MEDITACIONES PARA EL TRIDUO SANTO
Semana Santa 2020 – José Rico Pavés

Presentación de las meditaciones

Hemos entrado con toda la Iglesia en la celebración de la Semana que llamamos con razón Santa, pues en ella se nos concede la oportunidad siempre nueva de participar en el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Al inicio de la cuaresma difícilmente podíamos imaginar que viviríamos estos días en una situación de confinamiento provocada por una pandemia. Y, sin embargo, por sorprendente que nos parezca, nada de lo que estamos viviendo estos días es ajeno a la Liturgia. La Palabra de Dios que se proclama viva en las celebraciones, las oraciones de la Santa Misa y de las horas litúrgicas, parece que se reciben ahora con nuevo vigor. Es como si una pátina de rutina hubiera estado ocultando su fuerza y ahora, en estas circunstancias inesperadas, emergieran con resplandor inimaginable para iluminar esta hora oscura. Necesitamos, sí, abrir el oído y purificar la mirada para escuchar hoy la voz del Señor y reconocer su presencia que nos acompaña. Tal es el fin de las meditaciones que se proponen estos días del Triduo Santo.

Cuando nos vemos obligados a permanecer en casa, cuando nuestros sacerdotes celebran a puerta cerrada, cuando la distancia obligada nos impide vernos como iglesia congregada, hemos recurrido como nunca antes a los Medios de comunicación y a las redes sociales para acortar distancias, llevar palabras de esperanzas y poder ver y oír a aquellos cuya presencia nos falta. Estamos comprobando cómo los Medios nos pueden ayudar a unirnos a la liturgia de la Iglesia. Sabemos que la celebración de los sacramentos, porque son comunicación personal de gracia, requieren encuentro cuidado en el trato de una presencia, reconocida por la fe y tocada en los signos sensibles que la cubren. Por eso, la participación virtual a través de los medios jamás podrá suplir la participación real en una celebración sacramental. Sin embargo, es mucho lo que los Medios nos pueden aportar estos días para ayudarnos a participar, aunque sea de forma limitada, en las celebraciones litúrgicas.

Una bella expresión de san Juan de la Cruz, en su Cántico espiritual, puede darnos luz al respecto. Al describir el deseo ardiente que lleva al alma enamorada a salir al encuentro del Amado, el santo carmelita exclama: «Descubre tu presencia, / y máteme tu vista y hermosura; / mira que la dolencia de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura». En el confinamiento que es el destierro de la vida, san Juan de la Cruz se reconoce herido de amor, portador de un anhelo de belleza que no pueden colmar las criaturas. El corazón humano está hecho para Dios, Hermosura siempre antigua y siempre nueva, y no encontrará paz hasta que Dios mismo cure la herida, recibiéndonos en abrazo eterno que nos desvele su presencia y figura. La dolencia de amor sólo se cura con presencia y figura. Los Medios nos acercan la figura, nos permiten incluso entrar en comunicación a pesar de la distancia, nos acercan la palabra y el rostro, pero son incapaces de traernos la presencia completa, única e irrepetible, de cada persona. Habremos hecho buen uso de los Medios para participar de alguna manera en las celebraciones litúrgicas de estos días, en estas circunstancias excepcionales, si a través de la figura, vista y oída, crece en nosotros el deseo de un encuentro de presencia que nos lleve de nuevo a congregarnos como iglesia viva para tomar parte, de forma real no virtual, en la celebración de los misterios de nuestra fe. Las meditaciones que se proponen para el Jueves, Viernes y Sábado Santo, quieren ser una ayuda, nada más, para vivir la liturgia del Triduo Santo desde la fe. Cada día se seguirá el mismo esquema: escucha de la Palabra de Dios, mirada sobre los gestos y calor de devoción. Escuchar y mirar para encender el corazón.

El mismo san Juan de la Cruz nos ofrece otra indicación certera para avanzar en la vida cristiana, que bien nos vale para la meditación de estos días: «atención a lo interior y estarse amando al Amado».

En medio de estas circunstancias singulares, os deseo una santa vivencia de los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, que encienda un deseo renovado de encuentro con Jesucristo, pues es Él el que nos dice: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer (Lc 22, 15).