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HOMILÍA CONGRESO EUCARÍSTICO
(Murcia – 2005)

El pasado 29 de Mayo de este año, con motivo de la clausura de XXIV Congreso Eucarístico italiano, el Santo Padre Benedicto XVI, recordaba el testimonio de los mártires de Abitene. Sucedió el año 304, cuando el emperador romano Diocleciano había prohibido a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Sagradas Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas litúrgicas. En Abitene, pequeña localidad del norte de África, situada en lo que hoy es Túnez, en un domingo fueron sorprendidos 49 cristianos que reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando la prohibición imperial. Fueron todos arrestados y conducidos a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. La fortaleza de todos fue impresionante, pero fue especialmente significativa la respuesta que dio Émerito al procónsul cuando este le preguntó por qué había violado la orden del emperador. Con mucha firmeza le contestó: “Sin el domingo no podemos vivir. Sin reunirnos en asamblea litúrgica los domingos para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades cotidianas y no sucumbir”. Los 49 mártires de Abitene, después de crueles torturas fueron asesinados y confirmaron con el derramamiento de su sangre la fe en Jesucristo, su Señor, muerto y resucitado, que en el banquete Eucaristico, permanece vivo en medio de su Iglesia, cumpliendo su promesa de estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos. Los mártires de Abitene murieron, pero vencieron. Su muerte fue una verdadera victoria.

La experiencia de estos santos mártires, tiene que hacernos reflexionar a nosotros cristianos del siglo XXI y tiene que ayudarnos a comprender que sin Eucaristía no podemos vivir. Hoy, tampoco es fácil vivir como cristianos. Vivimos inmersos en un clima cultural, muy alejado de Dios y de los valores espirituales, caracterizado con frecuencia por un consumismo desenfrenado, por un secularismo cerrado a lo trascendencia, y por un relativismo moral en el que parece que el único criterio para ordenar la conducta no sea otro que el de buscar el mayor grado de placer a costa de lo que sea. Muchas veces tenemos la sensación de vivir aquella misma experiencia que, según nos describe el libro del Deuteronomio, tuvo que vivir el pueblo de Dios, atravesando un desierto “grande y terrible”. Pero Dios no abandona nunca a su Pueblo, a pesar de sus muchas infidelidades. Y le alimentó en el desierto con el maná. Y en ese alimento significó, simbólicamente, el alimento con el que iba a nutrir al Pueblo de la Nueva Alianza, a nosotros, a su Iglesia Santa: el alimento de su Cuerpo y de su Sangre, el banquete Eucarístico. “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mi, nunca tendrá hambre y el que crea en Mi nunca tendrá sed”(Jn.6,35). El evangelista S. Juan nos ofrece ese maravilloso discurso del Pan de Vida, en el que el Señor, en la sinagoga de Cafarnaun, nos va a descubrir todo su amor entregándonos como alimento su propio Cuerpo y como bebida su propia Sangre. “Este es el Pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; el que coma este Pan vivirá para siempre” (Jn. 6,58)

Tenemos necesidad de ese Pan. No podemos vivir sin ese Pan, como decían los mártires de Abitene. Necesitamos ese Pan para afrontar el cansancio y las dificultades de nuestro largo peregrinar hacia la casa del Padre. El domingo, especialmente, es la ocasión propicia para alimentarnos de la Eucaristía y para llenarnos de la fuerza del Señor de la Vida. El precepto del domingo no es un simple deber impuesto desde el exterior. Participar en la celebración dominical y alimentarse del Pan Eucarístico es una necesidad para el cristiano.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mi y Yo en él” (Jn.6,52). Cuando comulgamos el Cuerpo y la Sangre del Señor nos hacemos uno con Él. Participamos de su misma vida. El Señor no nos deja solos. En la Eucaristía, Cristo está realmente presente entre nosotros. Y su presencia no es estática. Es una presencia dinámica. Es decir, una presencia que dinamiza a la persona, que la hace entrar en un dinamismo de vida y de amor. En las comidas comunes, el alimento que tomamos, es asimilado por nuestro organismo y es convertido por nosotros en un elemento más de nuestra realidad corporal. Sin embargo cuando comulgamos sucede lo contrario. En la Eucaristía el centro no somos nosotros, sino Cristo, que nos atrae hacia Él. En la Eucaristía, Cristo nos hace salir de nosotros mismos para hacernos una sola cosa con Él. Y al atraernos hacia Él, nos atrae hacia su Cuerpo que es la Iglesia. Por eso podemos decir que la Eucaristía edifica la Iglesia. La Eucaristía nos introduce en la comunidad de los hermanos. Nuestro encuentro con Cristo en la Eucaristía, no es un encuentro individualista y aislado. Quien se alimenta de la Eucaristía no puede ser individualista. Al unirnos a Cristo en la Eucaristía nos unimos a Él y a todos los que están con Él. Esto es lo que nos dice el apóstol S. Pablo en su primera carta a los Corintios. “Aunque seamos muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, porque todos participamos de un mismo pan” (I Cor. 10,17). Y de esto se deriva una consecuencia muy clara que hemos de tener siempre muy presente. Que no podemos comulgar con el Señor si no comulgamos entre nosotros, es decir, si no vivimos la comunión eclesial, si no somos un solo corazón y una sola alma.

