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HOMILIA JUEVES SANTO
2005

“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. Con estas palabras Cristo nos da a conocer, en esta noche santa, el significado profético de la Última Cena con sus discípulos. Es la Cena en la que el Señor va a anticipar sacramentalmente el sacrificio del Calvario y va a significar en el pan y en el vino consagrados su entrega total a los hombres, cumpliendo así la voluntad del Padre. “Tanto amó Dios al mundo que entrego a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (..) para que tengamos vida por medio de Él”

El Apóstol Pablo nos lo recordará al transmitirnos la tradición de la Cena del Señor: “Cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que Él vuelva”

Con la primera lectura tomada del libro del Éxodo la liturgia pone de relieve cómo la Pascua del Señor se inscribe en el contexto de la Pascua de la antigua Alianza: aquella Pascua en la que los israelitas conmemoraban la liberación de Egipto. El texto sagrado, como hemos escuchado, prescribía que se untaran con un poco de sangre del cordero sacrificado las jambas y el dintel de las casas. Con la sangre del cordero los hijos de Israel conseguirían la liberación de la esclavitud de Egipto, bajo la guía de Moisés. El recuerdo de un acontecimiento tan extraordinario se va a convertir para Israel en la gran fiesta del año. El pueblo, año tras año, se reúne gozoso para agradecer a Dios el don precioso de la libertad. “Este será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor”(Ex.12,14). La carne de aquel cordero asada y comida a toda
prisa, significando la urgencia y la necesidad de la liberación y las verduras amargas que lo acompañaban, significando la aflicción y el sufrimiento de su largo caminar por el desierto, eran el signo repetido todos los años que recordaba al pueblo quien era el Dios verdadero: quien era aquel que con brazo poderoso les había sacado de la esclavitud.

El Señor Jesús va también a celebrar con sus discípulos esta Cena Pascual. Pero la Cena de Jesús va a tener un sentido completamente nuevo, lleno de intensidad. Va a ser un momento de revelación suprema del amor divino que el Señor desea ardientemente manifestar a sus discípulos. “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”(Lc.22,15).

En el Cenáculo Cristo cumpliendo las prescripciones de la Antigua Alianza va a celebrar las Pascua con sus apóstoles, pero dando a este rito un contenido nuevo. Hemos escuchado lo que dice S. Pablo en la segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios. En este texto que se suele considerar como la más antigua descripción de la Cena del Señor se recuerda que Jesús “la noche en que iban a entregarle, tomó pan y pronunciando la acción de gracias lo partió y dijo: esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en conmemoración mía. Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar diciendo: este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.
Por eso cada vez que coméis de este Pan y bebéis de este Cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que venga”(1 Cor.11,23-26). Con estas palabras, dichas en la intimidad de la última Cena con sus discípulos, el Señor Jesús va a entregar a su Iglesia hasta el final delos tiempos el don inmenso de la Eucaristía: su sacrificio redentor permanentemente vivo y actualizado en la Iglesia por el ministerio de los apóstoles.

En el Cenáculo, en esta tarde memorable del Jueves Santo que hoy la Iglesia recuerda y celebra con emoción, Jesús llenó de nuevo contenido las antiguas tradiciones y anticipó sacramentalmente, los acontecimientos del Viernes Santo, cuando el Cuerpo inmaculado del Cordero de Dios, sería inmolado en la cruz y su sangre sería derramada para la redención del mundo.”Cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva”

El apóstol Pablo nos exhorta a hacer constantemente memoria de este Misterio de amor y redención y nos invita a vivir diariamente nuestra misión de testigos del amor del crucificado en espera de su retorno glorioso.

La pregunta que hoy hemos de hacernos al contemplar el Misterio de la entrega del Señor en el Pan y el Vino eucarísticos es ¿cómo hacer memoria hoy, en nuestro tiempo, en nuestros trabajos y tareas diarias, de este acontecimiento salvador? ¿cómo ser testigos del amor de Cristo en nuestro mundo? ¿cómo decir a nuestros hermanos, los hombres, sumergidos, muchas veces, en una forma de vivir superficial y frívola, sin esperanzas ciertas y sin motivaciones profundas, que están invitados a la Mesa Eucarística para encontrar con Cristo y con la Iglesia la plenitud del amor?

El evangelio de S. Juan nos dice que Jesús antes de instituir el Sacramento de su Cuerpo y de Sangre, inclinado y arrodillado como un esclavo, lava los pies a sus discípulos. Y, una vez concluido el lavatorio, vestido y nuevamente sentado a la mesa les explica el sentido de su gesto:”Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor y decís bien pues lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn.13,12-14).

Estas palabras que unen el misterio eucarístico al servicio del amor son como una introducción catequética a la institución del sacerdocio ministerial. Con la institución de la Eucaristía Jesús comunica a sus apóstoles la participación ministerial en su sacerdocio: les comunica el sacerdocio de la Alianza Nueva y Eterna, en virtud de la cual Él, Jesucristo, y sólo Él, será siempre y en todos los rincones del mundo el Ministro y Único sacerdote de la Eucaristía. Y haciendo partícipes a sus apóstoles y hoy a sus sacerdotes de ese sacerdocio único les convierte, al mismo tiempo en servidores de todos aquellos que van a participar de este don y misterio tan grande.

La Eucaristía, supremo sacramento de la Iglesia, está unida al sacerdocio ministerial, que nació también en el Cenáculo como don del gran amor de Jesús que “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn.13,1).

La Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor, íntimamente e irrevocablemente unidos en un único misterio de misericordia entrañable es lo que conmemoramos en esta noche santa del Jueves Santo. ¡Este es el memorial vivo que contemplamos en este día!

Después de la celebración quedará solemnemente expuesto el Santísimo Sacramento hasta los oficios litúrgicos de mañana.

Démosle gracias a Dios por un don tan grande.
Adorémosle en silencio.
Crezcamos en el amor a Dios y a los hermanos.
Contemplemos a Jesús en su entrega a los hombres.
Y, con María, pongámonos en sus manos para ser instrumentos vivos
de reconciliación y de paz.

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