Homilías

Virgen del Pilar

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FIESTA DE LA VIRGEN DEL PILAR

En esta fiesta de la Virgen del Pilar que tanto arraigo popular tiene en todos los pueblos de España y de las naciones hermanas de Hispanoamérica, nos unimos gozosos en la fe y en la alabanza proclamando las maravillas que Dios ha querido realizar en la Virgen María. Ella es la Virgen que escucha la Palabra de Dios y la vive y la guarda con amor en su corazón. Ella es la gran creyente, modelo de todos los creyentes, que llena de confianza se pone en las manos de Dios entregándose a su voluntad. Ella es la humilde Madre de N.S.J., que cuando la misión de su Hijo lo exige, se aparta y se retira discretamente; pero que cuando los discípulos huyen, permanece firme a los pies de la cruz.

María, al estar íntimamente unida a Cristo, su Hijo, el Redentor, está también íntimamente unida a los redimidos por su Hijo. Es nuestra Madre. Es Madre de la Iglesia. María al estar totalmente unida a Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia, es también Madre de la Iglesia. Es nuestra Madre. Ella que se entregó totalmente a Cristo, se entrega totalmente a nosotros, acompañándonos en la fe, siendo nuestro modelo, nuestro ejemplo y nuestra gran intercesora en los momentos de peligro para nuestra vida de fe.

Con toda razón llamamos a la Virgen en una de las letanías del Rosario: “Estrella de la mañana”. Ella es la estrella de la cual nació el sol. Verdaderamente ella es la estrella que anuncia a los hombres la llegada de un nuevo amanecer lleno de vida. Ella, acogiendo en su seno, al Hijo de Dios, ofrece a los hombres la vida eterna, el sol que no conoce el ocaso, Jesucristo Señor nuestro.

María nos pone en el camino de la verdad y continuamente nos repite aquellas mismas palabras que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná: “haced lo que Él os diga”. Hoy volvemos a escuchar esas palabras. Y por eso, de la mano de María, en esta fiesta tan familiar y tan llena de resonancias afectivas, ponemos nuestra mirada en Jesús y renovamos nuestra fe y nuestro firme deseo de seguirle y de amarle.

A la vez que damos gracias a Dios por todos los dones que continuamente recibimos de Él, tenemos también que abrir los ojos para contemplar, con la compasión de Cristo, la realidad de una sociedad que, alejándose de Dios, se está también alejando de forma alarmante del hombre mismo, de su dignidad y de sus derechos más esenciales: una sociedad, muy vacía de valores, que está generando grandes tensiones sociales, la destrucción de muchas familias, la confusión y el sufrimiento de un gran número de personas y la falta de unidad y concordia entre los diversos pueblos de España.

Tenemos que pedirle a la Virgen en este día de su fiesta una revitalización interna de nuestra fe y un fuerte impulso misionero. La misión no es algo que se añade a la vocación cristiana. La misión forma parte de la vocación. Como nos recuerda el Vaticano II, la vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado (Vaticano II. Apostolicam Actuositatem, 2). Y el apostolado no es otra cosa que el anuncio de Cristo. Tenemos que sentir la urgencia de anunciar a Cristo con el testimonio de vida y con la palabra. El anuncio de Cristo antes de ser un compromiso estratégico y organizado es sobre todo comunicación personal y directa de nuestra experiencia de amor a Cristo y a su Iglesia. La madurez evangélica tanto en las personas como en los grupos se manifiesta sobre todo en su celo misionero y en su capacidad de ser testigos de Cristo en todas las situaciones y en todos ambientes sociales, culturales o políticos.

Para que todos asumamos en la Iglesia el papel evangelizador que nos corresponde, cada uno según su propia vocación, es de gran importancia clarificar bien lo que significa la verdadera identidad cristiana. Es necesario despertar la conciencia dormida de muchos cristianos para descubrirles los sólidos fundamentos de nuestra fe, de nuestro bautismo y de nuestra vocación de santidad; y es urgente animarles a un mayor compromiso apostólico. Hay preguntas esenciales que ningún cristiano debe evitar: ¿qué he hecho de mi bautismo y de mi confirmación? ¿Es Cristo verdaderamente el centro de mi vida? ¿ Qué sentido tiene en mi vida la oración? ¿Qué significan para mi la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación? ¿Vivo mi vida como una vocación y una misión?

Queridos hermanos, que vivís vuestra fe en medio de las visicitudes mundo. ¡Escuchad la llamada de Cristo!. La Iglesia os necesita y cuenta con vosotros. Cristo os envía a ese mundo en el que estáis para llevar la luz del evangelio a muchas gentes que están perdidas, como ovejas sin pastor. ¡Ayudadles a descubrir su dignidad y su vocación! “La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de la verdad del hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef. 4,13). No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; hallad en el evangelio la luz que guíe vuestros pasos” (Juan Pablo II. Mensaje al Congreso Internacional del Laicado Católico, nº 4. 21 de Noviembre de 2000).

Ante los muchos problemas que tenemos delante y cuya complejidad muchas veces nos desborda no hemos de tener miedo. Cristo, que nos ha enviado al mundo, camina a nuestro lado. “Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu del Padre el que hablará por vosotros” (Mt.10,19-20). El evangelio y, sobre todo, la intimidad con el Señor nos hará fuertes para abrir en este mundo caminos de libertad, paz y justicia, fundamentados en la verdad sobre el hombre, en la comunión y en la solidaridad.

Afiancemos nuestra identidad cristiana: una identidad cristiana firme y clara. La forma que hoy se emplea para desanimar a los cristianos y destruir la Iglesia consiste en proponer modelos de vida que siembran en los discípulos de Cristo confusión y ambigüedades. La cultura que vivimos del llamado “pensamiento débil” genera personalidades frágiles, fragmentadas e incoherentes. Y, a pesar de sus continuas llamadas a la tolerancia, de hecho no tolera la más mínima diversidad. En la actual sociedad supuestamente pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Y, ante este acoso, muchos sienten la tentación de refugiarse en la esfera privada y no manifestar públicamente su fe.

La sociedad de hoy, dominada por una cultura secularista y agnóstica, sólo acepta a los cristianos “invisibles”, los cristianos que no dan la cara, los cristianos acomodaticios que fácilmente integran acriticamente en su vida los “postulados” y los “dogmas” de lo “políticamente correcto”. Hay muchos cristianos sólo de nombre que, por temor o por ignorancia corren tras los dictados de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quienes son.

Pero frente a esto, tenemos que reaccionar con claridad y valentía. Hoy, más que en otras épocas, se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión. Para un cristiano ser “uno mismo” es fundamental. Tenemos que vivir intensamente la esencia del cristianismo. Y la esencia del cristianismo es el encuentro con Cristo: un Cristo vivo en la Iglesia . Tenemos que redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre aquí y ahora en nuestras vidas, como ocurrió en las vidas de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un conjunto de preceptos morales. El cristianismo es una Persona, la Persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida, porque sólo este encuentro cambia radicalmente la existencia, fundamenta la moral y da el sentido último y definitivo a nuestro destino.

Los cristianos tenemos el derecho y la obligación de hacernos oír en la sociedad. Es mucho lo que tenemos que ofrecer y no nos lo podemos guardar para nosotros por egoísmo o por miedo. Lo que hemos recibido gratis, lo hemos de dar gratis (cf. Mt. 10,8). Como cualquier ciudadano tenemos el derecho y la obligación de participar activamente en la vida pública y en los debates culturales, económicos y políticos poniendo de manifiesto la visión del hombre que brota de nuestra fe en Jesucristo. Tenemos que manifestar con todos los medios legítimos que tengamos a nuestro alcance el derecho a la vida de todo ser humano desde que es concebido hasta su muerte natural; tenemos que defender el valor de la familia tal como la ley natural y la revelación divina nos la presentan, tenemos que exigir el derecho de los padres a educar a sus hijos, según sus convicciones, sin intromisiones totalitarias de ningún gobierno; tenemos que sentirnos siempre muy cerca, poniéndonos en su lugar, de las personas más débiles y desvalidas defendiendo sus derechos y prestándoles nuestra voz; tenemos que reclamar para nosotros y para todos el derecho a la libertad religiosa y no permitir, con nuestro silencio, que nuestros símbolos religiosos más queridos sean profanados; tenemos, en fin, que trabajar porç el bien común ofreciendo nuestra visión cristiana de la vida , que es patrimonio de todos, al servicio de la justicia y de la paz. Juan Pablo II nos decía: “Si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo” (Juan Pablo II. Jubileo del apostolado de los laicos., 26 de Noviembre de 2000).

