Homilías

Misa Crismal

icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

MISA CRISMAL - 2008

El Señor nos convoca, un año más, en esta solemne liturgia de la Misa Crismal para cantar las misericordias de Aquel que, como hemos escuchado en el libro del Apocalipsis, “nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre”.(Apoc.1,5-8).

En esta celebración, el obispo y sus presbíteros, unidos por el sacramento del orden, para cumplir el mandato del Señor de anunciar a todos los hombres el Evangelio de Cristo, bendeciremos el óleo de los enfermos “para que cuantos sean ungidos por él sientan en su cuerpo y en su alma la protección divina y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores”; y bendeciremos el óleo de los catecúmenos “ para que aumente en ellos el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe”; y consagraremos el crisma para que los consagrados por esta unción “libres del pecado en que nacieron, y convertidos en templo de la presencia divina, exhalen el perfume de una vida santa”

Por medio de estos óleos la gracia divina se derramará sobre las almas dándoles luz, apoyo y fortaleza, nuestra Iglesia Diocesana se edificará en los sacramentos; y se derramará sobre todos nosotros la misericordia divina.

La liturgia de la Misa Crismal exalta de forma especial la dignidad que por el bautismo reciben los discípulos de Cristo; y manifiesta claramente la belleza de todo el Pueblo de Dios, como pueblo consagrado y reino de sacerdotes, enriquecido por Dios con una gran diversidad de dones, carismas y ministerios.

El pasaje evangélico que se acaba de proclamar nos recuerda que Jesucristo es el primero de los consagrados y el principio y la fuente de toda consagración. En Jesús se cumple plenamente lo que había anunciado el profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mi, porque Él me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren”. (Is.61.1-3). Nuestro Dios y Padre que, por la unción del Espíritu Santo ha constituido a su Hijo Jesucristo como Mesías y Señor, ha querido también hacer a todos los bautizados partícipes de esa misma unción para convertirnos en testigos fieles de la redención. (cf. Oración Misa Crismal). Todos los cristianos somos, por tanto, ungidos y consagrados en Cristo, para hacer presente en medio del mundo la infinita misericordia de Dios. Todos somos ungidos para que resplandezca en nosotros la claridad de Cristo y el evangelio sea anunciado a todos los hombres.

Y en este contexto litúrgico, celebrando la dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de Dios, la Iglesia ha querido, en este día reservar y prestar una especial atención al sacerdocio ministerial. Nuestro Señor Jesucristo “no sólo ha conferido el sacerdocio real a todo su Pueblo Santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este Pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan el banquete eucarístico, presiden en el amor al Pueblo Santo, lo alimentan con la Palabra divina y lo fortalecen con los sacramentos” (Cf Prefacio de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote).

La celebración de hoy nos invita a los que hemos recibido el sacramento del Orden, no sólo a renovar los compromisos vinculados a la ordenación, sino también a reavivar los sentimientos que inspiraron nuestra entrega al Señor profundizando y gustando sin cesar aquel inolvidable momento en el que respondiendo a la llamada de la Iglesia decidimos seguir de cerca la Señor. Es verdad que nuestra primera y radical dignidad deriva del hecho de habernos convertido, junto con todos los bautizados, en discípulos del Señor. Pero el Señor ha querido enriquecernos también con un don peculiar que implica una especial configuración con Él y una responsabilidad que marca y orienta nuestra vida de forma radical. Hemos recibido el don y la tarea de haber sido puestos al servicio del Pueblo de Dios. Y esto repercute de forma definitiva en nuestro modo de ser , de vivir y de actuar. Hemos sido llamados a prestar un servicio a favor de los demás hombres y mujeres, en nombre de Dios, para hacer cercano y visible, en medio de ellos, a Jesucristo, Buen Pastor. Quien se acerque a nosotros, tiene que encontrarse, no con nosotros, sino con Cristo. Tienen que ver en nosotros al mismo Cristo que les acoge y da su vida por ellos.

Realizar esta misión, a la vez que es un extraordinario privilegio es también una grandísima responsabilidad. El bien espiritual de muchas personas está vinculado a nuestra santidad de vida y a nuestro ardor pastoral.

El día de nuestra ordenación sacerdotal, cuando después de escuchar nuestro nombre, nos levantamos con emoción diciendo: “adsum”, “presente”, “aquí estoy”, estábamos poniendo nuestra vida a disposición del Señor. Eso es lo que hoy queremos renovar. Hoy también queremos decir: “Señor, aquí estoy, como el día de mi ordenación, para que tu puedas disponer de mi, porque toda mi vida te pertenece. Aquí estoy Señor porque quiero y deseo con la ayuda de tu gracia que todos puedan ver en mi tu Rostro misericordioso, y en mis palabras, en mi vida y en mi amor, vean en mi al Buen Pastor; y todos, en mi persona, se sientan acogidos por ti y te sigan llenos de confianza. Señor, lléname de la luz de tu Espíritu Santo. Ilumina mi mente y mi corazón, como a los discípulos de Emaus, para que las pruebas y sufrimientos que tenga que pasar, nunca me alejen de ti, sino que me ayuden a comprender que sólo siguiéndote en el camino de la cruz descubriré la fecundidad del verdadero amor que nos salva.

Hoy tenemos que escuchar como dirigidas directamente a cada uno de nosotros las palabras de Pablo a su discípulo Timoteo: “Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez sino de fortaleza, de caridad y de templanza” (II Tim. 1,7). Y para reavivar ese carisma es bueno que en este día recordemos algunos aspectos de nuestra vida sacerdotal, que son esenciales para vivir nuestra vocación.

