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PROFESIÓN PERPETUA
CAPUCHINAS DE PINTO
(20 de NOVIEMBRE 2005)

“Aquí estoy , Señor, para hacer tu voluntad. Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escucho mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo un himno a nuestro Dios”(Sal. 39). Estas palabras del salmo treinta y nueve, expresan, sin duda, los sentimientos de estas hermanas que un día, por un misterioso designio del Señor, sintieron en su interior una llamada tan intensa, una luz tan deslumbradora y unos deseos tan grandes de entregarse totalmente a Dios que, a partir de aquel momento, sus vidas sólo tendrían sentido si, respondiendo a esa llamada, las ponían, sin reservarse nada, en manos de Aquél que había cautivado su corazón. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. No es este un conocimiento que pueda explicarse racionalmente. Incluso para algunos o quizás para muchos, que , inmersos en una cultura alejada de Dios, viven solo en la superficie de las cosas y no entienden de experiencias espirituales, el género de vida que han elegido es una auténtica locura. Pero quien ha sido tocado por la luz de lo divino, sabe con una convicción que va más allá de cualquier argumento puramente racional, y con una alegría que supera cualquier alegría humana, que sólo por el camino de la renuncia total puede uno introducirse en el camino de la sabiduría total, esa sabiduría capaz de llenar los deseos infinitos de bondad de verdad y de belleza que todo ser humano lleva en su corazón. Y estas hermanas, inspiradas por Dios, han querido seguir este camino de plena consagración a Él siguiendo las huellas de san Francisco y de santa Clara.

La espiritualidad de san Francisco de Asís está toda ella centrada en Jesucristo y en el Evangelio. Francisco ve, sobre todo, en la persona del Hijo de Dios encarnado y crucificado al hermano mayor de toda la humanidad, al autor de la salvación y al mediador único de nuestra comunión con Dios. Esto lo descubrió ya desde el momento de su conversión. La visión de Cristo crucificado en San Damián, lo marcó de tal modo para toda su vida, que no podía recordar la pasión del Señor sin que se le saltaran las lágrimas y, como dice San Buenaventura, ya desde entonces llevó impresas en su interior las llagas de la pasión.

Francisco encontraba a Jesucristo pobre y crucificado en los pobres, en los leprosos, en las pruebas y sufrimientos que tuvo que padecer, en las iglesias en ruinas y , sobre todo, en el silencio de la oración, en su vida escondida con Cristo en Dios. En la intimidad de la plegaria contemplaba con los ojos de la mente y con el corazón la pobreza de Cristo en Belén y su gran amor que lo llevó a la cruz y su infinita humildad en la Eucaristía hecho pan en las manos del sacerdote para la vida del mundo.

El gran amor de Dios por la humanidad, manifestado en Cristo, le hacía a Francisco vivir en constante alabanza y acción de gracias bendiciendo a Dios por todas las cosas creadas por Él. Y así, unido a Cristo en la alabanza al Padre, amaba a todas las criaturas, animadas e inanimadas, en especial al hombre redimido con la sangre preciosa de su amado Señor Jesucristo; y se sentía llamado a ser mensajero de su salvación y de su paz no sólo para todos los hombres, cristianos o no cristianos, de cualquier clase o condición, sino también para la creación entera, para todos los seres, nacidos del amor y la sabiduría divinas, a los que consideraba hermanos.

En medio de nuestro mundo tan secularizado y materialista, la vida de las monjas de clausura es un signo luminoso que nos recuerda constantemente que la vocación de todo hombre es amar y ser amado por Aquel de quien procede todo bien. Las monjas de clausura ocupadas principalmente en la oración y en el progreso ferviente de la vida espiritual anticipan lo que, un día, por la misericordia de Dios, todos estamos llamados a ser, cuando Dios lo llene todo con la luz de su amor.

Celebramos esta profesión perpetua en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Un rey muy distinto de los reyes de este mundo. Jesucristo reina desde la cruz. Jesucristo ejerce su señorío siendo pastor que da la vida por sus ovejas.”Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, sí seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de los lugares por donde se desperdigaron el día de oscuridad y nubarrones” (Ez. 34,11-12). Este misterio de un Dios que nos muestra su amor y su poder con la entrega de su Hijo en la cruz lo vivimos permanentemente en el misterio eucarístico. El Reino de la verdad y de la vida, del amor y la gracia, de la justicia, del amor y de la paz se hace presente de modo pleno en el sacrificio de Cristo en la cruz que se hace presente en la Eucaristía.

