Homilías

Navidad

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NATIVIDAD DEL SEÑOR
(Misa del día)

“A Dios nadie le ha visto jamás. El Hijo Unigénito que está en el seno del Padre nos lo ha revelado (...) De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia”. En todo ser humano hay un deseo de infinito, hay una sed de amor y vida abundante. En el fondo de todo ser humano hay un profundo anhelo de ver a Dios. Pero a Dios nadie le ha visto jamás. El hombre trata de llenar su sed de plenitud de muchas maneras. Pero, aunque es verdad que todos necesitamos de los bienes materiales para poder vivir, sin embargo el afán desordenado de bienes materiales no es capaz de calmar esa sed. Y, aunque todos necesitamos encontrar respuesta a nuestra necesidad de afecto, no es dando rienda suelta a los afectos y dando satisfacción a cualquier sentimiento como llenamos la sed de amor que hay en el corazón. Y, aunque todos necesitamos un reconocimiento de nuestras cualidades y el ser valorados en nuestro trabajo profesional, cuando sólo centramos la vida en el trabajo tampoco llegamos a encontrar respuesta a nuestro deseo de vida y paz interior.

Hoy hay mucha gente que vive experiencias de una gran frustración. Buscan y no encuentran, tratan de llenarse de muchas cosas y en ninguna de ellas encuentran verdadera satisfacción. Y es que en realidad se cumple lo que nos decía S. Agustín: “Nos hiciste, Señor, para it y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

Celebrar la Navidad con fe es vivir el gozo del encuentro con Aquel que ha venido a dar respuesta a nuestras preguntas: es encontrarnos con Aquel que ha venido a llenar nuestra sed de infinitud y a curar la herida del pecado para que recuperemos íntegramente nuestra dignidad de hijos de Dios. “A Dios nadie le ha visto jamás. El Hijo Unigénito que está en el seno del Padre es quien nos lo ha dado a conocer”. El misterio inefable de Dios se ha desvelado. La Palabra eterna del Padre, por la cual todo ha sido creado, se ha hecho carne. Aquella Palabra que existía desde el principio, que estaba en Dios y era Dios, ha venido a visitarnos. “La Palabra se ha hecho carne y habita entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

El drama de la humanidad es no querer recibir esa Palabra. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. La luz vino a las tinieblas, pero las tinieblas no quisieron recibir la luz. El peor de los pecados es cerrarse a la verdad. La mayor desgracia para el hombre es negarse a buscar la verdad, encerrándose en un modo de vida intrascendente y banal, relativizando todo y fabricándose pequeños oasis de aparente felicidad que, al final terminan por descubrir su propia falsedad.

Sin embargo a cuantos recibieron la Palabra, luz verdadera, les dio poder para ser hijos de Dios. Nosotros, por la misericordia de Dios, hemos recibido esta luz y hemos conocido el amor de Dios. Nosotros hemos experimentado cómo la vida del hombre se llena de esperanza cuando recibe a Jesús; y hemos visto cómo la gracia divina es capaz de curar las heridas que deja el pecado.

Vivir la Navidad es abrirse a la gracia que nos viene de Dios: es recibir a Dios, es acogerle, es dejar a un lado una vida superficial y egoísta que nos aparta de Aquel que da verdadero sentido a la vida.

Hay actitudes que tenemos que promover en nosotros para acoger la gracia que nos viene del Misterio de la Navidad.

La sencillez de corazón: “Te doy gracias Padre porque has revelado a los pequeños los misterios del reino”. Para entrar en el misterio de Belén hay que hacerse pequeño, hay que hacerse pobre, hay que hacerse niño.

La sinceridad con nosotros mismos: no pretender engañarnos “con grandezas que superan nuestra capacidad” (salmo 130); buscar al Señor con todo el corazón, entregarle no una parte de nuestra vida o unos momentos, abriéndonos a Él sólo en circunstancias especiales o cuando sentimos nostalgia de Él, sino dándole todo lo que somos.

El deseo y la necesidad de acudir a los cauces que la Iglesia nos ofrece para recibir la gracia divina.:
· el cauce de la oración: buscar el silencio interior, sentir la presencia de Dios, descubrirle en sus criaturas.
· El cauce de la Palabra divina: acudir a la Palabra con una actitud de escucha, no de una manera individual y subjetiva, sino en el seno de La Iglesia.
· Y, sobre todo, unirnos al Misterio de la Pascua del Señor, en al Eucaristía.

“Concede, Señor Todopoderoso, a los que vivimos inmersos en la luz de tu Palabra hecha carne, que resplandezca en nosotros la fe que haces brillar en nuestro espíritu” (Oración de Navidad)

 

Nochebuena

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HOMILÍA - NOCHEBUENA

Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Hoy nos unimos a los cristianos del mundo entero, que con gozo celebran el nacimiento del salvador.”Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor con alegría, bendecid su nombre”(Samo 97). “Bendito el Niño que hoy ha hecho regocíjese Belén. Bendito el bebé que hoy ha rejuvenecido a la humanidad. Bendito el fruto bendito de María que ha enriquecido nuestra pobreza y ha colmado nuestra necesidad. Bendito Aquel que ha venido a curar nuestra enfermedad, nuestra torpeza, nuestro pecado. Gloria a tu venida, que ha dado vida a los hombres” (S. Efrén). Nos unimos a las voces de todas las criaturas para dar gracias a Dios por su bondad.

Somos como los pastores que en la noche, a la intemperie, vieron una gran luz y se llenaron de inmensa alegría: cada uno viene hoy aquí con su “noche”, con sus oscuridades y con sus deseo de vida, de luz y de paz.