En esta fiesta de la Virgen del Pilar, tan vinculada la Guardia Civil, nos unimos también en la acción de gracias a Dios por el servicio que el benemérito Instituto ha prestado ha España, desde que fue fundado. Especialmente recordamos con afecto y gratitud a tantos de sus miembros que de una manera callada y anónima e incluso con el sacrificio de su propia vida, han prestado este servicio de defensa del Orden y de la Ley.

Les invito a asumir el presente y el futuro con entusiasmo y esperanza. Y para esto la fe es un factor esencial. La celebración de hoy nos invita a fortalecer la vida cristiana y los valores que brotan de ella, como son el valor de la paz, de la justicia y de la libertad.

Por intercesión de la Virgen del Pilar, le hemos pedido al Señor, en la oración propia de este día tres cosas:

Fortaleza en la fe: la fe no es fácil: hay que fortalecer la fe y la vida cristiana con los sacramentos, con la Palabra de Dios, sintiéndonos de verdad miembros de la Iglesia.

Seguridad en la esperanza: la esperanza es la que mueve a los hombres y mueve a los pueblos. El cristiano ha ser hombre de esperanza, porque cree en Jesucristo, vencedor de la muerte. La resurrección de Cristo nos da la seguridad de que al final triunfará la verdad sobre la mentira y reinará la paz verdadera.

Constancia en el amor: constancia en el deseo de hacer el bien a todos, incluso a los que no lo saben reconocer. La constancia es la virtud de los hombres fuertes y convencidos. Es al virtud de aquellos que, en cualquier ocasión, agradable o difícil, y frente a cualquier persona, sea quien sea, su actitud siempre es de servicio y ayuda al prójimo, como el buen samaritano.

Acudamos hoy con mucha confianza a María para que ella nos alcance de su Hijo la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana, y para que, dejándonos transformar por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo en la construcción de un mundo en el que, respetando la pluralidad de razas y culturas, resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios. Que ella interceda por nosotros, y, como decimos en la Salve, nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre. Amen.

Ordenacion presbiteros

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ORDENACIÓN DE PREBÍTEROS

(12 de Octubre de 2007)
(Hech. 2,14.36-61; I Ptr. 2.20-25; Jn. 10,1-10)

Queridos sacerdotes, queridos seminaristas, queridos amigos y hermanos; y muy especialmente queridos diáconos, que hoy vais a recibir el Sagrado Orden del Presbiterado. Saludo con mucho afecto a vuestros padres y familiares: ellos han tenido una parte muy importante en vuestra vocación y estoy seguro de que están viviendo este momento con mucha alegría y emoción. Para todos: mi gratitud y mi cariño.

Hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús en las que Él explica el sentido de su vida y de su ministerio con la imagen del pastor. Jesús lleva a su cumplimiento la profecía de Ezequiel: “Yo mismo, en persona, cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas” (Ez. 34,11). En Jesús no puede haber más cercanía de Dios. En Jesús, Dios aparece entre nosotros como el Pastor del que nos habla el salmo 22. Estando junto a Jesús, podemos decir como el salmista: El Señor es mi Pastor y nada me falta (...) Su bondad y su misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.

Sin embargo, cuando leemos el evangelio de S. Juan llama la atención que no comience este importante discurso sobre el Buen Pastor diciendo Jesús. “Yo soy el Buen pastor”; sino que comienza utilizando otra imagen. Comienza diciendo: “Yo soy la Puerta”. “Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas” (Jn.10,1).Para ser verdadero pastor y no salteador hay que entrar por la puerta, que es Cristo; hay que entrar en comunión personal con Cristo. Si pretendemos entrar por otras puertas: por la puerta de nuestros intereses personales, o por la puerta de nuestro afán de protagonismo o por la puerta de los dictados de este mundo, nos convertimos en ladrones y bandidos. Sólo hay una puerta para entrar en el cuidado del rebaño; y esa puerta es Jesús.

Queridos diáconos, que hoy vais a ser ordenados presbíteros, el Señor os llama para hacerse presente, por medio de vosotros, entre los hombres como el Pastor Bueno que cuida con amor de su pueblo. Y sólo le haréis presente si entráis por la puerta que es Jesús, viviendo íntimamente unidos a Él y teniendo sus mismos sentimientos. Toda la vida del Señor es manifestación constante de un amor que da la vida. El siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas como ovejas sin pastor (cf. Mt.9, 35-36); Él busca las ovejas dispersas y las descarriadas (cf. Mt. 18,12-14) y hace fiesta al encontrarlas; Él las recoge y las defiende, conoce a cada una por su nombre (cf. Jn. 3), las conduce hacia los pastos frescos y hacia las aguas tranquilas (Cf Sal 22) y para ellas prepara una mesa alimentándolas con su propia vida.

Los que somos invitados para ser con Jesús pastores de su pueblo hemos de tener una plena conciencia de que el rebaño que se nos confía no es nuestro, sino de Jesús y, por tanto la Palabra que hemos de predicar no es nuestra palabra, sino la Palabra de Jesús, y los gustos y preferencias que hemos de manifestar no han de ser nuestros gustos y preferencias sino únicamente los gustos y preferencias de Jesús. Sólo es buen pastor el que entra a través de Jesús y sabe que el pueblo que tiene que cuidar no es propiedad suya, sino que es propiedad del Señor.

Para cuidar todo esto hemos de tener una honda vida espiritual y hemos de tener siempre muy claro a la hora de organizar nuestra vida sacerdotal cuales han de ser nuestras principales prioridades y los aspectos más esenciales de la misión que se nos confía.

En un encuentro del Papa Benedicto XVI, este verano, con un grupo de sacerdotes, uno de ellos le preguntaba: “Santo Padre ¿hacia que prioridades debemos hoy orientar nuestro ministerio los sacerdotes para evitar, en medio de nuestras múltiples actividades, la fragmentación y la dispersión?. Y el Papa haciendo referencia al discurso de Jesús a los setenta y dos discípulos que son enviados a la misión se fija en tres importantes imperativos: orad, curad y anunciad. Esas han de ser nuestras prioridades.

En este día de vuestra ordenación sacerdotal grabad en lo profundo de vuestro corazón estos tres imperativos de Jesús que nos recuerda el Papa: orad, curad, anunciad. Así entraréis por la Puerta que es Cristo y seréis pastores según su corazón.

En primer lugar, “orad”. El primer deber y la primera misión pastoral del sacerdote es la oración. Sin vida de oración nada puede funcionar. El sacerdote vive en Dios y para Dios y toda su vida ha de trasparentar a Dios: sus palabras, su pensamientos, sus acciones, sus deseos. Todo en la vida del sacerdote tiene que hablar de Dios. Esto es lo que el mundo quiere de nosotros. El sacerdote tiene que llevar a Dios a la vida de los hombres, para que la vida de los hombres, abriéndose al Misterio divino, que es Misterio de amor, alcance toda su belleza y plenitud. Pero para que esto sea posible el sacerdote necesita un trato personal, intimo y gozoso con el Señor. El sacerdote debe vivir una relación profunda y verdadera de amistad con Dios en Cristo Jesús, encontrando en la oración su alimento, su vida y su descanso.