Es esencial, en primer lugar, recordar que es en el ejercicio de nuestro ministerio donde encontraremos la fuente principal de nuestra espiritualidad sacerdotal. Existe una íntima relación entre la vida espiritual del presbítero y el ejercicio de su ministerio. Y esta relación nos la confirma la experiencia misma de cada día. La predicación de la Palabra de Dios nos introduce en la meditación y en la contemplación de esa Palabra, convirtiéndola en alimento de nuestra vida y en la luz que va iluminando nuestras dudas y oscuridades; y el sacramento de la reconciliación nos hace comprender con humildad nuestro propio pecado y nos hace experimentar continuamente en nosotros y en nuestros hermanos la misericordia entrañable de nuestro Dios; y cuando escuchamos y acogemos a los niños, a los jóvenes o a los adultos, en las más diversas circunstancias, con corazón de pastor, el Señor nos hace descubrir la grandeza y la dignidad de todo ser humano y su sed insaciable de vida y de plenitud y su vocación de santidad; y cuando compartimos con las familias, el gozo del amor esponsal y la gratuidad generosa y sacrificada del amor de los padres a los hijos y la confianza de los hijos en el amor de sus padres, damos gracias a Dios por el don de la vida y sentimos la responsabilidad de cuidar con la gracia del Señor, que viene de los sacramentos, a todas las familias, para que ellas mismas sean las primeras en evangelizar el mundo de la familia, tan necesitado de luz.. Pero es especialmente en la Eucaristía, donde encontraremos, la principal fuente de nuestra vida espiritual y de nuestro trabajo pastoral. Porque al celebrar cada día la Eucaristía, participamos con Cristo en el misterio de la redención; y con Cristo, en el misterio de la cruz, entregamos nuestra vida a los hombres, y nos desvivimos por ellos; y toda nuestra entrega, muchas veces oscura, difícil y hasta dolorosa, adquiere todo su sentido luminoso en la cruz del Señor y se convierte en vida abundante para nuestros hermanos y en fortaleza y consuelo para nosotros. En el ejercicio del ministerio sacerdotal, el sacerdote va comprendiendo que la relación con Cristo ha de llenar todo su ser: su mente, sus sentimientos, sus sacrificios, sus alegrías. Todo en la vida del sacerdote ha de llenarse de su relación con Aquel que dio su vida por nosotros y ahora nos elige y nos envía para que su vida divina llegue a todos los hombres.

Un segundo aspecto, esencial para vivir nuestra vocación es caer en la cuenta de que el ejercicio de nuestro ministerio no lo realizamos asilados, en solitario, de una manera individual. Nuestro ministerio lo realizamos en el seno de una fraternidad presbiteral. No somos sólo presbíteros, sino co-presbíteros. Aprendemos a ser presbíteros en el ejercicio del propio ministerio, pero también en la comunión del presbiterio. La fraternidad sacerdotal es una exigencia de la caridad pastoral. El sacerdote que se aísla no sólo se hace daño a sí mismo, sino también hace daño a toda la Iglesia y hace daño a la comunidad cristiana que se le ha confiado. El sacerdote que se aísla está privando a su comunidad cristiana de la riqueza que supone la vida diocesana. Y no basta sólo una comunión en el deseo o una comunión genérica y abstracta. La comunión ha de vivirse en lo concreto. Hemos de cuidar entre nosotros el conocimiento y la ayuda mutua, para enriquecernos espiritualmente y pastoralmente, especialmente en los arciprestazgos, escuchándonos unos a otros, secundando las iniciativas diocesanas, y viendo en la diversidad de los distintos modos de existencia sacerdotal una oportunidad para ahondar en la llamada que el Señor nos hace y para atender las realidades cada vez más complejas que aparecen en nuestro mundo.

Y finalmente, la celebración de hoy nos urge a orientar la mirada hacia la misión. Jesús se compadecía ante las multitudes hambrientas. Y nosotros no podemos permanecer insensibles ante un mundo que se aleja de Dios. La mayor pobreza del hombre es no conocer a Cristo. Y nosotros , que hemos conocido a Cristo, hemos de sentir de forma muy viva la urgencia de la misión: que toda nuestra vida, nuestro tiempo, nuestras amistades, nuestra forma de vivir, nuestras inquietudes intelectuales, que todo en nosotros esté orientado a la misión. Pero no con una actitud recelosa, a la defensiva, como en retirada, echándonos las culpas unos a otros; sino, llenos de esperanza, con la seguridad y la confianza que nos da la certeza de que aquel que se encuentra con Cristo es más feliz. Con la seguridad de que quien sigue a Cristo descubre que, caminando con Él, su modo de vivir, su familia y su trabajo es más humano y mas conforme con lo que el ser humano necesita y desea. Dios que conoce y ama al hombre, porque lo ha creado, sabe lo que le conviene. Y por eso el hombre sólo encontrará en Dios lo que su corazón desea.

Renovando hoy nuestras promesas sacerdotales y unidos a todo el pueblo de Dios, pidamos al Señor su gracia para que la luz del evangelio, entre por medio de los cristianos, en todas las realidades humanas, en la cultura, en la ciencia, en la economía, en el arte. Que la luz de Cristo, cuyo misterio pascual nos disponemos a celebrar, entre en el corazón del mundo para surja una verdadera cultura de la vida, en la que el hombre, dejando entrar en su vida la gracia redentora de Cristo, viva reconciliado consigo mismo, con la creación y con Dios.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, sea siempre el faro luminoso que nos guíe hacia Cristo. Que Ella, que fue la primera redimida, antes de su concepción, interceda por nosotros, para que cada uno, en el estado de vida al que haya sido llamado, sea fiel a su misión. Que la Virgen María nos cuide con amor maternal y haga que la Iglesia sea un hogar donde todos se sientan reconocidos y queridos. Amen

 

Vigila Pascual

icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

VIGILIA PASCUAL - 2008

Acabamos de escuchar en el Evangelio de S. Mateo el anuncio gozoso de la resurrección de Jesucristo. “De pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era como de relámpago y su vestido blanco como la nieve”.