Sabemos que en esta noche de Navidad no todo es alegría. Se mezclan muchas cosas: recuerdos, añoranzas, el vacío de personas queridas que nos dejaron, nuestras dudas, nuestras penas, nuestros temores También nosotros, como los pastores estamos en la “noche”: participamos de la noche del mundo.

Pero “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló”(Is.9,1).En nuestra “noche” y en la “noche” del mundo ha brillado la luz. Nuestra “noche” se ha llenado de esperanza. “No temáis, hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”(Lc. 2,1-14). No temáis, quitad de vuestro corazón toda tristeza, porque un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado.(cf. Is. 9,5-6). Un Niño que ha quebrantado la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro. Nos ha nacido un Niño cuyo nombre es Príncipe de la paz. El ángel les dijo a los pastores: esta será la señal: “lo encontraréis envuelto en pañales y acostado en un pesebre”(Lc.2,1-14).

Hoy os invito a vivir la sorpresa y la emoción de aquellos pastores.

Los pastores dijeron: vamos a Belén a ver el suceso que nos ha dado a conocer el Señor. Tenemos que ir a “Belén”. Hoy la Iglesia nos invita a caminar hacia el Misterio de Belén. Pero, para entrar en Belén hay que hacerse pequeño y tener un corazón limpio:”Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Los limpios de corazón “verán” a Dios en el Niño del pesebre. Verán a un Dios que se hace pequeño para llegar a los pequeños. Verán al Inmenso, al Inmortal, humillándose para mostrar su Rostro a los que viven sumidos en la tristeza del pecado. “Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Y se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención” (S.Agustín).

Hoy celebramos la venida al mundo de Aquel que ha querido compartir con el hombre la condición humana para destruir, en la misma naturaleza humana, la raíz de toda tristeza, que es el pecado, y para que el hombre compartiendo la vida divina recuperase la fuente de la alegría y alcanzase su dignidad de hijo de Dios. “Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro salvador. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; esa misma que acaba con el temor de la inmortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida (...) Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros por la gran misericordia con que nos amó. Estando nosotros muertos por los pecados nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a Él fuésemos una criatura nueva, una nueva creación. Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras (...) y renunciemos a las obras de la carne. Reconoce , cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de que cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado al reino de la luz” (S. León Magno).

Ante el misterio de Belén uno no puede permanecer indiferente. Uno no puede seguir aprisionado por el pecado. Ante un Dios que, en su infinita bondad, se nos muestra en la fragilidad de un recién nacido, uno no puede seguir aprisionado por el pecado, endurecido en su egoísmo y engañado en su soberbia. Ante un Dios que nos abre los brazos lleno de ternura en este niño, envuelto en pañales y recostado en un pesebre, uno tiene que cambiar de conducta, tiene que ablandar su corazón y, rendido ante tanta benevolencia, tiene que abrir también sus brazos al que con tanto amor quiere acogerle.

Celebrar el nacimiento de Cristo es celebrar nuestra liberación. Entrar en el misterio de Belén es entrar en el misterio del amor infinito de Dios. “Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo querido para que alcancemos por medio de Él la redención y el perdón de los pecados” . Hoy “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a una vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro y Salvador nuestro Jesucristo” (Tit. 2,11-14).

Queridos hermanos, Belén nos invita a una vida nueva. No perdamos la oportunidad que esta Noche santa nos ofrece. Abracemos a Cristo que viene a salvarnos, entremos decididamente en la Iglesia que es nuestra Madre y en la que Cristo sigue vivo, alimentemos nuestro espíritu con la Palabra de Dios hecha carne, recibamos la gracia del Señor en los sacramentos y caminemos hacia la santidad que es nuestra meta.

Feliz Navidad a todos. Llevemos la alegría de la Navidad a nuestras familias. Seamos en el mundo testigos de la esperanza. Y anunciemos a todos los hombres, como el ángel a los pastores, la Buena Nueva de la Salvación.

 

Entrada del nuevo parroco (Parroquia de Serranillos del Valle)

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ENTRADA DEL NUEVO PÁRROCO
(Parroquia de Serranillos del Valle)

“Os daré pastores según mi corazón!”(Jer.3,15). Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen. La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y con alegría, da continuamente gracias al Señor. Y sabe que ese cumplimiento se realiza en Jesucristo:”Yo soy el Buen Pastor y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mi (...) y doy la vida por mis ovejas” (Jn.10,11 sig.); y que su presencia sigue viva entre nosotros, por voluntad suya, en todos los lugares y en todas las épocas, por medio de los apóstoles y de sus sucesores. Sin sacerdotes la Iglesia no podría cumplir el mandato del Señor de anunciar el evangelio:”Id y haced discípulos a todas las gentes”(Mt. Mt.28,19). Ni podría renovar cada día, en el misterio eucarístico el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada para la vida del mundo.

La inauguración solmene del ministerio pastoral del nuevo párroco nos da la oportunidad, una vez más, de darle gracias al Señor, porque , en esta Parroquia de Serranillos, nunca ha faltado esa presencia de Jesucristo, como Buen Pastor, en los sacerdotes que, han ido ejerciendo aquí su servicio apostólico. Les recordamos ahora a todos con cariño y gratitud. Y especialmente recordamos a D Javier, que está realizando ahora en la Diócesis, como Vicario General, tareas de mucha responsabilidad.