En ese trato personal con el Señor la Eucaristía de cada día es el encuentro más fundamental. En la Eucaristía el Señor habla con nosotros y nosotros hablamos con el Señor. La Eucaristía es el momento más íntimo de unión con el Señor y de identificación con Él. Es el momento en el que uniendo nuestra vida al sacrificio redentor de Cristo nos ofrecemos al Padre para que, por el don de su Espíritu Santo, nos convierta en instrumentos suyos para llevar a todos los hombres su entrañable misericordia y la gracia de su redención. En la vida del sacerdote, no cabe mayor intimidad con Cristo que la que se realiza cuando con el pan y el vino en sus manos pronuncia las palabras de la consagración “Tomad y comed esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros (...) tomad y bebed esta es mi sangre que será derramada por vosotros”. En ese momento el sacerdote, contemplando cómo el Señor se entrega en sus manos, puede decir con toda verdad las palabras del apóstol: “Vivo yo, pero no soy yo Es Cristo quien vive en mi”. La Eucaristía configura la vida del sacerdote de tal manera que la convierte en alimento para el mundo, haciendo de ella un don para la humanidad. Cuando el sacerdote vive de la Eucaristía, se entrega a sus hermanos hasta tal punto que ya no tiene tiempo para sí: todo su tiempo es para los demás y sus energías y su trabajo y sus penas y sus alegrías, todo va orientado hacia aquellos que el Señor le ha confiado, para que conozcan y amen a Cristo y lleguen al conocimiento de la verdad.

En este vivir constantemente en la presencia del Señor ocupa un lugar muy importante la liturgia de las Horas. Con esta preciosa oración que la Iglesia nos regala, entramos en la gran plegaria de todo el Pueblo de Dios, recitando los salmos del antiguo Israel con la luz de Cristo resucitado, recorriendo el año litúrgico y las grandes solemnidades cristianas y alimentando nuestra fe con la palabra divina y la doctrina de los Padres de la Iglesia.

Y esta viva presencia del Señor hará que el sacerdote busque momentos de soledad y silencio para estar con Él. La oración personal hará que la oscuridad de nuestra vida se ilumine con la claridad de sus Palabra y nuestras penas y temores encuentren en la intimidad con Cristo el consuelo y la fortaleza; y hará también, cuando el Señor así lo permita y quiera purificarnos, que en lo momentos de sequedad y tinieblas le busquemos con esperanza y le pidamos con humildad y perseverancia que nos muestre su Rostro y nos haga sentir sus delicias.

El segundo imperativo que Jesús plantea a sus discípulos es “curad”. “ Curad a los enfermos y decidles: el Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc. 10,9). El Señor nos invita a estar siempre muy cerca de los enfermos, de los abandonados y de todos los necesitados. Ellos han de ser el objeto de nuestra mayor preferencia. Hay mucha gente herida por el fracaso y la soledad. Hay muchas personas que, incluso en medio de la opulencia, están interiormente marginadas y han perdido la esperanza. En medio de nosotros hay mucha hambre de vida y de justicia; hay mucha hambre de verdad; hay mucha hambre de Dios.

Cuando Jesús habla de curar se refiere a todas las necesidades humanas, que van siempre desde las necesidades materiales más materiales hasta las mayor y mas profunda de todas las necesidades que es la necesidad de Dios. Es un curar que muestra el amor de la Iglesia a todos los que viven abandonados. Pero para amar y curar hay que conocer. El buen pastor debe conocer las ovejas. “El va llamando a sus ovejas por el nombre (...) y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz” (Jn.10,3). Es un conocimiento que cura y da la vida. El buen pastor cura a sus ovejas dando la vida por ellas. El sacerdote no puede vivir en un mundo fabricado por su imaginación, separado de la realidad en la que se mueve la vida de los hombres. Es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones y encuentros verdaderamente humanos con las personas que le han sido encomendadas. El sacerdote ha de tener “humanidad”, ha de ser “humano”, como Cristo, el Hijo de Dios, que se hizo hombre y así elevó a la más alta dignidad todo lo que es auténticamente humano.

Y, por eso, porque en el hombre, lo divino y lo humano van siempre juntos formando una unidad inseparable, también a este “curar”, en sus múltiples formas pertenece el ministerio sacramental propio del sacerdote. Especialmente el ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario que el hombre necesita para estar totalmente curado. En el sacramento de la Reconciliación el hombre se encuentra con la misericordia divina que es capaz de dar vida a lo que está muerto y de transformar los males en bienes. El sacramento de la Reconciliación hace posible que donde abundó el pecado sobreabunde la gracia.

Realmente, no solo en el sacramento de Reconciliación, sino también en todos los sacramentos se realiza esta curación sacramental. Empezando por el bautismo, que significa la renovación total de nuestra existencia, en todos los sacramentos, particularmente en la unción de los enfermos, el Señor se acerca de nuestras vidas, por medio del ministerio del sacerdote para aliviar nuestro dolor y llenar nuestra vida de esperanza.

Los sacerdotes hemos de pensar y tener siempre muy presentes en nuestro corazón las muchas enfermedades de los hombres de nuestro tiempo y sus grandes necesidades morales y espirituales para denunciarlas y afrontarlas con fortaleza, orientando hacia Cristo la mirada de los hombres y conduciéndoles hacia Él. Sólo en Cristo, vivo en la Iglesia, encontrarán los hombres la curación de sus males y el fundamento de su inviolable dignidad.

Y, finalmente, el tercer imperativo de Jesús, que nos recuerda el Papa “anunciad”. Nuestra misión es anunciar el Reino de Dios: “En la ciudad en que entréis, curad a los enfermos y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc. 10,9). Nuestra misión es anunciar el Reino de Dios. Y el Reino de Dios es Dios mismo, vivo y presente en medio de nosotros por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, que permanece entre nosotros en su Iglesia Santa. El Reino de Dios no es un utopía lejana, un mundo idílico que no sabemos si llegará algún día. El Reino de Dios es algo muy real. El Reino de Dios es Dios mismo, es Dios que se ha acercado a los hombres, es Dios que se ha hecho infinitamente cercano a nosotros en su Hijo Jesucristo. El sacerdote tiene que anunciar esa cercanía de Dios y no sólo anunciarla sino también hacerla viva entre los hombres mediante su predicación, mediante la celebración de los sacramentos y mediante el testimonio de su propia vida: una vida llena de Dios y que hable de Dios. En el ministerio de los sacerdotes los hombres deben percibir la humanidad de Dios: deben percibir la cercanía de un Dios que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre, encarnándose en las entrañas de la Virgen María y perpetuando esa encarnación, por el ministerio de los sacerdotes, en las entrañas maternales de la Iglesia.

Anunciar el Reino de Dios quiere decir hablar de Dios hoy, traer a Dios a la realidad de nuestro mundo, hacer presente la Palabra de Dios, hacer presente el Evangelio, hacer presente al Dios que ha querido permanecer con nosotros en la Eucaristía . Y para que esto sea posible el Señor ha querido regalar a su Iglesia el ministerio sacerdotal. ¡ Que grande es el don que se nos concede! Y ¡qué grande es también nuestra responsabilidad!. Sólo la misericordia de Dios hará posible que, a pesar de nuestra debilidad y pobreza, los sacerdotes podamos estar siempre a la altura del ministerio que se nos confía.

Por eso en la vida de los sacerdotes es fundamental la virtud de la humildad, que es la puerta de todas las virtudes. Una humildad que no haga comprender los límites de nuestras fuerzas, que nos haga reconocer nuestra pobreza y nuestro pecado y que nos haga poner nuestra fuerza y nuestra confianza sólo en el Señor.