El evangelista quiere que comprendamos que la resurrección de Cristo marca el comienzo de una nueva creación. En la resurrección de Jesucristo se produce un salto decisivo en la historia de la humanidad. Es el salto hacia un orden completamente nuevo, que afecta a toda la historia. Jesús, en cuanto hombre, en su naturaleza humana ha muerto, ha sido destruido. Pero ese Jesús, hombre, igual que nosotros, en su naturaleza humana y por tanto sometido al poder de la muerte, es al mismo tiempo el Hijo de Dios. La naturaleza humana de Cristo está unida “sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación” (Concilio de Calcedonia) a la persona divina del Verbo. El hombre Jesús es uno con el Dios vivo, esta totalmente y plenamente unido a Él, forma con Él una única persona divina. En Cristo, la humanidad está unida en un abrazo íntimo con Aquel que es la Vida misma. La vida humana de Jesús no era solamente suya. Existía entre Jesús y el Dios vivo una comunión existencial. Por eso Jesús pudo dejarse matar por amor, pudo sufrir como hombre en la cruz, horribles tormentos, pudo dejar que el pecado de los hombres se cebara en Él cruelmente; pero el ser de Jesús, la existencia de Jesús, estaba insertada en Dios y por eso la muerte no podía tener dominio sobre Él. Jesús pudo permitir que los hombres le mataran, pero en esa muerte suya, la muerte fue vencida y el poder de la muerte fue destruido, porque en Él, como Hijo de Dios que era, como Persona divina que era, estaba presente el carácter definitivo de la vida. “En Él había Vida”. Él era una sola cosa con la Vida indestructible, de modo que, como en una nueva creación, la Vida brotó en Él a través de la muerte.

La resurrección de Jesús fue como un estallido de luz, como una explosión de amor infinito, que inauguró, para la humanidad, una nueva dimensión del ser, un nuevo modo de vivir, una nueva realidad humana, en la que todo quedaba perfectamente integrado, tal como fue la voluntad primera del Dios Creador: lo espiritual y lo material, lo personal y lo comunitario, la vida y la muerte, lo divino y lo humano. Así lo hemos cantado en el Pregón Pascual: “Esta es la noche en la que Cristo asciende victorioso del sepulcro (...) Qué noche tan dichosa. Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos (...) Esta noche ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos”.

En la resurrección de Cristo se produce el paso de un modo de existencia a otro completamente nuevo. Los centinelas que custodiaban el sepulcro, dice el evangelio, que se quedaron aterrados ante lo que sucedía: “Los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos”. Ellos, que quería impedir ese nuevo modo de existencia, se quedan espantados ante lo que ven. Sin embargo las mujeres que acuden al sepulcro, aunque al principio están asombradas, no han de tener ningún miedo, porque lo que acaba de ocurrir, es un acontecimiento de salvación. Así lo relata S. Mateo: “El ángel dice a las mujeres: vosotras, no temáis, ya se que buscáis a Jesús, el crucificado, . No está aquí, ha resucitado, como había dicho, venid a ver el sitio donde yacía”

Y el evangelista refiere, a continuación, que el mismo Jesús les sale al encuentro. El Señor Resucitado quiso reservar su primera aparición a las mujeres. Los cuatro evangelistas están de acuerdo en este punto. Cuando todos huían, Jesús había sido amado y acompañado con una fidelidad ejemplar por aquellas mujeres. Y ahora quiere recompensarlas siendo las primeras en verle resucitado. Y el Señor se dirige a ellas con un saludo que expresa el primer fruto de la resurrección: “Alegraos”. La resurrección es fuente de alegría. La resurrección de Jesús nos trae la alegría que llena nuestra vida, nos da seguridad y esperanza y nos hace capaces de superar todos los obstáculos.

Pero ¿cómo puede llegar a nosotros, ese gozo y ese nuevo modo de vivir que nos trae la resurrección de Cristo? ¿Cómo puedo yo entrar en esa nueva creación que quita todos los miedos y nos llena de paz? ¿Cómo puedo yo participar en la humanidad resucitada y gloriosa de Cristo?

La respuesta nos la da S. Pablo en su carta a los romanos. Yo puedo insertarme en la humanidad resucitada de Cristo por el bautismo. Yo puedo incorporarme a Cristo, vencedor de la muerte, por el sacramento del bautismo. Por el bautismo nos insertamos en la resurrección de Cristo y entramos en el dinamismo de vida de Jesucristo Resucitado. El bautismo, nos dice el apóstol, es una incorporación a Cristo: una incorporación a la muerte y a la resurrección de Cristo: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte (...) para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos, así también nosotros andemos en una vida nueva”. Por el bautismo entramos en la vida nueva de Jesús resucitado.

Por eso esta noche en la que la Iglesia celebra la resurrección del Señor es también la noche del bautismo. Y por eso en ella un grupo de catecúmenos recibirá el bautismo y todos nosotros junto a ellos renovaremos nuestras promesas y compromisos bautismales.

Queridos catecúmenos, os habéis venido preparando para este momento con muchos deseos de conocer a Jesucristo, de amarle y de seguirle. El Espíritu del Señor os ha ido guiando para uniros en este día de una manera definitiva e irrevocable al Señor. Hoy se va a producir en vosotros una verdadera transformación.

Lo que ocurre en el bautismo es algo admirable. En el Bautismo nos abandonamos llenos de confianza en las manos de Cristo, depositamos nuestra vida en las manos del Señor. En el bautismo nos entregamos a Él, hasta el punto de poder decir con S. Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi”. Por el bautismo podemos decir que se me quita el propio “yo”, el “yo” herido por el pecado, el “yo” incapaz de encontrar por sí mismo el camino de la felicidad, ese “yo”, sin esperanza, que se olvida de Dios y quiere satisfacer todos sus deseos sólo con los bienes materiales. Ese “yo” pecador muere en el bautismo, para ser insertado en Aquel que da la vida. Y así podemos decir que en el bautismo nace un nuevo “yo”; el “yo” de una existencia unida a Cristo. Por eso Pablo que ha vivido esta experiencia no se cansa de decir: “Vivo yo, pero nos soy yo es Cristo quien vive en mi” “Para mi la vida es Cristo y morir una ganancia”. En el bautismo se libera nuestro “yo” del aislamiento y de la soledad, para encontrarse con la inmensidad del amor de Dios. Por el bautismo entramos en ese manantial de vida que es la resurrección de Cristo y quedamos asociados al modo de vida del Señor resucitado. Él, como primogénito de una humanidad reconstruida y restaurada, salió del sepulcro y nosotros, por el bautismo, transformados por Él , nos unimos a esa humanidad nueva y, llenos del Espíritu del Señor, somos llamados a renovar la creación entera, devolviéndole la belleza con la que esa creación salió de las manos del Creador.

