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Profesión solemne - Hijas de María Nuestra Señora

Junto con toda la Iglesia, en esta solemnidad de la Asunción de la Virgen María, nos unimos hoy a su canto de alabanza : “ Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humillación de su sierva”. En el misterio de la Asunción aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció respondiendo al saludo de su prima Isabel: “El Poderoso ha hecho obras grandes en mi”.

La palabras de la Virgen María se cumplen en la Hermana María teresa. que hoy se va a consagrar al Señor con los votos de castidad, pobreza y obediencia, convirtiéndose en Esposa de Cristo.

Gracias a la victoria de su hijo Jesucristo, muerto y resucitado, sobre el pecado y la muerte, la Virgen María, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, acogió de una manera plena la salvación. Correspondió totalmente con su “sí” a la voluntad divina, participó y sigue participando íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de Él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.

El “sí” de María es alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en las sombras de la muerte. A través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Los creyentes nos sentimos gozosos y la veneramos como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Y, hoy en particular, en esta solemnidad de la Asunción de María y siendo testigos de la entrega a Cristo de la hermana N., la reconocemos como signo de consuelo y esperanza; y como primicia de la Iglesia que un día será glorificada.

Acabamos de escuchar las palabras del Apóstol Pablo a los Romanos. “Cristo, resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”(Rom.15,20). El misterio de la redención consiste en sacar al hombre del dominio de las tinieblas del pecado y devolverle al reino de la vida haciéndole partícipe de la resurrección del Señor. Por la muerte y la resurrección del Señor tenemos la posibilidad, por el don del Espíritu Santo, de salir de todo aquello que nos hace infelices por culpa del pecado: del egoísmo que nos aísla de los hermanos y hace insoportable toda convivencia, de la mentira que ensucia nuestra relación con los demás, crea desconfianzas y corrompe la vida pública y de la desesperanza que nos hace incapaces de afrontar con decisión las responsabilidades de cada día.

Por la muerte y la resurrección del Señor, salimos de todo eso y entramos en el reino de la luz y de la vida. Por la Pascua del Señor somos criaturas nuevas y nos hacemos capaces de amar hasta dar la vida y nuestra palabra se hace veraz y fiable despertando en todos la confianza y así todo nuestro ser se llena de esperanza y se hace capaz de trasmitir esperanza.

La Virgen María, como nueva Eva, primicia de la nueva creación alcanzada por Cristo, encarna esa vida trasfigurada. Ela es el reflejo y el modelo de la Iglesia fiel a Cristo. Mirando a María descubrimos lo que el ser humano está llamado a ser en Cristo Jesús. Descubrimos nuestra vocación de servicio a los hermanos, entendemos los valores que dignifican al hombre, luchamos contra toda injusticia, hacemos nuestra la causa de los más desvalidos, recuperamos la libertad y afrontamos el futuro con esperanza . En la Virgen María descubrimos la verdadera sabiduría: la sabiduría de los sencillos. “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. María pertenece a ese mundo de los sencillos y nos invita a seguirla para que también nosotros formemos parte de ese mundo de los humildes y el Señor nos revele el conocimiento del amor infinito de Dios Padre. “Nadie conoce al Hijo mas que el Padre y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”

La Virgen, Nuestra Señora, conoce, como ningún otro ser humano ese amor infinito del Padre. Lo conoce por revelación de su Hijo. Y Ella nos anima, en este momento, a entregarnos su Hijo sin reservas, para ser también nosotros conocedores del amor del Padre e instrumentos en nuestro mundo de su misericordia. El Señor nos invita a ser portadores de los valores del Reino de Dios, especialmente de aquellos que hoy se ven más amenazados y a ser signo profético, valiente y comprometido, sin demagogias interesadas, en la defensa de la dignidad de la persona humana.

Nuestro mundo está hambriento de esos valores. Los valores del “Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de Cristo Rey). Hoy hay mucha gente decepcionada de las promesas incumplidas de aquellos “sabios y entendidos”, que promueven un mundo de bienestar, vacío de Dios, y edificado sobre el individualismo egoísta y el placer a cualquier precio. Hoy hay mucha gente de buena voluntad que mira a la Iglesia, sin prejuicios, buscando en ella una voz libre, una palabra de esperanza y un camino que conduzca al bien verdadero de la persona y haga a los hombres más felices.

