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DOMINGO DE RESURRECCIÓN - 2005

Queridos hermanos:

Celebramos en este día la fiesta más grande de año. Todos los domingos no son sino el eco de este domingo de Pascua. Cristo ha resucitado. Cristo, el Crucificado, ha vencido a la muerte. “Este es el día en que rotas las cadenas de la muerte Cristo asciende victorioso del abismo”. Cristo, resucitado de entre los muertos, nos ha abierto las puertas de la vida para que renovados por su Espíritu vivamos en la esperanza de la resurrección futura. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Esta alegría pascual parece que entra en contradicción con la experiencia diaria. A nuestro alrededor, desgraciadamente, hay demasiados signos de muerte. Por un lado la muerte física, la enfermedad y el dolor. Por otro la muerte espiritual, el pecado que todo lo corrompe, con sus tristes consecuencias de injusticia, soledad, mentiras y violencia.

Pero Dios no dejó al hombre desamparado y en esa negra noche del pecado y del sufrimiento entró Jesucristo, el Hijo de Dios, que clavado en una cruz, muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la Vida. En Él , como cantamos en uno de los prefacios pascuales “fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba derrumbado y renovada en plenitud la salvación”.

Cristo resucitado nos abre las puertas de la vida. ¡Alegrémonos y gocemos con Él! . Si Cristo ha resucitado convirtiéndose en el nuevo Adán y en el primogénito de la nueva creación, también nosotros resucitaremos con Él.

La resurrección de Jesús no es un sueño, no es una ilusión vana. La resurrección de Jesús es algo muy real, es el fundamento de todo lo real y el fundamento también de nuestra fe. Este es nuestro credo, el credo que todos los domingos profesamos en la celebración de la Eucaristía: “que Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación”. Dios nos ha creado no para morir, sino para vivir con Él eternamente. Estamos llamados a vivir, nuestro destino es la vida. Creemos en la vida eterna. Y, por eso reconocemos el valor inmenso de la vida humana, y respetamos hasta las últimas consecuencias, lejos de cualquier oportunismo o utilitarismo, el valor inviolable de la dignidad de la persona humana, y el respeto a la verdad.

Este fue, desde los comienzos, el testimonio de la Iglesia apostólica, que hoy aparece, de forma luminosa, en las lecturas bíblicas que acaban de ser proclamadas: que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida; que en Jesucristo se abre para el hombre un camino de esperanza, que en el misterio Cristo, Verbo encarnado, muerto y resucitado por nosotros, se esclarece el misterio del hombre, la verdad del hombre. Así lo proclama Pedro en su predicación: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (...) lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver (...) a nosotros que hemos comido y bebido con Él después de la resurrección” (Hech.10,37-43)

Desde entonces, desde aquel memorable día de la Pascua del Señor, ese mensaje, bajo el impuso del Espíritu Santo, generación tras generación, en el seno de nuestra Santa Madre la Iglesia, el testimonio de los apóstoles ha llegado hasta nosotros Y así hemos de seguir transmitiéndolo nosotros.

Lo mismo que esta noche en la vigilia pascual, en la oscuridad de la noche, unos a otros nos íbamos comunicando la luz que venía del cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, así también hoy en la oscuridad del mundo, hemos de seguir comunicando a nuestros hermanos la luz de la fe.

Cristo es la luz del mundo que disipa las tinieblas. Y nosotros que por pura gracia y misericordia de Dios hemos visto esa luz y hemos creído en ella, tenemos que convertirnos lo mismo que la Virgen María y María Magdalena y los apóstoles en testigos y mensajeros del Señor resucitado, luz sobre toda luz. “Ya que habéis resucitado con Cristo buscad los bienes de allá arriba donde está Cristo sentado a la derecha del Padre. Aspirad a los bienes de arriba no los de la tierra. Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”

La Pascua del Señor, la celebración gozosa de la reurrección de Cristo nos invita a renovar nuestro bautismo renaciendo con Cristo a una vida nueva, renunciando al egoísmo, que destruye al hombre encerrándole en sí mismo, y endureciendo su corazón, renunciando a la mentira que envenena las relaciones sociales, corrompe la vida política y nos hice vivir sólo de apariencias y renunciando a todo tipo de violencia que convierte al hombre en enemigo del hombre. Y llenos de la luz de Cristo y fortalecidos con su Espíritu hagamos propósito en este día vivir de aquel mismo amor que llevó al Señor Jesús a entregar su vida por nosotros. Hagamos propósito de perdonar las injurias, de amor incluso a los que no nos quieren bien, de ayudar a los que nos necesiten. Y renovemos nuestra fe en el Dios de la vida, el Dios que ha resucitado a Jesucristo y nos llama a la vida.

Hagamos nuestra esa vibrante defensa de la vida humana que el Papa Juan Pablo II hacía en su encíclica “El evangelio de la Vida”, en la que nos invita a amar la vida, a respetar la vida y a trabajar sin descanso por mejorar las condiciones de vida de todos los hombres. Y nos pide que proclamemos, sin ningún miedo nuestra fe en la vida futura. Cuando, una vez traspasado el umbral de la muerte gocemos eternamente del amor infinito de Dios.

Hermanos, felices pascuas, feliz día de resurrección: que el Señor Jesús que en este día nos ha abierto las puertas de la vida, nos renueve por su Espíritu y nos haga resucitar en el reino de la luz y de la vida.

 

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