Homilías

Navidad

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NAVIDAD-2005

Unidos a toda la Iglesia entonamos hoy en esta solemne celebración del nacimiento de Cristo un himno de acción de gracias y de alabanza a Dios porque “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, lleva a hombros el principado y es su nombre: Mensajero del designio divino” (Is.9,5).

Realmente en torno a la fiesta de Navidad se han ido añadiendo muchas cosas. Y casi sin darnos cuenta la cultura que intenta dominarnos y dirigir nuestras vidas está haciendo todo lo posible por vaciar de contenido religioso una fiesta que no tendría ningún sentido si la separamos del acontecimiento histórico que está en su origen. Y ese acontecimiento es algo verdaderamente insólito que cuando lo contemplamos con fe no sobrecoge y nos llena de asombro y despierta en nosotros una inmensa gratitud y un gran deseo de conformar nuestras vidas con el plan de Dios. El gran acontecimiento que celebramos es que Dios se ha hecho hombre, Dios ha asumido en las entrañas virginales de María una naturaleza humana exactamente igual a la nuestra menos en el pecado.” Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad” . Ayer escuchábamos en la Misa de medianoche las palabras de Isaías anunciando proféticamente la llegada del Mesías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. ; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is.9,1-·3).

Ciertamente el acontecimiento histórico del nacimiento de Cristo sucedió hace dos mil años. Pero ese acontecimiento sigue vivo y el nacimiento de Cristo tiene que irse realizando en cada uno de nosotros y en nuestras familias y en nuestra sociedad. Nuestro mundo y en él cada uno de nosotros sigue siendo es pueblo que camina en tinieblas y que necesita se redimido y transformado por la luz de Jesucristo. En nuestro mundo aparentemente opulento y lleno de comodidades y bienes materiales hay muchas sombras que impiden al hombre ser feliz. Y en el trasfondo de todas esas sombras está el pecado, que es la negación de Dios. Una
negación en algunos casos explícita y quizás agresiva, pero en la mayoría de los casos, una negación silenciosa y solapada. Es la negación de Dios de todos aquellos que viven como si Dios no existiera. La negación de muchas gentes que organizan su vida sin tener en cuenta a Dios, sin abrirse a su Palabra, sin reconocer en Cristo su presencia, sin aceptar a la Iglesia como sacramento, signo e instrumento de la salvación de Dios en medio de los hombres. Entre nosotros son muchos los que sin negar su condición de cristianos viven alejados de la fe hasta el punto de llegar a producirse entre nosotros lo que Juan Pablo II, refiriéndose a Europa llamaba la apostasía silenciosa. Y esta negación de Dios va unida a la negación del hombre y de su dignidad. Y los efectos los tenemos a la vista, en los atentados contra la vida humana, en el deterioro de la familia, en las dificultades para la convivencia, en la ambición y el afán de atesorar riqueza a costa de lo que sea, en el abandono de los mayores o en el miedo a tener hijos

La Navidad tiene que producir en nosotros unas gran sacudida. Tenemos que salir del aturdimiento. Tenemos que recuperar la sencillez de los niños para contemplar con asombro el milagro de un Dios que se nos acerca en la debilidad de un recién nacido para caminar con nosotros hacia la gloria del Padre y con amor y paciencia nos invita y nos da su gracia para recuperar la belleza de nuestra dignidad de hijos de Dios. Tenemos que abrirnos a la misericordia de un Dios que ha querido cargar con nuestra debilidad y ser víctima en la cruz de nuestro pecado para librarnos del pecado y abrirnos las puertas con su resurrección a una vida nueva y feliz llena de luz y de bondad.

Los santos padres cuando hablan del nacimiento de Cristo lo hacen con un gran vigor y nos exhortan a despertar del sueño y recibir la salvación que nos viene de Cristo:

“Despiértate. Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta tu que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Por ti precisamente Dios se ha hecho hombre. Hubieses muerto para siempre, si Él no hubiese nacido en el tiempo. Nunca te hubiese visto libre de la carne del pecado si Él no hubiese aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de la muerte. Te hubieras derrumbado si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido si Él no hubiera venido” (San Agustín. Of. Lect. 24 de Dic.)