En esta fiesta de la Virgen del Pilar nos acogemos a su amor maternal y le pedimos que cuide de nosotros los sacerdotes, especialmente de los que hoy van a ser ordenados, que cuide de aquellos a quienes su Hijo ha elegido para hacer presente en el mundo el Misterio de su Redención. Que la Virgen María nos muestre a Jesús y haga posible que toda nuestra vida y nuestro ministerio sacerdotal sea cauce seguro e instrumento dócil, en sus manos, para que llegue a todos los hombres el amor y la misericordia de su Hijo Jesucristo. Que como decimos y pedimos en la oración propia de este día, el Señor nos conceda, por intercesión de María, en su advocación del Pilar: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Amen

Fiesta del Santisimo Cristo (Brunete)

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FIESTA DEL SANTÍSIMO CRISTO
Brunete - 2007

En torno a la mesa del altar, en esta fiesta del Santísimo Cristo que tantas resonancias afectivas despierta, especialmente en los que habéis nacido y vivido siempre en Brunete, el Señor nos convoca y nos llama para estar con Él, para escuchar su Palabra, para manifestarle con gozo que queremos seguirle y para caminar con Él en el camino de la vida. Y nosotros hemos respondido a su llamada con nuestra presencia aquí, en un ambiente de fraternidad y de fiesta y queremos hoy acompañarle con nuestros cantos, con nuestra plegaria y con nuestra fe. En medio de la rutina diaria necesitamos estos momentos de expansión, de fiesta y de encuentro familiar para que Cristo desde la cruz nos recuerde las cosas esenciales de la vida y nos consuele en la tribulación. Contemplando el rostro del Señor, crucificado por amor, queremos hoy renovar nuestro deseo más íntimo de quitar de nosotros todo lo que estorba para el encuentro con Cristo, de acudir a los sacramentos, particularmente al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón de los pecados, actualizar en nosotros la gracia bautismal y orientar nuestra vida definitivamente según la luz del Evangelio.

Celebramos esta fiesta del Santísimo Cristo en el marco litúrgico de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. En el oficio de lecturas leíamos esta mañana estas preciosas palabras de san Andrés de Creta: “Por la Cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales (...) Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual, y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye al estado de justicia original”

Este misterio de amor que es la cruz de Cristo quiso el Señor anticiparlo, en la Última Cena, en el Misterio Eucarístico. Os invito especialmente en este día a contemplar el rostro de Cristo en el pan y en el vino consagrados, donde el Señor ha querido permanecer con nosotros, acompañando y dando unidad a su Iglesia hasta el final de los tiempos.

Esta presencia viva del Señor la estamos experimentando continuamente en medio de nosotros. En los pocos años de vida de nuestra joven diócesis de Getafe, Dios nos está bendiciendo y estamos siendo testigos de muchos signos de su misericordia. Muchos laicos, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, matrimonios y consagrados, en los más diversos campos del apostolado seglar están siendo semilla fecunda de una humanidad nueva nacida del amor de Cristo. Debemos dar gracias a Dios por la conciencia, cada vez más clara, que muchos van adquiriendo de su dignidad de bautizados, que les va haciendo vivir con gozo su encuentro con Cristo y les va impulsando a compartir con otros la alegría de este encuentro. Estamos viendo cómo, en el mundo de los jóvenes, Jesucristo está siendo anunciado por los mismos jóvenes; en el mundo de la cultura, en los Colegios, Institutos y Universidades, un importante número de cristianos está abriendo caminos para el dialogo entre la fe y la razón, entre el evangelio y la inteligencia para que la luz de Cristo llene de sentido la vida de muchos niños, jóvenes y adultos que viven envueltos en un mar de incertidumbres; y en el mundo de la familia, el testimonio de la belleza del plan de Dios sobre el matrimonio y la vida, manifestado, experimentado y vivido felizmente por un número creciente de familias cristianas está siendo fuente de múltiples iniciativas pastorales.

A la vez que damos gracias a Dios tenemos también que abrir los ojos para contemplar, con la compasión de Cristo, la realidad de una sociedad que, alejándose de Dios, se está también alejando de forma alarmante del hombre mismo, de su dignidad y de sus derechos más esenciales: una sociedad, muy vacía de valores, que está generando grandes tensiones sociales, la destrucción de muchas familias y la confusión y el sufrimiento de un gran número de personas, especialmente niños y jóvenes.

Tenemos que ver también cómo todo esto repercute en la vida misma de la Iglesia y en el modo de ser y de actuar de no pocos bautizados. Ciertamente este clima de secularismo generalizado que estamos viviendo afecta de forma muy negativa a muchos creyentes, deficientemente iniciados en la fe. Muchos sienten la tentación de alejarse de la Iglesia y, por desgracia, se dejan contagiar por la indiferencia religiosa del ambiente o aceptan compaginar su débil vida cristiana con los valores de la cultura dominante.

Tenemos que pedirle al Señor en este día de su fiesta una revitalización interna de nuestra fe y un fuerte impulso misionero. La misión no es algo que se añade a la vocación cristiana. La misión forma parte de la vocación. Como nos recuerda el Vaticano II, la vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado (Vaticano II. Apostolicum Actuositatem, 2). Y el apostolado no es otra cosa que el anuncio de Cristo. Tenemos que sentir la urgencia de anunciar a Cristo con el testimonio de vida y con la palabra. El anuncio de Cristo antes de ser un compromiso estratégico y organizado es sobre todo comunicación personal y directa de nuestra experiencia de amor a Cristo y a su Iglesia. La madurez evangélica tanto en las personas como en los grupos se manifiesta sobre todo en su celo misionero y en su capacidad de ser testigos de Cristo en todas las situaciones y en todos ambientes sociales, culturales o políticos.

Para que todos asumamos en la Iglesia el papel evangelizador que nos corresponde es de gran importancia clarificar bien lo que significa la verdadera identidad cristiana. Es necesario despertar la conciencia dormida de muchos cristianos para descubrirles los sólidos fundamentos de nuestra fe, de nuestro bautismo y de nuestra vocación de santidad; y es urgente animarles a un mayor compromiso apostólico. Hay preguntas esenciales que ningún cristiano debe evitar: ¿qué he hecho de mi bautismo y de mi confirmación? ¿Es Cristo verdaderamente el centro de mi vida? ¿ Qué sentido tiene en mi vida la oración? ¿Qué significan para mi la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación? ¿Vivo mi vida como una vocación y una misión?.

Queridos hermanos, que vivís vuestra fe en medio de las visicitudes mundo. ¡Escuchad la llamada de Cristo!. La Iglesia os necesita y cuenta con vosotros. Cristo os envía a ese mundo en el que estáis para llevar la luz del evangelio a muchas gentes que están perdidas, como ovejas sin pastor. ¡Ayudadles a descubrir su dignidad y su vocación! “La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de la verdad del hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef. 4,13). No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; hallad en el evangelio la luz que guíe vuestros pasos” (Juan Pablo II. Mensaje al Congreso Internacional del Laicado, nº4. 21 de Noviembre de 2000).

Ante los muchos problemas que tenemos delante y cuya complejidad muchas veces nos desborda no hemos de tener miedo. Cristo, que nos ha enviado al mundo, camina a nuestro lado. “Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu del Padre el que hablará por vosotros” (Mt.10,19-20). El evangelio y, sobre todo, la intimidad con el Señor nos hará fuertes para abrir en este mundo caminos de libertad, paz y justicia, fundamentados en la verdad sobre el hombre, en la comunión y en la solidaridad.

Afiancemos nuestra identidad cristiana: una identidad cristiana firme y clara. La forma que hoy se emplea para desanimar a los cristianos y destruir la Iglesia consiste en proponer modelos de vida que siembran en los discípulos de Cristo confusión y ambigüedades. La cultura que vivimos del llamado “pensamiento débil” genera personalidades frágiles, fragmentadas e incoherentes. Y, a pesar de sus continuas llamadas a la tolerancia, de hecho no tolera la más mínima diversidad. En la actual sociedad supuestamente pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Por ello la fe se convierte en un hecho rigurosamente confinado a la esfera de la vida privada”(Mons. Rilko. Congreso de Apostolado Seglar. Madrid, 2004). Y, ante este acoso, muchos sienten la tentación de refugiarse en esa esfera privada y no manifestar públicamente su fe.

La sociedad de hoy, dominada por una cultura secularista y agnóstica, sólo acepta a los cristianos “invisibles”, los cristianos que no dan la cara, los cristianos acomodaticios que fácilmente integran acriticamente en su vida los “postulados” y los “dogmas” de lo “políticamente correcto”. Hay muchos cristianos sólo de nombre que, por temor o por ignorancia corren tras los dictados de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quienes son.