Acabo de regresar de la peregrinación a Roma que han realizado más de mil jóvenes de la diócesis de Getafe, ente ellos un importante grupo de Leganés; y os puedo decir que cuando los jóvenes conocen a Cristo y descubren el verdadero rostro de la Iglesia se sienten verdaderamente impresionados, su vida se llena de alegría y son capaces de orientar toda su gran energía vital hacia la verdad y el bien incluso a costa de grandes sacrificios. En al audiencia que nos concedió el Papa en Catelgandolfo, después de escuchar los testimonios de vida cristiana que dieron algunos de nuestros jóvenes les decía el Papa. “Algunos de vosotros han dado antes un expresivo testimonio de vida cristiana que he seguido con atención. He apreciado la intensidad con que se ha vivido la condición de misionero y el colorido que adquieren ciertas facetas de la vida cuando se decide anunciar a Cristo: el entusiasmo de salir al descubierto y comprobar con sorpresa que contrariamente a lo que muchos piensan, el Evangelio atrae profundamente a los jóvenes; el descubrir en toda su amplitud el sentido eclesial de la vida cristiana; la finura y belleza de un amor y una familia vivida ante los ojos de Dios, o el descubrimiento de una inesperada llamada a servirlo por entero consagrándose al ministerio sacerdotal (...) La fe en Jesucristo, al abrir horizontes a una vida nueva, de auténtica libertad y de una esperanza sin límites, necesita la misión, el empuje que nace de un corazón entregado generosamente a Dios y del testimonio valiente de Aquel que es el Camino, la Verdad, y la Vida. (10 de agosto de 2007) .

Nosotros hemos conocido a Jesucristo y, en Jesucristo, hemos conocido el Amor que Dios nos tiene; y hemos creído en Él.(cfr.1 Jn.4,16). Y también hemos conocido, porque Dios en su misericordia nos lo ha querido revelar, que sólo en el seno de la Santa Madre Iglesia podemos permanentemente encontrar al Señor Resucitado y podemos escuchar su Palabra y podemos, en los sacramentos, recibir la gracia de su Espíritu Santo y podemos, en fin, vivir el gozo de la comunión fraterna y la invitación a proclamar en el mundo las maravillas del amor divino. El Señor constantemente nos llama, en su Iglesia, a vivir nuestra vida como vocación de santidad y quiere que seamos en el mundo testigos valientes de su plan de salvación sobre los hombres.

Y para que la Iglesia cumpla esta misión Dios ha querido suscitar en ella una gran variedad de ministerios y carismas. Hoy queremos darle gracias Dios por el carisma de la vida consagrada y, especialmente, por el carisma de la Hijas de María Nuestra Señora. La vida consagrada pertenece íntimamente a la vida de la Iglesia, a su santidad y a su misión. Es un verdadero regalo de Dios para nuestra Iglesia Diocesana de Getafe este Colegio de Valdemoro en el que, en torno a las Hijas de María Nuestra Señora, ha ido creciendo, con las alumnas, los padres y los profesores una comunidad educativa, cuyo centro es Jesucristo y que tiene “como meta el Reino de Dios, como estado la libertad de sus hijos y como ley el precepto del amor” (Prefacio Común VII).

Nuestra Hermana María teresa va consagrarse, totalmente y para siempre, al Señor, en esta Orden de Hijas de María Nuestra Señora, dedicando su vida a la educación de las niñas.