Queridos hermanos: con mucha frecuencia nos sentimos abrumados y como sin fuerzas y faltos de esperanza por las muchas dificultades sufrimientos y retos que la vida nos plantea, ya sea en nuestro trabajo o en nuestra familia o en la aceptación de nosotros mismos y de nuestras debilidades y defectos. Y queremos arreglarlo nosotros solos creyéndonos muy capaces y fuertes. Y vamos de fracaso en fracaso. Y para no aceptar ese fracaso para no enfrentarnos cara a cara con él buscamos mil evasiones o entretenimientos. Pero sabemos que eso en el fondo nos satisface y nos vemos sumidos en el vacío y la tristeza.

No nos engañemos. Despertemos del sueño, como nos dice S. Agustín y dejemos que entre en nosotros la luz de la navidad. Dejemos que entre nosotros la Palabra de Vida: “En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió. (Jn. 1,1-18). El drama del hombre es no querer recibir la luz. El drama del hombre es la soberbia, creerse Dios. Creer insensatamente que todo debe girar entorno a él mismo, siendo el único árbitro y juez de todas sus acciones, haciendo de su conciencia la fuente única de todas sus normas de conducta.

Vivir la Navidad es descubrir que en la humildad y en el reconocimiento de nuestra propia debilidad está la verdadera sabiduría. Porque sólo el humilde se abre a la verdad y sólo el humilde, como los pastores de Belén o los magos venidos de Oriente son capaces de descubrir en la pequeñez de un niño y en el fracaso de un crucificado la sabiduría de un Dios que derriba del trono a los poderos y enaltece a los humildes.

Siendo humildes seremos capaces de entender el gozo de la Navidad. Ese gozo y esa alegría a la que nos exhorta otro santo padre: S. Leon Magno:

“Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador, alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad y nos infunde la alegría de la eternidad prometida. Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo. A todos es común la razón por el júbilo: porque nuestro señor destructor del pecado u dela muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para librarnos a todos. Alégrese el justo, puesto que se acerca la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón, anímese el pagano, ya que se le llama a la vida(...) Demos, por tanto, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el E.S., puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó. Estando nosotros muertos por el pecado nos ha hecho vivir con Cristo para que gracias a Él, fuésemos una criatura nueva, una nueva creación. Despojémonos pues del hombre viejo con todas sus obras y ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne” (Of. Lect. 25 de Dic.).

Contemplando a Cristo en el pesebre, en la más absoluta pobreza y en la debilidad más humilde, acojámosle, abrámosle la puerta, porque acogiéndole a Él estamos acogiendo la salvación y acogiendo la salvación seremos criaturas nuevas.

Contemplemos también a María, la humilde sierva del Señor que nos muestra a su Hijo. Ella es el primer Sagrario. Ella acogiendo la Palabra de Dios hizo posible que el Dios Omnipotente se aposentara en su seno para devolver al hombre la dignidad perdida por el pecado. Gracias a María nuestros ojos, como Simeón, han visto al Salvador y en Él hemos encontrado el camino de la Vida. Que la Virgen María interceda por nosotros para vivir con gozo el misterio de la Navidad y ser testigos valientes ante el mundo de la misericordia divina. Amén

 

Nochebuena

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NOCHEBUENA - 2005

Extrañeza de quien no sepa nada de esta noche. Uno que no sepa nada de la Navidad se preguntará: “ en una noche de invierno ¿quiénes serán estos que salen de sus casas a una hora muy avanzada, se reúnen en la Iglesia, se les ve contentos, charlan animados, se abrazan y felicitan unos a otros ... y después, en un ambiente recogido y a la vez festivo rezan y cantan y alaban a Dios?. Algo pasa aquí. Algo muy importante deben celebrar... pero ¿quiénes son? ¿qué es lo que celebran? ¿en qué medida eso que celebran afecta a sus vidas?”

Quienes somos. Hay de todo. Somos muy distintos: muchas edades, diversas situaciones. Somos como los demás. Cada uno con sus preocupaciones, alegrías y esperanzas. Viviendo, eso sí, un ambiente social y cultural que nos afecta a todos y que a todos preocupa. Es verdad que hay muchas cosas buenas y positivas de las que estamos muy contentos; pero también hay cosas que nos inquietan: el trabajo que cada día resulta más difícil, la convivencia entre unos y otros, el futuro de los hijos y su educación ... Vemos gente desilusionada, vidas frustradas, violencia e injusticias. Como todo el mundo nos sentimos preocupados e incluso, algunas veces agobiados, por todo eso. Pero hay algo que nos distingue, algo que afecta a lo más íntimo de nuestro ser. Es la fe. Es la certeza de ser amados por Dios. Es la confianza en Aquel que vela por nosotros, nos saca del abismo del pecado y nos da una Vida, capaz de vencer todos “las muertes”

