Homilías

Domingo de Resurreccion

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DOMINGO DE RESURRECCIÓN - 2005

Queridos hermanos:

Celebramos en este día la fiesta más grande de año. Todos los domingos no son sino el eco de este domingo de Pascua. Cristo ha resucitado. Cristo, el Crucificado, ha vencido a la muerte. “Este es el día en que rotas las cadenas de la muerte Cristo asciende victorioso del abismo”. Cristo, resucitado de entre los muertos, nos ha abierto las puertas de la vida para que renovados por su Espíritu vivamos en la esperanza de la resurrección futura. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Esta alegría pascual parece que entra en contradicción con la experiencia diaria. A nuestro alrededor, desgraciadamente, hay demasiados signos de muerte. Por un lado la muerte física, la enfermedad y el dolor. Por otro la muerte espiritual, el pecado que todo lo corrompe, con sus tristes consecuencias de injusticia, soledad, mentiras y violencia.

Pero Dios no dejó al hombre desamparado y en esa negra noche del pecado y del sufrimiento entró Jesucristo, el Hijo de Dios, que clavado en una cruz, muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la Vida. En Él , como cantamos en uno de los prefacios pascuales “fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba derrumbado y renovada en plenitud la salvación”.

Cristo resucitado nos abre las puertas de la vida. ¡Alegrémonos y gocemos con Él! . Si Cristo ha resucitado convirtiéndose en el nuevo Adán y en el primogénito de la nueva creación, también nosotros resucitaremos con Él.

La resurrección de Jesús no es un sueño, no es una ilusión vana. La resurrección de Jesús es algo muy real, es el fundamento de todo lo real y el fundamento también de nuestra fe. Este es nuestro credo, el credo que todos los domingos profesamos en la celebración de la Eucaristía: “que Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación”. Dios nos ha creado no para morir, sino para vivir con Él eternamente. Estamos llamados a vivir, nuestro destino es la vida. Creemos en la vida eterna. Y, por eso reconocemos el valor inmenso de la vida humana, y respetamos hasta las últimas consecuencias, lejos de cualquier oportunismo o utilitarismo, el valor inviolable de la dignidad de la persona humana, y el respeto a la verdad.

Este fue, desde los comienzos, el testimonio de la Iglesia apostólica, que hoy aparece, de forma luminosa, en las lecturas bíblicas que acaban de ser proclamadas: que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida; que en Jesucristo se abre para el hombre un camino de esperanza, que en el misterio Cristo, Verbo encarnado, muerto y resucitado por nosotros, se esclarece el misterio del hombre, la verdad del hombre. Así lo proclama Pedro en su predicación: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (...) lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver (...) a nosotros que hemos comido y bebido con Él después de la resurrección” (Hech.10,37-43)

Desde entonces, desde aquel memorable día de la Pascua del Señor, ese mensaje, bajo el impuso del Espíritu Santo, generación tras generación, en el seno de nuestra Santa Madre la Iglesia, el testimonio de los apóstoles ha llegado hasta nosotros Y así hemos de seguir transmitiéndolo nosotros.

Lo mismo que esta noche en la vigilia pascual, en la oscuridad de la noche, unos a otros nos íbamos comunicando la luz que venía del cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, así también hoy en la oscuridad del mundo, hemos de seguir comunicando a nuestros hermanos la luz de la fe.

Cristo es la luz del mundo que disipa las tinieblas. Y nosotros que por pura gracia y misericordia de Dios hemos visto esa luz y hemos creído en ella, tenemos que convertirnos lo mismo que la Virgen María y María Magdalena y los apóstoles en testigos y mensajeros del Señor resucitado, luz sobre toda luz. “Ya que habéis resucitado con Cristo buscad los bienes de allá arriba donde está Cristo sentado a la derecha del Padre. Aspirad a los bienes de arriba no los de la tierra. Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”

La Pascua del Señor, la celebración gozosa de la reurrección de Cristo nos invita a renovar nuestro bautismo renaciendo con Cristo a una vida nueva, renunciando al egoísmo, que destruye al hombre encerrándole en sí mismo, y endureciendo su corazón, renunciando a la mentira que envenena las relaciones sociales, corrompe la vida política y nos hice vivir sólo de apariencias y renunciando a todo tipo de violencia que convierte al hombre en enemigo del hombre. Y llenos de la luz de Cristo y fortalecidos con su Espíritu hagamos propósito en este día vivir de aquel mismo amor que llevó al Señor Jesús a entregar su vida por nosotros. Hagamos propósito de perdonar las injurias, de amor incluso a los que no nos quieren bien, de ayudar a los que nos necesiten. Y renovemos nuestra fe en el Dios de la vida, el Dios que ha resucitado a Jesucristo y nos llama a la vida.

