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FIESTA DE LA VIRGEN DEL PILAR

En esta fiesta de la Virgen del Pilar que tanto arraigo popular tiene en todos los pueblos de España y de las naciones hermanas de Hispanoamérica, nos unimos gozosos en la fe y en la alabanza proclamando las maravillas que Dios ha querido realizar en la Virgen María. Ella es la Virgen que escucha la Palabra de Dios y la vive y la guarda con amor en su corazón. Ella es la gran creyente, modelo de todos los creyentes, que llena de confianza se pone en las manos de Dios entregándose a su voluntad. Ella es la humilde Madre de N.S.J., que cuando la misión de su Hijo lo exige, se aparta y se retira discretamente; pero que cuando los discípulos huyen, permanece firme a los pies de la cruz.

María, al estar íntimamente unida a Cristo, su Hijo, el Redentor, está también íntimamente unida a los redimidos por su Hijo. Es nuestra Madre. Es Madre de la Iglesia. María al estar totalmente unida a Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia, es también Madre de la Iglesia. Es nuestra Madre. Ella que se entregó totalmente a Cristo, se entrega totalmente a nosotros, acompañándonos en la fe, siendo nuestro modelo, nuestro ejemplo y nuestra gran intercesora en los momentos de peligro para nuestra vida de fe.

Con toda razón llamamos a la Virgen en una de las letanías del Rosario: “Estrella de la mañana”. Ella es la estrella de la cual nació el sol. Verdaderamente ella es la estrella que anuncia a los hombres la llegada de un nuevo amanecer lleno de vida. Ella, acogiendo en su seno, al Hijo de Dios, ofrece a los hombres la vida eterna, el sol que no conoce el ocaso, Jesucristo Señor nuestro.

María nos pone en el camino de la verdad y continuamente nos repite aquellas mismas palabras que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná: “haced lo que Él os diga”. Hoy volvemos a escuchar esas palabras. Y por eso, de la mano de María, en esta fiesta tan familiar y tan llena de resonancias afectivas, ponemos nuestra mirada en Jesús y renovamos nuestra fe y nuestro firme deseo de seguirle y de amarle.

A la vez que damos gracias a Dios por todos los dones que continuamente recibimos de Él, tenemos también que abrir los ojos para contemplar, con la compasión de Cristo, la realidad de una sociedad que, alejándose de Dios, se está también alejando de forma alarmante del hombre mismo, de su dignidad y de sus derechos más esenciales: una sociedad, muy vacía de valores, que está generando grandes tensiones sociales, la destrucción de muchas familias, la confusión y el sufrimiento de un gran número de personas y la falta de unidad y concordia entre los diversos pueblos de España.

Tenemos que pedirle a la Virgen en este día de su fiesta una revitalización interna de nuestra fe y un fuerte impulso misionero. La misión no es algo que se añade a la vocación cristiana. La misión forma parte de la vocación. Como nos recuerda el Vaticano II, la vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado (Vaticano II. Apostolicam Actuositatem, 2). Y el apostolado no es otra cosa que el anuncio de Cristo. Tenemos que sentir la urgencia de anunciar a Cristo con el testimonio de vida y con la palabra. El anuncio de Cristo antes de ser un compromiso estratégico y organizado es sobre todo comunicación personal y directa de nuestra experiencia de amor a Cristo y a su Iglesia. La madurez evangélica tanto en las personas como en los grupos se manifiesta sobre todo en su celo misionero y en su capacidad de ser testigos de Cristo en todas las situaciones y en todos ambientes sociales, culturales o políticos.

Para que todos asumamos en la Iglesia el papel evangelizador que nos corresponde, cada uno según su propia vocación, es de gran importancia clarificar bien lo que significa la verdadera identidad cristiana. Es necesario despertar la conciencia dormida de muchos cristianos para descubrirles los sólidos fundamentos de nuestra fe, de nuestro bautismo y de nuestra vocación de santidad; y es urgente animarles a un mayor compromiso apostólico. Hay preguntas esenciales que ningún cristiano debe evitar: ¿qué he hecho de mi bautismo y de mi confirmación? ¿Es Cristo verdaderamente el centro de mi vida? ¿ Qué sentido tiene en mi vida la oración? ¿Qué significan para mi la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación? ¿Vivo mi vida como una vocación y una misión?

Queridos hermanos, que vivís vuestra fe en medio de las visicitudes mundo. ¡Escuchad la llamada de Cristo!. La Iglesia os necesita y cuenta con vosotros. Cristo os envía a ese mundo en el que estáis para llevar la luz del evangelio a muchas gentes que están perdidas, como ovejas sin pastor. ¡Ayudadles a descubrir su dignidad y su vocación! “La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de la verdad del hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef. 4,13). No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; hallad en el evangelio la luz que guíe vuestros pasos” (Juan Pablo II. Mensaje al Congreso Internacional del Laicado Católico, nº 4. 21 de Noviembre de 2000).

Ante los muchos problemas que tenemos delante y cuya complejidad muchas veces nos desborda no hemos de tener miedo. Cristo, que nos ha enviado al mundo, camina a nuestro lado. “Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu del Padre el que hablará por vosotros” (Mt.10,19-20). El evangelio y, sobre todo, la intimidad con el Señor nos hará fuertes para abrir en este mundo caminos de libertad, paz y justicia, fundamentados en la verdad sobre el hombre, en la comunión y en la solidaridad.