Pero hay algo más. Algo que da a nuestra vida un valor de eternidad. Algo que nos llena de esperanza y nos hace capaces de afrontar con decisión nuestra vocación de santidad y de entrega total a Dios y a los hermanos. Si nos abandonamos en las manos de Cristo de este modo, con esta confianza, aceptando esa muerte de nuestro “yo”, egoísta y pecador, eso significa que entramos en un modo de vivir, en el que desaparecen hasta las mismas barreras de la muerte. Para los que viven en Cristo la muerte ya no es un muro infranqueable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo. A un lado y a otro de esa barrera estamos con el Señor. Por eso decimos en el Credo, que hoy volveremos a proclamar. “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. Cristo resucitado ha conquistado para nosotros la vida eterna. Nuestra herencia es la vida eterna. Nuestra patria es el cielo. Y el Cielo es vivir en el Señor. El cielo es estar con el Señor. Un cielo que comienza ya aquí. Cuando vivimos con Cristo y estamos con Él , podemos decir con S. Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor”

Esta es la alegría de la Vigilia Pascual. La resurrección de Cristo no ha pasado. La resurrección de Cristo, por el bautismo, nos ha alcanzado a todos nosotros y ha impregnado de vida nueva y de nueva juventud, todo nuestro ser.

En esta fuente inagotable de vida que es el Señor resucitado, se fundamenta nuestra esperanza y, dentro de la vocación universal a la santidad a la que todos somos llamados, encuentran sentido todas las vocaciones cristianas.

Que en este día los sacerdotes renovemos nuestro compromiso de fidelidad al Señor sirviendo al pueblo de Dios con el corazón de Jesucristo Buen Pastor; y los consagrados confirmen ante el Señor su vocación de ser signo, para el mundo, de los bienes definitivos; y los matrimonios, a la luz de Cristo resucitado, sientan la llamada del Señor a ser signo ante el mundo, y sobre todo ante sus hijos, del amor fiel e irrevocable de Jesucristo a su Iglesia; que los jóvenes pongan su corazón en Cristo sabiendo que sólo en Él encontrará respuesta su anhelo de felicidad y de vida. Y que todos nosotros, toda la Iglesia, sintamos, como aquellas mujeres que vieron al resucitado, la invitación de Jesús a anunciar a la humanidad entera el gozo inmenso de la resurrección de Cristo.

Unidos a María, nuestra Madre, en el gozo de la Pascua, llevemos a todos los hombres un mensaje de paz y abramos los brazos a todos nuestro hermanos para construir juntos, esa humanidad nueva en la que la violencia, que continuamente nos amenaza y nos golpea, sea vencida, Cristo sea nuestro único guía y Señor y todos los hombres, desde el momento mismo de su concepción y hasta su muerte natural, sean respetados en su dignidad inviolable , y amados con el mismo amor con el Dios nos ama a todos. Feliz Pascua de Resurrección . Cristo ha resucitado. Aleluya. Amen.

Descarga la homilía en formato PDF

Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado

icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

Homilía de D. Joaquín María López de Andújar, Obispo de Getafe, DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (A) (Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado-20 de Enero de 2008) Retransmitida por TVE

Queridos hermanos aquí presentes en este Templo Parroquial de S. Martín de la Vega y queridos hermanos que nos estáis siguiendo a través de las antenas de TVE.

En el marco del Octavario por la Unidad de los Cristianos, en el que todos los que creemos en Jesucristo nos unimos pidiendo a Dios que nos conceda el don de la unidad, hemos comenzado nuestra Celebración con una oración, la oración propia de este Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, que expresa uno de los deseos más hondos del corazón humano, el deseo de la paz: “Dios todopoderoso, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz” La paz es el bien más deseado. Sin paz es imposible la felicidad. Juan XXIII, en su encíclica Pacem in Terris, nos decía que la paz es “un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia sustentado y henchido por el amor y realizado bajo los auspicios de la libertad” (n. 167). Estos son los cuatro pilares sobre los que se sustenta la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Una vida plenamente humana y pacífica ha de buscar sinceramente la verdad, ha de fundamentarse en la justicia, ha de crecer en el amor y ha de desarrollarse en un clima de verdadera libertad. Esto es lo que, en el fondo, todos los hombres buscamos y esto es lo que necesitamos. Y, sin duda, son muchos los que sinceramente se esfuerzan por alcanzar este ideal de vida en ellos mismos y en la sociedad.

Sin embargo, los hechos que diariamente vivimos y nuestro propio desorden interior parecen desmentir este bello ideal. Empezando por la verdad, muchos se preguntan escépticamente como Pilato : ¿qué es la verdad? ¿existe realmente la verdad? Y ¿qué decir de la justicia?, ¿dónde encontrar los fundamentos de una verdadera justicia? Y ¿qué decir del amor? Pocas palabras han sido tan manipuladas y maltratadas como la palabra “amor”. Y, en medio de esta confusión, ¿cómo podemos hablar de libertad? Si la libertad se separa de la verdad, del amor y de la justicia, ¿qué queda? No queda nada. La libertad acaba convirtiéndose en puro desenfreno que termina por destruir al hombre.

Si en la oración de hoy hemos acudido al Señor pidiéndole que los días de nuestra vida se fundamenten en la paz es porque sabemos y creemos que sólo Dios puede poner orden en nuestra vida y sólo Él puede llenar de luz nuestra oscuridad. Si acudimos al Señor es porque sabemos que nuestra vida procede de Él y sabemos que si existimos no es por casualidad. No somos fruto del azar; somos fruto del amor. Dios nos ha creado por amor. Y sabemos también, por la fe, que la existencia del hombre, que brotó un día de las manos del Creador llena de belleza y armonía, tiene como vocación y destino la felicidad de la plena comunión con Él y con la obra que Él ha puesto en sus manos. Esa vocación primera ha quedado impresa indeleblemente en nuestro corazón de tal manera que nunca podrá borrarse.