Hagamos nuestra esa vibrante defensa de la vida humana que el Papa Juan Pablo II hacía en su encíclica “El evangelio de la Vida”, en la que nos invita a amar la vida, a respetar la vida y a trabajar sin descanso por mejorar las condiciones de vida de todos los hombres. Y nos pide que proclamemos, sin ningún miedo nuestra fe en la vida futura. Cuando, una vez traspasado el umbral de la muerte gocemos eternamente del amor infinito de Dios.

Hermanos, felices pascuas, feliz día de resurrección: que el Señor Jesús que en este día nos ha abierto las puertas de la vida, nos renueve por su Espíritu y nos haga resucitar en el reino de la luz y de la vida.

 

Viernes Santo

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HOMILÍA VIERNES SANTO
2005

“Muerto ya el Señor, dice el evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua: agua como símbolo del bautismo, sangre, como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio”. Son palabras de S. Juan Crisóstomo leídas esta mañana en el oficio divino.

Queridos hermanos: hoy la Iglesia sobrecogida ante el drama del calvario, calla, adora en silencio y se postra ante el Misterio de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. “Te adoramos Cristo y te bendecimos porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo””¡ Oh cruz fiel, jamás el bosque dio mejor fruto en hoja, en flor y en fruto!

La lecturas de la liturgia de hoy nos introducen en este misterio sublime de la pasión y muerte del Señor. Un misterio que supera cualquier razonamiento humano. Algo que es tan inmenso y tan lleno de luz y de realidad que ningún concepto humano es capaz expresarlo adecuadamente.

Las lecturas bíblicas nos ofrecen tres aproximaciones al Misterio que hoy contemplamos. El Señor crucificado aparece en la primera lectura bajo la figura del Siervo de Yahvé, en la segunda bajo la figura de Sumo Sacerdote y en el evangelio bajo la figura de Rey. Estas tres aproximaciones tienen algo en común. Y este algo en común es que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado “por nosotros”. “Por nosotros y por nuestra salvación padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, murió y fue sepultado.” (decimos en el credo)

En la primera lectura vemos como el Siervo de Yahvé es ultrajado por nosotros, por su pueblo. “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores (...) Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre Él todos nuestros crímenes.”(Is.52,13- 53) Ciertamente en la Sagrada Escritura encontramos muchos amigos de Dios que interceden por su pueblo. Abraham intercedió por Sodoma, el pueblo corrompido por el pecado. Moisés hizo penitencia durante cuarenta días y cuarenta noches por el pecado de Israel y suplicó a Dios que no abandonara a su pueblo. Profetas como Jeremías y Ezequiel tuvieron que sufrir las pruebas mas terribles por su pueblo. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el misterioso Siervo de Yahvé de la primera lectura. “El varón de dolores, despreciado y evitado por todos, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes ... que entregó su vida como expiación” Pero este sacrificio produce su efecto. “Sus cicatrices nos han curado”. Verdaderamente este Siervo de Yahvé es una anticipación profética del crucificado. Los evangelistas vieron en el Siervo de Yahvé a Jesús. Jesús es el Siervo de Yahvé, obediente hasta la muerte, en quien el Padre se ha complacido. Jesús, el Señor crucificado que cargando con nuestros crímenes, nos ha sacado del abismo del pecado, nos ha salvado y ha restaurado en nosotros la imagen de Dios destruida por el pecado. Contemplemos hoy con asombro y gratitud este misterio de amor y redención . Mis pecados han llevado a Cristo a la muerte. Él ha cargado con mis pecados y me ha salvado. Que hoy mirando al crucificado nos sintamos fortalecidos para luchar contra el mal. A pesar de nuestras debilidades y continuas caídas, El siempre está esta ahí para consolarme y salvarme.

El Sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con lágrimas se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse por nosotros en el autor de la salvación. “se convirtió en causa de salvación para los que le obedecen”(Hebr.l5,9). En la Antigua Alianza el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el santuario y rociarlo con la sangre del animal sacrificado. Pero ahora, como hemos escuchado en la carta a los Hebreos, el sumo sacerdote por excelencia, Jesús, entra “con su propia sangre” (Hebr.9,12), es decir, entra como sacerdote y como víctima en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo, ante el Padre, para interceder por nosotros y prepararnos un lugar. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas (...) voy a prepararos un lugar. Volveré y os tomaré conmigo para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn.14,2). Por nosotros, nuestro Señor Jesucristo, sumo sacerdote de la alianza nueva y eterna, ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios, en la debilidad humana, en cuanto hombre igual a nosotros en todo menos en el pecado, “a gritos y con lágrimas”; y por nosotros el Hijo, dócil a la voluntad del Padre “aprendió” sufriendo a obedecer, convirtiéndose así en autor de salvación eterna para todos nosotros.

Y, finalmente en el evangelio encontramos a Cristo bajo lo figura del rey. Jesús es el rey de los judíos que, tal como lo describe la pasión según S. Juan, ha “cumplido” por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, por la sangre y el agua que brotan de su costado traspasado, fundar la Iglesia para la salvación del mundo.

En la pasión según S. Juan, Jesús se comporta en todo momento como un auténtico rey en su sufrimiento. Se deja arrestar voluntariamente.

Con la dignidad de un rey responde a Anás que Él ha hablado abiertamente al mundo. Y con soberana libertad declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio, con su sangre de que Dios ha amado al mundo hasta el extremo. Esa es la gran verdad, la verdad que da sentido a la vida del hombre, la verdad que ilumina todas las realidades humanas: que Dios nos ama, que Dios es Padre, que en Dios y solo en Él podremos entrar la fuente del verdadero amor. Esa es la gran verdad que nos revela Cristo y por la que Cristo entregó su vida por nosotros. Esa es la gran verdad en la que se fundamenta la realeza de Cristo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo, ciego y manipulado, que grita “crucifícalo”:¿ A vuestro rey voy a crucificar?, pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda irrevocablemente poner sobre la cruz un letrero, en tres lenguas, en el que estaba escrito “el rey de los judíos”.

La cruz es el trono real desde el que Jesús “atrae hacia Él” a todos los hombres; la cruz es el trono desde que Él funda la Iglesia; la cruz es el trono desde el que nos entrega a su Madre como Madre nuestra y la confía al discípulo amado, para que este la introduzca en la comunidad de los apóstoles. La cruz es el trono que quiere compartir con nosotros, para que no vivamos como esclavos y participemos en su realeza, siendo testigos de la verdad, y, haciendo nuestro el dolor de nuestros hermanos y el vacío de los que no tienen fe, les atraigamos a Cristo, fuente de salvación eterna para los que en Él confían.

Los tres caminos: el camino de Jesucristo Siervo, el camino de Jesucristo Sumo Sacerdote y el camino de Jesucristo Rey, conducen al refulgente misterio de la cruz. Ante esta suprema manifestación del amor de Dios, el hombre sólo puede postrarse en tierra y adorar, como haremos dentro de un momento, poniendo ante su mirada misericordiosa, en una oración universal, las necesidades de todos los hombre”Te adoramos Cristo y te bendecimos porque con tu santa cruz redimiste al mundo”. Amen

 

Vigilia Pascual

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VIGILIA PASCUAL
2005

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (Sal. 117,22)

Queridos hermanos:

En esta noche santa la Iglesia celebra la fiesta más grande del año. Es la fiesta de las fiestas. Esta vigilia no sólo es el centro del año litúrgico sino, en cierta manera su manantial y su fuente. A partir de ella se desarrolla toda la vida sacramental. Todas las fiestas del año no son sino el eco de esta gran celebración. Cristo venciendo a la muerte ha salido victorioso del sepulcro. Y en la victoria de Cristo todos hemos alcanzado la victoria: “(...) Esta es la noche en la que por toda la tierra los que confiesan su fe en Jesucristo son arrancados de los vicios de este mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos (...) Esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos(...)”

Hemos empezado la celebración en la oscuridad y poco a poco el templo se ha ido llenando de luz. El pecado es la oscuridad y la incertidumbre. La luz es Cristo que nos saca de las tinieblas.

