HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

“En esta noche la muerte ha sido vencida, la Vida está viva, Cristo ha resucitado de entre los muertos” (S. Cromacio de Aquileia. Sermón, 17, para la Vigilia pascual).

“¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!” (Del Pregón pascual).

Con toda la Iglesia, querido hermano, cantamos el aleluya pascual, y nos asociamos a la nueva humanidad redimida y extendida por todo el Orbe, la humanidad nacida de la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte.

Nos unimos a todos aquellos que cantan un himno a la esperanza porque el dolor y la muerte no tienen ya la última palabra; a aquellos que siguen haciendo presente, con obras de caridad y hasta de entrega de la propia vida, en cada rincón de la tierra, el amor que brota de la resurrección del Señor. Confesamos que Cristo es Señor, que el Crucificado ha sido exaltado, que Dios ha cumplido su promesa, que se han abierto para nosotros las puertas del Cielo.

1. La liturgia de la Palabra nos ha ido conduciendo por la historia de la humanidad donde hemos podido contemplar la obra de Dios. Desde la creación, Dios ha ido acompañando al hombre a través de sus promesas, que son la viva expresión de su cercanía y fidelidad; no le ha importado la infidelidad del hombre, al contrario, se ha mantenido fiel, “porque no puede negarse a sí mismo” (2Tim, 2,3).

El camino de la historia humana, que es historia de salvación, se ha tejido con hilos de gracia y de pecado, de fidelidad de Dios y de falta de respuesta del hombre, y así hasta la plenitud de los tiempos, cuando Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para salvarnos (cfr. Gal 6,6). En Cristo la creación y la historia han llegado a su plenitud, y en la Pascua, Dios ha cumplido definitivamente su promesa de salvación.

La muerte de Cristo parecía haber frustrado la esperanza de los hombres, pero no fue así, Cristo con su muerte derrotó la servidumbre del mal y aniquiló a la misma muerte, le sacó el aguijón que la hacía eterna, para convertirla en un tránsito, en una pascua como la suya.

2. Hemos escuchado en el evangelio de S. Marcos cómo las mujeres fueron al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús. Era el primer día de la semana.

Llama la atención la fortaleza que manifiesta este gesto de ir al sepulcro para embalsamar al amigo muerto; es una señal preciosa de la fidelidad que se hace esperanza: mueren nuestros seres queridos, pero no el amor que les tenemos. Esta actitud de las mujeres es también una osadía por la causa y el modo en que había acontecido la muerte Jesús, es, en definitiva, un gesto de libertad y amor de “las almas sencillas y humildes que no tienen ningún nombre que defender, ningún puesto al que escalar, ninguna hacienda que proteger, y que, por ello, tienen esta valentía del amor de dirigirse una vez más también al ultrajado y ahora fracasado para depararle el último servicio de amor” (J Ratzinger. Homilía en el Domingo de Pascua, en Wigratzbad, Alemanía, 1.990).

El mismo gesto de embalsamar el cadáver expresa ese amor que no se conforma con la muerte, que se rebela contra ella, porque el hombre no es un ser para la muerte, sino que hemos nacido para vivir. Sin embargo, no basta decir: “tú no morirás en mi”, “vivirás siempre en mi memoria, o en tus obras”, no es suficiente. El corazón del hombre necesita algo más que buena voluntad para sobrevivir, el corazón del hombre necesita al que puede dar la vida que no se acaba nunca, al que es dueño y Señor de la vida. La fe en la resurrección no es una fe en algo, sino en alguien, cree en la resurrección el que cree en el Resucitado.

Nos dice también el evangelio que las mujeres iban preocupadas porque no sabían quién les movería la piedra pesada con la que habían sellado el sepulcro de Jesús. Sin embargo, al llegar, ven que la piedra está corrida. Al entrar encuentran un sepulcro vacío -¿qué sentirían aquellas mujeres al ver que no estaba el cuerpo de Jesús?- Sabemos por el evangelio de S. Juan que María Magdalena siente dolor, y hasta indignación, porque han robado el cuerpo, pero sobre todo impotencia porque ha perdido lo único que le quedaba de su Señor, y su reacción es buscarlo, encontrarlo, restituir la memoria del amor.

