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PROFESIÓN TEMPORAL DE LA HERMANA PALOMA
(Aldehuela-2005)

Queridos hermanos sacerdotes, querida comunidad de madres carmelitas, queridos hermanos y padres de la hermana Paloma, queridos amigos y hermanos todos y muy especialmente querida hermana María Paloma.

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escucho mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo un himno a nuestro Dios”(Sal. 39). Estas palabras del salmo treinta y nueve, que hemos rezado después de la primera lectura, expresan, sin duda, los sentimientos de la hermana Paloma. Ella, un día, por un misterioso designio del Señor, sintió en su interior una llamada tan intensa, una luz tan deslumbradora y unos deseos tan grandes de entregarse totalmente a Dios que, a partir de aquel momento, su vida sólo tendría sentido si, respondiendo a esa llamada, la ponía, sin reservarse nada, en manos de Aquél que había cautivado su corazón. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. No es este un conocimiento que pueda explicarse racionalmente. Incluso para algunos o quizás para muchos, que , inmersos en una cultura alejada de Dios, viven solo en la superficie de las cosas y no entienden de experiencias espirituales, el género de vida que la hermana Paloma ha decidido elegir es una auténtica locura. Pero quien ha sido tocado por la luz de lo divino, sabe con una convicción que va más allá de cualquier argumento puramente racional, y con una alegría que supera cualquier alegría humana, que sólo por el camino de la renuncia total puede uno introducirse en el camino de la sabiduría total, esa sabiduría capaz de llenar los deseos infinitos de bondad de verdad y de belleza que todo ser humano lleva en su corazón. Y Paloma, inspirada por Dios, ha querido seguir ese camino. Ella ha sentido en el más profundo centro de su ser, como nos dice San Juan de la Cruz, esa llama divina que hiere tiernamente y sabe a vida eterna.
“¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro! (...)
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga”

Comentando estos preciosos versos dice San Juan de la Cruz: “Sintiéndose ya el alma inflamada en la divina unión, ya su paladar bañado en gloria y amor (...) parece que con tanta fuerza está transformada en Dios y tan altamente poseída por Él y con tan ricas riquezas de dones y virtudes dotada, que está tan cerca de la bienaventuranza, que no la divide sino una leve tela” (Llama. Canción primera. Declaración)

Cuando Dios, por una gracia especial, baña el paladar de alguien con su gloria y con su amor, ese gusto, ese sabor a Dios, aunque sólo sea un instante, cambia la vida, de tal manera que quien lo ha paladeado ya no quiere saber otra cosa sino conocer y amar a Aquel que se le ha manifestado de esa manera.

Si la hermana Paloma está aquí y si dentro de unos momentos va a pedir a Dios y a la Iglesia: “La misericordia divina, la pobreza de la Orden y la compañía de las hermanas en este Monasterio de Carmelitas descalzas”, es porque Dios le ha hecho ya gustar y sentir el gozo inmenso de una vida totalmente consagrada a Él en soledad y oración constante a favor de la Iglesia universal. Es verdad que esto no se hace sin sufrimiento. Sufrimiento para ella y sufrimiento para sus padres y hermanos, que con tanta generosidad la han entregado al Señor. Pero Dios, en su bondad, sabe compensar con creces los sacrificios que hacemos por Él.

“En tomando el hábito – cuenta santa Teresa de Jesús, después de hablarnos del sufrimiento que supuso para ella el separarse de su padre – luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que hacen fuerza por servirle (...) Me dio un tan gran contento de tener aquel estado que nunca jamás me faltó hasta hoy; y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura”(Vida. Cap.4,2). Queridos padres y hermanos de Paloma ya veréis como, poco a poco, el sufrimiento que quizás ahora todavía sentís se irá transformando cada vez más en una gran ternura y en una alegría muy profunda, viendo a vuestra querida Paloma tan cerca del Señor.

En medio de nuestro mundo tan secularizado y materialista, la vida de las monjas de clausura es un signo luminoso que nos recuerda constantemente que la vocación de todo hombre es amar y ser amado por Aquel de quien procede todo bien. Las monjas de clausura ocupadas principalmente en la oración y en el progreso ferviente de la vida espiritual anticipan lo que, un día, por la misericordia de Dios, todos estamos llamados a ser, cuando Dios lo llene todo con la luz de su amor.

La Hermana María Paloma ha querido vincular de una manera especial el nombre que recibió en el bautismo al misterio eucarístico, llamándose, a partir de ahora, María Paloma de la Eucaristía. Realmente la vocación contemplativa adquiere todo su sentido cuando la entendemos a la luz de la Eucaristía. Porque, lo mismo que el Señor en la Eucaristía, las monjas de clausura se ofrecen, con Jesús, por la salvación del mundo y hacen suya la acción de gracias del Hijo al Padre. La vida de clausura es un modo de vivir la pascua de Cristo. De experiencia de “muerte”, de “ocultamiento” y de “renuncia”, se convierte en sobreabundancia de vida, y en anuncio gozoso “de los cielos nuevos y la tierra nueva”

Hace pocas semanas, el domingo 21 de Agosto, como sabéis muy bien, con motivo de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, en la gran explanada de Marienfeld, en la ciudad alemana de Colonia, una gran multitud de jóvenes, que posiblemente superaba el millón, entre ellos más de setecientos jóvenes de nuestra diócesis, participaba con un admirable respeto en la Eucaristía presidida por el Papa y escuchaba con un impresionante silencio las palabras del Santo Padre en su homilía. Y el Papa les hablaba de la Eucaristía. Y les invitaba a dejarse transformar por el Señor. Y les animaba a entrar en la “hora” de Jesús. Esa “hora” en la que Jesús “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo”. Y les exhortaba a dejarse arrastrar por esa dinámica transformadora del amor para ser constructores de una humanidad nueva.