Esta noche la liturgia nos habla con la abundancia de la Palabra de Dios. Hemos ido rememorando el largo camino que Dios ha recorrido con su pueblo desde la creación del mundo, a través de todas las etapas de la historia de la salvación. La Iglesia ve la salvación incluso en las situaciones más difíciles, como en el sacrificio de Abraham, como en el paso del mar Rojo, como en el llamamiento a volver del exilio. Y la Iglesia comprende que todos ellos eran acontecimientos de gracia que iban preparando el gran acontecimiento de la resurrección de Cristo, que hoy celebramos.

Podemos decir que la Iglesia hoy nos ofrece este abundante banquete en la mesa de la Palabra para recibir de manera especial en primer lugar a sus hijos que hoy van a recibir el bautismo. Nosotros hoy recibimos, con gozo a N. ,que dentro de unos momentos va a renacer del agua y del Espíritu Santo. Con el bautismo N. se convertirá en miembro del Cuerpo de Cristo y participará plenamente, por el don del Espíritu Santo y por la Eucaristía, en su misterio de comunión. ¡ N. que tu vida permanezca inmersa constantemente en este misterio pascual de modo que seas siempre testigo del amor de Dios!

Pero también todos los bautizados hoy estamos llamados a vivir en la fe esa experiencia de la que nos habla S. Pablo en su carta a los Romanos. “los que nos incorporamos a Cristo por el bautismo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom.6,3-4).

Ser cristiano significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación se realiza de manera sacramental por el bautismo sobre el cual, como sólido fundamento, se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros. Toda la vida del cristiano consiste en ir desarrollando hasta su plenitud, con la ayuda del Espíritu Santo lo que en le bautismo, a modo de semilla, un día recibió. Por eso el salmo responsorial nos exhorta a dar gracias. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque eterna su misericordia. La diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor” (sal 117,1-2.16.17). En esta noche santa la Iglesia repite estas palabras de acción de gracias mientras confiesa la verdad sobre Cristo que padeció, fue sepultado y resucitó al tercer día.

Una noche así, inundada de luz y gozo por la resurrección de Cristo tiene que ser para cada uno de nosotros como una gran sacudida, como una fuerte llamada a vivir en plenitud nuestra unión con el Señor vencedor del pecado y de la muerte. Hemos de vivirla como un nueva invitación que Dios nos hace a vivir nuestra vocación de santidad. Hemos de sentir un gran deseo de salir de la tibieza y la mediocridad y diciendo “sí” a su llamada estar dispuestos a seguir al Señor, participando en su triunfo, caminando con Él y venciendo, con la ayuda de su gracia, todos los obstáculos.

Hoy el Señor resucitado se acerca a cada uno de nosotros y nos dice con las palabras que esta mañana leíamos en el oficio divino: “Despierta tu que duermes pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo, levántate de ente los muertos, pues Yo soy la vida de los muertos. Levántate obra de mis manos, levántate imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate (...) porque tu en mi y yo en ti formamos una sola e indivisible persona” (Lectura del Sábado santo).

Vivimos tiempos en los que no cabe ni la mediocridad ni la tibieza. Son tiempos difíciles para la fe. Pero también tiempos de claras decisiones y tiempos de plena confianza en el Señor. No caben las ambigüedades. No podemos ir compaginando engañosamente valores y tradiciones cristianas con modos de conducta alejados de Dios, dominados por una cultura que pretendiendo convertir al hombre en un “dios”, termina finalmente por convertirle en un esclavo de sí mismo. No podemos “servir a dos señores”: “si la sal se vuelve insípida ya no sirve para nada, sino para que la pise la gente”. Vivimos tiempos que nos están pidiendo una clara y decidida vocación de santidad. Y la santidad es posible. En Cristo resucitado la santidad es posible. Cristo ha vencido al pecado y su victoria es nuestra victoria. Es más, podemos decir que la forma más plena y más feliz de vivir nuestra condición humana es aspirando, con Cristo, a la santidad

Contemplemos a Cristo resucitado. Adoremos a Cristo resucitado y digamos, como el apóstol Tomás, después de introducir sus dedos en la llagas de la pasión: “Señor mío y Dios mío”. Contemplar como Tomás al crucificado que ha resucitado es creer en el Dios de la vida que por el camino del amor “hasta el extremo” y de la obediencia incondicional al Padre en la cruz, hasta ser “trigo que muere `para dar fruto”, nos conduce a la vida verdadera, capaz de superar todo sufrimiento y toda pena. Creer en Cristo resucitado significa amar apasionadamente la vida verdaderamente humana, toda vida, desde el primer comienzo hasta su último suspiro, sabiendo que esta vida no es sino el preámbulo de la vida eterna, que en Cristo resucitado un día alcanzarán los que confían en Él.