El nuevo párroco D.Lorenzo ha sido hasta ahora Párroco de S. Nicasio en Leganés y me consta que en este tiempo que lleva con vosotros está siendo recibido con mucha cordialidad y afecto por todos.

Él viene a ahora, en el nombre del Señor, como párroco, para asumir, en nombre del obispo, la responsabilidad ultima en la animación pastoral de esta Parroquia. Le encomendamos, con mucha confianza, al Señor y a la Santísima Virgen, para que , por medio de él, se haga presente entre vosotros el amor de Cristo a su Iglesia. Y rezamos también para que esta comunidad parroquial, entienda bien, a la luz de la fe, lo que es propio del ministerio que hoy se le confía, le ayude en sus tareas apostólicas y, en comunión con él y con su Obispo, realice la misión de ser sal de la tierra y luz del mundo entre las gentes de este pueblo que va creciendo por momentos y al que van llegando nuevos familias que necesitan se atendidas en su vida de fe.

Un primer deber del párroco es anunciar a todos el evangelio de Dios, cumpliendo así el mandato del Señor:”Id por todo el mundo y anunciad el evangelio a todos los hombres”(Mc.16,15). Con su palabra y con el testimonio de su vida debe ayudar a todos a conocer a Jesucristo y a crecer en la fe. El párroco, como colaborador del Obispo, ha de cuidar la transmisión de la fe, garantizando la fidelidad al magisterio de la Iglesia en esta transmisión, tanto en la homilía, como en la catequesis, como en cualquier otra forma de enseñanza, exhortando a todos a descubrir en Jesucristo el verdadero tesoro que llenará de alegría y de esperanza sus vidas. Y ha de tener un cuidado especial, como nos dice Jesús en el evangelio, por los más débiles en la fe, por los que viven experiencias de sufrimiento y dolor, por los enfermos y por los niños y los más pequeños, ayudando a los matrimonios cristianos en la educación de la fe de sus hijos. La palabra del párroco no es un palabra más entre otras sino que, de una manera especial en determinados momentos, y particularmente en lo que se refiere a la doctrina cristiana, es la voz autorizada de la Iglesia que garantiza la correcta transmisión de la fe.” Los sacerdotes, cuando con su conducta ejemplar entre los hombres los llevan a glorificar a Dios, o cuando enseñan la catequesis cristiana, o cuando explican las enseñanzas de la Iglesia, o cuando se dedican a estudiar los problemas actuales a la luz de Jesucristo, siempre enseñan no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios, e invitan insistentemente a todos a la conversión y a la santidad” (PO. 4).

El sacerdote es también ministro de los sacramentos y de la Eucaristía. Por el bautismo introducen a los hombres en el Pueblo de Dios¸ por el sacramento de la penitencia reconcilian a los pecadores con Dios y con la Iglesia, por la unción de los enfermos alivian a los que sufren la enfermedad y, sobre todo, por la celebración de la Eucaristía ofrecen el sacrificio de Cristo y hacen permanentemente presente entre nosotros el memorial de la cruz redentora de Cristo y de su gloriosa resurrección. La Eucaristía ha de ser el centro de la Parroquia y de una manera muy especial la Eucaristía del domingo. En torno a la Eucaristía, decía el Papa a los jóvenes en Colonia hemos de construir comunidades vivas. Comunidades que vivan el mandamiento del amor, teniendo todos un mismo corazón; comunidades cristianas con capacidad de perdón, con sensibilidad hacia las necesidades de los demás, comprometidas en su servicio al prójimo y siempre dispuestas a compartir sus bienes con los necesitados. Cuando el mandamiento del amor a los pobres se separa de la Eucaristía corremos el riesgo de convertirlo en pura demagogia. El alma de la Iglesia es el amor, con una especial predilección hacia los más pobres, Pero ese amor ha de tener siempre como fuente y alimento la Eucaristía. La Eucaristía nos empuja a un modo de vivir activo, dinámico y transformador. La Eucaristía es acción de gracias, alabanza, bendición y transformación a partir del Señor. “La Eucaristía es el centro propulsor de toda la acción evangelizadora de la Iglesia, como lo es el corazón en el cuerpo humano. Las comunidades cristianas sin la celebración eucarística, en la que se alimentan con la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, perderían su auténtica naturaleza; sólo en la medida en que son eucarísticas pueden transmitir a los hombres a Cristo, y no sólo ideas por muy nobles e importantes que sean” (Benedicto XVI. 2/10/2005). No perdamos nunca el sentido del domingo como día de la Eucaristía, como día del Señor. El día en que Jesucristo, venciendo la muerte salió del sepulcro. El día de la nueva creación. La Eucaristía, nos dice el concilio, es la fuente y la cumbre de toda la evangelización. (PO.5)

Los presbíteros ejercen también la función de ser punto de encuentro de los diversos carismas y ministerios que pueda haber en la comunidad. Son centro de unidad y de comunión. Hacen presente a Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, que da unidad y consistencia a todo el Cuerpo. Ellos convocan y reúnen, en nombre del Obispo a la familia de Dios, como una fraternidad con una sólo alma y la conducen a Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu. La Parroquia es una comunidad muy diversa, que congrega personas con edades y mentalidades muy diferentes. Cada una con su propia historia personal, con sus penas y alegrías y con una gran variedad de ministerios y carismas. A todos debe llegar el sacerdote, como padre, hermano y amigo. Y, como educador de la fe, ha de procurar personalmente, o por medio de otros, que cada uno de aquellos que la Iglesia le confía, descubra su propia vocación y sea llevado por el Espíritu hacia la madurez de la vida cristiana que es la santidad.