Pero frente a esto, tenemos que reaccionar con claridad y valentía. Hoy, más que en otras épocas, se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión. Para un cristiano ser “uno mismo” es fundamental. “El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo del “hacer por hacer”.Tenemos que resistir a esa tentación, buscando el ser antes que el hacer” (Juan Pablo II. Novo millenio ineunte, n. 15). Tenemos que vivir intensamente la esencia del cristianismo. Y la esencia del cristianismo es el encuentro con Cristo: un Cristo vivo en la Iglesia. Tenemos que redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre aquí y ahora en nuestras vidas, como ocurrió en las vidas de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un conjunto de preceptos morales. El cristianismo es una Persona, la Persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida, porque sólo este encuentro cambia radicalmente la existencia, fundamenta la moral y da el sentido último y definitivo a nuestro destino. “No será una fórmula la que nos salve, sino una Persona y la certeza que ella nos infunde” (Ibidem, n. 29). Cristo es el que nos salva. “El es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; Él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad” (Pablo VI. Homilia pronunciada en Manila el 29 de Noviembre de 1970).

Estamos en unos momentos en los que tenemos que reconocer y proclamar con valentía y sin complejos el valor y la belleza de la vocación cristiana. Hemos de vivir con gozo y ofrecer al mundo la radical novedad cristiana que se deriva del bautismo.

Muchas veces nos preocupa el que seamos pocos los que afirmamos con claridad nuestra fe en Cristo y en la Iglesia. Pero lo que más nos tiene que preocupar no es el ser pocos, sino el ser irrelevantes y marginales. La sal en las comidas es poca, pero da sabor; la cantidad de levadura en la masa es pequeña, pero la hace fermentar. Lo que tiene que preocuparnos es la mediocridad. “Si la sal se vuelve sosa sólo sirve para que la pise la gente”(Mt. 5,13). Lo que verdaderamente debe inquietarnos es el conformismo y la pasividad. La cultura dominante es muy seductora y uno cae muy fácilmente en sus redes. Tenemos que estar muy vigilantes para no sucumbir ante esa tentación. Tenemos que recuperar un cristianismo verdaderamente audaz e incisivo que reclame su puesto y su presencia pública en la sociedad. Es un deber de caridad: el mundo necesita esa presencia. La sociedad, dominada por una cultura que ahoga valores muy sagrados de la persona humana esta reclamando esa presencia activa y transformadora de los cristianos; y no se lo podemos negar. “La creación con expectación desea vivamente la manifestación de los hijos de Dios “ (Rom. 8,19).

Los cristianos tenemos el derecho y la obligación de hacernos oír en la sociedad. Es mucho lo que tenemos que ofrecer y no nos lo podemos guardar para nosotros por egoísmo o por miedo. Lo que hemos recibido gratis, lo hemos de dar gratis (cf. Mt. 10,8). Como cualquier ciudadano tenemos el derecho y la obligación de participar activamente en la vida pública y en los debates culturales, económicos y políticos poniendo de manifiesto la visión del hombre que brota de nuestra fe en Jesucristo. Tenemos que manifestar con todos los medios legítimos que tengamos a nuestro alcance el derecho a la vida de todo ser humano desde que es concebido hasta su muerte natural; tenemos que defender el valor de la familia tal como la ley natural y la revelación divina nos la presentan, tenemos que exigir el derecho de los padres a educar a sus hijos, según sus convicciones, sin intromisiones totalitarias de ningún gobierno; tenemos que sentirnos siempre muy cerca, poniéndonos en su lugar, de las personas más débiles y desvalidas defendiendo sus derechos y prestándoles nuestra voz; tenemos que reclamar para nosotros y para todos el derecho a la libertad religiosa y no permitir, con nuestro silencio, que nuestros símbolos religiosos más queridos sean profanados; tenemos, en fin, que trabajar por el bien común ofreciendo nuestra visión cristiana de la vida , que es patrimonio de todos, al servicio de la justicia y de la paz. Juan Pablo II nos decía: “Si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo” (Juan Pablo II. Jubileo del apostolado de los laicos, 26 de Noviemre de 2000). Y Benedicto XVI nos decía recientemente: “Llevad a este mundo turbado el testimonio de la libertad con la que Cristo nos ha liberado (cf. Gal.5,1). La extraordinaria fusión entre el amor a Dios y el amor al prójimo embellece la vida y hace que vuelva a florecer el desierto en el que a menudo vivimos”

Acudamos hoy con mucha confianza al Señor para que nos alcance la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana, y para que, dejándonos transformar por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo a la construcción de un mundo en el que, respetando las legítimas diferencias, resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios.

Que la cruz salvadora de Cristo nos llene de su luz y todos los días podamos decir como el apóstol Pablo: “”vivo yo, pero no soy yo es Cristo quien vive en mi. Y, mientras vivo en esta carne, vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mi” (Gal. 2,19 sig.)

Que la santísima Virgen, Madre del Redentor y Madre nuestra, que junto a la cruz de su Hijo permaneció obediente a la voluntad del Padre interceda por nosotros y nos conduzca a la gloria de la resurrección. Amen.

Ordenacion de David

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ORDENACIÓN DE DAVID
(9 de Septiembre de 2007)

Queridos hermanos sacerdotes, querido P. Provincial y comunidad de P.P.Trnitarios queridos amigos y hermanos. A todos os saludo con mucho cariño y especialmente a ti querido David y a tus padres, familiares y amigos.

Dice el evangelio que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias; y que al ver a las gentes se compadecía de ellas porque estaban como ovejas sin pastor. El Señor se conmueve al contemplar la desorientación de aquellas gentes e invita a rogar al dueño de la mies y del rebaño que envíe más trabajadores.

Y el Padre, que nunca nos abandona, sigue llamando nuevos pastores y les sigue invitando a su seguimiento. Es un llamamiento sumamente exigente y radical. Lo acabamos de oír: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío”. Es un llamamiento muy radical, pero es un llamamiento que llena el corazón. Tu, querido David, escuchaste un día esa invitación del Señor. El Señor te dijo : ven y sígueme, ven conmigo y vive como yo y contempla el mundo con la misma mirada con que yo lo contemplo y con el mismo corazón con que yo lo amo. Y tu te fiaste de Él y, en la Orden Trnitaria, te pusiste en camino. Y hoy, en la persona del Obispo, el mismo Señor, te vuelve a llamar confirmando aquella primera invitación y te envía al mundo para que, por tu ministerio apostólico, esa multitud desvalida y desorientada que puebla nuestros barrios, aldeas y ciudades, se encuentre con Cristo y en Él descubra el camino hacia el Padre, fuente de todo bien, la verdad sobre el hombre, sobre su existencia, sobre su origen y su destino y la vida en plenitud que le colme de felicidad.

Por el sacramento del Orden el Espíritu del Señor te va a enriquecer con sus dones para convertirte en pastor al servicio del supremo Pastor que es Jesucristo. Hoy podrás decir con palabras de S. Pablo: “Cristo Jesús me consideró digno de confianza (...) y la gracia del Señor sobreabundó en mi” ( 1 Tim. 1, 13-14). Sólo se puede ser pastor del rebaño de Cristo por medio de Él y en la más íntima comunión con Él. Sólo se puede ser apóstol viviendo en Él y estando con Él. El sacerdote, mediante el sacramento del orden es insertado totalmente en Cristo para que actuando con Él y como Él le haga presente entre los hombres cumpliendo permanentemente la profecía de Ezequiel: “Yo mismo en persona cuidaré de mi rebaño y velaré por él (...) los recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en días de nubes y de brumas (...) buscaré la oveja perdida, tomaré la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma” (Ez. 34, 11 sig.).