En una cultura centrada sólo en el placer, a cualquier precio, que deslinda la sexualidad de cualquier norma moral objetiva, reduciéndola frecuentemente a mero juego y objeto de consumo, la práctica gozosa de la castidad perfecta aparece como el testimonio gozoso de la fuerza del amor de Dios en la fragilidad de la condición humana. La persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen imposible es posible y verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús. En Cristo Jesús es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor, y amar así con la libertad de Dios a todas las criaturas. (Cfr. VC. 88)

En un ambiente fuertemente marcado por un materialismo egoísta ávido de poseer, que se desentiende del sufrimiento de los más débiles, la pobreza evangélica, manifiesta que el único tesoro verdadero para el hombre es Jesucristo. Las personas consagradas, con su voto de pobreza, dan testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano (cfr. VC 90) “Solo en Dios descansa mi alma porque Él es mi salvación”. Y, descansando en el Señor, las persona consagradas, pueden dedicarse, en cuerpo y alma, a servir a sus hermanos en sus necesidades más esenciales. Una necesidad esencial en nuestros días es la educación. Todo el mundo habla de lo importante que es la educación, pero muy pocos ofrecen y consagran su vida a la educación. Las Hijas de María Nuestra Señora ofrecen a nuestro mundo y consagran su vida a un proyecto educativo que alcanza a la persona en su totalidad y la prepara para el encuentro con el Bien supremo y la suprema Verdad y la suprema Belleza que es Dios mismo revelado en Jesucristo y permanentemente vivo y resucitado en su Santa Iglesia. Y los frutos de ese proyecto están a la vista cuando uno entra en un Colegio de las Hijas de María Nuestra Señora.

La obediencia que caracteriza la vida consagrada es el modo más auténtico de vivir la libertad. Hoy se habla mucho de libertad y todo se justifica poniendo como pretexto la libertad. Pero cuando se concibe la libertad separándola de la verdad y en ella se prescinde de toda relación con la norma moral, al final se cae en la más tremenda esclavitud. Uno se convierte en esclavo de sus caprichos o de sus estados de ánimo o de su visión parcial y subjetiva de la realidad. El voto de obediencia significa la confianza plena en el Padre, tal como la vivió el mismo Jesucristo.”MI alimento es hacer la voluntad del Padre”. Esa confianza en el Padre desvela el camino de la libertad auténtica porque sólo Dios conoce lo que nos conviene y sólo confiando en Él y haciendo su voluntad podremos encontrar el camino de la verdad, que es el único camino capaz de hacernos libres. Nosotros sabemos, por la gracia de Dios, que ese nuevo modo de vivir sólo puede encontrarse plenamente en Aquel que nos revela el misterio de Dios y el misterio del hombre, Jesucristo, el Hijo de Dios, Camino, Verdad y Vida. Nosotros hemos conocido a Jesucristo y, en Jesucristo, hemos conocido el Amor que Dios nos tiene; y hemos creído en Él.(cfr.1 Jn.4,16). Y también hemos conocido, porque Dios en su misericordia nos lo ha querido revelar, que sólo en el seno de la Santa Madre Iglesia podemos permanentemente encontrar al Señor Resucitado y podemos escuchar su Palabra y podemos, en los sacramentos, recibir la gracia de su Espíritu Santo y podemos, en fin, vivir el gozo de la comunión fraterna y la invitación a proclamar en el mundo las maravillas del amor divino. El Señor constantemente nos llama, en su Iglesia, a vivir nuestra vida como vocación de santidad y quiere que seamos en el mundo testigos valientes de su plan de salvación sobre los hombres.

No son tiempos fáciles, pero sí puede ser tiempos muy propicios para fortalecer nuestra fe, para vivir con mayor intensidad nuestro amor y pertenencia a la Iglesia y para alimentar con la Palabra de Dios y con los sacramentos nuestra vida cristiana. La consagración al Señor de la hermana María Teresa es un signo claro de esa vitalidad cristiana que hará cambiar el mundo. Siguiendo el carisma de Santa Juana de Lestonac, que recibió de Dios la inspiración de dedicarse a la educación de las niñas, sin desvirtuar su vocación contemplativa y monástica, nos llena de esperanza, de alegría y de gratitud.

En esta fiesta de la Asunción de María, lo pedimos a nuestra Madre que interceda por nosotros para que siguiendo a su Hijo sin titubeos, y enriquecidos con los dones del Espíritu, ofrezcamos al mundo los frutos de la redención, la vida nueva en Cristo y la esperanza que no defrauda. AMEN

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