Para conseguir todo esto, como también nos dice el concilio “debe portarse con ellos no según los gustos de los hombres, sino conforme a las exigencias de la enseñanza y de la vida cristiana”( P.O. 6). Y sabemos muy bien que en el mundo en que vivimos, con una mentalidad dominante, muy alejada de Dios y de los valores evangélicos, esto no es fácil; y, en muchos momentos, el sacerdote tendrá que decir cosas que no estén de moda y tendrá que ir contracorriente de un modo de pensar y de un modo de comportarse que, por muy habituales que sean, está produciendo verdaderos estragos en las familias y en el crecimiento moral y religioso de los niños y de los jóvenes. El sacerdote, como decía S. Pablo a su discípulo Timoteo, tiene la obligación de predicar el evangelio, insistiendo a tiempo y a destiempo, corrigiendo, reprendiendo y exhortando con toda paciencia y doctrina. (Cf.Tim.4,2) . Y no le faltará la gracia de Dios para realizarlo.

Aunque el sacerdote se debe a todos, sin embargo, nunca debe olvidar, que, como representante de Jesucristo Buen Pastor, ha de tratar con especial predilección a los pobres y a los más débiles. Y hay muchas formas de pobreza. Está la pobreza material de los que no tienen lo necesario para vivir. A ellos hay que atenderlos directamente o través de los servicios de Cáritas. Pero está también la pobreza espiritual de quienes han vivido o viven momentos de especial sufrimiento, en la enfermedad , en el desamparo afectivo, en el desarraigo por causa de la emigración o en la soledad. Y está finalmente la más radical de las pobrezas, que es la pobreza del que vive alejado de Dios, la pobreza del pecado. Hemos de tener un gran deseo de llegar a todos. Y hemos de procurar por todos los medios, con la ayuda del Señor, hacer llegar la luz de la fe a los que no conocen al Señor. La Parroquia ha de ser un comunidad misionera, que busque como el Señor a tantas ovejas perdidas y a tantos hijos pródigos como hay por el mundo y les muestre en Jesucristo el camino de la verdadera felicidad.

Dentro de un momento el Párroco renovará ante mi sus promesas sacerdotales y después le iré haciendo entrega de las diversas sedes en las que ejercerá su ministerio. Le entregaré la sede presidencial, desde la que predicará la Palabra de Dios, presidirá la Eucaristía y guiará, con el espíritu del Buen Pastor, a esta comunidad cristiana que la Iglesia le confía. Le haré entrega después de la pila bautismal en la que por el agua y el Espíritu, en el sacramento del bautismo, incorporará nuevos miembros a la Iglesia. Y le entregaré la sede penitencial en la que, por el sacramento de la reconciliación, hará llegar, por su ministerio, a todos los con un corazón arrepentido confiesen personalmente sus pecados, la gracia infinita de la misericordia divina. Después de la comunión le haré entrega de la llave del sagrario, pidiéndole que cuide con mucho respeto este lugar santo y con una luz, siempre encendida, indique a los fieles, la presencia del Señor, para que vengan aquí a orar y que lleve la sagrada comunión a todos aquellos que por estar enfermos o impedidos no hayan podido venir a la celebración de la Eucaristía.

El evangelio de hoy nos presenta a un escriba que le plantea a Jesús una pregunta esencial: “Qué mandamiento es el primero de todos”. Y Jesús uniendo dos textos del Pentateuco (Dt. 6,4-5: Lev.19,18), le contesta sin vacilar: “El primero es : Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos”. Jesús une el amor a Dios y el amor al prójimo y convierte estos dos mandamientos en la base de nuestra vida de fe. Sólo el amor a Dios hace posible el amor al prójimo y sólo en el amor al prójimo puede manifestarse nuestro amor a Dios. Dios es la fuente de todo amor. Y esa fuente de amor se ha manifestado en Jesucristo, que muriendo en la cruz nos amó hasta el extremo y resucitando nos ha dado la posibilidad, por el don de Espíritu Santo de ser, unidos a Él, criaturas nuevas, capaces de amar a nuestros hermanos con el mismo amor con que Él nos ama. Lo esencial en nuestra vida de fe es creer en el amor de Dios, acoger ese amor, dejarnos querer por Dios y vivir como verdaderos hijos suyos que confían en su misericordia. Y así llenos de ese amor de Dios, entregarnos a los hermanos con un amor universal: un amor que nos excluya a nadie; una amor que alcance incluso a los enemigos y que convierta el amor a los pobres en nuestra principal preferencia. Que ese amor sea el principal distintivo de esta comunidad parroquial.

Esta comunidad parroquial que hoy recibe a su nuevo Párroco tiene que ser buena noticia de salvación y evangelio vivo, para todos los que, con sincero corazón busquen el bien y la verdad.

Ponemos nuestro mirada en la Virgen María. Que ella nos proteja constantemente con su protección maternal y sea para nosotros el modelo de una vida entregada a la voluntad de Dios y el signo de una Iglesia que, unida a su Señor, proclama al mundo las maravillas de Dios.

 

Ordenacion Presbiteros

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ORDENACIÓN PRESBÍTEROS – 2006
Homilía de D. Joaquín Mª López de Andújar, Obispo diocesano, en la Ceremonia de Ordenación de presbíteros celebrada el día 12 de octubre de 2006 en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles.

Queridos hermanos sacerdotes, queridos amigos y hermanos que hoy habéis venido de muchos lugares de la Diócesis para darle gracias a Dios por este regalo que nos hace de seis nuevos presbíteros. A todos os saludo con mucho cariño y especialmente a vosotros José Javier, Jesús, Domingo, Jaime, Gustavo y Juan y a vuestros padres, familiares y amigos.

