado la colaboración de sus discípulos. Estas tres actividades (curar, alimentar y enseñar), inspiradas todas ellas por la misericordia han de inspirar también y orientar nuestra vida sacerdotal. El Señor nos ha llamado para curar la heridas del corazón de muchas gentes que han sido maltratadas por la vida y viven desamparadas buscando compañía y consuelo; y nos ha llamado, como llamó a los apóstoles, para alimentar y dar de comer a las multitudes hambrientas preocupándonos de su bienestar integral (espiritual y material) siendo semilla y fermento de un mundo en el que reine el amor y la justicia; y nos ha llamado para enseñar, como Cristo, la Palabra de la verdad que ilumine las mentes de los que se sienten perdidos en un ambiente cultural en el que la razón ha quedado ofuscada y confundida por corrientes ideológicas que desfiguran la dignidad del hombre y el respeto a la vida. Pero a estas tres actividades de Jesús (curar, alimentar y enseñar) que suscitan la admiración de los que le sigue, Jesús añade otra que nos sólo no produce admiración, sino lo contrario: lo que produce es repulsa y escándalo. Jesús también acoge a los publícanos y pecadores y llega incluso a comer con ellos. Y es precisamente esta relación con los pecadores -y pecadores somos todos- la que explica el significado más profundo del ministerio sacerdotal de Jesús, que culminará con el sacrificio de la cruz. Y explicará también la dimensión más profunda de nuestro ministerio sacerdotal: el perdón de los pecados.

El gran mérito de la carta a los Hebreos es haber realizado una síntesis de la misericordia con el sacerdocio y de la misericordia con el sacrificio, hasta el punto de presentar la Pasión del Señor, su Sacrificio en la Cruz, como el acto supremo de solidaridad y misericordia. El sacrificio de Cristo en la Cruz no ha tenido lugar en un contexto de separación de los hombres, como ocurría en los sacrificios y en el sacerdocio de la Antigua Alianza, sino en un contexto de íntima unión con los hombres pecadores. Lo que Cristo ha ofrecido son "ruegos y súplicas a Aquel que podía salvarle de la muerte" y los ha ofrecido con "fuerte clamor y lágrimas" (5,7). Jesús hace suya la situación dramática en la que el hombre ha caído por su pecado. Jesús ha cargado sobre sí la suerte de los hombres pecadores. Jesús ha asumido en su sacrificio en la cruz el combate del hombre contra la muerte y contra el pecado y ha llevado así hasta el extremo su solidaridad con los hombres y la plenitud de la misericordia. El sacrificio de Cristo, que actualizamos permanentemente en la Eucaristía, es un acto de fraternal misericordia llevada hasta el extremo, que hace de Cristo el Sumo Sacerdote misericordioso, de cuyo sacerdocio y de cuya misericordia participamos nosotros.

Por eso, queridos hermanos sacerdotes, cuando celebramos la Misa, en comunión íntima con Cristo, estamos haciendo presente y viva entre los hombres la infinita misericordia de Dios, manifestada y revelada en el sacrificio de Cristo. Cuando celebramos la Misa, que ha de ser el centro de nuestra vida sacerdotal, estamos celebrando el mayor acto de solidaridad y misericordia con nuestros hermanos los hombres. Todas nuestras actividades, a lo largo del día, han de ser como una prolongación y desarrollo de este momento cumbre de unión con Cristo misericordioso, vivido en la celebración eucarística.

Pero, junto a este rasgo de la mansedumbre y la misericordia, Jesús se presenta a sí mismo con el rasgo de la humildad. Es éste otro rasgo que, según la carta a los Hebreos caracteriza el sacerdocio de Cristo. Para entender la misericordia sacerdotal de Cristo no es suficiente considerar su relación con la miseria humana. Hay que mirar también cómo vive Jesús, en su humanidad, su relación y obediencia al Padre.