Al concluir esta semana en la que hemos reflexionado sobre “La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y fuente de la misión evangelizadoras de la Iglesia” quiero recordar las palabras que sobre la Eucaristía el Papa dirigía los jóvenes, este verano en Colonia.

¿Qué significa la Eucaristía? ¿Qué está realmente sucediendo cuando celebramos la Eucaristía?. “Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su sangre – decía el Papa a los jóvenes - Jesús anticipa su muerte en la cruz y la transforma en un acto de amor. Lo que desde el exterior es violenciabrutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo”

Queridos hermanos, pidamos al Señor, que nos ayude a comprender, toda la fuerza transformadora que encierra el Misterio Eucarístico. En la Eucaristía el odio se transforma en amor y la muerte se transforma en vida. La Eucaristía significa la victoria del amor sobre todo tipo de destrucción, de violencia o de muerte. La Eucaristía nos introduce en el reino de la libertad y de la vida. Es, como decía el Papa a los jóvenes “una explosión del bien que vence al mal” y que es capaz de suscitar toda una cadena de transformaciones que cambiarán el mundo. Esto es la redención. Y nosotros podemos entrar en ese dinamismo de la redención. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que nosotros mismos seamos transformados y para que nos comprometamos en ese proceso de transformación del mundo por la fuerza del amor.

Vivimos momentos en nuestra sociedad y en nuestra cultura especialmente delicados. Hay valores y derechos esenciales que, bajo la capa de un falso progreso, están siendo claramente vulnerados: el valor y el respeto a la vida y a la dignidad de la persona humana, desde el momento mismo en que es concebida hasta su muerte natural; el valor de la familia como ese ámbito sagrado en el que, fruto del amor estable y fecundo de un hombre y de una mujer, de un padre y de una madre, el ser humano nace a la vida y crece y es educado en un clima de ternura y de acogida; y el valor de la libertad: una libertad entendida como esa capacidad del hombre para orientar su vida, no hacia el mal que le destruye sino hacia el bien, hacia la verdad, hacia la belleza y hacia todo aquello que le dignifica como persona y que le conduce a la felicidad; una libertad que tiene, entre sus manifestaciones más importantes, el derecho y la obligación de los padres de educar a sus hijos según sus propias convicciones religiosas y morales y que ha de ser protegido por las leyes, según establece nuestra Constitución, reconociendo el valor de la clase de religión en todos los centros de enseñanza y la posibilidad de que los padres puedan llevar a sus hijos, en igualdad de condiciones y sin ningún tipo de discriminación, a aquellos centros cuyo ideario sea más conforme con esas convicciones.

La Eucaristía nos empuja a un modo de vivir, activo, dinámico y transformador. No podemos estar de brazos cruzados. Vivir la Eucaristía es entrar activamente en el plan de Dios. La Eucaristía es acción de gracias, alabanza, bendición y transformación a partir del Señor. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida.

Y, en torno a la Eucaristía, tal como decía el Papa en Colonia, construyamos comunidades vivas. Quien ha descubierto a Cristo siente en su corazón el deseo de llevar a otros hacia Él.. Quien ha descubierto a Cristo siente tal alegría que no puede guardársela para sí mismo. Siente la necesidad de transmitirla a los demás. Construyamos, en torno a laEucaristía, comunidades cristianas que vivan el mandamiento del amor, comunidades cristianas con capacidad de perdón, con sensibilidad hacia las necesidades de los demás, comprometidas en su servicio al prójimo y siempre dispuestas a compartir sus bienes con los necesitados.

Quien vive el encuentro con Cristo en la Eucaristía vive también necesariamente el encuentro con los hermanos que sufren. Así nos lo han recordado los padres sinodales en el mensaje final de la XI asamblea general ordinaria del sínodo de los obispos, recientemente clausurada en Roma: “Ante el Señor de la historia y ante el futuro del mundo, los pobres de siempre y los nuevos pobres, las víctimas de injusticias, cada vez más numerosas y todos los olvidados de la tierra nos interpelan y nos recuerdan a Cristo en agonía hasta el final de los tiempos. Estos
sufrimientos no pueden ser extraños a la celebración del misterio eucarístico, que nos compromete a todos nosotros a trabajar por la justicia y la transformación del mundo de manera activa y consciente, a partir de la doctrina social de la Iglesia que promueve la centralidad de la dignidad de la persona humana. “No podemos engañarnos; es por el amor mutuo y, en particular, por la solicitud que manifestemos a los necesitados por lo que seremos reconocidos como verdaderos discípulos de Cristo. Este es el criterio que probará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (Mane nobiscum Domine, 28)”

Acudamos hoy con mucha confianza al Señor para que, con el don de su Espíritu Santo y contemplando el Misterio Eucarístico, nos haga crecer en el amor y nos alcance la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana. Y así, transformados por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo a la construcción de un mundo en el que, respetando la pluralidad de razas y culturas, sepamos reconocer en el rostro de cada hombre la imagen viva de Dios.

Que la santísima Virgen, Mujer Eucarística, Madre del Redentor y Madre nuestra, que junto a la cruz de su Hijo permaneció obediente a la voluntad del Padre, interceda por nosotros y nos conduzca a la gloria de la resurrección. Amen.

 

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