Acabamos de escuchar en el evangelio que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias; y que al ver a las gentes se compadecía de ellas porque estaban como ovejas sin pastor. El Señor se conmueve al contemplar la desorientación de aquellas gentes e invita a rogar al dueño de la mies y del rebaño que envíe más trabajadores.

Y el Padre, que nunca nos abandona, sigue llamando nuevos pastores y les sigue invitando a su seguimiento. Vosotros, queridos ordenandos, escuchasteis un día esa invitación del Señor. El Señor os dijo: ven y sígueme, ven conmigo y vive como yo y contempla el mundo con la misma mirada con que yo lo contemplo y con el mismo corazón con que yo lo amo. Y vosotros os fiasteis de Él y os pusisteis en camino. Y hoy, en la persona del Obispo, el mismo Señor, os vuelve a llamar confirmando aquella primera invitación y os envía al mundo para que, por vuestro ministerio apostólico, esa multitud desvalida y desorientada que puebla los barrios, aldeas y ciudades de nuestra diócesis se encuentre con Cristo y en Él descubra el camino hacia el Padre, fuente de todo bien, y la verdad sobre el hombre, sobre su existencia, sobre su origen y su destino y la vida en plenitud que le colme de felicidad.

Por el sacramento del Orden, el Espíritu del Señor os enriquecerá con sus dones para convertiros en pastores al servicio del supremo Pastor que es Jesucristo. Hoy cada uno de vosotros puede decir con palabras de S. Pablo: “Cristo Jesús me consideró digno de confianza (...) y la gracia del Señor sobreabundó en mí” (1 Tim. 1, 13-14). Sólo se puede ser pastor del rebaño de Cristo por medio de Él y en la más íntima comunión con Él. Sólo se puede ser apóstol viviendo en Él y estando con Él. El sacerdote, mediante el sacramento del orden es insertado totalmente en Cristo para que actuando con Él y como Él le haga presente entre los hombres cumpliendo permanentemente la profecía de Ezequiel: “Yo mismo en persona cuidaré de mi rebaño y velaré por él (...) los recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en días de nubes y de brumas (...) buscaré la oveja perdida, tomaré la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma” (Ez. 34, 11 sig.).

El Señor hoy os va a ungir y os va a enviar, tal como hemos escuchado en la primera lectura, para “anunciar el evangelio a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad (...) para consolar a los afligidos (...) y para cambiar su ceniza en corona y su traje de luto en perfume de fiesta” (Is. 61,1-3).

En el evangelio de S. Juan nos dirá el Señor tres cualidades esenciales del verdadero pastor. El verdadero pastor da su vida por las ovejas, las conoce y ellas le conocen a él; y está al servicio de la unidad.

La primera cualidad del verdadero pastor es estar dispuesto a dar la vida por las ovejas. El Señor no nos pide a los pastores una parte de nuestro tiempo o de nuestras cualidades o de nuestro esfuerzo. El Señor nos lo pide todo. Nos pide entregar totalmente nuestra vida. El celibato sacerdotal es signo de esa entrega total. Es la expresión de nuestra total entrega al Señor en quien descansan y se nutren, sin mediaciones humanas, todos nuestros afectos; y la expresión también de nuestra total y gozosa disponibilidad para el servicio del Reino de Dios.

El verdadero pastor no vive para sí mismo sino para Aquel que es su Señor y para todos aquellos que su Señor, por medio de la Iglesia, le confíe. El verdadero pastor muere cada día, como Cristo en la cruz, para que aquellos que el Señor ha puesto bajo su cuidado encuentren la vida verdadera. “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas parte el morir de Jesús a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (II Cor. 4,10). Este morir para que otros tengan vida, que nos revela el misterio de la cruz, está en el centro mismo del servicio de Jesús como Pastor y está también, por tanto, en el servicio del sacerdote a la Iglesia. Jesús entrega su vida a los hombres por amor y la entrega libremente. Y esta entrega del Señor se perpetúa en la Eucaristía, cada día, por manos del sacerdote. Por eso Eucaristía y sacerdocio son inseparables. La Eucaristía es el centro de la vida del sacerdote. No puede haber otro centro. Toda la vida del sacerdote es eucarística. Toda la vida del sacerdote es conformación con la cruz del Señor en el misterio eucarístico que celebra cada día. Y este momento, el más importante del día, en que el  sacerdote celebra la eucaristía da sentido a todas sus palabras, sus obras y su pensamiento. La Eucaristía es la vida del sacerdote. La Eucaristía alimenta su oración y le consuela en el sufrimiento y le llena de gozo en la acción de gracias por todos los dones que continuamente recibe del Señor, y es el lugar donde diariamente hace la ofrenda de su vida y vive íntimamente su comunión plena con el Santo Padre y con su obispo y con sus hermanos presbíteros y donde, unido a la Santísima Virgen y a todos los santos, renueva constantemente su vocación de santidad. La Eucaristía le permite al sacerdote vivir todas las circunstancias de su vida en estrecha intimidad con Aquel que en la cruz reconcilió a los hombres con Dios y ha querido confiarle, en un derroche de misericordia, el ministerio de la reconciliación. Este ministerio de la reconciliación que el Señor ha querido confiarnos y que nos convierte en instrumentos de la misericordia entrañable de nuestro Dios nos hace vivir la Eucaristía como la fuente de la que brota constantemente el manantial de la gracia divina.

