HOMILIA EN LA ÓRDENACIÓN DE DIÁCONOS

Cerro de los Ángeles, 6 de octubre de 2018

Queridos hermanos Obispos.
Queridos hermanos sacerdotes.
Queridos Sres. Vicarios.
Querido Sr. Rector del Seminario y Equipo de Formadores.
Queridos diáconos.
Querido hijos Juan-Luis, Álvaro, Rubén, Pablo y Miguel Ángel que vais a recibir hoy el orden de los diáconos.
Queridos padres de los nuevos diáconos y los que los acompañáis, familia, amigos y aquellos que venís de las distintas parroquias a las que están vinculados estos jóvenes. Queridos seminaristas.
Queridos consagrados y consagradas, hermanos y hermanas en el Señor.

“Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”, con estas palabras del salmo que acabamos de proclamar quiero expresar el agradecimiento a Dios porque es grande con nosotros, porque nos bendice con el don de la llamada que hace a hombres, tomados de entre los hombres, para que sean signo, sacramento, de su presencia en medio de la Iglesia y del mundo. El Señor acompaña a su Iglesia, y ha acompañado el camino de la existencia de estos cinco hermanos nuestros que hoy elegimos para el orden de los diáconos.

Doy gracias a Dios que me concede, por primera vez desde que estoy entre vosotros como vuestro Obispo, ordenar a un grupo de seminaristas, en este caso como diáconos. Recuerdo las primeras palabras de mi venerado predecesor, D. Joaquín, “en esta diócesis vas a gozar mucho”. Sin duda así es, y hoy se hacen realidad, de un modo especial, estas palabras porque una de las dichas más grandes de un Obispo es poder ordenar diáconos o sacerdotes para el servicio de la Iglesia.

Recibís hoy, queridos hijos, el sacramento del Orden en el grado del diaconado. Es la respuesta de Dios a su llamada primera que hoy se ve confirmada por la consagración y el envío. Sois, por tanto, llamados, consagrados y enviados. Don y misión que os capacitan, por la imposición de manos del Obispo y la oración consecratoria, para ser servidores del Evangelio al estilo del Señor Jesús.

El sacramento que vais a recibir es una gracia que no sólo os capacita para una misión, sino que toca vuestro propio ser, afectando, haciendo de vosotros un hombre nuevo; es la gracia que os transforma en servidores. Toda vuestra vida será desde hoy servicio. Lo que sois, lo que pensáis, lo que sentís, lo que tenéis, incluso lo que esperáis llegar a ser, ya no es vuestro, es del Señor, y en Él, de los hermanos. El servicio es entender y vivir la vida como la entendió y la vivió Cristo, nuestro Señor. El modelo de vuestro servicio ha de ser siempre el modelo del Evangelio. Cristo Siervo ha de inspirar cada momento de vuestra vida, cada rincón de vuestra existencia, nada en nosotros escapa del don que hoy recibís en el diaconado. Con el Siervo Jesús lo podréis todo, sin Él no podréis nada.

En la primera lectura hemos escuchado la vocación de Samuel que nos ha introducido en el misterio que es toda vocación. ¿Por qué llama Dios?, y lo más misterioso e inquietante para cada uno, ¿por qué a mí? Cada uno somos conocedores de nuestra realidad y conscientes de nuestra pobreza, entonces, ¿por qué Dios se fija en mí y me llama para una empresa tan importante, tan grande, que supera sin duda mi capacidad? No puede el hombre por más que lo intente dar respuesta a este interrogante. Sólo nos queda confiar en la fidelidad del que llama y abandonarnos a su amor infinito. El tiempo de Samuel, según hemos escuchado, parece como el nuestro; en aquellos días eran raras las palabras del Señor y no eran frecuentes las visiones, es decir, que no era tiempo aparentemente propicio para la vocación, podríamos decir que era un verdadero tiempo de crisis vocacional, quizás como el nuestro. Además, el joven no conocía todavía al Señor. Por esto, la voz que pronuncia su nombre en medio de la noche es un misterio. Ante este hecho Samuel no se esconde, no hace oídos sordos a la desconcertante llamada, por el contrario, se levanta y busca, pregunta. Y si Dios insiste, él no deja de buscar. Dios no se cansa de llamar, pero tampoco Samuel de buscar para responder a la voz que resuena en su alma. En el texto de la palabra de Dios podemos reconocer también la importancia de la mediación de Leví que enseñará al joven a responder a la voz de Dios, a realizar un verdadero discernimiento, para que finalmente pueda decir: “Habla, que tu siervo escucha”. Sin duda que estamos ante un texto que pone delante de nuestros ojos el origen gratuito y el itinerario de toda vocación: Dios que llama porque quiere, y el hombre que responde, después de reconocer la voz de Dios y aceptarla en su vida, dejándose transformar por él y haciéndose disponible para la misión que se le encomienda.

