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ORDENACIÓN DIÁCONOS
16 de Julio de 2005

Queridos hermanos sacerdotes, querida comunidad de madres carmelitas, queridos hermanos y hermanas, y muy particularmente queridos ordenandos que dentro de unos momentos vais a recibir el sagrado orden del diaconado.

Hoy es un día muy feliz para los Legionarios de Cristo y para toda la Iglesia. Un día de alabanza a Dios y de acción de gracias por los muchos dones que el Señor derrama continuamente sobre nosotros. Especialmente damos gracias a Dios por haber llamado a estos jóvenes al ministerio diaconal y por la respuesta generosa que ellos han dado al Señor; damos gracias por sus familias, que hoy viven con gozo este momento, en las cuales ha nacido y ha crecido su fe y damos gracias por sus formadores y superiores que durante varios años de intenso trabajo les han ido preparando en su camino al sacerdocio.

A vosotros, queridos ordenandos, quiero dirigirme de una manera más directa en este momento. Hace unos instantes, vuestro superior ha pronunciado vuestros nombres. Y vosotros os habéis levantado mientras decíais: “aquí estoy”. Después dirigiéndose a mí me ha pedido, en nombre de la Santa Madre Iglesia, que os ordene diáconos. Y yo, representando sacramentalmente, en este momento, a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, he respondido diciendo como acabáis de oír: “ Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el Orden de los diáconos”. Es Jesucristo quien os ha elegido. Es el Señor quien os llama. Se están cumpliendo ahora, aquí, en vosotros, las palabras del Señor a los apóstoles en la última Cena: “ No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda” (Jn. 15,16). La conciencia de esta elección, la seguridad de haber sido gratuitamente llamados por Él y la certeza de que vuestra oración será, en toda circunstancia, escuchada ha de llenar vuestra vida, para siempre, de una inmensa gratitud, y de un gozo desbordante, que nada ni nadie os podrá arrebatar; y de un deseo muy grande de cumplir la misión para la que Él os ha destinado. Es verdad que esa elección del Señor se ha ido manifestando poco a poco. Un día sentisteis que Dios os llamaba para algo especial. Más tarde, con la ayuda de vuestros formadores, esa llamada fue madurando. Y hoy esa llamada es confirmada por la Iglesia con la autoridad del Señor. No tengáis ningún temor. Hoy vais a recibir la gracia del Espíritu Santo para cumplir la misión que Jesucristo y la Iglesia os confían y para dar fruto abundante. Y lo que el Señor ha comenzado en vosotros, Él mismo lo llevará a término.

Vuestra misión consiste en estar donde está el Señor. Y estar como servidores: seguir al Señor como servidores de Dios y de los hombres. “Si alguno me sirve, que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor. Y mi Padre le honrará” (Jn.12,26). Y estar con Jesús es estar en la gloria del Padre, es decir, en la presencia y en el amor del Padre. Y, con el Padre por medio de Jesucristo y por el don del Espíritu Santo, estar con los hombres, haciendo presente entre ellos el amor infinito de Dios: haciendo presente entre los hombres la misericordia entrañable de un Dios que, como dice el salmo 112,: “Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo...” Un Dios que “ a la estéril le da un puesto en su casa como madre feliz de hijos”

En nuestro mundo, aparentemente opulento y lleno de bienestar, hay muchas necesidades y también, como dice el salmo, hay mucho desvalimiento. Está el desvalimiento y la pobreza de muchos hermanos nuestros que viven en situaciones verdaderamente críticas por su falta de recursos materiales, o por su desarraigo familiar, o por su situación de emigrantes recién llegados sin papeles y sin trabajo, o por tantas y tantas causas que conducen a la marginación y a la indigencia. Pero hay también otro desvalimiento, del que se habla menos y que incluso intenta taparse, el desvalimiento espiritual: la falta de valores espirituales y morales, el desconcierto de muchas familias que no saben cómo educar a sus hijos o la confusión de muchos jóvenes que no sabe qué hacer con su vida; y que se ven diariamente engañados por falsos paraísos de felicidad, que dejan el corazón vacío y una triste sensación de estar malgastando la vida.

Queridos ordenandos hoy la Iglesia os elige, os llama, os enriquece con el don del Espíritu Santo y os envía como diáconos para que, en medio de este mundo, como servidores del evangelio, anunciéis a Jesucristo, Salvador y Redentor, luz del mundo, en quien el hombre descubre su dignidad, su vida se llena de esperanza y el mundo entero adquiere para él consistencia y armonía.