Hace pocas semanas se clausuraba el año de la Eucaristía y el Sínodo de la Eucaristía. La Iglesia nos invita a considerar el puesto central que la Eucaristía tiene en nuestras vidas y de una manera muy especial en la vida monástica. Realmente la vocación contemplativa adquiere todo su sentido cuando la entendemos a la luz de la Eucaristía. Porque, lo mismo que el Señor en la Eucaristía, las monjas de clausura se ofrecen, con Jesús, por la salvación del mundo y hacen suya la acción de gracias del Hijo al Padre. La vida de clausura es un modo de vivir la pascua de Cristo. De experiencia de “muerte”, de “ocultamiento” y de “renuncia”, se convierte en sobreabundancia de vida, y en anuncio gozoso “de los cielos nuevos y la tierra nueva”

Vosotras, queridas hermanas, por una gracia especial del Señor, habéis entrado en esa dinámica transformadora del amor que brota del misterio eucarístico

Este verano, hablando de la Eucaristía decía el Papa a los jóvenes en Colonia: “Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Jesúsanticipa su muerte en la cruz y la transforma en un acto de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo una transformación del mundo. Este es ahora el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo”

Lo que hoy estamos celebrando, en este clima tan íntimo y tan familiar, tiene, sin embargo, una resonancia y unos efectos verdaderamente universales y ha de empujarnos a todos a crecer en la fe. La consagración de estas hermanas y el testimonio de la Comunidad que con gozo la recibe, nos esta invitando a todos a entrar en el Misterio de amor que brota, como de una fuente inagotable, del Misterio Eucarístico. En la Eucaristía el odio se transforma en amor y la muerte se transforma en vida. La Eucaristía significa la victoria del amor sobre todo tipo de destrucción, de violencia o de muerte. La Eucaristía nos introduce en el reino de la libertad y de la vida. Es, como decía el Papa a los jóvenes, “una explosión del bien que vence al mal” y que es capaz de suscitar toda una cadena de transformaciones que cambiarán el mundo. Esto es la Redención. Y nosotros podemos entrar en ese dinamismo de la Redención. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que nosotros mismos seamos transformados y para que nos comprometamos en ese proceso de transformación del mundo por la fuerza del amor.

La Eucaristía nos empuja a un modo de vivir activo, dinámico y transformador. Vivir la Eucaristía es entrar en el plan de Dios. La Eucaristía es acción de gracias, alabanza, bendición y transformación a partir del Señor. La Eucaristía debe llegar a ser siempre y en todo momento, para todos nosotros el centro de nuestras vidas.

Y, en torno a la Eucaristía, animados y fortalecidos en la fe por esta comunidad orante en la que estas hermanas nuestras han querido consagrarse al Señor, vayamos construyendo, allá donde vivamos, comunidades vivas y evangelizadoras. Quien ha descubierto a Cristo siente en su corazón el deseo de llevar a otros hacia Él. Quien ha descubierto a Cristo siente tal alegría que no puede guardársela para sí mismo. Siente la necesidad de transmitirla a los demás. Construyamos, en torno a la Eucaristía, comunidades cristianas que vivan el mandamiento del amor; comunidades cristianas con capacidad de perdón, con sensibilidad hacia las necesidades de los demás, comprometidas en su servicio al prójimo y siempre dispuestas a compartir sus bienes con los más desamparados.

La vida de San Francisco de Asís estaba llena de un profundo amor a la Eucaristía. “Su amor al Sacramento del Cuerpo del Señor era un fuego que abrasaba todo su ser, sumergiéndose en sumo estupor al contemplar tal condescendencia amorosa. Comulgaba frecuentemente y con tal devoción, que contagiaba su fervor a los demás, y al degustar la suavidad del Cordero inmaculado, era muchas veces, como ebrio de espíritu, arrebatado en éxtasis” (LM 9,2)

El amor a la Eucaristía, el amor a la Iglesia y el amor a los hermanos van siempre unidos al amor a la Virgen María. A la Virgen María acudimos, pues, ahora, con mucha confianza, en este momento, y renovamos nuestra consagración a ella, pidiéndole que acompañe siempre con su amor maternal a estas hermanas nuestras que hoy entregan su vida a su Hijo Jesucristo y a la Iglesia. Y nos vamos a dirigir a María con la oración con la que el Papa Juan Pablo II concluye su Exhortación Apostólica sobre la Vida Consagrada:

A ti, Madre, que deseas la renovación espiritual y apostólica de tus hijos en la respuesta de amor y entrega total a Cristo, elevamos confiados nuestra súplica. Tu que has hecho la voluntad del Padre, disponible en la obediencia, intrépida en la pobreza y acogedora en la virginidad fecunda, alcanza de tu divino Hijo, que cuantos han recibido el don de seguirlo en la vida consagrada, sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada, caminando gozosamente, junto con todos los otros hermanos y hermanas hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso. Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado, bendito y amado el Sumo Señor de todas las cosas, que es Padre, Hijo y Espíritu santo. Amén (V.C. Nº112).

 

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