El Señor hoy te va a ungir y te va a enviar, como dice el profeta, para “anunciar el evangelio a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad (...) para consolar a los afligidos (...) y para cambiar su ceniza en corona y su traje de luto en perfume de fiesta” (Is. 61,1-3).

En su discurso sobre el buen pastor, del evangelista S. Juan, no señala Jesús tres cualidades esenciales del verdadero pastor, que hoy me gustaría meditar con vosotros. El verdadero pastor da su vida por las ovejas; las conoce y ellas le conocen a él; y está al servicio de la unidad. La primera cualidad del verdadero pastor es estar dispuesto a dar la vida por las ovejas. El Señor no nos pide a los pastores una parte de nuestro tiempo o de nuestras cualidades o de nuestro esfuerzo. El Señor nos lo pide todo. Nos pide entregar totalmente nuestra vida. El celibato sacerdotal es signo de esa entrega total. Es la expresión de nuestra total entrega al Señor en quien descansan y se nutren, sin mediaciones humanas, todos nuestros afectos; y la expresión también de nuestra total y gozosa disponibilidad para el servicio del Reino de Dios.

El verdadero pastor no vive para sí mismo sino para Aquel que es su Señor y para todos aquellos que su Señor, por medio de la Iglesia, le confíe. El verdadero pastor muere cada día, como Cristo en la cruz, para que aquellos que el Señor ha puesto bajo su cuidado encuentren la vida verdadera. “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (II Cor.4,10). Este morir para que otros tengan vida, que nos revela el misterio de la cruz, está en el centro mismo del servicio de Jesús como Pastor y está también, por tanto, en el servicio del sacerdote a la Iglesia. Jesús entrega su vida a los hombres por amor y la entrega libremente. Y esta entrega del Señor se perpetúa en la Eucaristía, cada día, por manos del sacerdote. Por eso Eucaristía y sacerdocio son inseparables. La Eucaristía es el centro de la vida del sacerdote. No puede haber otro centro. Toda la vida del sacerdote es eucarística. Toda la vida del sacerdote es conformación con la cruz del Señor en el misterio eucarístico que celebra cada día. Y este momento, el más importante del día, en que el sacerdote celebra la eucaristía da sentido a todas sus palabras, sus obras y sus pensamientos. La Eucaristía es la vida del sacerdote. La Eucaristía alimenta su oración y le consuela en el sufrimiento y le llena de gozo en la acción de gracias por todos los dones que continuamente recibe del Señor, y es el lugar donde diariamente hace la ofrenda de su vida y vive íntimamente su comunión plena con el Santo Padre y con su obispo y con sus hermanos presbíteros y con su comunidad religiosa y donde, unido a la Santísima Virgen y a todos los santos, renueva constantemente su vocación de santidad. La Eucaristía le permite al sacerdote vivir todas las
circunstancias de su vida en estrecha intimidad con Aquel que en la cruz reconcilió a los hombres con Dios y ha querido confiarle, en un derroche de misericordia, el ministerio de la reconciliación. Este ministerio de la reconciliación que el Señor ha querido confiarnos y que nos convierte en instrumentos de la misericordia entrañable de nuestro Dios nos hace vivir la Eucaristía como la fuente de la que brota constantemente el manantial de la gracia divina.

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros los sacerdotes una escuela de vida en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte o en el momento del martirio, si es que el Señor nos concediera esa gracia. La vida debemos darla día a día. Debemos aprender continuamente que no nos poseemos a nosotros mismos, sino que somos posesión del Señor.

Una segunda cualidad del pastor es conocer a las ovejas. El Señor nos dice: “Conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mi, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre” (Jn.10,14-15). Jesús ha querido unir aquí dos relaciones: la relación entre Jesús y el Padre y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a Él. Son dos relaciones inseparables porque la misión de Jesús es llevar a los hombres al Padre. De la misma manera en la relación del sacerdote con los hombres no podemos perder de vista nuestra relación con Cristo y por medio de Cristo con el Padre. Hemos de conocer a todos aquellos que el Señor nos confíe y hemos de quererles, especialmente a los mas pobres y a los mas necesitados de amor. Y hemos de sabernos situar en el contexto cultural en que vivimos. Y hemos de ser conscientes de lo que los hombres de nuestro tiempo buscan y necesitan; y de saber reconocer cuales son sus inquietudes, y sus preguntas y sus vacíos y sus soledades y sus desiertos. Todo eso debemos conocerlo estando muy cercanos a ellos y escuchándoles con verdadero interés y respeto; y saliendo en busca de la oveja perdida. Pero ese conocimiento y esa relación con los hombres debe ir unida a nuestra relación con Cristo y por medio de Cristo con el Padre. Porque, solamente por nuestra relación con Cristo y con el Padre y por el don de su Espíritu Santo, podremos entrar en el misterio del hombre y en sus necesidades más profundas y en su pecado, causa última de todos sus sufrimientos, para llevarle a Cristo y por medio de su Iglesia hacer posible que sean curadas sus heridas y renazca en el la esperanza y descubra el amor que Dios le tiene. Nosotros hemos de conocer a los hombres y hemos de acercarnos a ellos, pero con el conocimiento de Cristo y en el corazón de Cristo, para que los hombres, nuestros hermanos, descubran su dignidad de hijos de Dios y puedan encontrar en Cristo la luz que alumbre sus tinieblas y el amor que sane todas sus enfermedades. Hemos de hacernos cercanos a los hombres, pero no para que se vinculen a nosotros, sino para que se vinculen a Cristo, al Corazón de Cristo y en Él encuentren todas las riquezas del amor divino. El mundo necesita descubrir el amor divino. El mundo necesita a Dios. Los hombres necesitan a Dios. En esta cultura nuestra occidental, tan descreída, en la que la dignidad de la vida humana se va deteriorando por momentos, hacen falta sacerdotes que asuman con valentía la misión salvadora de Jesús y hablen a los hombres de Dios. El mundo necesita sacerdotes santos que estén íntimamente unidos a Dios y que hablen de Dios. Estar con Dios y hablar de Dios, eso es lo que el mundo pide a los sacerdotes. Estar con Él por la oración, por el amor y por la obediencia interior a la voluntad del Padre. Y hablar de Él, predicando fielmente el evangelio de Cristo, en comunión con la Iglesia. El sacerdote tiene que alimentar en los hombres, con la predicación del evangelio y con el testimonio de su vida, la confianza en el amor y en el poder de Dios.

Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendada al Pastor: “Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16). El gran deseo del Señor es la unidad: “que todos sean uno para que el mundo crea que tu me has enviado”. Unidad y misión van estrechamente unidas. No es posible la misión en una Iglesia desunida. Los sacerdotes hemos de ser constructores de unidad. Viviendo en primer lugar la unidad en nuestras propias vidas: entregándonos al Señor con un corazón indiviso, siendo siempre sacerdotes en nuestros pensamientos, palabras y acciones y mostrándonos en todos los momentos ante los hombres como sacerdotes, en nuestro modo de comportarnos, en nuestro modo de hablar y de dirigirnos a la gente, en nuestros gestos y actitudes para que cualquiera pueda acudir a nosotros cuando nos necesite y nuestra vida sea un signo de Cristo, Pastor, en medio del mundo.

Y hemos de ser constructores de unidad en nuestras comunidades cristianas, siendo para todos vínculo de unión, acogiendo con amor y gratitud todos los carismas que el Señor quiera regalarnos y ayudando a cada uno a descubrir su propia vocación, poniendo un cuidado muy especial en el discernimiento de las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. El Señor sigue llamando a muchos jóvenes a vivir una vocación de especial intimidad con Él y de servicio a la Iglesia. Pero Él ha querido que esa llamada llegue, en muchos casos, a través de nuestro ministerio sacerdotal. Es muy grande nuestra responsabilidad en la pastoral vocacional y no podemos olvidarla.

Y hemos de ser constructores de unidad en la sociedad misma, hoy tan dividida y fragmentada, fomentando en nuestros ambientes todo lo que sea provechoso para la convivencia pacífica y para la defensa de la vida humana y de la familia y de la dignidad de la persona humana.