Afiancemos nuestra identidad cristiana: una identidad cristiana firme y clara. La forma que hoy se emplea para desanimar a los cristianos y destruir la Iglesia consiste en proponer modelos de vida que siembran en los discípulos de Cristo confusión y ambigüedades. La cultura que vivimos del llamado “pensamiento débil” genera personalidades frágiles, fragmentadas e incoherentes. Y, a pesar de sus continuas llamadas a la tolerancia, de hecho no tolera la más mínima diversidad. En la actual sociedad supuestamente pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Y, ante este acoso, muchos sienten la tentación de refugiarse en la esfera privada y no manifestar públicamente su fe.

La sociedad de hoy, dominada por una cultura secularista y agnóstica, sólo acepta a los cristianos “invisibles”, los cristianos que no dan la cara, los cristianos acomodaticios que fácilmente integran acriticamente en su vida los “postulados” y los “dogmas” de lo “políticamente correcto”. Hay muchos cristianos sólo de nombre que, por temor o por ignorancia corren tras los dictados de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quienes son.

Pero frente a esto, tenemos que reaccionar con claridad y valentía. Hoy, más que en otras épocas, se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión. Para un cristiano ser “uno mismo” es fundamental. Tenemos que vivir intensamente la esencia del cristianismo. Y la esencia del cristianismo es el encuentro con Cristo: un Cristo vivo en la Iglesia . Tenemos que redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre aquí y ahora en nuestras vidas, como ocurrió en las vidas de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un conjunto de preceptos morales. El cristianismo es una Persona, la Persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida, porque sólo este encuentro cambia radicalmente la existencia, fundamenta la moral y da el sentido último y definitivo a nuestro destino.

Los cristianos tenemos el derecho y la obligación de hacernos oír en la sociedad. Es mucho lo que tenemos que ofrecer y no nos lo podemos guardar para nosotros por egoísmo o por miedo. Lo que hemos recibido gratis, lo hemos de dar gratis (cf. Mt. 10,8). Como cualquier ciudadano tenemos el derecho y la obligación de participar activamente en la vida pública y en los debates culturales, económicos y políticos poniendo de manifiesto la visión del hombre que brota de nuestra fe en Jesucristo. Tenemos que manifestar con todos los medios legítimos que tengamos a nuestro alcance el derecho a la vida de todo ser humano desde que es concebido hasta su muerte natural; tenemos que defender el valor de la familia tal como la ley natural y la revelación divina nos la presentan, tenemos que exigir el derecho de los padres a educar a sus hijos, según sus convicciones, sin intromisiones totalitarias de ningún gobierno; tenemos que sentirnos siempre muy cerca, poniéndonos en su lugar, de las personas más débiles y desvalidas defendiendo sus derechos y prestándoles nuestra voz; tenemos que reclamar para nosotros y para todos el derecho a la libertad religiosa y no permitir, con nuestro silencio, que nuestros símbolos religiosos más queridos sean profanados; tenemos, en fin, que trabajar porç el bien común ofreciendo nuestra visión cristiana de la vida , que es patrimonio de todos, al servicio de la justicia y de la paz. Juan Pablo II nos decía: “Si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo” (Juan Pablo II. Jubileo del apostolado de los laicos., 26 de Noviembre de 2000).

En esta fiesta de la Virgen del Pilar, tan vinculada la Guardia Civil, nos unimos también en la acción de gracias a Dios por el servicio que el benemérito Instituto ha prestado ha España, desde que fue fundado. Especialmente recordamos con afecto y gratitud a tantos de sus miembros que de una manera callada y anónima e incluso con el sacrificio de su propia vida, han prestado este servicio de defensa del Orden y de la Ley.

Les invito a asumir el presente y el futuro con entusiasmo y esperanza. Y para esto la fe es un factor esencial. La celebración de hoy nos invita a fortalecer la vida cristiana y los valores que brotan de ella, como son el valor de la paz, de la justicia y de la libertad.

Por intercesión de la Virgen del Pilar, le hemos pedido al Señor, en la oración propia de este día tres cosas:

Fortaleza en la fe: la fe no es fácil: hay que fortalecer la fe y la vida cristiana con los sacramentos, con la Palabra de Dios, sintiéndonos de verdad miembros de la Iglesia.

Seguridad en la esperanza: la esperanza es la que mueve a los hombres y mueve a los pueblos. El cristiano ha ser hombre de esperanza, porque cree en Jesucristo, vencedor de la muerte. La resurrección de Cristo nos da la seguridad de que al final triunfará la verdad sobre la mentira y reinará la paz verdadera.

Constancia en el amor: constancia en el deseo de hacer el bien a todos, incluso a los que no lo saben reconocer. La constancia es la virtud de los hombres fuertes y convencidos. Es al virtud de aquellos que, en cualquier ocasión, agradable o difícil, y frente a cualquier persona, sea quien sea, su actitud siempre es de servicio y ayuda al prójimo, como el buen samaritano.

Acudamos hoy con mucha confianza a María para que ella nos alcance de su Hijo la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana, y para que, dejándonos transformar por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo en la construcción de un mundo en el que, respetando la pluralidad de razas y culturas, resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios. Que ella interceda por nosotros, y, como decimos en la Salve, nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre. Amen.

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