Pero sabemos también que el desorden entró en el mundo y que el ser del hombre quedó herido en lo más íntimo. Ese desorden es el pecado y la huida de Dios; y esa herida íntima es el engaño de creer, en un delirio de omnipotencia, que el hombre puede encontrar en sí mismo el fundamento de su propio ser y que apartándose de Aquél que le dio la vida, puede encontrar en su propia fragilidad, claridad y consistencia.

El mal, el desorden, el pecado no es algo que se añada a la existencia del hombre, sino que es algo que se le quita. El mal es ausencia de ser, es ausencia de vida, es ausencia de amor, es regreso al no ser y a la nada. Cuando el hombre se aparta del manantial de la vida que es Dios, ya no es capaz de encontrar su destino y por eso languidece y muere de sed en medio de la confusión y la injusticia. El ser humano y todas las criaturas son, y existen, y encuentran su lugar y viven en armonía cuando permanecen vinculadas al Ser Supremo, al Dios que es Amor. Y cuando se desvinculan de Él, mueren. Eso es el pecado: el pecado es muerte y por eso el pecado sólo puede engendrar una cultura de muerte, de violencia y de desesperanza. Ese es el drama de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Ahí está el origen de todas nuestras desgracias y sufrimientos. Y, ante ello, el hombre, por mucho que se esfuerce, es incapaz de salir por sí mismo de esa tragedia.

Hoy el evangelio nos sitúa en las orillas del Jordán donde Juan el Bautista está bautizando. En medio de la multitud aparece Jesús. Nadie reconoce su presencia. Es un desconocido. Es uno más en medio de aquella muchedumbre. Pero el Bautista, por inspiración divina, le reconoce, sabe quién es y sabe cual es su misión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29)”: este es el que os bautizará con el Espíritu Santo para regenerar, cuando resucite, a la humanidad entera, este es el Elegido de Dios, el Hijo de Dios.

Cuando Juan el Bautista reconoce a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, está señalando el destino de Jesús y su misión redentora. Jesús como el cordero pascual que sacrificaban y comían los judíos para conmemorar la salida de Egipto, su paso de la esclavitud a la libertad, también va a ser sacrificado y también va a convertirse en alimento para que el mundo tenga vida, para que el mundo recupere la vida de Dios. Jesús es Dios mismo entre los hombres, es el Hijo de Dios entregado a los hombres, entregado a la libertad de los hombres para reconstruir sus vidas, para curar sus heridas, para sacarles del abismo profundo del pecado. Jesús es el Cordero de Dios inmolado, sacrificado, entregado a los hombres, que cargó con nuestros pecados y después de destruirlos en la cruz, con su resurrección gloriosa, como el primogénito de una nueva humanidad, nos abrió las puertas de la vida.

El amor infinito del Señor de la Historia no abandonó en el pecado al hombre que había creado, sino que envió a su Hijo. Y este Hijo, ofreciéndose en la fragilidad de una existencia humana, nos ha revelado a los hombres nuestro verdadero destino. Él ha mostrado a la humanidad entera, y a cada uno de nosotros en particular, que nuestra vocación última es alcanzar la plenitud del amor, entrando en comunión con el Misterio inefable de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Hijo de Dios vino al mundo, como decía Santo Tomás de Aquino, para hacer público el nombre de la Trinidad. El Hijo de Dios vino al mundo para recorrer con nosotros el camino que nos conduce a la meta para la que hemos sido creados, para que los días de nuestra vida se fundamenten en la paz; y para que así, el hombre en camino, asido a la cruz de Cristo, pueda contemplar con esperanza y realizar con gozo, ya en este mundo, la meta tan deseada de la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

Los que, por la gracia de Dios hemos conocido a Cristo y hemos creído en Él: tenemos la firme convicción y la plena confianza, y así se lo queremos comunicar a todos los hombres, que los deseos, aspiraciones y esfuerzos personales y sociales, encontrarán su verdadero sentido en el camino que el Verbo de Dios, Jesucristo, el Cordero que quita el pecado del mundo ha querido hacer con los hombres: Él es el camino, la verdad y la vida; o como comenta S. Agustín : Él es el camino que nos conduce a la verdad y a la vida.

Y desde esta perspectiva de esperanza hemos de enfocar un tema de extraordinaria envergadura que hoy la Iglesia, en este día de la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, nos propone para nuestra reflexión. El Papa en el mensaje que, con motivo de esta Jornada, nos ha dirigido pone especialmente su mirada en los jóvenes emigrantes, e invita a todos -a las instituciones públicas, a las organizaciones humanitarias, a la Iglesia Católica y a los propios emigrantes-, a afrontar esta realidad con gran responsabilidad, reconociendo siempre la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales inalienables y, en el caso de los jóvenes emigrantes, buscando, entre todos, cauces para una educación adecuada que haga posible que el mismo sistema escolar ofrezca caminos específicos de integración apropiados a sus necesidades, tratando siempre de crear en las aulas un clima de respeto recíproco y de diálogo entre los alumnos, sobre la base de los principios y valores universales que son comunes a todas las culturas.

Para alcanzar todo esto, pongamos hoy, como Juan el Bautista, nuestra mirada en el Señor, Jesús. Si permanecemos unidos a la Cruz de Cristo, el Cordero inmolado que quita el pecado del mundo, seremos capaces de cambiar nuestra mentalidad y de abrirnos a la luz de la verdad y de la misericordia divina. La cruz de Cristo cambiará nuestros esquemas, dará a nuestras vidas una orientación definitiva y hará que un día, por la participación en la Resurrección gloriosa del Señor, podamos celebrar plenamente lo que el Apocalipsis llama “las Bodas del Cordero”, para cantar eternamente con los bienaventurados: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5,12-14). “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa, la Iglesia, se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura, el lino de las buenas obras. Dichosos los invitados a las bodas del Cordero” (Ap 19,7-9).