En la oración propia de la ordenación de diáconos la Iglesia pide a Dios por vosotros con estas palabras: “Oh Señor concede a estos hijos tuyos que has elegido hoy para el ministerio del diaconado, disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración”. Esto es lo que la Iglesia quiere de vosotros: disponibilidad, humildad y perseverancia. Una disponibilidad que os llene de ardor apostólico y os haga estar siempre muy atentos a las necesidades de los hombres y a las orientaciones magisteriales de la Iglesia; una actitud humilde que os haga reconocer con gratitud, cada día, que todo lo que tenéis lo habéis recibido de Dios, y mucha perseverancia: siendo constantes en la oración y pacientes en el trabajo apostólico, soportando las debilidades humanas, propias y ajenas, y buscando siempre, no el propio provecho, sino el bien de aquellos que la Iglesia os ha confiado.

Y en la Plegaria de ordenación la Iglesia pide al Señor por los diáconos para que “resplandezca en ellos un estilo de vida evangélico, un amor sincero, solicitud por los pobres y los enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin mancha y una observancia de sus obligaciones espirituales”

A partir de ahora, fortalecidos con el don del Espíritu Santo, tenéis, como diáconos, la misión de ayudar al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad. Mostraos siempre como servidores de todos: que vean en vosotros al mismo Cristo, que se mostró, en el lavatorio de los pies, servidor de sus discípulos, enseñándonos que “el que quiera ser grande ha de convertirse en servidor... como el Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mt. 20,26-28). Cuando exhortéis a los fieles, en la catequesis o en la homilía transmitiendo fielmente la fe de la Iglesia; o cuando presidáis las oraciones, administréis el bautismo, bendigáis los matrimonios o llevéis la comunión a los enfermos, que, en todo momento, sea el mismo Cristo quien actúe en vosotros , que os sintáis siempre instrumentos del Señor, hasta el punto de que el mismo Señor pueda deciros, al terminar cada jornada, como al servidor de la parábola: “Siervo bueno y fiel, en lo poco has sido fiel, te pondré la frente de lo mucho; entra en el gozo de tu Señor”(Mt. 25,23)

El ministerio del diaconado es un carisma, es un don del Espíritu. Pero es un don, no para vosotros, sino para la Iglesia, para el bien de la Iglesia, para la edificación del Cuerpo de Cristo. Acoged este don con mucho amor:

* Acoged este don haciendo de Jesucristo el centro de vuestra vida, en quien todo adquiere sentido y consistencia. (cfr. Col. 1,17). Que la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor, el sacramento de la reconciliación y la liturgia de las horas, sean el alimento de vuestra fe. Vivid como Él vivió, dando la vida por los demás, siendo seguidores fieles de Aquel que nos dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco a mis ovejas y las mías me conocen... y doy mi vida por las ovejas... nadie me la quita yo la doy voluntariamente” (Jn.10,14.15). El celibato, imitando a Jesucristo célibe, será para vosotros símbolo y, al mismo tiempo, estímulo para vivir la caridad pastoral y fuente de una especial fecundidad apostólica. Aceptad el celibato como una regalo de Dios y señal de una particular intimidad con Él. Por vuestro celibato os resultará más fácil consagraros, sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los hombres y con mayor facilidad seréis verdaderos ministros de la gracia divina.

* Acoged el don de este ministerio que la Iglesia os confía, abrazando la cruz. No son tiempos fáciles. Lo sabéis. Recibid como dirigidas hoy a vosotros, las palabras de Pablo a su joven discípulo Timoteo: “Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos... por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor. Pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna” (2 Tim. 8-13

* Y finalmente, acoged este don de Dios, en todo momento, con un corazón agradecido y gozoso, como el samaritano, del evangelio, que al ver lo que el Señor había hecho con él, “se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias” (Lc.17,15).

Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora del Carmen: Nuestra Madredel Monte Carmelo, aquel Monte en el que, como hemos recordado en la primera lectura el profeta Elías, defendió con ardor, frente a la idolatría, la fe de Israel y experimentó la misericordia divina. Pedimos hoy especialmente la protección de la Virgen María para que con su intercesión nos conceda del Señor ser siempre valientes defensores de la fe.

En el evangelio de San Juan veíamos cómo el Señor desde la cruz nos la entregaba como Madre. A partir de aquel momento la madre del Redentor se convertía también en la Madre de los redimidos por la sangre de su Hijo. Que la Virgen María acompañe con cuidado maternal a estos dos jóvenes que hoy van a ser ordenados diáconos. Y que vuestra actitud y la de todos los que hoy os acompañamos sea siempre ante Dios como la de la humilde servidora del Señor, dócil a su Palabra para que siempre reconozcamos y proclamemos con gozo las maravillas de Dios.

 

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