Podría ser esta, queridos hijos, vuestra experiencia vocacional. En un tiempo donde la voz de Dios parece haberse perdido, donde el ruido exterior e interior hacen difícil la escucha de los jóvenes al querer de Dios, vosotros habéis escuchado una llamada que se ha servido de distintas mediaciones para traeros hasta aquí, para que hoy pronunciéis un Sí libre y generoso a esa llamada del Señor. Como Samuel podéis decir: “Habla, que tu siervo escucha”.

Hay tres rasgos de esta ejemplar vocación de Samuel que os ayudarán, queridos hijos, en el ministerio que hoy recibís.

En primer lugar, la capacidad de escucha. Sí, no puede haber vocación si no hay escucha, y la vocación, como vida de nuestra vida que es, no es un hecho perdido en el tiempo al que miramos con añoranza. La vocación es una realidad cada mañana. Dios actualiza su llamada cada día; por eso, es necesaria la escucha, la apertura del corazón para descubrir qué quiere, qué espera, Dios de mí. La escucha es la actitud del discípulo, que cada día ha de aprender, porque no tiene respuestas para todo, porque no quiere él dirigir su vida sino dejarla dirigir por el Maestro. Queridos hermanos, no hay que saberlo todo, ni tener respuestas para todo. La misión de un ministro de Cristo es saber estar cercano a la gente desde la cercanía a Dios, saber escuchar y comprender al otro que camina a nuestro lado, con esa actitud tan evangélica que es la compasión, actitud que brota de la misericordia de Dios, por eso, en muchas ocasiones, el silencio es más elocuente que la palabra, nuestra presencia más que muchos argumentos por más verdaderos que sean.

Escuchar, sí. Escuchar a Dios y escuchar a nuestra gente, poner un oído para descubrir la voluntad de Dios y otro para estar atentos a las necesidades del pueblo que se nos ha encomendado. Nunca vayáis con la lección aprendida, ni os situéis por encima de nadie, porque un diácono es un servidor, por eso como nos dice San Pablo: “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde” (Rom 12,15-16).

El segundo rasgo es dejarse acompañar, es aprender a hacer el camino con los otros, ponerse en disposición para poder discernir juntos lo que Dios quiere de nosotros. Muchas veces queremos acompañar a los demás sin dejarnos acompañar, y entonces surgen las tristes consecuencias, no sólo para nosotros, sino para la comunidad, para la Iglesia, que todos conocemos. No saber acompañar es inducir al otro al error, utilizar mi autoridad para imponer mi propio punto de vista y no la voluntad de Dios, suplantar la conciencia del otro, no estar realmente cerca, no comprender, no aceptar, no tener un corazón compasivo y misericordioso.

Las mediaciones humanas forman parte del plan de Dios en el camino vocacional. Todos nosotros hemos contado con mediaciones para reconocer la voz de Dios en nuestra alma, todos nos hemos servido también de esas mediaciones para discernir lo que Dios quería realmente de mí. Por eso, queridos hermanos sacerdotes, la pastoral vocacional está y debe estar en cada uno de nosotros, en cada una de nuestras comunidades parroquiales; cada uno ha de ser responsable de esa pastoral, y basta con que contagiemos a los demás, especialmente a los más jóvenes, la ilusión por nuestro sacerdocio, la dicha de poder entregar la vida al Señor hasta el último suspiro. Y esto que digo a los sacerdotes, os lo digo también a vosotros queridos religiosos y religiosas, queridos consagrados, queridos padres, maestros. Es una llamada para todo el Pueblo de Dios. Creemos en nuestra diócesis una atmósfera vocacional, una cultura vocacional, donde cada joven tenga el ambiente necesario para responder a la llamada del Señor.

El último rasgo de la vocación de Samuel que nos puede ayudar es su disponibilidad. Disponibilidad para levantarse y dejar atrás la modorra de una vida acomodada, basada sólo en mis derechos; disponibilidad para ponerse en camino e ir dejando el lastre que me impide ser libre en el seguimiento de Cristo; disponible para decir sí a lo que quieras y como quieras con la certeza de que esto es lo mejor para mí; disponibilidad para servir a los hermanos, no como un funcionario, sino como Cristo que se entregó por nosotros, que lavó los pies a los apóstoles para enseñarnos el modo de servir; disponibilidad para gastar cada día mi vida en el servicio a Dios y a los hermanos con la esperanza de la vida eterna. Ser disponible es hacerse pequeño para ser pequeño, para servir a los pequeños, incluso para mirar a la realidad como la miran los pequeños.

