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Homilia de D. Joaquín María Lòpez de Andújar, Obispo de Getafe en la Solemnidad del Corpus Christi,
 26 de junio de 2011.

Hoy la Iglesia quiere que nuestra mirada se centre en la Eucaristía, donde Jesucristo renueva permanentemente su entrega de amor a los hombres. La Eucaristía es el memorial de la Pasión del Señor y por eso le pedimos especialmente en este día que “nos conceda venerar de tal modo los sagrados misterios de su Cuerpo y de su Sangre que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de su Redención”.

La primera lectura de hoy, tomada del libro del Deuteronomio, narra cómo Dios alimentó al Pueblo de Israel con un manjar sorprendente e inesperado. Pero la finalidad de aquel alimento no era sólo satisfacer el hambre de los israelitas, sino que reconocieran que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. Los hombres no sólo necesitamos alimentar nuestro cuerpo; también necesitamos alimentar el espíritu. Porque si no alimentamos el espíritu, la vida deja de tener sentido y caemos en el vacío y en la desesperanza. Según los entendidos, la palabra “maná es un termino que viene de la palabra hebrea “man hu” que significa “¿qué es esto?”. Es como un grito de admiración y de sorpresa, es como decir: “¿pero qué alimento es éste tan inesperado y tan fuera de nuestras previsiones que nos hemos encontrado?”. Es una exclamación que muestra el estupor del pueblo de Israel ante un manjar desconocido.

Esta misma exclamación podemos también hacerla refiriéndonos a la Eucaristía. ¿Qué es la Eucaristía?, ¿ por qué decimos que la Eucaristía es el pan de la Vida? ¿qué significa que la Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo?

En la actualidad encontramos muchas personas que cada día acuden a la celebración de la santa Misa, porque no pueden vivir sin la comunión. La comunión es esencial para ellos. Pero también vemos a otras muchas que reconociéndose cristianas no consideran imprescindible participar en el sacrificio eucarístico. Y nos podemos preguntar ¿por qué no todos respondemos de la misma manera a la sorpresa que supone que el Señor nos diga que nos da a comer su carne y nos da a beber su sangre? Quizá, no todos respondemos de la misma manera porque las palabras del Señor nos parecen excesivas, como también parecieron excesivas a aquellos judíos de Cafarnaún que se escandalizaron de las palabras de Jesús sobre el Pan de Vida y decidieron abandonarle.

Esta solemnidad del Corpus Christi, nos invita a afianzar nuestra fe en la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida cristiana y a considerar las consecuencias y los frutos que brotan de este misterio admirable. Me voy a fijar en tres frutos de la redención que surgen de la Eucaristía: 1) La Eucaristía hace posible la unidad entre nosotros; 2) la Eucaristía es celebración y es fiesta; 3) La Eucaristía es manantial inagotable de caridad.

1.- La Eucaristía hace posible la unidad entre nosotros. En la segunda lectura, tomada de la primera Carta de S. Pablo a los Corintios, nos dice el apóstol: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? El Pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque comemos todos del mismo pan“. (2. Cor. 10, 16-17)

Esta unión entre nosotros es posible porque Jesús, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, con su Sangre redentora, derramada sobre cada uno de nosotros, destruye nuestro pecado y nos une en el amor. La unidad sólo es posible si nos encontramos en Cristo.

Somos todos muy diferentes, con historias distintas, con edades diversas, con forma de ser muy singulares y, todos, llevamos en nosotros la herida del pecado, que nos disgrega. Si nos proponemos la unidad, contando sólo con nuestros pobres recursos humanos, la unidad es imposible: a lo más que podemos llegar es a una convivencia razonablemente pacífica y civilizada, siempre condicionada por los intereses particulares de cada uno o del grupo al que pertenecemos. Pero la unidad en el amor, la unidad que da vida, la unidad verdadera, sólo podemos alcanzarla en Cristo: comulgando el Cuerpo de Cristo y siendo todos uno en el Señor.

Ser cristiano es ser del Señor, es vivir en el Señor; y es amar a los hermanos en el Señor, en el amor del Señor, con el mismo amor con que el Señor nos ama a nosotros. “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Este amor en el Señor, se realiza en la Eucaristía. Jesús, entregándose a nosotros en la Eucaristía, nos pide que nos amemos unos a otros con su mismo amor, con el mismo amor que Él nos tiene.

Por eso podemos decir que el Cuerpo y la Sangre de Cristo que hoy adoramos, nos unen en el único Pueblo de Dios. Por medio de la Eucaristía somos uno en el Señor, y se hace realidad en nosotros, como dice S. Pablo, la comunión de un solo pan, de un solo Cuerpo y de un solo amor. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque comemos todos del mismo Pan.”