Cuando dentro de unos momentos N. reciba el bautismo y todos nosotros, después de ser rociados con agua bendita, renovemos nuestras promesas bautismales, volveremos nuevamente a sumergirnos en Cristo para resucitar con Él a una vida nueva: “Si hemos muerto con Cristo creemos que también viviremos con Él (...) Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro”.

En las antiguas basílicas en lugar de pila bautismal había una piscina bautismal para expresar mejor ese sumergirse en Cristo, ese morir con Cristo para resucitar con Él. Tenían unos escalones de bajada que significaban los pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Había que morir a todo eso. El pecado debía ser destruido en la muerte de Cristo. Y después tenía unos escalones de subida significando los dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, fortaleza, consejo, ciencia, piedad y temor de Dios. Era la nueva vida, en Cristo resucitado: la vida en el Espíritu, la nueva criatura renacida en el bautismo. Revestidos de Cristo los nuevos bautizados y hoy también nosotros al renovar las promesas de nuestro bautismo vamos a experimentar la vida del Espíritu, vamos a ser renovados en el Espíritu de la Verdad para caminar con el Señor Resucitado en el camino de la santidad viviendo la vocación a la que Dios nos ha llamado, con sus sufrimientos y sus gozos, porque en Cristo resucitado todo se renueva.

Unidos al gozo de la Virgen María al recibir en sus brazos a su Hijo Resucitado y a todos los redimidos por Él, cantemos con toda la Iglesia: “Este es e día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”.Amén. Aleluya.

 

Jueves Santo

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HOMILIA JUEVES SANTO
2005

“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. Con estas palabras Cristo nos da a conocer, en esta noche santa, el significado profético de la Última Cena con sus discípulos. Es la Cena en la que el Señor va a anticipar sacramentalmente el sacrificio del Calvario y va a significar en el pan y en el vino consagrados su entrega total a los hombres, cumpliendo así la voluntad del Padre. “Tanto amó Dios al mundo que entrego a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (..) para que tengamos vida por medio de Él”

El Apóstol Pablo nos lo recordará al transmitirnos la tradición de la Cena del Señor: “Cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que Él vuelva”

Con la primera lectura tomada del libro del Éxodo la liturgia pone de relieve cómo la Pascua del Señor se inscribe en el contexto de la Pascua de la antigua Alianza: aquella Pascua en la que los israelitas conmemoraban la liberación de Egipto. El texto sagrado, como hemos escuchado, prescribía que se untaran con un poco de sangre del cordero sacrificado las jambas y el dintel de las casas. Con la sangre del cordero los hijos de Israel conseguirían la liberación de la esclavitud de Egipto, bajo la guía de Moisés. El recuerdo de un acontecimiento tan extraordinario se va a convertir para Israel en la gran fiesta del año. El pueblo, año tras año, se reúne gozoso para agradecer a Dios el don precioso de la libertad. “Este será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor”(Ex.12,14). La carne de aquel cordero asada y comida a toda
prisa, significando la urgencia y la necesidad de la liberación y las verduras amargas que lo acompañaban, significando la aflicción y el sufrimiento de su largo caminar por el desierto, eran el signo repetido todos los años que recordaba al pueblo quien era el Dios verdadero: quien era aquel que con brazo poderoso les había sacado de la esclavitud.

El Señor Jesús va también a celebrar con sus discípulos esta Cena Pascual. Pero la Cena de Jesús va a tener un sentido completamente nuevo, lleno de intensidad. Va a ser un momento de revelación suprema del amor divino que el Señor desea ardientemente manifestar a sus discípulos. “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”(Lc.22,15).

En el Cenáculo Cristo cumpliendo las prescripciones de la Antigua Alianza va a celebrar las Pascua con sus apóstoles, pero dando a este rito un contenido nuevo. Hemos escuchado lo que dice S. Pablo en la segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios. En este texto que se suele considerar como la más antigua descripción de la Cena del Señor se recuerda que Jesús “la noche en que iban a entregarle, tomó pan y pronunciando la acción de gracias lo partió y dijo: esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en conmemoración mía. Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar diciendo: este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.
Por eso cada vez que coméis de este Pan y bebéis de este Cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que venga”(1 Cor.11,23-26). Con estas palabras, dichas en la intimidad de la última Cena con sus discípulos, el Señor Jesús va a entregar a su Iglesia hasta el final delos tiempos el don inmenso de la Eucaristía: su sacrificio redentor permanentemente vivo y actualizado en la Iglesia por el ministerio de los apóstoles.