La unidad es la condición para la misión. Tenemos que sentirnos Iglesia misionera. “Tengo otras ovejas que no son de este redil: también a estas las tengo que traer”. La misión joven que este año hemos vivido en la diócesis en la diócesis con entusiasmo ha de despertar en todos el deseo de salir de nuestras rutinas y de nuestros comportamiento, a veces, demasiado cómodos, para llegar a esa gran multitud de ovejas sin pastor que Jesús contemplaba lleno de compasión. No podemos quedarnos impasibles y quietos ante el espectáculo de tantas personas alejadas de Dios. Hay mucha gente que trata de presentar un mundo sin Dios. Pero un mundo sin Dios es inexplicable. Sin Dios es imposible explicar razonablemente la maravilla del mundo y de la vida. Nosotros, que desde la luz de la fe, gozamos, de esa maravilla no podemos dejar que tantos hermanos nuestros, muchos de ellos quizás muy cercanos y muy queridos, se vean privados de ese gozo. Ser misionero es sentir el deseo de que todos puedan compartir con nosotros la alegría de conocer a Jesucristo para trabajar unidos en la construcción de un mundo justo, en el que no tengamos que contemplar el escándalo de la pobreza y la miseria de millones de hombres que se ven obligados a salir de sus países buscando una vida más digna. Ser misioneros es abrir las puertas de la Iglesia a todos los hombres para que en ella se encuentre como en su propia casa y en ella descubran a Aquel, que muriendo en una cruz y resucitando al tercer día nos ha revelado la sabiduría infinita de Dios. Una sabiduría que rompe todos los esquemas humanos.

Como ves, querido David, todo esto tiene mucho que ver con tu vocación trinitaria. El Señor ha querido llamarte al sacerdocio en La Orden de la Santísima Trinidad. Y el carisma propio de esta Orden, que el Señor quiso regalar a la Iglesia por medio de S. Juan de Mata y de S. Juan Bautista de la Concepción ,va a marcar tu sacerdocio con un acento especial que lo enriquecerá y lo llenará de vigor apostólico. “ Vuestra espiritualidad - decía Juan Pablo II al Capítulo General de la Orden en el año 2001 - os sitúa en el centro mismo del Mensaje Cristiano: el amor de Dios Padre, que abraza a todos los hombres mediante la Redención de Cristo, en el don permanente del Espíritu Santo (...) “Vivid” con pasión lo que “sois” abriéndoos con confianza al futuro. En una época marcada por una preocupante “cultura del vacío” y por existencias “sin sentido” estáis llamados a anunciar , sin componendas, al Dios Trino, al Dios que escucha el grito de los oprimidos y de los afligidos. Ojalá que en el centro y en la raíz de vuestro compromiso apostólico esté siempre la santísima Trinidad. Que la comunión trinitaria sea para todos y cada uno fuente, modelo y fin de toda acción pastoral”. Esto es lo que hoy te deseo de todo corazón a ti, David, y a toda la familia trinitaria que te acompaña.

Que la Virgen Santísima a la que la Orden Trinitaria venera con el hermoso título de Ntra. Sra. de los Remedios, te proteja y te guíe y haga de ti un santo sacerdote. Que encuentres siempre en Ella a la Madre, que nunca te va abandonar y a la Maestra que te enseñará a vivir cerca de Jesús, a confiar en su amor y a compartir con Él, el dolor de la cruz y el gozo de la resurrección.

Que la Virgen María sea para todos nosotros, que estamos participando con gozo en esta celebración, nuestra Madre en la oración, en el amor, en la obediencia fiel y en la fuerte esperanza. Amén

Profesion HH. de Maria Ntra. Sra

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Profesión solemne - Hijas de María Nuestra Señora

Junto con toda la Iglesia, en esta solemnidad de la Asunción de la Virgen María, nos unimos hoy a su canto de alabanza : “ Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humillación de su sierva”. En el misterio de la Asunción aparece el significado pleno y definitivo de las palabras que ella misma pronunció respondiendo al saludo de su prima Isabel: “El Poderoso ha hecho obras grandes en mi”.

La palabras de la Virgen María se cumplen en la Hermana María teresa. que hoy se va a consagrar al Señor con los votos de castidad, pobreza y obediencia, convirtiéndose en Esposa de Cristo.

Gracias a la victoria de su hijo Jesucristo, muerto y resucitado, sobre el pecado y la muerte, la Virgen María, unida profundamente al misterio del Hijo de Dios, acogió de una manera plena la salvación. Correspondió totalmente con su “sí” a la voluntad divina, participó y sigue participando íntimamente en la misión de Cristo y fue la primera en entrar después de Él en la gloria, en cuerpo y alma, en la integridad de su ser humano.

El “sí” de María es alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en las sombras de la muerte. A través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Los creyentes nos sentimos gozosos y la veneramos como Madre de los hijos redimidos por Cristo. Y, hoy en particular, en esta solemnidad de la Asunción de María y siendo testigos de la entrega a Cristo de la hermana N., la reconocemos como signo de consuelo y esperanza; y como primicia de la Iglesia que un día será glorificada.

Acabamos de escuchar las palabras del Apóstol Pablo a los Romanos. “Cristo, resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”(Rom.15,20). El misterio de la redención consiste en sacar al hombre del dominio de las tinieblas del pecado y devolverle al reino de la vida haciéndole partícipe de la resurrección del Señor. Por la muerte y la resurrección del Señor tenemos la posibilidad, por el don del Espíritu Santo, de salir de todo aquello que nos hace infelices por culpa del pecado: del egoísmo que nos aísla de los hermanos y hace insoportable toda convivencia, de la mentira que ensucia nuestra relación con los demás, crea desconfianzas y corrompe la vida pública y de la desesperanza que nos hace incapaces de afrontar con decisión las responsabilidades de cada día.

Por la muerte y la resurrección del Señor, salimos de todo eso y entramos en el reino de la luz y de la vida. Por la Pascua del Señor somos criaturas nuevas y nos hacemos capaces de amar hasta dar la vida y nuestra palabra se hace veraz y fiable despertando en todos la confianza y así todo nuestro ser se llena de esperanza y se hace capaz de trasmitir esperanza.

La Virgen María, como nueva Eva, primicia de la nueva creación alcanzada por Cristo, encarna esa vida trasfigurada. Ela es el reflejo y el modelo de la Iglesia fiel a Cristo. Mirando a María descubrimos lo que el ser humano está llamado a ser en Cristo Jesús. Descubrimos nuestra vocación de servicio a los hermanos, entendemos los valores que dignifican al hombre, luchamos contra toda injusticia, hacemos nuestra la causa de los más desvalidos, recuperamos la libertad y afrontamos el futuro con esperanza . En la Virgen María descubrimos la verdadera sabiduría: la sabiduría de los sencillos. “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. María pertenece a ese mundo de los sencillos y nos invita a seguirla para que también nosotros formemos parte de ese mundo de los humildes y el Señor nos revele el conocimiento del amor infinito de Dios Padre. “Nadie conoce al Hijo mas que el Padre y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”

La Virgen, Nuestra Señora, conoce, como ningún otro ser humano ese amor infinito del Padre. Lo conoce por revelación de su Hijo. Y Ella nos anima, en este momento, a entregarnos su Hijo sin reservas, para ser también nosotros conocedores del amor del Padre e instrumentos en nuestro mundo de su misericordia. El Señor nos invita a ser portadores de los valores del Reino de Dios, especialmente de aquellos que hoy se ven más amenazados y a ser signo profético, valiente y comprometido, sin demagogias interesadas, en la defensa de la dignidad de la persona humana.

Nuestro mundo está hambriento de esos valores. Los valores del “Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de Cristo Rey). Hoy hay mucha gente decepcionada de las promesas incumplidas de aquellos “sabios y entendidos”, que promueven un mundo de bienestar, vacío de Dios, y edificado sobre el individualismo egoísta y el placer a cualquier precio. Hoy hay mucha gente de buena voluntad que mira a la Iglesia, sin prejuicios, buscando en ella una voz libre, una palabra de esperanza y un camino que conduzca al bien verdadero de la persona y haga a los hombres más felices.