Si sólo nos limitáramos, en nuestro sacerdocio, a preocuparnos por los problemas y sufrimientos de los hombres podríamos correr el riesgo de quedarnos en un mero humanismo. Por eso es muy importante, siguiendo la carta a los Hebreos, tener en cuenta que la misericordia sólo es sacerdotal si se ejerce con una intención mediadora, como lo fue la misericordia de Cristo.

Como nos dice la carta a los Hebreos la solidaridad de Cristo con la miseria humana se convierte en súplica confiada, tomando sobre sí las angustias de los hombres y en obediencia fiel a la voluntad del Padre. "He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado"(Jn. 6, 38). "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn. 4, 34). S. Pablo presenta la pasión de Cristo como un acto de obediencia que ha reparado las desastrosas consecuencias de la desobediencia del pecado original (cf. Rom. 5, 19) y el himno cristológico de Filipenses pone de manifiesto la obediencia llevada hasta la muerte y una muerte de Cruz. En todos los textos evangélicos vemos que la obediencia nunca le ha llevado a Cristo a separarse de los hombres, sino todo lo contrario: la obediencia le ha llevado a unirse a ellos para salvarlos. En la carta a los Hebreos vemos cómo la obediencia de Cristo al Padre siempre aparece como un aspecto de su solidaridad con los hombres. Para llegar a ser sumo sacerdote, Cristo "no se ensalzó a sí mismo" (Heb 5, 5), no trató de elevarse por encima de los demás hombres, sino que tomó un camino de humillaciones, aceptando el bajar hasta el fondo de la miseria humana. Su obediencia tiene siempre esa doble relación: con Dios y con los hombres, haciendo de ella una verdadera misión sacerdotal de mediación entre Dios y los hombres. Al acoger misericordiosamente a los pecadores, Jesús tenía siempre conciencia de estar actuando en unión con el Padre; y para responder a las críticas de los fariseos les responde con las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y de hijo pródigo. (cf. Lc. 16)

Pidamos al Señor en este día, contemplando su Corazón misericordioso y obediente al Padre, que nosotros sacerdotes no separemos nunca en nuestro ministerio sacerdotal estas dos dimensiones de mansedumbre misericordiosa y de obediencia filial a la voluntad del Padre. Y eso sólo será posible si somos hombres de oración y de profunda vida interior. Hemos de cuidar en nosotros una autentica vocación a la oración, en un sentido intensamente cristológico y sacerdotal. Estamos llamados a permanecer en Cristo, a ser sacerdotes en el corazón sacerdotal de Cristo y ésta se realiza de una manera preferente en la oración: ante todo viviendo intensamente la Eucaristía, el acto de oración más grande y más alto, el centro y la fuente de la cual se nutren las demás formas de oración. Y en íntima relación con la Eucaristía: la liturgia de la horas, la adoración eucarística, la "lectio divina", el rosario y cualquier otra forma de oración que nos acerque al corazón misericordioso y sacerdotal de Cristo. El sacerdote, que como el santo Cura de Ars, reza mucho y reza bien va quedando progresivamente despojado de sí mismo y queda cada vez más unido al Señor. Y de este modo la vida misma de Cristo, Cordero y Pastor es comunicada a toda la grey, a través de su ministerio sacerdotal (cf. Benedicto XVI. Homilía ordenaciones. 2009)

Que la Virgen María, Madre del Buen Pastor, interceda por nosotros, para que este año sacerdotal de muchos frutos de santidad en los sacerdotes, sea fuente de abundantes vocaciones y ayude a todo el Pueblo de Dios a reconocer en el ministerio de los sacerdotes el amor misericordioso de Jesucristo y un medio que Dios pone en sus manos para llevar a plenitud su vocación a la santidad. Santa María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros.