En el Cenáculo, en esta tarde memorable del Jueves Santo que hoy la Iglesia recuerda y celebra con emoción, Jesús llenó de nuevo contenido las antiguas tradiciones y anticipó sacramentalmente, los acontecimientos del Viernes Santo, cuando el Cuerpo inmaculado del Cordero de Dios, sería inmolado en la cruz y su sangre sería derramada para la redención del mundo.”Cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva”

El apóstol Pablo nos exhorta a hacer constantemente memoria de este Misterio de amor y redención y nos invita a vivir diariamente nuestra misión de testigos del amor del crucificado en espera de su retorno glorioso.

La pregunta que hoy hemos de hacernos al contemplar el Misterio de la entrega del Señor en el Pan y el Vino eucarísticos es ¿cómo hacer memoria hoy, en nuestro tiempo, en nuestros trabajos y tareas diarias, de este acontecimiento salvador? ¿cómo ser testigos del amor de Cristo en nuestro mundo? ¿cómo decir a nuestros hermanos, los hombres, sumergidos, muchas veces, en una forma de vivir superficial y frívola, sin esperanzas ciertas y sin motivaciones profundas, que están invitados a la Mesa Eucarística para encontrar con Cristo y con la Iglesia la plenitud del amor?

El evangelio de S. Juan nos dice que Jesús antes de instituir el Sacramento de su Cuerpo y de Sangre, inclinado y arrodillado como un esclavo, lava los pies a sus discípulos. Y, una vez concluido el lavatorio, vestido y nuevamente sentado a la mesa les explica el sentido de su gesto:”Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor y decís bien pues lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn.13,12-14).

Estas palabras que unen el misterio eucarístico al servicio del amor son como una introducción catequética a la institución del sacerdocio ministerial. Con la institución de la Eucaristía Jesús comunica a sus apóstoles la participación ministerial en su sacerdocio: les comunica el sacerdocio de la Alianza Nueva y Eterna, en virtud de la cual Él, Jesucristo, y sólo Él, será siempre y en todos los rincones del mundo el Ministro y Único sacerdote de la Eucaristía. Y haciendo partícipes a sus apóstoles y hoy a sus sacerdotes de ese sacerdocio único les convierte, al mismo tiempo en servidores de todos aquellos que van a participar de este don y misterio tan grande.

La Eucaristía, supremo sacramento de la Iglesia, está unida al sacerdocio ministerial, que nació también en el Cenáculo como don del gran amor de Jesús que “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn.13,1).

La Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor, íntimamente e irrevocablemente unidos en un único misterio de misericordia entrañable es lo que conmemoramos en esta noche santa del Jueves Santo. ¡Este es el memorial vivo que contemplamos en este día!

Después de la celebración quedará solemnemente expuesto el Santísimo Sacramento hasta los oficios litúrgicos de mañana.

Démosle gracias a Dios por un don tan grande.
Adorémosle en silencio.
Crezcamos en el amor a Dios y a los hermanos.
Contemplemos a Jesús en su entrega a los hombres.
Y, con María, pongámonos en sus manos para ser instrumentos vivos
de reconciliación y de paz.

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Institucion de Lectores y Acolitos

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HOMILÍA- INSTITUCIÓN DE LECTORES Y ACÓLITOS

Muy queridos amigos y hermanos:

El evangelio que acaba de ser proclamado nos sitúa ante el misterio de la pasión del Señor de una manera verdaderamente sobrecogedora. Jesús fiel a la voluntad del Padre entrega libremente su vida por amor a los hombres para librarles del pecado y de la muerte; y se prepara para anticipar su sacrificio en la cruz con la institución de la eucaristía y el signo del lavatorio de los pies. El Señor Jesús lo da todo, se da totalmente, sin reservarse nada: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo”. En Jesús va a revelarse en toda su grandeza la misericordia entrañable de Dios Padre, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y en ese momento en que el amor de Dios se va a manifestar en el Cenáculo de una manera tan sublime y, como contraste, aparece el drama del pecado: la traición de Judas. “Uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: ¿qué estáis dispuestos darme si os lo entrego? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo” (Lc.26.14). El pecado es lo más irracional que puede sucederle al hombre. El pecado es la ceguera, la traición, el engaño y la negación de los sentimientos más nobles del corazón humano. El pecado es lo más inhumano y lo más contrario a la felicidad del hombre.