Los primeros diáconos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los apóstoles, fueron instituidos para el servicio de las mesas, es decir, para el servicio de la caridad, de los pobres. Los pobres, queridos hermanos, no os pueden ser ajenos, forman parte de la esencia de vuestra vocación y ministerio diaconal. Ciertamente hoy la pobreza se manifiesta en rostros muy diversos, pues vuestra misión es descubrir esos rostros y servirlos como lo hace el mismo Señor, servirlos como serviríais a Cristo, con entrega y delicadeza, con tiempo y con paciencia, con acogida y compasión. Recuerdo unas hermosas palabras del Papa Benedicto XVI en la Catedral de la Almudena, dirigida a los seminaristas: “Pedidle, pues, a Él que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y vuelva al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana, y, por consiguiente, sus defensores incondicionales”.

La disponibilidad, queridos hermanos que vais a ser ordenados diáconos, nos habla finalmente de obediencia. Dentro de un instante vais a prometer obediencia a vuestro Obispo. Bien sabéis que no es este un rito sin más, ni un acto de cesión de vuestra libertad, todo lo contrario; es el mayor acto de libertad que quiere quedar rendida a la voluntad de Dios expresada en la comunión de la Iglesia, en el ministerio apostólico del Obispo. Ser Obediente no está en las palabras, se lleva en el corazón. Se es obediente en el abandono a la voluntad de Dios, en la aceptación de sus planes que no coinciden con los nuestros, en la renuncia a mis preferencias para afirmar con mi vida y mi actitud la primacía de Dios. El acto de obediencia es unirme a Cristo en la obra de la salvación de los hombres.

Bellas las palabras de la carta a los Hebreos que hemos proclamado: Cristo, siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Pone la Escritura ante nuestros ojos el único modelo, el auténtico modelo, Cristo sumiso a la voluntad del Padre, obediente a su plan de salvación sobre los hombres. Cristo obediente ante nosotros es una llamada a configurar nuestra obediencia con la suya. En la cultura de la autoafirmación del yo, la obediencia puede parecer la rendición de nosotros mismos, la negación de la realización humana, pero no es así. La obediencia es la aceptación más realista y esperanzada de nuestra propia existencia, la confianza más absoluta de que soy amado, de que sé bien de quién me he fiado, la posibilidad de colaborar, ser instrumento de salvación para mis hermanos. Cristo llevado obedientemente hasta la consumación se ha convertido en causa de salvación eterna. La obediencia que hoy profesáis y os comprometéis a vivir es causa de salvación eterna y signo de la que vida verdadera es pro-existencia. Aceptadme un consejo, hablad poco de obediencia y sed obedientes.

Expresión también de esta disponibilidad es el celibato que hoy asumís. El celibato “será para vosotros símbolo, y al mismo tiempo, estímulo de vuestra caridad pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, el Señor, y viviendo este estado con una total entrega, vuestra consagración a Cristo se renueva de modo más excelente. Por vuestro celibato, en efecto, os resultará más fácil consagraros, sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los hombres, y con mayor facilidad seréis ministros de la obra de la regeneración sobrenatural” (Ritual de la ordenación de los diáconos).

Volvamos al comienzo, la vocación al ministerio sagrado es un misterio, un misterio grande dado a nuestra pequeñez, ¿cómo poder responder entonces a esta llamada?, ¿cómo realizar la misión a la que se nos envía? La respuesta, mis queridos hermanos, está en el Evangelio que hemos escuchado: la unidad con Cristo. Él es la vid, nosotros los sarmientos. Unidos a Él lo podemos todos, sin Él no podemos nada. Los frutos del ministerio no son el resultado de nuestras cualidades personales, ni del esfuerzo humano, son el don de la presencia del Señor en nuestra vida. ¿Cómo podrá un diácono, un presbítero, un obispo vivir su ministerio sin la relación personal, íntima y diaria con el Señor?

La Iglesia pone también hoy en vuestras manos, queridos hijos, un medio precioso para la unión con el Señor y de comunión profunda con la Iglesia: la Liturgia de las Horas. Vuestra oración diaria, unidos a toda la Iglesia, aunque la hicierais solos, es expresión de intimidad con el Señor y de amor a vuestro pueblo. Rezad cada día con pausa y devoción la oración de la Iglesia, que tiene como centro la Eucaristía, y que consagra a Dios nuestro esfuerzo cotidiano ofreciéndole nuestro tiempo, y en él nuestra vida. Aunque en muchas ocasiones el cansancio os tiente con dejar la oración, no cedáis, dedicad vuestro mejor tiempo al encuentro con el Señor que será también la mejor garantía de fecundidad apostólica, pues sin Él no podemos hacer nada. Y mirad siempre a María, a la Madre servicial, a la Madre sacerdotal, a la que acompaña nuestro ministerio con el consuelo y la alegría de los que siguen a Cristo. Que ella os acompañe en el camino de servicio que hoy emprendéis. Que ella ruegue siempre por la Iglesia y por cada uno de nosotros.

+ Ginés, Obispo de Getafe

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