Homilia V aniversario don Francisco

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Homilía de D. Joaquín María López de Andújar, Obispo de Getafe, en la misa FUNERAL del V Aniversario del fallecimiento de D. FRANCISCO JOSÉ PÉREZ Y FERNÁNDEZ-GOLFÍN, el 24 de febrero de 2009, en la Catedral de Santa María Magdalena

Una celebración como la de hoy, que reúne, en torno al altar, para celebrar la Eucaristía, a los que hemos conocido a D. Francisco y hemos recibido de él tantas enseñanzas es, sobre todo, una acción de gracias a Dios por lo que su vida significó para nosotros; y, al mismo tiempo, un acto de fe en Jesucristo, el Señor, muerto y resucitado, que nos mantiene íntimamente unidos en Él, tanto a los que vivimos en este mundo como a los que ya traspasaron los umbrales de la muerte. Sabemos que la muerte no puede separar a los que están unidos en el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor (Rm 14, 8). Y, por eso, podemos rezar unos por otros. Y, en la celebración de la Eucaristía, unos y otros, estamos unidos en la pascua del Señor. Nuestra unión con Cristo, nuestra pertenencia a Él, no puede destruirla ningún obstáculo, ni siquiera el obstáculo más insalvable de todos, que es el obstáculo de la muerte. Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios revelado en Cristo, Señor nuestro (Rm 8, 39).

En su carta a los romanos el apóstol Pablo nos dice que esa unión con Cristo, muerto y resucitado, comenzó en nosotros el día en que fuimos bautizados. Fue una incorporación al Misterio de Cristo: una incorporación a su muerte, sepultura y resurrección. Y desde aquel momento nuestra vida, cuando permanece fiel al Señor, queda irrevocablemente unida a Él y destinada a la vida eterna. Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos, así nosotros andemos en una vida nueva" (Rm 6, 3-4).

A la luz de la enseñanza del apóstol podemos decir con toda seguridad y, llenos de esperanza, que para el cristiano, la muerte no es sino la culminación de un proceso comenzado en el bautismo: un proceso cuyo destino es la santidad y la unión plena y definitiva con el Señor. La inmersión en las aguas bautismales significa sumergirse con Cristo en su muerte, en la cruz, para que muera y desaparezca de nosotros todo rastro de pecado; y el resurgir desde las aguas bautismales significa renacer con Cristo a una vida de santidad, identificados con Él, participando en sus mismos sentimientos de amor a Dios y a los hombres y convirtiéndonos, de esta forma, por la gracia redentora de Cristo, en nuevas criaturas. Resurgir de las aguas bautismales significa comenzar a vivir en una nueva esfera de vida, que ya no termina: una vida llena de plenitud que ni a misma muerte podrá destruir.

El bautismo, nos dirá Juan Pablo II, es "una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación del Espíritu Santo (...) preguntar a un catecúmeno ¿quieres recibir el bautismo?, significa, al mismo tiempo preguntarle ¿quieres ser santo?. Significa ponerle en el camino del sermón de la montaña: sed perfectos como vuestro Padre es perfecto (NMI 31).

Esta vocación de santidad y de vida eterna, inscrita en todos nosotros desde nuestro bautismo, la vivió D. Francisco de forma constante a lo largo de toda su vida y fue también objeto de su predicación, especialmente cuando se dirigía a los sacerdotes y a los seminaristas. Así aparece en los escritos que conservamos de él. "Vengo de Dios, voy hacia Dios y descanso en Dios. Señor que siempre vaya hacia ti como a mi única esperanza y mi único amor y en Ti encuentre mi descanso. Que la santidad sea mi único anhelo y mi única ilusión" (pág. 31). El deseo de santidad será para él, la consecuencia de un encuentro apasionado con Cristo, un encuentro que cambia la vida. "Cuando se conoce a Cristo y se le ama, la carrera ya no tiene límites" (pág.32). Efectivamente el encuentro con Cristo, cuando llega a lo hondo de nuestro ser pone en movimiento todas las energías del hombre y es capaz des sacar de él unas posibilidades y una energía que a él mismo le sorprende: “la carrera ya no tiene límites”.