Jesús, revelación del amor de Dios, se enfrenta con el pecado; y carga sobre los hombros sus trágicas consecuencias: “Ofrecí las espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos” (Is. 50,4-9). Pero en la cruz el pecado es vencido. La cruz es la victoria de Cristo sobre los poderes del mal. Y su victoria es ya nuestra victoria. De la cruz de Cristo nace la vida. En la cruz de Cristo todos hemos sido salvados.”Te alabamos Cristo y te bendecimos porque por tu santa cruz redimiste al mundo”

Queridos seminaristas que hoy vais a ser instituidos lectores y acólitos. La Iglesia considera muy oportuno que en vuestro camino al sacerdocio, y antes de ser admitidos a las sagradas ordenes, se os encomienden estos ministerios. Ser cristiano es vivir, cada día más conscientemente, la victoria de Cristo sobre el pecado. Es revivir permanentemente, por la gracia de Dios, ese “morir con Cristo para resucitar con Cristo” que sucedió en el bautismo Ser cristiano es seguir al Señor, es amarle apasionadamente; y es participar, por el don del Espíritu Santo que recibimos en los sacramentos del bautismo y la confirmación, en su victoria sobre el pecado. Ser cristiano es encontrar en Cristo una vida nueva y transfigurada: es ser en Cristo criaturas nuevas.

Vuestro camino al sacerdocio se va realizando a partir de una creciente maduración de esa vocación de santidad que un día brotó en vuestro bautismo. Y esa vocación de santidad que, cada vez con más claridad y gozo, se va configurando en vosotros como vocación de servicio a la Iglesia en el ministerio sacerdotal, va a encontrar en los ministerios que hoy la Iglesia, de una manera oficial, os confía, un verdadero impulso.

El ministerio de lector tiene como misión: proclamar la Palabra de Dios, ayudar en la educación de la fe de los que van avanzando en el conocimiento de Cristo y anunciar a todos los hombres la Buena Nueva del Evangelio. Y esta misión, como muy bien sabéis, sólo es posible escuchando, primero en vuestro corazón, como la Virgen María, la Palabra divina, familiarizándoos con ella y dejándoos penetrar por ella con un profundo espíritu de oración y de disponibilidad.

El ministerio de acólito tiene como misión ayudar al Obispo, presbíteros y diáconos en su ministerio y distribuir como ministros extraordinarios la sagrada comunión, llevándola a los enfermos cuando sea necesario. Para realizar santamente este ministerio la Iglesia os invita a vivir con especial devoción y amor el Misterio de la Eucaristía; y repetir muchas veces en vuestro corazón esas preciosas palabras tan conocidas por todos: “Adórote devote latens deitas, quae sub his figuris vere latitas ...” “Te adoro con devoción Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto y el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad...”

El ministerio de acólito, lo mismo que el de lector ya lo veníais realizando, pero hoy al ser oficialmente instituidos en estos ministerios tenéis que verlo y sentirlo como una especial misión que la Iglesia os confía. Os tenéis que sentir enviados a ser, en vuestras parroquias y comunidades y muy especialmente en el mundo de los jóvenes, auténticos apóstoles de la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. La Eucaristía es sacrificio redentor; y banquete de amor, comunión y fraternidad; y acción de gracias; y presencia real del Señor. Sin Eucaristía no puede haber Iglesia; sin Eucaristía ningún cristiano puede mantenerse en la fe. Sed apóstoles de la Eucaristía. Que cuando
ayudéis en el altar, vuestra misma presencia y el modo de comportaros ayude a todos a encontrarse con el Señor.

Pido para vosotros la protección especial de la Virgen María, Mujer Eucarística. Que Ella os consuele en la dificultades y con solicitud maternal vaya configurando vuestros corazones con el su Hijo Jesucristo, Buen Pastor, hasta el día en que con vuestras propias manos, como sacerdotes de Cristo, podáis ofrecer sobre el altar el sacrificio eucarístico. Amén.

 

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