Hoy celebramos que un día, en medio de las tinieblas, brilló una luz. “El Pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló” (Is.9, 1-3). Nosotros hemos visto esa luz. Una luz que se renueva, en nosotros cada año.. Y hoy lo celebramos. El “hoy” de la liturgia, que escucharemos y cantaremos repetidas veces, debe interpretarse como una actualización repetida del acontecimiento salvador de la Navidad. En la celebración litúrgica, nos hacemos contemporáneos de aquello que sucedió y que sigue sucediendo en nosotros. Hoy, en efecto viene Jesús a su Iglesia reunida en asamblea festiva y llega para salvarnos. Llega para sacarnos de ese abismo oscuro que es el pecado, para liberarnos, como dice el salmo “de la fosa profunda y e la charca fangosa”. El hombre no podía salir por sí sólo de la tragedia en la que le había sumergido su desobediencia a Dios. Cuando el hombre se separa de Dios se hunde en la desesperanza. El hombre sin Dios es como un vagabundo, sin rumbo, que busca saciar su sed de felicidad con bienes efímeros. Es como el que intenta buscar el agua viva en un desierto árido y reseco.

Pero Dios, en su misericordia, no deja sólo al hombre. Sale a su encuentro y, gracias a María la Virgen Inmaculada, “Arca de la nueva Alianza”, asume nuestra condición humana, entra en el abismo de nuestra pobreza y nos invita a caminar con Él hacia la gloria del Padre restaurando y rehaciendo en nosotros la imagen de Dios que había quedado destruida por el pecado. Por eso el apóstol Pablo confiesa con gratitud:”Ha parecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres” (Tit.2,11- 14) Desde que Dios se hizo hombre, la vida del hombre ya no es un callejón sin salida. Hay caminos de esperanza. Cristo nacido en Belén es nuestra esperanza. Él es la luz que alumbra nuestras tinieblas. Una luz que aparece con fuerza cada año al celebrar la Navidad.

En esta noche celebramos que el miedo ha sido vencido. Hoy resuena también entre nosotros aquella voz que escucharon los pastores de Belén: “Un ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor los envolvió de claridad (...) No temáis, os traigo la Buena Noticia, la gran alegría para todo el Pueblo. Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.

Hay una auténtica ironía, llena de intención, en el relato de S. Lucas. A primera vista parece que el hombre poderoso de este relato es el emperador, que en un acto de poder despótico ha obligado a aquellas pobres gentes a un largo y fatigoso viaje para empadronarse en sus lugares de origen. El emperador se hacía llamar “señor” y “salvador”. Pero el verdadero señorío y la verdadera salvación no nos viene de los poderes de este mundo, no nos viene ni del poder del dinero, ni del poder de las armas. El verdadero “señorío” y la verdadera “salvación”, que viene de Dios, se ha revelado en la debilidad de un recién nacido “envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Ese recién nacido nos dice el evangelista es el verdadero Mesías y Señor. Y los primeros en recibir la Buena Noticia de su nacimiento van a ser unos pobres pastores que en la noche guardan sus rebaños.

Al principio los pastores tiene miedo. No acaban de creerlo. Pero después su miedo se transforma en alegría.

Hoy también el Dios nacido en Belén quiere que acudamos a su presencia. Quiere que le recibamos. Quiere nacer en medio de nosotros: en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestra sociedad. Y no sólo eso. Él quiere nacer dentro de cada uno de nosotros. Y para que nazca dentro de nosotros sólo hace falta una cosa: que le abramos la puerta, que le dejemos entrar, que dejemos a un lado nuestras fantasías de poder y nuestro afán de suficiencia, que nos hagamos pobres y pequeños como los pastores, y que avivemos en nosotros el deseo de amor y de verdad. Solo los que buscan el amor y la verdad, los limpios de corazón, verán a Dios.

Dejad que hoy la luz de Dios nazca en vosotros y vuestros temores se convertirán en fortaleza y vuestras tristezas encontrarán consuelo. Dejad que nazca en vosotros la Vida misma. Jesús es la Palabra de Vida : “en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres”.

Hoy es un día para renacer a la Vida. Para descubrir en el Niño del pesebre al Autor de la Vida. Dejemos a un lado todo lo viejo: nuestros temores, rencillas, complejos y cansancios, nuestro egoísmo, nuestra insolidaridad y nuestra rutina. Dejemos que entre a raudales la Vida nueva del Niño recién nacido.