Acabo de regresar de la peregrinación a Roma que han realizado más de mil jóvenes de la diócesis de Getafe, ente ellos un importante grupo de Leganés; y os puedo decir que cuando los jóvenes conocen a Cristo y descubren el verdadero rostro de la Iglesia se sienten verdaderamente impresionados, su vida se llena de alegría y son capaces de orientar toda su gran energía vital hacia la verdad y el bien incluso a costa de grandes sacrificios. En al audiencia que nos concedió el Papa en Catelgandolfo, después de escuchar los testimonios de vida cristiana que dieron algunos de nuestros jóvenes les decía el Papa. “Algunos de vosotros han dado antes un expresivo testimonio de vida cristiana que he seguido con atención. He apreciado la intensidad con que se ha vivido la condición de misionero y el colorido que adquieren ciertas facetas de la vida cuando se decide anunciar a Cristo: el entusiasmo de salir al descubierto y comprobar con sorpresa que contrariamente a lo que muchos piensan, el Evangelio atrae profundamente a los jóvenes; el descubrir en toda su amplitud el sentido eclesial de la vida cristiana; la finura y belleza de un amor y una familia vivida ante los ojos de Dios, o el descubrimiento de una inesperada llamada a servirlo por entero consagrándose al ministerio sacerdotal (...) La fe en Jesucristo, al abrir horizontes a una vida nueva, de auténtica libertad y de una esperanza sin límites, necesita la misión, el empuje que nace de un corazón entregado generosamente a Dios y del testimonio valiente de Aquel que es el Camino, la Verdad, y la Vida. (10 de agosto de 2007) .

Nosotros hemos conocido a Jesucristo y, en Jesucristo, hemos conocido el Amor que Dios nos tiene; y hemos creído en Él.(cfr.1 Jn.4,16). Y también hemos conocido, porque Dios en su misericordia nos lo ha querido revelar, que sólo en el seno de la Santa Madre Iglesia podemos permanentemente encontrar al Señor Resucitado y podemos escuchar su Palabra y podemos, en los sacramentos, recibir la gracia de su Espíritu Santo y podemos, en fin, vivir el gozo de la comunión fraterna y la invitación a proclamar en el mundo las maravillas del amor divino. El Señor constantemente nos llama, en su Iglesia, a vivir nuestra vida como vocación de santidad y quiere que seamos en el mundo testigos valientes de su plan de salvación sobre los hombres.

Y para que la Iglesia cumpla esta misión Dios ha querido suscitar en ella una gran variedad de ministerios y carismas. Hoy queremos darle gracias Dios por el carisma de la vida consagrada y, especialmente, por el carisma de la Hijas de María Nuestra Señora. La vida consagrada pertenece íntimamente a la vida de la Iglesia, a su santidad y a su misión. Es un verdadero regalo de Dios para nuestra Iglesia Diocesana de Getafe este Colegio de Valdemoro en el que, en torno a las Hijas de María Nuestra Señora, ha ido creciendo, con las alumnas, los padres y los profesores una comunidad educativa, cuyo centro es Jesucristo y que tiene “como meta el Reino de Dios, como estado la libertad de sus hijos y como ley el precepto del amor” (Prefacio Común VII).

Nuestra Hermana María teresa va consagrarse, totalmente y para siempre, al Señor, en esta Orden de Hijas de María Nuestra Señora, dedicando su vida a la educación de las niñas.

En una cultura centrada sólo en el placer, a cualquier precio, que deslinda la sexualidad de cualquier norma moral objetiva, reduciéndola frecuentemente a mero juego y objeto de consumo, la práctica gozosa de la castidad perfecta aparece como el testimonio gozoso de la fuerza del amor de Dios en la fragilidad de la condición humana. La persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen imposible es posible y verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús. En Cristo Jesús es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor, y amar así con la libertad de Dios a todas las criaturas. (Cfr. VC. 88)

En un ambiente fuertemente marcado por un materialismo egoísta ávido de poseer, que se desentiende del sufrimiento de los más débiles, la pobreza evangélica, manifiesta que el único tesoro verdadero para el hombre es Jesucristo. Las personas consagradas, con su voto de pobreza, dan testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano (cfr. VC 90) “Solo en Dios descansa mi alma porque Él es mi salvación”. Y, descansando en el Señor, las persona consagradas, pueden dedicarse, en cuerpo y alma, a servir a sus hermanos en sus necesidades más esenciales. Una necesidad esencial en nuestros días es la educación. Todo el mundo habla de lo importante que es la educación, pero muy pocos ofrecen y consagran su vida a la educación. Las Hijas de María Nuestra Señora ofrecen a nuestro mundo y consagran su vida a un proyecto educativo que alcanza a la persona en su totalidad y la prepara para el encuentro con el Bien supremo y la suprema Verdad y la suprema Belleza que es Dios mismo revelado en Jesucristo y permanentemente vivo y resucitado en su Santa Iglesia. Y los frutos de ese proyecto están a la vista cuando uno entra en un Colegio de las Hijas de María Nuestra Señora.

La obediencia que caracteriza la vida consagrada es el modo más auténtico de vivir la libertad. Hoy se habla mucho de libertad y todo se justifica poniendo como pretexto la libertad. Pero cuando se concibe la libertad separándola de la verdad y en ella se prescinde de toda relación con la norma moral, al final se cae en la más tremenda esclavitud. Uno se convierte en esclavo de sus caprichos o de sus estados de ánimo o de su visión parcial y subjetiva de la realidad. El voto de obediencia significa la confianza plena en el Padre, tal como la vivió el mismo Jesucristo.”MI alimento es hacer la voluntad del Padre”. Esa confianza en el Padre desvela el camino de la libertad auténtica porque sólo Dios conoce lo que nos conviene y sólo confiando en Él y haciendo su voluntad podremos encontrar el camino de la verdad, que es el único camino capaz de hacernos libres. Nosotros sabemos, por la gracia de Dios, que ese nuevo modo de vivir sólo puede encontrarse plenamente en Aquel que nos revela el misterio de Dios y el misterio del hombre, Jesucristo, el Hijo de Dios, Camino, Verdad y Vida. Nosotros hemos conocido a Jesucristo y, en Jesucristo, hemos conocido el Amor que Dios nos tiene; y hemos creído en Él.(cfr.1 Jn.4,16). Y también hemos conocido, porque Dios en su misericordia nos lo ha querido revelar, que sólo en el seno de la Santa Madre Iglesia podemos permanentemente encontrar al Señor Resucitado y podemos escuchar su Palabra y podemos, en los sacramentos, recibir la gracia de su Espíritu Santo y podemos, en fin, vivir el gozo de la comunión fraterna y la invitación a proclamar en el mundo las maravillas del amor divino. El Señor constantemente nos llama, en su Iglesia, a vivir nuestra vida como vocación de santidad y quiere que seamos en el mundo testigos valientes de su plan de salvación sobre los hombres.

No son tiempos fáciles, pero sí puede ser tiempos muy propicios para fortalecer nuestra fe, para vivir con mayor intensidad nuestro amor y pertenencia a la Iglesia y para alimentar con la Palabra de Dios y con los sacramentos nuestra vida cristiana. La consagración al Señor de la hermana María Teresa es un signo claro de esa vitalidad cristiana que hará cambiar el mundo. Siguiendo el carisma de Santa Juana de Lestonac, que recibió de Dios la inspiración de dedicarse a la educación de las niñas, sin desvirtuar su vocación contemplativa y monástica, nos llena de esperanza, de alegría y de gratitud.

En esta fiesta de la Asunción de María, lo pedimos a nuestra Madre que interceda por nosotros para que siguiendo a su Hijo sin titubeos, y enriquecidos con los dones del Espíritu, ofrezcamos al mundo los frutos de la redención, la vida nueva en Cristo y la esperanza que no defrauda. AMEN

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