Tú, querida Hermana Maria Paloma de la Eucaristía, en este querido monasterio de La Aldehuela, por una gracia especial del Señor, ya has entrado en esa dinámica transformadora del amor que brota del misterio eucarístico. Y, tú, que ya has conocido el amor de Dios y has creído en él, puedes hacer tuyas las palabras de la primera carta de S. Juan y proclamarlas a todos los hombres con el testimonio elocuente y profético, de tu vida escondida con Cristo en Dios: “Hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (...) porque Dios es amor (...) y Si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros”

En la Eucaristía, decía el Papa a los jóvenes: “Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Jesús anticipa su muerte en la cruz y la transforma en un acto de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo una transformación del mundo. Este es ahora el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo”

Lo que hoy estamos celebrando, en este clima tan íntimo y tan familiar, tiene, sin embargo, una resonancia y unos efectos verdaderamente universales y ha de empujarnos a todos a crecer en la fe. La consagración al Señor de la Hermana Paloma y el testimonio de la Comunidad que con gozo la recibe, nos esta invitando a todos a entrar en el Misterio de amor que brota, como de una fuente inagotable, del Misterio Eucarístico. En la Eucaristía el odio se transforma en amor y la muerte se transforma en vida. La Eucaristía significa la victoria del amor sobre todo tipo de destrucción, de violencia o de muerte. La Eucaristía nos introduce en el reino de la libertad y de la vida. Es, como decía el Papa a los jóvenes, “una explosión del bien que vence al mal” y que es capaz de suscitar toda una cadena de transformaciones que cambiarán el mundo. Esto es la Redención. Y nosotros podemos entrar en ese dinamismo de la Redención. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que nosotros mismos seamos transformados y para que nos comprometamos en ese proceso de transformación del mundo por la fuerza del amor.

La Eucaristía nos empuja a un modo de vivir activo, dinámico y transformador. Vivir la Eucaristía es entrar en el plan de Dios. La Eucaristía es acción de gracias, alabanza, bendición y transformación a partir del Señor. La Eucaristía debe llegar a ser siempre y en todo momento, para todos nosotros el centro de nuestras vidas.

Y, en torno a la Eucaristía, animados y fortalecidos en la fe por esta comunidad orante en la que la Hermana Paloma ha querido consagrarse al Señor, vayamos construyendo, allá donde vivamos, comunidades vivas y evangelizadoras. Quien ha descubierto a Cristo siente en su corazón el deseo de llevar a otros hacia Él. Quien ha descubierto a Cristo siente tal alegría que no puede guardársela para sí mismo. Siente la necesidad de transmitirla a los demás. Construyamos, en torno a la Eucaristía, comunidades cristianas que vivan el mandamiento del amor; comunidades cristianas con capacidad de perdón, con sensibilidad hacia las necesidades de los demás, comprometidas en su servicio al prójimo y siempre dispuestas a compartir sus bienes con los más desamparados.

La vida de santa Maravillas de Jesús es un modelo precioso de ese amor desbordante que nace de la vida eucarística. Como descubrimos en sus escritos, su oración ante el sagrario, con una profunda vivencia de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, era una oración de corazón a corazón, que siempre se convertía en solicitud generosa hacia sus hermanas de comunidad y hacia todos los que acudía a ella presentando alguna necesidad. ¡ Ahí está, como testimonio, toda la obra social que, desde la soledad del convento, realizó la santa! Que el ejemplo de su vida y la ayuda de su intercesión nos acompañen siempre.

El amor a la Eucaristía, el amor a la Iglesia y el amor a los hermanos van siempre unidos al amor a la Virgen María. Me consta que en la vida y en la vocación de la hermana Paloma la devoción a María ha tenido una importancia decisiva. Podemos decir que, en cierta manera, ha sido la mano de María la que le ha conducido a este monasterio. A la Virgen María acudimos, pues, ahora, con mucha confianza, en este momento, y renovamos nuestra consagración a ella, pidiéndole que acompañe siempre con su amor maternal a esta hermana nuestra que hoy entrega su vida a su Hijo Jesucristo y a la Iglesia. Y nos vamos a dirigir a María con la oración con la que el Papa Juan Pablo II concluye su Exhortación Apostólica sobre la Vida Consagrada:

A ti, Madre, que deseas la renovación espiritual y apostólica de tus hijos en la respuesta de amor y entrega total a Cristo, elevamos confiados nuestra súplica. Tu que has hecho la voluntad del Padre, disponible en la obediencia, intrépida en la pobreza y acogedora en la virginidad fecunda, alcanza de tu divino Hijo, que cuantos han recibido el don de seguirlo en la vida consagrada, sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada, caminando gozosamente, junto con todos los otros hermanos y hermanas hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso. Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado, bendito y amado el Sumo Señor de todas las cosas, que es Padre, Hijo y Espíritu santo. Amén (V.C. nº112)

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