Hemos de salir de aquí con una esperanza renovada. Hoy es, ante todo, un día de esperanza. Una esperanza renovada en su raíz. Una esperanza que se apoya en la seguridad del amor inmenso de un Dios que es capaz de entrar en la debilidad humana para salvarnos. “Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor y bendecid su nombre” (S.95)

Que la Virgen María nos ayude recibir a su Hijo Jesús con el mismo amor con que ella lo recibió. Y caminando en la fe, en la escuela de María, lleguemos un día a la comunión perfecta con Cristo en la gloria (Cf. Postcomunión)

Inmaculada - Concepcionistas

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INMACULADA
CONCEPCIONISTAS

En comunión con toda la Iglesia celebramos con alegría la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y unimos a esa alegría nuestra acción de gracias por la consagración al Señor de nuestra hermana... que hoy hará su profesión religiosa siguiendo a Cristo pobre y crucificado y a su Inmaculada Madre a ejemplo de Santa Beatriz de Silva.

Acabamos de escuchar en el evangelio de S. Lucas que el ángel Gabriel entrando en la casa de María le habló diciendo: “Alégrate María, llena de gracia el Señor está contigo (...) concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (...) Y María dijo: aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”.

Lo que sucede en Nazaret es un encuentro entre el Omnipotente y una criatura humana: el Dios Omnipotente, que en un acto de infinito amor se acerca a la criatura humana; y la criatura humana, que en un acto de plena confianza le dice “sí” al Dios Omnipotente. La criatura humana se deja encontrar por Dios y dejándose amar por Él, se pone obediente en sus manos.

Como contraste, el libro del Génesis nos ha descrito el drama del hombre que se esconde de Dios: “El Señor llamó al hombre y le dijo: ¿dónde estás?. Y él respondió: he oído tus pasos en el jardín y me he escondido”.

En el origen de todo pecado está la soberbia de la criatura que no acepta su condición de criatura y quiere ser como Dios y por eso se esconde de Dios. Y en el origen de la redención y de la gracia está el “sí” y la obediencia de María, que confía en Dios y se entrega a Él.

Os invito en esta fiesta de la Inmaculada a meditar en el significado de la aceptación, por parte de María, del plan de Dios y a pedir su intercesión para que nos ayude vivir unidos a ella nuestro camino de confianza en la voluntad divina.

Realmente el “sí” de María supuso un cambio completo en el destino del mundo. Gracias al “si” de María nacerá Aquel que será la salvación para todos los hombres. Gracias al “si” de María será anunciada a todos los hombres la Buena Nueva. Gracias al “sí” de María la muerte y el pecado serán vencidos. Y gracias al “sí” de María el mundo recuperará la esperanza.

En la Virgen María Dios ha encontrado, sobre todo, una criatura que está dispuesta a recibir el don de Dios, una criatura dispuesta a dejarse querer por Dios para ser transformada por su gracia. María es la “llena de Gracia”, la transformada por la gracia, la transfigurada por la gracia desde el momento mismo de su concepción.

Verdaderamente Dios encontró en María a un criatura libre, plenamente libre de toda atadura y de toda concupiscencia, plenamente libre de preocupaciones egoístas y liberada de todo orgullo.

En este día de tu consagración al Señor, querido hermana, aprende de María a dejarte hacer por Dios, a dejarte moldear por Él. Que ella te enseñe a abandonarte al poder del Espíritu Santo.

Dios se hace presente en nuestras vidas de muchas maneras, pero necesita de nosotros un “sí” para continuar, con nuestra colaboración, su plan de salvación. No se trata sólo de un “si” en un momento determinado para realizar una empresa sorprendente que asombre a los hombres. Se trata más bien de un “sí” que llene toda la vida y que se vaya concretando día a día en pequeñas acciones. Es el “sí” de cada momento. Porque es en cada momento como vamos orientando nuestra vida hacia la santidad. Es el “sí”, generoso y muchas veces silencioso vivido momento a momento.