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros los sacerdotes una escuela de vida en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte o en el momento del martirio, si es que el Señor nos concediera esa gracia. La vida debemos darla día a día. Debemos aprender continuamente que no nos poseemos a nosotros mismos, sino que somos posesión del Señor.

Una segunda cualidad del pastor es conocer a las ovejas. El Señor nos dice: “Conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre” (Jn.10, 14-15). Jesús ha querido unir aquí dos relaciones: la relación entre Jesús y el Padre y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a Él. Son dos relaciones inseparables porque la misión de Jesús es llevar a los hombres al Padre. De la misma manera en la relación del sacerdote con los hombres no podemos perder de vista nuestra relación con Cristo y por medio de Cristo con el Padre. Hemos de conocer a todos aquellos que el Señor nos confíe y hemos de quererles, especialmente a los más pobres y a los más necesitados de amor. Y hemos de sabernos situar en el contexto cultural en que vivimos. Y hemos de ser conscientes de lo que los hombres de nuestro tiempo buscan y necesitan; y de saber reconocer cuales son sus inquietudes, y sus preguntas y sus vacíos y sus soledades y sus desiertos. Todo eso debemos conocerlo estando muy cercanos a ellos y escuchándoles con verdadero interés y respeto; y saliendo en busca de la oveja perdida. Pero ese conocimiento y esa relación con los hombres debe ir unida a nuestra relación con Cristo y por medio de Cristo con el Padre. Porque, solamente por nuestra relación con Cristo y con el Padre y por el don de su Espíritu Santo, podremos entrar en el misterio del hombre y en  sus necesidades más profundas y en su pecado, causa última de todos sus sufrimientos, para llevarle a Cristo y por medio de su Iglesia hacer posible que sean curadas sus heridas y renazca en el la esperanza y descubra el amor que Dios le tiene. Nosotros hemos de conocer a los hombres y hemos de acercarnos a ellos, pero con el conocimiento de Cristo y en el corazón de Cristo, para que los hombres, nuestros hermanos, descubran su dignidad de hijos de Dios y puedan encontrar en Cristo la luz que alumbre sus tinieblas y el amor que sane todas sus enfermedades. Hemos de hacernos cercanos a los hombres, pero no para que se vinculen a nosotros, sino para que se vinculen a Cristo, al Corazón de Cristo y en Él encuentren todas las riquezas del amor divino. El mundo necesita descubrir el amor divino. El mundo necesita a Dios. Los hombres necesitan a Dios. En esta cultura nuestra occidental, tan descreída, en la que la dignidad de la vida humana se va deteriorando por momentos, hacen falta sacerdotes que asuman con valentía la misión salvadora de Jesús y hablen a los hombres de Dios. El mundo necesita sacerdotes santos que estén íntimamente unidos a Dios y que hablen de Dios. Estar con Dios y hablar de Dios, eso es lo que el mundo pide a los sacerdotes. Estar con Él por la oración, por el amor y por la obediencia interior a la voluntad del Padre. Y hablar de Él, predicando fielmente el evangelio de Cristo, en comunión con la Iglesia. El sacerdote tiene que alimentar en los hombres, con la predicación del evangelio y con el testimonio de su vida, la confianza en el amor y en el poder de Dios.

Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendada al Pastor: “Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16). El gran deseo del Señor es la unidad: “que todos sean uno para que el mundo crea que tu me has enviado”. Unidad y misión van estrechamente unidas. No es posible la misión en una Iglesia desunida. Los sacerdotes hemos de ser constructores de unidad. Viviendo en primer lugar la unidad en nuestras propias vidas: entregándonos al Señor con un corazón indiviso, siendo siempre sacerdotes en nuestros pensamientos, palabras y acciones y mostrándonos en todos los momentos ante los hombres como sacerdotes, en nuestro modo de comportarnos, en nuestro modo de hablar y de dirigirnos a la gente, en nuestros gestos y actitudes para que cualquiera pueda acudir a nosotros cuando nos necesite y nuestra vida sea un signo de Cristo, Pastor, en medio del mundo.

Y hemos de ser constructores de unidad en nuestras comunidades cristianas, siendo para todos vínculo de unión, acogiendo con amor y gratitud todos los carismas que el Señor quiera regalarnos y ayudando a cada uno a descubrir su propia vocación, poniendo un cuidado muy especial en el discernimiento de las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. El Señor sigue llamando a muchos jóvenes a vivir una vocación de especial intimidad con Él y de servicio a la Iglesia. Pero Él ha querido que esa llamada llegue, en muchos casos, a través de nuestro ministerio sacerdotal. Es muy grande nuestra responsabilidad en la pastoral vocacional y no podemos olvidarla.

Y hemos de ser constructores de unidad en la sociedad misma, hoy tan dividida y fragmentada, fomentando en nuestros ambientes todo lo que sea provechoso para la convivencia pacífica y para la defensa de la vida humana y de la familia y de la dignidad de la persona humana.

