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Casi 250 personas se unieron el pasado 13 de abril a la ‘Peregrinación por la vida’ organizada por la Delegación de Familia y Vida de la Diócesis de Getafe en Cubas de la Sagra y que en esta ocasión contó con la presencia de la viuda y de algunos familiares de Alfonso Bertodano, recientemente fallecido, y quien fuera el principal promotor e impulsor de esta iniciativa.

A través de él se conoció esta peregrinación cuyo origen está en Francia y por cuya realización y frutos él ofreció su enfermedad.

Los participantes vivieron una jornada con momentos cargados de profundo significado como el rezo del responso por el eterno descanso del alma de Bertodano y la entrega, a la familia, de un cartel enmarcado de la peregrinación y de una imagen del Sagrado Corazón de la que era muy devoto. 

Bebés, niños, jóvenes, padres, madres, abuelos e incluso el obispo diocesano, D. Ginés García Beltrán, caminaron y rezaron unidos por la defensa de la vida en todas sus etapas. 

Una fiel diocesana -que por discreción prefiere reservar su nombre y a quien llamaremos María (por el nombre de la Madre)-, se unió por primera vez a la ‘Peregrinación por la vida’, que recorrió el camino que separa la Casa de Espiritualidad de las Misioneras Cruzadas del Monasterio de Santa María de la Cruz, donde concluyó la marcha con la celebración de la eucaristía, ha querido compartir su testimonio:

“A pesar de haber sido invitada prácticamente desde sus inicios, nunca había tenido especial interés en asistir, porque no me había planteado la importancia de peregrinar por la vida, pero los días previos a la jornada de este año se dieron una sucesión de hechos con los cuales Dios me fue preparando, primero, para acudir, y segundo, para comprender su significado en profundidad”, explica María. 

En esta ocasión, se animó a peregrinar junto a su marido. “La semana anterior me habían hablado de la peregrinación como algo maravilloso. Me explicaron en qué consistía, los actos simbólicos que se realizaban durante la misa y la cantidad de personas que atraía ese día en especial y a lo largo de todo el año. Me pregunté qué tendría de característico esta peregrinación para que me hablasen con esa alegría e ilusión sobre ella. Cada vez tenía más claro que yo quería ver qué ocurría allí”, cuenta esta peregrina. 

Por cuestiones logísticas, para ambos la caminata comenzó antes que para el resto de participantes, ya que dejaron su coche aparcado en el monasterio y caminaron hasta el inicio de la peregrinación, un trayecto que se hace en unos 20 minutos. 

“Cuando comenzamos a andar, tuvimos nuestro primer regalo del día: uno de mis hijos propuso rezar el Rosario mientras caminábamos para que se nos hiciese más cortito, y comenzaron pidiendo en el primer misterio por la peregrinación a la que nos dirigíamos. Fue un paseo precioso”, reconoce María.  

Al llegar al punto de encuentro se unieron al resto de las familias, que iniciaron la peregrinación con una oración. El rezo del Rosario les acompañó por el camino hasta llegar al Monasterio de Santa María de la Cruz. 

“Allí, antes de comenzar la misa, nos repartieron unos papelitos a cada uno de los asistentes en los que podíamos poner nombre a uno de tantos bebés a los que no se les ha permitido nacer para, después, ofrecerlo durante la misa. En ese momento fui consciente de la necesidad de oraciones por todos esos niños, de lo imprescindible que es la oración personal por cada uno por ellos y la importancia de dar un nombre a tantos a los que no se les ha dado la posibilidad de llegar a tenerlo”, concluye esta feligresa diocesana .

 

 

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