El hombre vestido de blanco las llama a la calma, las invita a no perder la valentía del discípulo: “No tengáis miedo”. “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado”. Es decir, que el Resucitado es Jesús el Nazareno y no otro, es el crucificado y no otro. Esta identidad del Resucitado es esencial a nuestra fe, no hay discontinuidad entre el crucificado y el resucitado; es la fidelidad de Dios que entregó a su Unigénito a la muerte, y lo resucitó de entre los muertos.

“No está aquí”, les dice el hombre vestido de blanco a las mujeres. Jesús no está entre los muertos, por eso id y decírselo a sus discípulos, decírselo a Pedro, decírselo a la Iglesia, que vayan a Galilea, porque Jesús va delante de ellos. La resurrección es una vuelta a nuestra vida, a lo cotidiano, pero ahora de un modo distinto. Es volver a la vida sabiendo que Jesús va delante de nosotros, que nos acompaña, que las heridas que todos llevamos en nuestro cuerpo, y muchas veces en el alma, son solo el anuncio de la gloria de Dios. Ya no hay noche que no tenga luz, ni debilidad que no sea fortalecida, como no hay soledad que no esté habitada, ni vacío que no tenga sentido. Nada nos puede apartar ya del amor de Dios (cfr. Rom 8,35-39).

El Resucitado, queridos hermanos, nos llama a volver a la comunidad de la Iglesia, como a los discípulos de Emaús, para compartir el testimonio de nuestra fe, para alimentarnos con la Palabra que nos hace arder el corazón, y para partir el pan de la Eucaristía, compartiendo con los demás en la comunión fraterna, especialmente con los pobres.

3. Queridos catecúmenos, después de recorrer un camino de iniciación cristiana habéis llegado a esta noche santa; hoy tomáis parte, por los sacramentos, en el misterio de amor que es la fe, misterio que nos sorprende siempre y nos desborda. Habéis experimentado cómo, de modos diferentes, Dios ha salido a vuestro encuentro en el camino de vuestra vida, y os ha llamado a formar parte de su vida; habéis aceptado el don de la fe y queréis responder a él. Debéis saber que la fe es un diálogo de libertad, Dios llama y tú respondes, y desde ese momento comienza una historia de amor que nos transforma, y nos salva; nos introduce en la intimidad con Dios, y nos hace participes de su vida divina.

San Pablo en su carta a los Romanos nos habla del bautismo, el que vais a recibir ahora, y nos dice que por él hemos sido sepultados con Cristo para resucitar, lo mismo que Él ha resucitado. El bautismo es una vida nueva; por el bautismo muere el hombre viejo, el que es fruto del pecado, y nace el hombre nuevo, que es fruto de la Pascua del Señor. El hombre viejo, con todas sus pasiones, se quedó colgado en la cruz, ahora nace el hombre que quiere caminar con Cristo y en Cristo.

Ser cristiano es ser de Cristo; esta pertenencia a Cristo lleva consigo unas exigencias de vida, pero no olvidéis nunca que, ante todo, ser cristiano es una gracia. Cuando llegue la prueba, cuando la fe pueda pasar por dificultades, sabed que Dios es fiel y siempre lleva su obra buena en nosotros hasta el final. El encuentro con el Señor madurará y hará crecer vuestra fe, y la participación en la vida de la gracia, dentro de la Iglesia, os recordará siempre que no estáis solos.

El bautismo y la confirmación os acercarán a la Eucaristía, don que el Señor ha dejado a su Iglesia, ella nos alimenta y nos fortalece. La Eucaristía es la culminación de la iniciación cristiana, pues es el encuentro íntimo con el Señor, la comunión real con Él. La iniciación cristiana siempre termina con una pregunta que hemos de hacer al Señor cada día: “Señor, ¿qué quieres de mí?”.

El Evangelio no nos habla de María, la madre de Jesús, en los relatos de la resurrección, pero no es ni ingenuidad, ni osadía pensar que estuvo presente, que se encontró con su Hijo resucitado y lo abrazó como en Nazaret. Como estaba en la cruz, María estaba también en la resurrección, y sigue estando en la vida del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, para animarnos en la fe, fortalecernos en la esperanza, y acompañarnos en la caridad.

A ella, le decimos gozosos: ¡Reina de Cielo, alégrate, porque el Hijo, que llevaste en tu seno, ha resucitado!

+ Ginés, Obispo de Getafe