Pablo VI, en la homilía de la canonización de Sta. Beatriz habla de ella como de una figura “inocente, humilde y luminosa” y se pregunta si puede tener un mensaje para el hombre actual tan alejado sicológicamente de aquel mundo del siglo XVI poblado de caballeros, príncipes y damas. Y se responde: “el mensaje de Sta. Beatriz lo encontramos en su propia obra, la obra que ella fundó y que hoy perdura: la orden delas concepcionistas, salidas de su corazón enamorado de Dios. La estricta clausura determinada por la regla en todos sus detalles, anticipándose a la reforma del Concilio de Trento... pretende precisamente favorecer el más íntimo recogimiento n ecesario para una más intenso y continuado coloquio con Dios. Así lo expresa el capítulo X de la regla de claro sabor franciscano: “consideren atentamente las hermanas que, sobre todas las cosas, deben desea tener el espíritu del señor... con pureza de corazón y oración devota; limpiar la conciencia de deseos terrenos y de las vanidades del siglo y hacerse un solo espíritu con Cristo su Esposo mediante el amor”. Sta. Beatriz supo encontrar en María el verdadero modelo para una vida entregada a Dios, totalmente, en cada instante, en el día a día y hasta en los más pequeños detalles, en los votos de pobreza, virginidad y obediencia, para ser templos de Dios en el mundo.

La Virgen María, maestra en esa fuerza conquistadora de los pequeños detalles, es invitada por Dios para ser templo viviente de su presencia en el mundo. Todo en María está encaminado al Misterio de la Encarnación. La Virgen debe acoger en su cuerpo al Verbo encarnado. Y Dios, desde el momento mismo de su concepción, la fue preparando para ello. Parece como si Dios estuviese exilado del mundo, estuviese como desterrado de la humanidad hasta que finalmente encontró su hogar en María. En María Dios encontró una puerta para entrar en la historia de los hombres. Con razón llamamos a María, en las letanías del Rosario, la “Puerta del Cielo”, porque por medio de María, ese Dios desterrado del mundo por el pecado de Adán, pudo encontrar un espacio para plantar su tienda y habitar entre nosotros.

Solamente porque María Inmaculada acepto en su libertad la propuesta del Ángel, Dios ha podido encarnarse y volver a entrar en el centro de la creación para recrear y redimir el mundo desde dentro.

Y el Señor nos invita ahora a participar en esa gran obra de la recreación del mundo. Nuestro “sí”, nuestro pequeño “sí”, el “si” que tu, querida hermana, vas a pronunciar ahora consagrándote al Señor, unido al “sí” de María y con el poder de la gracia del Señor forma parte de este maravilloso plan de salvación que Dios tiene previsto desde el comienzo de los siglos.”Él nos eligió, en la persona de Cristo, antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef. 1,3-6) Solamente si con la gracia de Dios, que nunca nos va a faltar, cumplimos con ese “sí”, el designio de amor, que Dios tiene previsto en su plan de salvación, se llegará a realizar en el ámbito que Dios nos tiene reservado a cada uno.

Concluye el relato de la anunciación diciendo: “ (...) y el ángel la dejó”. Al terminar su misión de anunciar a María el plan de Dios sobre ella, el ángel la dejó. Y, a partir de ese momento, después de haber pronunciado María su “sí”, va a empezar par María un fatigoso y difícil camino. Es el camino de la fe.

A nosotros nos gustaría tener todo claro y entender todo desde el primer momento. Pero Dios quiere que caminemos en la oscuridad de la fe. Solamente si tenemos fe, podremos mover montañas y el Señor, como en María, podrá realizar en nosotros obras grandes.

Cuando el ángel salió de su casa María continuó su vida de cada día. El ángel cumplió su misión y terminó de responder a las preguntas de María. Ahora María deberá interrogar a los acontecimientos diarios para conocer la voluntad de Dios. Y deberá ir aceptando su voluntad . Y en esa sucesiva aceptación de la voluntad divina, manifestada en el día a día, irá conociendo con mayor profundidad, junto a su Hijo, el querer de Dios, se irá sorprendiendo de su sabiduría, caerá en la cuenta de las gracias que el Señor le va concediendo y su conocimiento de Dios se irá enriqueciendo.

También tu, querida hermana, imitando a María, en el cumplimiento de la voluntad de Dios, irás poco a poco entrando en el misterio de Dios y en el misterio de tu vocación y en el misterio de la Iglesia. El camino de la santidad lo conocerás recorriéndolo en la fe con tu vida vivida en cada día y en cada instante, en medio del mundo, participando en la misión evangelizadora de la Iglesia, unido íntimamente al Señor en la Eucaristía,viviendo la plenitud del Cuerpo Místico de Cristo, a cuyo servicio ofrendarás tu vida inmolándote por la santificación de la Iglesia y en especial de sus sacerdotes (Cfr. Const. 6 ).