2.- En segundo lugar, como fruto de la Redención, podemos considerar que la Eucaristía es celebración y fiesta. La Eucaristía es la fiesta de los cristianos, especialmente la Eucaristía del domingo. Cada domingo, para nosotros cristianos es el día del Señor, y está iluminado por el sol que es Cristo, y por su presencia salvadora.

El domingo es el día de la fe, en el que Jesús nos dice como al apóstol Tomás: “ ... mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”. (Jn. 20, 27). Tenemos que recuperar el domingo como día del Señor, como día de la Iglesia, como día de la familia cristiana. Juan Pablo II, decía que la Eucaristía es un antídoto contra la dispersión. Cada domingo, escuchando la Palabra de Cristo y recibiendo su Cuerpo, hemos de renovar nuestra fe en Él, presente entre nosotros, como esta tarde, a quien podemos decirle , como le dijo el apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”. (Jn. 20, 28)

Como los primeros mártires, que eran arrestados y llevados al martirio por reunirse en sus casas para celebrar el día del Señor, también nosotros deberíamos decir, plenamente convencidos: “sin el domingo no podemos vivir, sin la Eucaristía nuestra vida no tiene sentido”; ya que cada domingo renovamos y proclamamos la entrega de Cristo a nosotros por amor.

Por eso no basta con la oración privada, nos basta con decir: “yo creo a mi manera”, no es suficiente decir: “yo creo en Dios, pero no practico”. Es necesario que vivamos y anunciemos públicamente, como lo estamos haciendo ahora y los haremos después en la procesión por la calles de nuestra ciudad, que Jesús venció la muerte y nos hizo partícipes de su vida inmortal, expresando así la identidad de nuestra fe y la identidad de nuestra Iglesia creyente, en torno a la Eucaristía.

Y es que, ciertamente, Jesús está presente en la Iglesia de muchas maneras. Pero en la Eucaristía está presente de una manera viva, real y verdadera; está con nosotros entero e íntegro, verdadero Dios y verdadero hombre.

Por eso la celebración de la Eucaristía, cada domingo y cada día, ha de ser siempre gozosa y animada; enriquecida por la Palabra de Dios y por nuestra participación activa y fructuosa; y ha de invitarnos a cantar, alabando a Dios con todo nuestro corazón y a contemplar la santidad de Dios, adorándole, con alegría y sencillez de corazón, en su infinita grandeza.

3.- Y el tercer fruto de la redención que brota da la Eucaristía es la solidaridad fraterna con todos los que sufren. La Eucaristía es manantial de caridad que nos acerca, con el amor de Cristo, a todos los que están necesitados de ayuda material y espiritual. Por eso este día está especialmente vinculado a “Cáritas” y es llamado “día nacional de caridad”.

S. Juan Crisóstomo, ya hace siglos, nos decía: “Si deseas honrar el Cuerpo de Cristo, no lo desprecies cuando lo veas desnudo en los pobres, ni lo honres sólo aquí en el templo, si al salir, lo abandonas en el frío y la desnudez. Porque el mismo Señor que dijo: “Esto es mi Cuerpo”, afirmó también: “Tuve hambre y no me distes de comer” y “siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeños, a mí, en persona, me lo dejasteis de hacer” (cfr. S. Juan Crisóstomo. Homilías sobre el evangelio de S. Mateo 50, 3-4;PG 58, 508, 509).

Las palabras de este Santo Padre nos hace comprender algo que nunca hemos de perder de vista: que la Eucaristía es la fuente de donde brota un amor universal y que en ella debemos comprender que los últimos son los primeros y que compartiendo nuestros bienes con los necesitados podremos experimentar, con la mirada de la fe, el milagro permanente de la multiplicación de los panes. Si tenemos poco o pasamos necesidad, aceptemos con humildad la ayuda de los hermanos. Pero si tenemos mucho ayudemos y compartamos con los demás, eso que Dios nos ha regalado. Si Dios nos ha dado más talentos y más dones, compartámoslos con nuestros hermanos, poniendo en juego nuestra creatividad y nuestros valores.

Que María Santísima, Virgen Inmaculada, arca de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino de encuentro con el Señor en la Eucaristía. La Iglesia ve en María, como la ha llamado el Beato Juan Pablo II, la “Mujer eucarística” y la contempla como modelo insustituible de vida eucarística. De ella hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos, según la expresión de S. Pablo, “santos e inmaculados” ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el principio.

Y que el Espíritu Santo, por intercesión de la Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaus y nos haga descubrir en la Eucaristía a Cristo muerto y resucitado que se hace contemporáneo nuestro en el Misterio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Amen

 

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