Esto es lo que ahora, como primicia, celebramos en la Eucaristía: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, nos invita, en la Eucaristía, al banquete de la Vida, nos invita a entrar en plena comunión con Él, alimentándonos con su Cuerpo y con su Sangre. Él ha destruido nuestro pecado y nos ha mostrado el camino de la verdad para que nosotros, con su gracia, en medio del mundo, construyamos la paz: “ese orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por el amor y realizado bajo los auspicios de la libertad” (n. 167).

Que el Señor y su Santísima Madre, la Virgen María, nos ayuden a recorrer el único camino capaz de convencer al mundo, el camino del testimonio. Que no tengamos miedo a exponernos ante el mundo mostrando un estilo de vida que salva y dignifica al hombre. Y que seamos capaces de afrontar los riesgos de la cruz de Cristo, viviendo con Él este misterio de amor que ahora se va a realizar sacramentalmente en la Eucaristía. Amén

Profesion de Sor Maria Magdalena

icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

Homilía de D. Joaquín María López de Andújar, Obispo de Getafe, con motivo de la PROFESIÓN DE SOR MARÍA MAGDALENA (Valdemoro - 20 de Enero de 2008)

Demos gracias a Dios en este día por haber llamado a nuestra hermana Sor María Magdalena de Jesús Eucaristía, a vivir en íntima comunión con Él, haciendo de su vida un himno de alabanza a Dios y un “signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor” (Vita Consecrata n. 59).

Juan Pablo II nos dice en su Exhortación Apostólica “Vita Consecrata”: “La vida de las monjas de clausura, ocupadas principalmente en la oración, la ascesis y el progreso ferviente de la vida espiritual, no es otra cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de los últimos tiempos cuando la Iglesia entera viva completamente abismada y absorta en la posesión y contemplación de Dios” (n. 59). Una vida abismada y absorta en la contemplación de Dios: esa es la vocación última a lo que todos estamos llamados, ahí encontraremos la felicidad definitiva. Pero esa vocación última, con frecuencia se nos olvida. Y nuestra vida se ve dividida, dispersa y atraída por muchos intereses. Por eso podemos decir que las comunidades de vida contemplativa son un gran don para la Iglesia y para la humanidad. Podemos decir, con toda verdad, que las comunidades de clausura puestas como ciudades en el monte y como luces en el candelero prefiguran visiblemente la meta hacia la cual camina toda la Iglesia y nos recuerdan constantemente, a los que vivimos en medio de las actividades y responsabilidades de la vida ordinaria, que nuestra meta es el cielo, que somos ciudadanos del cielo, que, como decía Jesús a los apóstoles “nuestros nombres están inscritos en el cielo” (Lc 10,20) y que, por tanto, nuestro destino último es alcanzar la plenitud del amor divino, en el Misterio inefable de la Santísima Trinidad. Y todo lo demás sólo vale si nos ayuda a alcanzar esta meta definitiva.

En la oración de consagración pediremos especialmente por Sor María Magdalena para que, cumpliendo esta maravillosa misión “sea siempre fiel a Jesucristo, su único Esposo, ame a la Madre Iglesia con una caridad activa y sirva a todos los hombres con amor sobrenatural, siendo para ellos testimonio de los bienes futuros y de la esperanza bienaventurada”.

La historia de la vocación de Sor María Magdalena es, como toda vocación cristiana, una vocación de amor. Pero en ella, esta vocación de amor, por una gracia especial del Señor tiene un carácter muy especial y muy excepcional; y, por tanto, muy difícil de entender para mentalidades sumergidas en una cultura que sólo valora lo que podemos palpar con los sentidos y tocar con nuestras manos. Para entender la vocación de Sor María Magdalena hay que entrar en el camino de la fe. Y, por este camino, descubrir que si somos criaturas de Dios, si Dios está en el origen de nuestro ser y Dios es nuestro último fin, si Dios es la fuente del amor y de la vida, cuanto más directa y más prolongada y más íntima sea nuestra relación con Él, mayor será nuestra felicidad y más fecunda será nuestra vida.

El profeta Oseas, tal como hemos escuchado en la primera lectura, describe bellamente esta íntima relación con Dios, como una relación esponsal de mutua donación y de mutua entrega. El alma enamorada que busca a Dios es como la esposa que busca el amor del esposo y sólo en él, en la intimidad con él, lejos de otros intereses y afanes, encuentra su reposo y su felicidad: “Esto dice el Señor: yo la cortejaré y me la llevaré al desierto y le hablaré al corazón (...) Aquel día –oráculo del Señor – me llamará “esposo mío”, no me llamará “ídolo mío”. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en felicidad y te penetrarás del Señor” (Os 2,14-16).

Sólo una gracia especial de Dios, como la que ha recibido Sor María Magdalena, puede hacer posible este deseo íntimo de unión exclusiva con Dios, renunciando a muchos bienes terrenales y a muchos amores humanos, y entrando en un camino de renuncia y soledad en la vida escondida del claustro. Sólo un amor muy grande, un amor y un gozo que supera todos los amores y gozos de este mundo, puede explicar unas renuncias tan grandes. Es un amor que llena de dicha y que queda marcado de forma indeleble en el corazón.

“Dichoso aquel -decía Santa Clara a Inés de Praga– a quien le es dado alimentarse en el banquete sagrado y unirse en lo más íntimo del corazón a Aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales: cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente (...) Él es el espejo que debes mirar cada día ¡oh reina, esposa de Jesucristo! Y observar en Él reflejada tu faz (...) en ese espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”.