Pero esta vocación de santidad no la entiende D. Francisco como una forma de vida que nos saca de la vida ordinaria convirtiéndonos en seres extraños, sino que la entiende como algo que debe ser natural en nosotros. “Ser santo no es convertirse en una pieza de museo. Ser santo es la sustancia misma de la vida cotidiana. El santo es una persona que se adhiere profundamente a Dios; y hace de Dios el ideal profundo de su ser porque ha descubierto que su corazón está forjado para Dios y preparado para Dios. Por eso, cuando buscamos a Dios, buscamos y encontramos nuestra propia perfección, buscamos la realización de nuestro ser en Jesucristo. Cristo no es algo extraño a nuestra naturaleza".

Vivir la santidad, desear la santidad, no es otra cosa que desear la realización plena de nuestro ser en Cristo. ¡Qué importante es predicar este mensaje a los hombres de nuestro tiempo! Es lo que tantas veces repite Benedicto XVI: Cristo no nos quita nada. Cristo nos lo da todo (24.IV.2005). Quien tiene a Cristo lo tienen todo. En Cristo puede alcanzar lo desea todo su ser. Esta certeza de poder encontrar en Dios todo lo que el hombre más desea lo hemos expresado en el salmo 41, que hemos rezado después de la primera lectura. Como busca la cierva las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios vivo ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (vv. 2-3).

Esta sed de Dios se traduce inmediatamente en sed de almas. Cuando uno busca a Dios, inmediatamente busca lo que le agrada a Dios. Y en un sacerdote lo que mas le agrada a Dios es su pasión por conducir a los hombres al encuentro con Dios. Ese es el deseo de Cristo. Lo hemos escuchado en el evangelio: "Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6.37-40).

La voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Por eso Dios envía a su Hijo al mundo. Jesucristo es el enviado del Padre, la Palabra decisiva del Padre para la salvación de los hombres, Jesucristo es el Pan de la Vida, capaz de calmar el hambre de felicidad de una humanidad desorientada y engañada por el pecado. Y esta voluntad salvadora de Dios se prolonga en la Iglesia y adquiere en los sacerdotes una especial radicalidad: Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros. Recibid el Espíritu Santo (Jn 20, 21-22). Id al mundo entero y predicad el evangelio a todas las gentes (Mc 16, 15).

D. Francisco lleva muy metida en el alma esa voluntad salvadora de Cristo. Casi me atrevo a decir que el tema constante de su conversación era el apostolado, era su preocupación constante por llevar a los hombres la luz de Cristo. “Salgamos al encuentro del hombre. No esperemos que acudan a nosotros, busquémosles. No nos contentemos ni nos consolemos con los que están en el redil; suframos con los que están en la lejanía y, no sólo por sus males físicos, sino también por esta lejanía de Dios causa de tanto dallo. Con el pode de Cristo podemos mirar al mundo con amor, con el amor que transforma y perdona”.

Al recordar hoy a D. Francisco, en su quinto aniversario, pidiendo al Señor por el eterno descanso de su alma, fijémonos en su ejemplo y sigamos su rastro de gran apóstol. El mundo de hoy necesita apóstoles valientes e intrépidos que conociendo bien el terreno que pisan y siendo conscientes de las dificultades que hoy entraña la evangelización, estén muy metidos, como decía D. Francisco en la sustancia de lo cotidiano, compartiendo con los hombres sus alegrías y sus penas y llevándoles el consuelo y la fortaleza de Cristo Hacen falta apóstoles, enamorados de Cristo capaces de llegar al corazón mismo de los hombres de hoy para llenar su oscuridad con la luz de Cristo: apóstoles llenos de amor a Dios "Sólo quien se siente inundado por el amor de Dios es capaz de repartirlo a manos llenas. El que reparte ese amor, muestra que conoce a Dios. Debemos ser reflejo de ese amor de Dios al mundo” (pág. 37).

Pedimos a la Virgen María que interceda por D. Francisco y que a todos nos ayude a seguir su ejemplo de amor a la Iglesia y de afán apostólico.

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