La unidad es la condición para la misión. Tenemos que sentirnos Iglesia misionera. “Tengo otras ovejas que no son de este redil: también a estas las tengo que traer”. La misión joven que este año estamos viviendo en la Diócesis con entusiasmo ha de despertar en todos el deseo de salir de nuestras rutinas y de nuestros comportamiento, a veces, demasiado cómodos, para llegar a esa gran multitud de ovejas sin pastor que Jesús contemplaba lleno de compasión. No podemos quedarnos impasibles y quietos ante el espectáculo de tantas personas alejadas de Dios. Hay mucha gente que trata de presentar un mundo sin Dios. Pero un mundo sin Dios es inexplicable. Sin Dios es imposible explicar razonablemente la maravilla del mundo y de la vida. Nosotros, que desde la luz de la fe, gozamos, de esa maravilla no podemos dejar que tantos hermanos nuestros, muchos de ellos quizás muy cercanos y muy queridos, se vean privados de ese gozo. Ser misionero es sentir el deseo de que todos puedan compartir con nosotros la alegría de conocer a Jesucristo para trabajar unidos en la construcción de un mundo justo, en el que no tengamos que contemplar el escándalo de la pobreza y la miseria de millones de hombres que se ven obligados a salir de sus países buscando una vida más digna. Ser misioneros es abrir las puertas de la Iglesia a todos los hombres para que en ella se encuentre como en su propia casa y en ella descubran a Aquel, que muriendo en una cruz y resucitando al tercer día nos ha revelado la sabiduría infinita de Dios. Una sabiduría que rompe todos los esquemas humanos.

Que en este día en que celebramos a María en su advocación de Ntra. Sra. del Pilar, el Señor nos conceda, como se pide en la oración propia de esta fiesta: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

Y que los que hoy os vais a unir al Señor, por el sacramento del orden, para ser pastores, según su corazón, encontréis siempre en María a la Madre, que nunca os va abandonar y a la Maestra que os enseñará a vivir cerca de Jesús, a confiar en su amor y a compartir con Él, el dolor de la cruz y el gozo de la resurrección. Que María sea para todos nuestra Madre en la oración, en el amor, en la obediencia fiel y en la fuerte esperanza. Amén



Profesion de Sor Virgina

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HOMILÍA PROFESION DE SOR VIRGINIA
(Cantalapiedra 17 de Septiembre de 2006)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes.
Querida comunidad de hermanas clarisas
Queridos amigos y hermanos
Y muy especialmente querida Sor Virginia y queridos padres y familia de Sor Virginia

Es este un día que nos llena a todos de mucha emoción y alegría. Vamos a ser testigos, en esta celebración, de la entrega plena al Señor de nuestra hermana Virginia. Cuando yo le pregunte dentro de un momento: “¿Qué pides a Dios y a su Santa Iglesia?”. Ella me va a responder: “Pido humildemente ser admitida a la Profesión en esta familia de Hermanas Pobres de Santa Clara, para seguir con fidelidad, hasta la muerte, a Cristo pobre y crucificado, y entregar mi vida en alabanza de Dios para bien de la Iglesia y la salvación del mundo.”

Sor Virginia, por una gracia especial del Señor, ha sentido en su corazón el deseo de entregarse totalmente al Señor. “Dichoso aquel – decía Santa Clara - que le es dado alimentarse en el banquete sagrado y unirse en lo más íntimo de su corazón a Aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente”. (Santa Clara a la Beata Inés de Praga)

Sor Virginia ha escuchado en el silencio de su corazón, como dirigidas personalmente a ella, las palabras del salmo: “Escucha hija mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante Él, que Él es tu Señor”. Y ella, lo mismo que la Virgen María cuando escuchó las palabras del ángel, ha respondido: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”

Hoy se van a cumplir en Virginia las palabras del profeta Oseas que hemos escuchado en la primera lectura: “Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto y le hablaré al corazón (...) Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y en justicia, en misericordia y compasión; me casaré contigo en felicidad, y te penetrarás del Señor” (Os. 2,14-16,19-20). Hoy Virginia se va a consagrar totalmente al Señor para que el Señor se su único Esposo; y el amor del Señor sea el único y definitivo amor de su vida, llenando de plenitud y de sentido cualquier otro amor humano.

Una vocación como la de Sor Virginia es imposible de entender en un clima cultural, como el que desgraciadamente nos domina, en el que el valor supremo es el bienestar material, a costa de lo que sea; en el que el amor se ha desvirtuado de tal manera que se ha convertido en pura emotividad, egoísta y sin control, a merced de los sentimientos y de las pasiones, sin entrega, sin donación, sin sacrificio, sin constancia, sin Dios; y la libertad, en lugar de ser esa cualidad maravillosa del ser humano que, fundamentándose en la verdad, le anima y guía para orientar la vida hacia los bienes que le hacen feliz y en especial hacia el Bien Supremo, que es Dios, se ha deteriorado hasta el punto de convertirse en un dejarse llevar irresponsablemente por el capricho o por la comodidad.

Para quien cree que la felicidad sólo consiste en la posesión egoísta de bienes materiales la vocación de Sor Isabel es una locura. Pero ya hemos escuchado lo que dice el apóstol Pablo: “Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios (...) Ha escogido Dios la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta” (I Cor. 1,26-31) Esto que dice el apóstol sigue siendo una realidad palpable. Porque para quien vive en la fe, para quien ha conocido a Jesucristo y ha descubierto en Él la perla preciosa, esta vocación es verdaderamente admirable y sólo accesible, por una gracia especial, para aquellos a quienes Dios quiere llamar. Es una vocación de total entrega a Dios, sin las mediaciones humanas, de tipo familiar o social, ordinarias y habituales. Es una vocación que se convierte en un signo del amor absoluto de Dios, ayudando y mostrando a la Iglesia entera, llamada también a la santidad, a descubrir cual es su meta. “La comunidades de clausura – nos decía Juan Pablo II – puestas como ciudades sobre el monte y luces en el candelero (cf. Mt 5,14,15), a pesar de la sencillez de vida, prefiguran visiblemente la meta hacia la cual camina la entera comunidad eclesial que, entregada a la acción y dada a la contemplación, se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo, cuando la Iglesia se manifieste gloriosa con su Esposo y Cristo entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad para que Dios sea todo en todo”(VC 59 c)

