icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

VIGILIA PASCUAL
2005

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (Sal. 117,22)

Queridos hermanos:

En esta noche santa la Iglesia celebra la fiesta más grande del año. Es la fiesta de las fiestas. Esta vigilia no sólo es el centro del año litúrgico sino, en cierta manera su manantial y su fuente. A partir de ella se desarrolla toda la vida sacramental. Todas las fiestas del año no son sino el eco de esta gran celebración. Cristo venciendo a la muerte ha salido victorioso del sepulcro. Y en la victoria de Cristo todos hemos alcanzado la victoria: “(...) Esta es la noche en la que por toda la tierra los que confiesan su fe en Jesucristo son arrancados de los vicios de este mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos (...) Esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos(...)”

Hemos empezado la celebración en la oscuridad y poco a poco el templo se ha ido llenando de luz. El pecado es la oscuridad y la incertidumbre. La luz es Cristo que nos saca de las tinieblas.

Esta noche la liturgia nos habla con la abundancia de la Palabra de Dios. Hemos ido rememorando el largo camino que Dios ha recorrido con su pueblo desde la creación del mundo, a través de todas las etapas de la historia de la salvación. La Iglesia ve la salvación incluso en las situaciones más difíciles, como en el sacrificio de Abraham, como en el paso del mar Rojo, como en el llamamiento a volver del exilio. Y la Iglesia comprende que todos ellos eran acontecimientos de gracia que iban preparando el gran acontecimiento de la resurrección de Cristo, que hoy celebramos.

Podemos decir que la Iglesia hoy nos ofrece este abundante banquete en la mesa de la Palabra para recibir de manera especial en primer lugar a sus hijos que hoy van a recibir el bautismo. Nosotros hoy recibimos, con gozo a N. ,que dentro de unos momentos va a renacer del agua y del Espíritu Santo. Con el bautismo N. se convertirá en miembro del Cuerpo de Cristo y participará plenamente, por el don del Espíritu Santo y por la Eucaristía, en su misterio de comunión. ¡ N. que tu vida permanezca inmersa constantemente en este misterio pascual de modo que seas siempre testigo del amor de Dios!

Pero también todos los bautizados hoy estamos llamados a vivir en la fe esa experiencia de la que nos habla S. Pablo en su carta a los Romanos. “los que nos incorporamos a Cristo por el bautismo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom.6,3-4).

Ser cristiano significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación se realiza de manera sacramental por el bautismo sobre el cual, como sólido fundamento, se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros. Toda la vida del cristiano consiste en ir desarrollando hasta su plenitud, con la ayuda del Espíritu Santo lo que en le bautismo, a modo de semilla, un día recibió. Por eso el salmo responsorial nos exhorta a dar gracias. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque eterna su misericordia. La diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor” (sal 117,1-2.16.17). En esta noche santa la Iglesia repite estas palabras de acción de gracias mientras confiesa la verdad sobre Cristo que padeció, fue sepultado y resucitó al tercer día.

Una noche así, inundada de luz y gozo por la resurrección de Cristo tiene que ser para cada uno de nosotros como una gran sacudida, como una fuerte llamada a vivir en plenitud nuestra unión con el Señor vencedor del pecado y de la muerte. Hemos de vivirla como un nueva invitación que Dios nos hace a vivir nuestra vocación de santidad. Hemos de sentir un gran deseo de salir de la tibieza y la mediocridad y diciendo “sí” a su llamada estar dispuestos a seguir al Señor, participando en su triunfo, caminando con Él y venciendo, con la ayuda de su gracia, todos los obstáculos.

Hoy el Señor resucitado se acerca a cada uno de nosotros y nos dice con las palabras que esta mañana leíamos en el oficio divino: “Despierta tu que duermes pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo, levántate de ente los muertos, pues Yo soy la vida de los muertos. Levántate obra de mis manos, levántate imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate (...) porque tu en mi y yo en ti formamos una sola e indivisible persona” (Lectura del Sábado santo).

Vivimos tiempos en los que no cabe ni la mediocridad ni la tibieza. Son tiempos difíciles para la fe. Pero también tiempos de claras decisiones y tiempos de plena confianza en el Señor. No caben las ambigüedades. No podemos ir compaginando engañosamente valores y tradiciones cristianas con modos de conducta alejados de Dios, dominados por una cultura que pretendiendo convertir al hombre en un “dios”, termina finalmente por convertirle en un esclavo de sí mismo. No podemos “servir a dos señores”: “si la sal se vuelve insípida ya no sirve para nada, sino para que la pise la gente”. Vivimos tiempos que nos están pidiendo una clara y decidida vocación de santidad. Y la santidad es posible. En Cristo resucitado la santidad es posible. Cristo ha vencido al pecado y su victoria es nuestra victoria. Es más, podemos decir que la forma más plena y más feliz de vivir nuestra condición humana es aspirando, con Cristo, a la santidad

Contemplemos a Cristo resucitado. Adoremos a Cristo resucitado y digamos, como el apóstol Tomás, después de introducir sus dedos en la llagas de la pasión: “Señor mío y Dios mío”. Contemplar como Tomás al crucificado que ha resucitado es creer en el Dios de la vida que por el camino del amor “hasta el extremo” y de la obediencia incondicional al Padre en la cruz, hasta ser “trigo que muere `para dar fruto”, nos conduce a la vida verdadera, capaz de superar todo sufrimiento y toda pena. Creer en Cristo resucitado significa amar apasionadamente la vida verdaderamente humana, toda vida, desde el primer comienzo hasta su último suspiro, sabiendo que esta vida no es sino el preámbulo de la vida eterna, que en Cristo resucitado un día alcanzarán los que confían en Él.

Cuando dentro de unos momentos N. reciba el bautismo y todos nosotros, después de ser rociados con agua bendita, renovemos nuestras promesas bautismales, volveremos nuevamente a sumergirnos en Cristo para resucitar con Él a una vida nueva: “Si hemos muerto con Cristo creemos que también viviremos con Él (...) Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro”.

En las antiguas basílicas en lugar de pila bautismal había una piscina bautismal para expresar mejor ese sumergirse en Cristo, ese morir con Cristo para resucitar con Él. Tenían unos escalones de bajada que significaban los pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Había que morir a todo eso. El pecado debía ser destruido en la muerte de Cristo. Y después tenía unos escalones de subida significando los dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, fortaleza, consejo, ciencia, piedad y temor de Dios. Era la nueva vida, en Cristo resucitado: la vida en el Espíritu, la nueva criatura renacida en el bautismo. Revestidos de Cristo los nuevos bautizados y hoy también nosotros al renovar las promesas de nuestro bautismo vamos a experimentar la vida del Espíritu, vamos a ser renovados en el Espíritu de la Verdad para caminar con el Señor Resucitado en el camino de la santidad viviendo la vocación a la que Dios nos ha llamado, con sus sufrimientos y sus gozos, porque en Cristo resucitado todo se renueva.

Unidos al gozo de la Virgen María al recibir en sus brazos a su Hijo Resucitado y a todos los redimidos por Él, cantemos con toda la Iglesia: “Este es e día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”.Amén. Aleluya.

 

centenario3