Homilia D. Francisco Jose Perez y Fernandez-Golfin

Inauguracion Año Jubilar

25 diciembre. Catedral de Santa María Magdalena de Getafe.

Muy queridos hermanos en el sacerdocio de Jesucristo y muy queridos hermanos todos en Jesucristo nuestro Señor, muy especialmente queridos seminaristas:

Es el 2000 cumpleaños de Jesús, compañero inseparable de su Iglesia durante 2000 años, por eso podemos repetirnos como estribillo para cantar al Señor :¡te diré mi amor, mi amor Rey mío, con el mismo amor con el que te lo dijo tu madre, con los labios de tu Iglesia, tu esposa, con la fe ardiente y gloriosa de tus mártires. Te diré mi amor, Rey mío, con el amor de tu madre, con los labios de tu esposa, con la fe tus mártires.!

Año Santo, año de gracias y de bienes, año que hemos inaugurado abriendo puertas, puertas de las grandes Basílicas en Roma, puertas de todas las iglesias locales del mundo entero. Tantos como nosotros han oído y han escuchado ¡abrid las puertas! ¡Abrid las puertas para entrar!

La puerta del hombre es su corazón. Jesucristo quiere entrar en el corazón de cada uno de nosotros como lo hiciese hace 2000 años en la cueva de Belén.

Abrir la puerta es celebrar con gozo el año 2000 para recibir esa noticia impensable para el hombre: que el Dios invisible se nos ha dado a conocer en Cristo, el Hijo de Dios, a través del Misterio de su Encarnación y a través del nacimiento.

Jesús hecho hombre es el Hijo de Dios que busca al hombre, que llama al corazón del hombre. El mismo ayer, hoy y siempre.

Cristo es la Puerta. Así se llama a sí mismo. La Puerta para entrar en el abismo infinito de la misericordia y del amor del Dios Padre.

Cristo es al mismo tiempo el Camino que nos conduce.: ¿qué camino encontrará el hombre sino el que ha trazado el mismo Dios con su vida, con su persona?

Y al mismo tiempo Cristo, hermanos, Cristo es nuestra Meta.

¡Cristo mi amor, Rey mío, quiero amarte con el amor de tu madre, los labios de tu Esposa y la fe de tus mártires!

Abrir la puerta es reconocer los signos de la primera llegada de Jesús, y los signos es que Cristo centro de la historia humana, no tuvo lugar, no encontró un lugar en la posada, no encontró acogida y por eso la historia es un pesebre donde aparece el Hijo de Dios envuelto en pañales porque no hay lugar para El en la posada.

No se, no se si precisamente la gran tarea, el gran reto de este año de gracias y de bienes es que abramos el corazón porque no se si del todo, del todo, hay posada para Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, en nuestro propio corazón. Ciertamente no hay posada para Jesús en nuestro mundo.

Jesús es el signo inequívoco del amor y de la misericordia eterna de Dios, eterna, la que nuestro corazón necesita, la que solicitamos de tantas formas distintas, misericordia infinita; El sitio de Dios es nuestro corazón.

Vamos a preguntarnos ¿Hay sitio para Dios en mi corazón?

La profecía de Isaías nos hablaba de una luz radiante que aparece para el mundo, la luz de la verdad y de la vida, y... la tiniebla sigue marcando nuestro mundo.

No gozamos, no somos alegres, somos mundo entristecido porque no somos capaces de gozar de la luz que da la presencia de este Dios que sale a nuestro encuentro.

La intención primera, la finalidad última de este Año Santo de gracias en la conversión del corazón, en una actitud de agradecimiento y de reconciliación y por tanto provocar el cambio del corazón para manifestar la caridad fraterna, el Amor de Dios convertido en amor a nuestros hermanos.

¡Te diré mi amor, Rey mío, con el amor de tu madre, con los labios de tu esposa, la Iglesia, y con la fe de tus mártires!.

Y todo nuestro agradecimiento en torno a Dios nuestro Padre que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones y bienes en Jesucristo, nos ha bendecido en Jesucristo y nos recuerda la Bula que el nacimiento de Jesucristo no es un hecho que podamos relegar al pasado. Jesucristo nace hoy, nació ayer y nace siempre.