Ciertamente cuando uno se siente tocado por esta gracia divina no hay fuerza humana que pueda contenerle. Eso es lo que le sucedió a Santa Clara cuando, a los dieciocho años, en aquella noche memorable del domingo de Ramos del año 1212 huye de su casa, donde le esperaba un porvenir muy brillante, y se lanza sin titubeos a una aventura, para los ojos del mundo descabellada. El descubrimiento del evangelio, predicado por Francisco de Asís, como una perla preciosa, cautiva su corazón y llena su vida de una inmensa luz; y, a partir de aquel momento, toda su existencia queda sumergida en el Corazón de Cristo, pobre y crucificado, viendo cómo esa unión con el Señor la transforma: “Coloca tus ojos - escribe también a Inés de Praga – ante el espejo de la eternidad, coloca tu alma en el esplendor de la gloria, coloca tu corazón en Aquel que es figura de la sustancia divina y transfórmate totalmente, por medio de la contemplación, en la imagen de su divinidad. Entonces también tú experimentarás lo que está reservado únicamente a sus amigos y gustarás la dulzura secreta que Dios ha reservado, desde el inicio, a los que ama. Sin conceder siquiera una mirada a las seducciones que en este mundo falaz y agitado tienden lazos a los ciegos para atraer hacia ellas su corazón, con todo tu ser ama a Aquel que por tu amor se entregó” (Cartas III 12-15 FF 2888-2889).

Hoy se cumple, Sor María Magdalena, lo que hemos cantado en el salmo 44. El Señor se ha fijado en ti y te llama para estar siempre con Él y vivir sólo para Él y gozar y sufrir siempre en Él. Y te pide que respondas a su llamada con un “sí” confiado y gozoso como el “sí” de la Virgen María en la Anunciación. Hoy el Señor te dice con las palabras del salmo: “Escucha hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante Él, que Él es tu Señor”.

Sí, Sor María Magdalena, no tengas ningún temor, póstrate ante Él, que Él es tu Señor y Él nunca te va a defraudar. Ofrécele a Dios tu vida, como sacrificio de alabanza y verás cómo tu vida se convertirá en faro luminoso para la Iglesia y para la humanidad entera, verás cómo el ejemplo de tu vida, con la ayuda del Señor, moverá al Pueblo de Dios a dar frutos de santidad y a crecer en fecundidad apostólica. Y así, llena de Dios, verás cómo tu capacidad de amor irá aumentando de día en día: amor de esposa, amor de hermana y amor de madre.

Con tu amor de esposa te sentirás cada día más atraída y seducida por Jesucristo, tu Esposo y, en los momentos de oscuridad, te agarrarás a su cruz, participando con Él misteriosamente en la redención del mundo.

Con tu amor de hermana vivirás con tu comunidad el gozo de la fraternidad y te sentirás feliz viviendo con tus hermanas la alegría del evangelio y compartiendo con ellas la oración y la formación y la pobreza y el trabajo ¡toda la vida!

Y, con tu amor de madre, como virgen fecunda, igual que María, entregarás tu vida para que otros tengan vida y esperanza y, junto con tus hermanas, harás de este monasterio un lugar de oración y una casa de acogida para todas aquellas personas, especialmente jóvenes, que buscan una vida sencilla y transparente, que les hable de Dios. Decía Benedicto XVI: “Cuanto más profundamente sumergida esté una época en la noche del sufrimiento, de la desesperanza y del “sin sentido”, tanto más se necesitan almas que estén íntimamente unidas a Jesucristo y que nos hagan comprender que Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en nuestra vida, sino que lo lleva todo a su perfección” (XX Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 18.VIII.2005).

Esta es tu vocación Sor María Magdalena ¡ que hermosa vocación! Vocación de amor, en la intimidad con Dios y en el corazón de la Iglesia: amor de esposa, amor de hermana, amor de madre. Que el Señor te llene siempre de sus bendiciones y te haga sentir el gozo de su presencia.

Y Que la Virgen María sea el ejemplo permanente de la entrega plena a la voluntad divina. En el Evangelio que ha sido proclamado la hemos visto a los pies de su Hijo crucificado pronunciando un segundo “Fiat”, un segundo “hágase”, como el de la anunciación: “Jesús, al ver a su madre y al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: ahí tienes a tu hijo; luego dijo a su Hijo: ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27). A partir de ese momento la Madre del Redentor, empieza también a ser la Madre de los redimidos.

A ella le encomendamos, en este día de su profesión solemne, a Sor María Magdalena y a esta Comunidad de Hermanas Clarisas de Valdemoro tan querida en nuestra Diócesis:

Virgen María, tú que siempre has hecho la voluntad del Padre, tú que has vivido con docilidad la obediencia, has sido intrépida en la pobreza y acogedora en la virginidad fecunda, alcanza de tu Divino Hijo, que esta hermana nuestra que ha recibido el don de seguirlo en la vida contemplativa, sepa testimoniarlo con una vida transformada, caminando gozosamente, junto con las hermanas de su comunidad hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso (cf. VC 112). Amén.

Solemnidad de Santa Maria Madre de Dios

icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

Homilía de D. Joaquín María López de Andújar, Obispo de Getafe, en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, el día 1 de enero de 2008, en la Catedral de Santa María Magdalena, en Getafe.

La iglesia nos invita hoy, primer día del año, a celebrar a María Madre de Dios y, a la vez, nos presenta los mejores deseos para el año que comienza y nos propone la Jornada Mundial de Oración por la Paz. Todos estos diferentes aspectos de la Solemnidad de hoy están perfectamente unidos a María. Ella es la Madre de Dios, la Reina de la paz; Ella es la que nos trae los mejores deseos del Señor para el año que comenzamos; y Ella es la que infunde en nosotros serenidad, paz, alegría y, sobre todo, amor.

La primera lectura, tomada del libro de los Números (6,22-27), es una preciosa oración de bendición. La bendición es un deseo de bien. Pero un deseo de bien que se basa en la relación con Dios. Sin relación con Dios es imposible que haya bienes verdaderos para las personas. Bendecir es poner a la persona en relación con Dios para que así, unida al Señor, oriente su vida hacia el Bien Supremo, fuente de todos los bienes. Por eso el sacerdote dice al bendecir: “El Señor te bendiga y te guarde, el Señor te muestre su Rostro radiante y tenga piedad de ti; el Señor te muestre su Rostro y te conceda la paz”. Realmente si queremos que el nuevo año sea verdaderamente feliz y próspero debemos estar muy atentos a esta relación con Dios, debemos desear que el nombre del Señor se invoque verdaderamente sobre nosotros no sólo con una fórmula, sino con una adhesión plena de nuestro corazón y nuestra mente a su voluntad amorosa.