Y el actual Papa, Benedicto XVI, insistía en lo mismo diciendo: “ (...) como la vida de Jesús, con su obediencia y su entrega al Padre, es parábola viva del “Dios con nosotros”, también la entrega concreta de las personas consagradas a Dios y a los hermanos, se convierte en signo elocuente de la presencia del Reino de Dios para el mundo de hoy. Vuestro modo de vivir y de trabajar puede manifestar sin atenuaciones la plena pertenencia al único Señor; vuestro completo abandono en las manos de Cristo y de la Iglesia es un anuncio fuerte y claro de la presencia de Dios con un lenguaje comprensible para nuestros contemporáneos. Este es el primer servicio que la vida consagrada presta a la Iglesia y al mundo. Dentro del pueblo de Dios, son como centinelas que descubren y anuncian la vida nueva ya presente en nuestra historia” (Homilía- 2 de Febrero de 2006)

La vida de las monjas de clausura es un gran don para la Iglesia. Su modo de vivir nos esta recordando a todos los cristianos, muchas veces enredados y agobiados por las ocupaciones diarias y por la seducción de las cosas terrenas, que nuestra vocación es la santidad y que sólo en Dios encuentra el hombre la verdadera alegría y la paz del corazón. Nos cuenta el Evangelio que en cierta ocasión Jesús acudió a Betania y se hospedó en casa de Marta y de María. María estaba absorta, a los pies de Jesús, escuchando su Palabra. Marta estaba ocupada en las cosas de la casa. Y cuando Marta, nerviosa y agobiada por sus muchas tareas, se queja por la aparente inactividad de María, el Señor le dice: “Marta, Marta, estás nerviosa e inquieta por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la va a arrebatar.” Podemos decir hoy que Virginia ha elegido la mejor parte: ha elegido estar con el Señor y en el silencio del claustro escuchar su palabra, como esposa escogida por ÉL; y nada ni nadie le arrebatará este privilegio.

Dentro de un momento, Sor Virginia, después de pedir a Dios, por medio de Jesucristo, el don del Espíritu Santo y en unión de la Santísima Virgen y de todos los santos, va a prometer y a hacer voto solemne a Dios Omnipotente de vivir por todo el tiempo de su vida en castidad, pobreza y obediencia.

Hacer voto de castidad significa testimoniar ante el mundo “la fuerza del amor de Dios en la fragilidad de la condición humana. La persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen que es imposible es posible y verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús (...) En Cristo es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor, y amar así con la libertad de Dios a todas la criaturas” (VC.88)

El voto de pobreza consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano. Frente a la idolatría del dinero que encadena hoy el corazón de mucha gente, la pobreza evangélica aparece ante nosotros como un verdadero gesto profético en una sociedad que corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de las cosas. La pobreza que S. Francisco y Santa Clara vivieron y que sus hijas siguen haciendo presente entre nosotros, es un testimonio evangélico de abnegación y sobriedad. Es un estilo de vida lleno de sencillez, belleza y hospitalidad, convirtiéndose en un ejemplo vivo para todos lo que, dominados por el egoísmo y el afán de acumular riquezas, permanecen indiferentes ante las necesidades del prójimo. (cf. VC. 90)

Y finalmente el voto de obediencia hace presente de un modo particularmente vivo la obediencia de Cristo al Padre y testimonia que no hay contradicción entre obediencia y libertad. Porque la verdadera libertad consiste en orientar nuestra vida de una manera decidida y responsable hacia su plenitud y felicidad. Y esa plenitud sólo Dios la conoce y, por tanto, sólo la alcanzaremos haciendo su voluntad. La actitud de Jesucristo, Hijo de Dios, desvela el misterio de la libertad humana como camino de obediencia a la voluntad de Padre y el misterio de la obediencia como camino para lograr progresivamente la verdadera libertad. (cf. VC 91). Este testimonio de obediencia en la vida religiosa y, en particular en nuestras hermanas clarisas, tiene una importante dimensión comunitaria. La vida fraterna es el lugar privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntas en unión de espíritu y de corazón, reconociendo en la priora la expresión de la paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida de Él al servicio del discernimiento y de la comunión” (VC. 92 a)

Damos gracias a Dios por la llamada especial que el Señor hace hoy a Virginia y por su generosidad en la respuesta; y damos gracias también por sus padres y su familia que ofrecen al Señor el sacrificio de entregar a su hija para su servicio y alabanza. Tened la seguridad de que Dios os recompensará con el ciento por uno, participando con ella en su felicidad y en la alegría de darse por entero al Señor.

Todos nos alegramos y damos gracias a Dios porque el carisma de Santa Clara sigue vivo en este querido convento de Cantalapiedra.

El mensaje de Santa Clara sigue estando hoy muy vivo entre nosotros. Santa Clara nos invita a dejar que Dios llene totalmente nuestras vidas: que Jesucristo, en quien se ha manifestado la gloria y el amor divino, sea el centro de nuestra existencia; que Él lo llene todo, para poder encontrar en Él todo lo que el corazón humano desea, y se convierta Cristo para nosotros en fuente de alegría incesante.

Nos encomendamos especialmente a la Virgen María, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo. Que como la Virgen María, estemos siempre abiertos a la llamada del Señor para que, como dice la liturgia de Adviento “cuando el Señor venga y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza”. AMEN

 

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