Por eso Jesucristo es el único que nos da razones para vivir y para esperar.Hay que escuchar a nuestro propio corazón para encontrar razones y motivos gozosos de vida y de esperanza, de alegría. Contraponiendo la confianza de niños en el amor de Dios frente a la gran arrogancia de creernos suficientes, que es el gran pecado de la humanidad, decir que no necesitamos de nada ni de nadie. Y, ¿que es el hombre sin el amor de Dios?

Estúpidamente el hombre repite para sí mismo, Señor Dios no te necesito; Y por eso el hombre se siente irredento, sin capacidad de redención, sin motivos para esperar y sin motivos para vivir.

El Año Santo es el Año del Perdón y de la Reconciliación, para fortalecer la fe, para que el testimonio cristiano aparezca claro para todos los que se sienten alejados. Tendremos todos que pedir muchas veces perdón. Ese perdón que abre el corazón al abrazo de Dios nuestro Padre. A ese abrazo que nos ha mostrado Jesús, la vida del hombre, el camino del hombre, de tantas formas expresado en la Buena Noticia, en el Evangelio.

El Año Santo nos invita a reparar el mal, males, hay que reparar, hay que pedir perdón con arrepentimiento y con propósito firme de corregir, sobre todo para los creyentes, las ambigüedades que hacen confusa nuestra fe. Las ambigüedades que tratan de presentar el cristianismo sin Cristo o el cristianismo sin el magisterio y la fe de la Iglesia que es la que nos da a Jesucristo.

El Año Santo supone restablecer la amistad con Dios que sólo es posible con Jesucristo. Sólo Jesús es la reconciliación para el hombre.

Hay un subrayado dentro de este Año de gracias y de bienes y no podía ser de otra forma, y es, el reconocimiento de la presencia de Jesucristo en su Eucaristía.

Es un año, así nos lo pide la Iglesia con la voz fuerte y potente, cargada de fe, de luz y de vida de Juan Pablo II que nos dice que sea un año eminentemente eucarístico.

La celebración de la Eucaristía nos da al Niño Dios hecho alimento. El alimento que salva.

La celebración del Jubileo no puede consistir en una serie de cosas, incluso de culto, si no vivimos una fuerte experiencia interior, sólo lo externo tiene sentido en la medida en que refleja el profundo compromiso de abrir nuestro propio corazón.

La adoración a Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía, en la comunión con el Cuerpo de Cristo es la intimidad más profunda y la pertenencia más verdadera al Cuerpo de Cristo.

Jesucristo: desde hace 2000 años estás real y verdaderamente presente en el Sacramento bien conocido y amado, el Sacramento del Amor.

Ese Sacramento que ha sido la fuerza de los mártires, de los confesores y la razón de tantos vírgenes y santos. Sin la Eucaristía no hay santos posibles. La Eucaristía nos reviste del hombre nuevo de entrañas de amor y de misericordia y nos da el alimento que salva hasta la vida eterna.

Así se ha cantado y se ha vivido en la Iglesia durante 2000 años.

¡Te diré mi amor, Rey mío, con el amor de tu madre, con los labios de tu Esposa, la Iglesia, y con la fe de tus mártires!.¡Con la fuerza nacida de tu vida hecha pan que nos salva!

Jesucristo único salvador del mundo, pan para la vida nueva. La Eucaristía es el pan que da hambre, que suscita hambre, no quita el hambre, da hambre de Dios y lo colma alimentando al hombre con el sabor de vida eterna, de amor eterno, de verdad eterna. Así estimula para la vida nueva.

Cuando amamos de verdad a alguien decimos tú no morirás, no puedes morir en mi corazón.

Esto es lo que nos repite Jesucristo en cada Eucaristía.

Dentro de un momento nos lo va a decir: Yo soy el pan que da la vida. Tú no morirás porque comes de este pan.

Desde hace 2000 años la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y a la contemplación.

Que María nos enseñe a repetir con ella: Jesús mi amor, Rey mío, con el amor que tú le tienes, con los labios de esta Iglesia, santa y pecadora, y con la fe de tantos mártires que hacen fuerte nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

Que así sea.

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