La Virgen María, Madre del Señor, es la que mejor puede acercarnos a esa relación amorosa con Dios. Ella nos dice como en Caná: “haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Ella que, como madre sólo quiere nuestro bien, nos enseña a ser dóciles al Señor, porque por medio de esa docilidad nos vendrán todas las bendiciones.

La segunda lectura presenta el único texto de S. Pablo que habla de María y la presenta como aquella que concibió en su seno al Hijo de Dios: “Cuando se cumplió el plazo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (...) para que rescatase a los que estaban sometidos a la Ley y nosotros recibiéramos el ser hijos por adopción” (Gal 4,4-5). La Redención fue posible porque María fue dócil al Espíritu: María, por su docilidad al Espíritu, hizo posible el Misterio de la Encarnación. Fue una mujer, María, llena del Espíritu de Dios, bendita entre todas las mujeres, la que nos trajo al Salvador. María fue Madre de Dios por obra del Espíritu Santo. Por eso podemos decir que María con su maternidad nos obtiene el don del Espíritu Santo para que nosotros podamos entrar en relación filial con el Padre y vivir todos los acontecimientos que nos vengan, este año y todos los años, en íntima comunión con el Padre, acogiendo el amor del Padre, sintiéndonos seguros y llenos de esperanza en el amor del Padre: “De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, también heredero, heredero de Dios y coheredero con Cristo” (Gal 4,7). Esto es algo admirable que nos llena de gozo: vivir como hijos de Dios, íntimamente configurados con Cristo, el hijo de María, por el don del Espíritu Santo.

El evangelio de hoy, que es el mismo que fue proclamado el día de Navidad, nos invita a contemplar a los pastores que se dirigen sin vacilaciones al Portal de Belén, donde van encontrar a María, José y el Niño, acostado en un pesebre (cf. Lc 2,16-21). Este encuentro de los pastores con María y con el Niño nos hace comprender el sentido profundo de la maternidad de María. Ella dio a luz a su Hijo que es el Hijo de Dios. Y nos lo entrega a nosotros en una situación de extrema pobreza y debilidad. Parece como si al entregárnoslo nos dijera: ¡cuidadlo! Nos lo entrega acostado en un pesebre, nos lo ofrece para que también nosotros lo disfrutemos y lo cuidemos y se lo ofrezcamos al mundo. María entrega a su Hijo a los hombres como Salvador y Señor y nos lo entrega también como Príncipe de la Paz: el único que puede traer a los hombres la plenitud de la paz.

Por eso, en este día, la Iglesia nos invita a rezar por la paz. Y el Santo Padre, Benedicto XVI, nos ofrece para nuestra reflexión, en esta Jornada Mundial de oración por la paz, un mensaje, que este año tiene por título: “Familia humana, comunidad de paz”. En este mensaje el Papa nos hace comprender algo que en estos días, especialmente en el multitudinario encuentro de las familias del pasado día treinta, en la Plaza de Colón en Madrid, estamos viviendo con gran intensidad: que para alcanzar la paz en el mundo, para que haya tranquilidad y concordia en nuestra sociedad es necesario cuidar la familia y protegerla y afianzarla, porque la familia es el fundamento más sólido para alcanzar la paz.

Y así, el Papa nos va recordado en su Mensaje aspectos esenciales de la familia que hemos de cuidar especialmente. “la familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y de amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer es el lugar primario de humanización de la persona y de la sociedad la cuna de la vida y del amor” (n. 2).

En la familia se experimentan y viven valores que son esenciales para la paz. “La justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en la necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo” (n. 3).

Y, de esta manera, la familia se convierte en la primera e insustituible educadora de la paz, y la célula primera y vital de la sociedad, así como el fundamento mismo de la sociedad. Cuando hay una vida familiar sana y auténtica todo el lenguaje familiar es un lenguaje de paz, un lenguaje que se aprende desde niño, antes que en las palabras, en los gestos y miradas del padre y de la madre, que viven para sus hijos y se sacrifican por ellos y les ofrecen con el ejemplo de su amor matrimonial un signo vivo y eficaz del amor  de Dios a los hombres, del amor de Cristo a su Iglesia, dando su vida en la Cruz.

De todo esto se deduce, nos dice el Papa, que no hemos de permanecer impasibles ante los ataques de todo tipo, especialmente de tipo ideológico, que sufre la familia, y ante la falta de protección legal que viven las familias, así como la falta de reconocimiento del gran servicio a la sociedad que están prestando a la sociedad, especialmente las familias numerosas, o las familias que tienen a su cargo personas mayores o enfermas o discapacitadas.

Y, al llegar a este punto, el Papa es sumamente claro y enérgico. “La negación o restricción de los derechos de la familia al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los fundamentos mismos de la paz (...) Quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad nacional e internacional sea frágil, porque debilita lo que de hecho es la principal fuente de la paz” (nn. 4-5).

Y a continuación señala cuales son esos obstáculos. “Todo lo que contribuye a debilitar a la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta la disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz” (n. 5).

Realmente, lo que la humanidad se juega en este campo de la familia es sumamente grave para la causa de la paz. Y no tenemos más que abrir los ojos para comprender que la causa de muchos desordenes sociales, de muchos conflictos, de mucho sufrimiento y de mucha violencia está en el deterioro de la familia. Y la frivolidad con la que muchos medios de comunicación están tratando los asuntos familiares está siendo en gran medida responsable de lo que está sucediendo.

Por eso en este día primero del año, pedimos al Señor que cuide y proteja a nuestras familias y a todas las familias del mundo; y que abra los ojos y mueva las conciencias de los que tienen responsabilidades públicas para que pongan los medios necesarios para ayudar y proteger a las familias.

Y, en esta Solemnidad de María, Madre de Dios, volvemos hacia ella nuestra mirada pidiendo su intercesión. Oremos para que el influjo de María se extienda por el mundo entero tan necesitado de alegría, de confianza y de paz. Oremos, en particular, por las familias que sufren y por los países donde hay guerras y violencia.

Que la Virgen María, Madre de Dios y Reina de la Paz interceda por nosotros. Amen.

 

centenario3