Hay formas de conocimiento que se adquieren con la lectura y el estudio. Pero el conocimiento de la fe sólo crece viviéndola, confiando en Dios con la fuerza del Espíritu, orando sin cesar, estando atento a su Palabra y con un amor que alcance a todos los hombres. La fe que es encuentro con Jesucristo, es experiencia vital que llena el corazón y cambia la vida . La fe nos abre a un conocimiento vital, a una sabiduría que se encarna en la vida. La fe entra en la vida e ilumina la vida y nos hace comprender con una claridad que supera la razón que nuestro destino y nuestra vocación es algo grande y maravilloso, como lo supo ver la Virgen María. La verdad se encuentra haciéndola. “Realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todo hacia aquel que es la Cabeza, Cristo” (Ef. 4,15)

Queridos hermanos que con gozo estáis participando en esta celebración, regresemos a nuestras casas llevando en nosotros la enseñanza de María, la fe de María, esa capacidad de ver en cada acontecimiento la mano de Dios. Solamente así, afrontaremos como María el camino de la fe y tendremos la fortaleza de vivirla cada día hasta el encuentro definitivo con el Señor. Amen

 

Santa Maravillas de Jesus

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SANTA MARAVILLAS DE JESÚS -2005
(Domingo 3º de Adviento)

La solemnidad de Santa Maravillas de Jesús que con tanto gozo celebramos hoy en este Carmelo donde veneramos sus reliquias, lejos de desviarnos del clima litúrgico propio del Adviento nos ayuda a vivirlo con mayor intensidad. En el adviento la Iglesia, preparándose para la venida del Señor, repite una y otra vez: “¡Ven, Señor no tardes! ¡Concédenos, Señor, llegar a la fiesta de la Navidad, fiesta de gozo y salvación y poder celebrarla con alegría desbordante”. El adviento, con intensidad creciente, va despertando en nosotros el deseo de Dios, el deseo de su venida a cada uno de nosotros y al mundo en que vivimos, tan necesitado de Dios, con la certeza de que sólo en Dios descansará nuestra alma y sólo en Él encontrará el hombre la felicidad y la alegría que tanto desea.

Precisamente la nota dominante de este tercer domingo de Adviento, que hoy la Iglesia celebra, es la alegría.. El “estad siempre alegres” de la antífona de entrada se convierte como en una consigna que debe permanecer en nosotros en todo momento. Él viene en persona y nos salvará. “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes , decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis” (Is. 1,6-10). “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios : porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas”(Is. 61, 1-11).

Santa Maravillas vivió ese gozo en el Señor. Un gozo que se fue fraguando y purificando en la cruz y en las muchas purificaciones por las que el Señor le hizo pasar. Y es que el gozo en el Señor se va alcanzando en la medida en que caminando con Él, con un amor muy intenso y con grandes deseos de hacer su voluntad, y cargando con su cruz, nos vamos configurando con Él en su muerte para participar con Él en su gloria.

La lectura primera del Cantar de los cantares expresa muy bien el gran deseo de amor a Dios que llenó la vida de Santa Maravillas: “”Grábame como un sello en tu brozo, como un sello en tu corazón, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo” (Cant. 8,6-7). A los pies del Señor, como María de Betania, la santa se iba llenado de la Palabra de Dios y se iba dejando guiar por el Espíritu en un amor apasionado a Jesucristo para hacer siempre y en todo su voluntad y para arrastrar con su oración y con la inmolación de su vida a muchas almas hacia Dios

Releyendo algunos textos de Santa Maravillas me he encontrado con uno en el que habla de un luz especial de Dios que recibió meditando las palabras de la Sagrada Escritura: “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres”. “ Estas palabras, que me impresionaron fuertemente, entendí no eran en este caso para mi, sino como una especie de petición que el Señor me hacía para que me ofreciera toda entera por darle estas almas que Él tanto desea. Vi claramente, no se cómo, la fecundidad para atraer las almas a Dios de un alma que se santifica, y tan hondamente me conmovió todo esto, que con toda el alma me ofrecí al Señor, a pesar de mi pobreza, a todos los sufrimientos de cuerpo y de alma, con este fin”

Querida comunidad de M.M. Carmelitas y queridos hermanos, dejémonos también nosotros arrastrar por este deseo evangelizador que brota del encuentro íntimo con el Señor para ser entre nuestros hermanos auténticos misioneros de la esperanza cristiana y del amor divino. En el adviento no sólo hemos de desear que el gozo de la salvación que viene de Cristo inunde nuestras vidas, sino que hemos de ofrecernos a Dios para ser cauce e instrumento de su salvación para mucha gente que vive en las tinieblas del pecado o no conoce todavía al Señor. “Vi claramente la fecundidad para atraer almas a Dios de un alma que se santifica”. Santificarse es reconocer uno su propia nada para dejarse llenar por Dios para que la luz de Dios resplandezca en nuestras obras. Cuanto en nuestras obras haya menos de nosotros, menos de nuestras vanidades y flaquezas, mas llenos estaremos de la luz divina y más acercaremos a los hombres a Dios.

La carta a los Colosenses nos describe el modo de vivir de aquellos que ha sido seducidos por el Señor y no tienen otro deseo sino el de amarle y servirle de corazón: “Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura y comprensión” (Col 3,12). Quien ha sido alcanzado y transfigurado por el amor de Cristo es una criatura nueva, va adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo y vital de las realidades divinas y se va convirtiendo en una imagen cada vez más perfecta de Dios.

Las virtudes que enumera el apóstol y que son manifestación de la caridad que lo vivifica todo nos muestran el camino de la perfección cristiana. La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura y la comprensión constituían el modo de ser habitual de santa Maravillas, aun en medio de las mayores pruebas espirituales con las que el Señor la fue purificando. Especialmente la humildad es quizás la virtud que con mayor insistencia aparece en sus escritos. Ella sabía muy bien, guiada por su gran maestra Santa Teresa, que ser humilde es vivir en la verdad. “La humillación es una necesidad de mi alma que necesita vivir en la verdad” (c.28). Ser humilde y sencilla sintiéndose “nada y mucho peor que nada”
es lo que mejor define a esta gran santa de nuestros días, elegida por Dios, para salvar el Carmelo. La Madre confiesa que quiere ser indiferente a los juicios humanos y evitar que brote en ella toda satisfacción vana. El pensar que Jesús, su Señor y Maestro, fue tenido por loco mataba en ella cualquier atisbo o movimiento de complacencia cuando alguien la halagaba. Nunca solía disculparse de las cosas que contra ella se dijera y, siguiendo la exhortación de Pablo a los Colosenses, tenía un modo de tratar a los demás lleno de bondad, dulzura y comprensión.

El ejemplo de los santos y de una manera muy particular de una santa tan familiar y tan querida para todos nosotros y para nuestra diócesis de Getafe, es una llamada fuerte a la santidad. Nuestra vocación es la santidad y si no orientamos nuestra vida a santidad estamos perdiendo el tiempo Sólo buscando y deseando la santidad, apoyados no en nuestras debilidades y miserias, sino en la gracia divina, encontraremos paz y felicidad, tanto en los momentos fáciles como en los difíciles, tanto en los momentos de luz como en los de oscuridad. Porque caminar hacia la santidad es vivir siempre cimentados en la gran verdad que llena nuestra vidas y que lleno la vida de Santa Maravillas, y que no es otra que la verdad de ser amados infinitamente por Dios que ha entregado a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Como diremos después en el prefacio hoy es un día de fiesta y de acción de gracias al Señor “porque en la orden de la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo ha querido suscitar para edificación de la Iglesia el ejemplo de fidelidad de santa Maravillas de Jesús. Ella con su vida escondida con Cristo .siguiendo fervorosamente los consejos evangélicos deseó imitar la vida oculta de Nazaret; y ardiendo en caridad divina se ofreció por la salvación del mundo”

Y le damos gracias a Dios unidos a María nuestra Madre, reina de todos los santos, pidiendo su intercesión poderosa para que, siguiendo a su Hijo Jesucristo, Maestro divino y modelo de toda perfección, caminemos hacia la plenitud de la vida cristiana siendo en todo obedientes a la voluntad del Padre y dando frutos abundantes de amor a Dios y a los hombres. Amén

 

Inmaculada Concepcion

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INMACULADA CONCEPCIÓN-2005

El día en que fue ordenado obispo el cardenal Suenes un grupo de profesores de la Universidad de Lovaina, compañeros suyos, tuvo la amabilidad de enviar a su madre un ramo de flores. Aquel detalle le emocionó. Y años más tarde, siendo ya cardenal, él mismo comentaba: “esa delicadeza que mis compañeros de universidad tuvieron con mi madre nuca se me olvidará y me ha servido en más de una ocasión para decir a mis amigos protestantes: no tengáis miedo de honrar a María, porque honrar a María es algo que va derecho al corazón de su Hijo Jesucristo. Honrando a la Madre, honramos al Hijo”. San Bernardo decía: “De María nunquam satis”, que significa: “todo lo que digamos de María es poco”.

Esta noche nos hemos reunido para alabar a María. Y lo hacemos con la seguridad de que alabando a María estamos alabando a Jesucristo. Hemos comenzado la Vigilia con el precioso himno del “Akáthistos”, muy apreciado en la tradición oriental. Es un cántico totalmente centrado en Cristo, a quien se contempla a la luz de su Madre Virgen. En este himno hemos ido recorriendo las etapas de su existencia alabando los prodigios que el Todopoderoso realizó en María: su concepción virginal, inicio y principio de la nueva creación, su maternidad divina, fuente de todas sus virtudes, y su participación en la misión de su Hijo, especialmente en los momentos de su pasión, muerte y resurrección. María, Madre del Señor Resucitado y Madre de la Iglesia, nos precede y nos lleva al conocimiento auténtico de Dios y al encuentro con el Redentor. “Salve ¡Virgen y Esposa!.

María nos indica el camino y nos muestra a su Hijo. Al celebrarla con alegría y gratitud, en esta Vigilia, honramos la santidad de Dios que, por su misericordia, hizo maravillas en su humilde sierva y la saludamos con el título de “llena de gracia” implorando su intercesión por todos los hijos de la Iglesia y decimos con las palabras del ángel:“Alégrate María, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc.1,28).

¡Qué grande es el misterio de la Inmaculada Concepción, que nos presenta la liturgia de hoy!. En el himno de la carta a los Efesios, que se acaba de proclamar, el apóstol alaba a Dios Padre porque “nos ha bendecido, en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef.1, 4-5). Esta bendición se ha realizado en María de una manera plena desde el momento mismo de su concepción inmaculada, por una gracia especial. El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuese santa e inmaculada ante Él por el amor, predestinándola para ser primicia de la nueva creación, redimida por la sangre de su Hijo.

Y al celebrar la elección de María celebramos también la elección y la vocación de cada uno de nosotros. El Señor también nos ha elegido y nos ha llamado a la santidad. Contemplando el misterio de María podemos descubrir el modo de responder a esa llamada y las actitudes que quiere el Señor en todos aquellos que son llamados a colaborar con Él. En Nazaret, aldea desconocida, se va a decidir el futuro de la humanidad. Allí Dios va a confiar la venida de su Hijo a la respuesta de una joven humilde, pobre y desconocida. No tengamos miedo de nuestra debilidad.

En Nazaret Dios nos revela que para realizar sus designios no busca a los sabios y entendidos de este mundo, dominados por la autosuficiencia y la soberbia, sino a los pobres y humildes de corazón, a quienes el mundo suele dejar olvidados.

Aunque, en muchos momentos, nos veamos limitados y sin fuerzas no nos asustemos de nuestra pobreza. Porque será e nuestra debilidad y pobreza donde Dios manifestará su poder. Los caminos de Dios para salvar el mundo no pasan por la alianza con el dinero, o el poder de las armas o la influencia de los medios de comunicación, sino por la pequeñez y la humildad de María, que es capaz de recibir la plenitud de la Gracia.

En esta noche nos unimos a todo el pueblo cristiano para honrar a María con aquellas mismas palabras con las que los hijos de Israel bendijeron a la débil Judit, después de haber vencido al poderoso Holofernes: “Tu eres la gloria de Jerusalén, tu la honra de Israel, tu el orgullo de nuestra raza” (Jdt.15,25).

Te damos gracias , Señor, porque preservaste a María de toda mancha de pecado original, para que fuese Madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de hermosura. “Purísima había de ser, la Virgen de la que naciera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima, la que entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad” (Prefacio)

Pidamos a María Inmaculada, que participa en cuerpo y alma en la gloria de Jesucristo, que todos sus hijos deseemos esa misma gloria y caminemos hacia ella. Que interceda por la salud de los enfermos, el consuelo a los afligidos y el perdón de los pecadores.

A ella que fue madre de familia, le pedimos su especial intercesión para que todas las madres de la tierra fomenten en sus hogares el amor y la santidad. Y que todos los difuntos alcancen con todos los santos la felicidad del cielo. María, Madre Inmaculada, ruega por nosotros. Amén.

 

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