icon-pdfDescarga la homilía en formato PDF

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
2005

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a contemplar el misterio inefable del amor divino manifestado en Cristo, cuyo corazón abierto en la cruz por la lanza del soldado romano fue la máxima prueba de su generosidad y la fuente de donde manaron los sacramentos de la Iglesia.

“En esto consiste el amor de Dios: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4,7-16)

En la oración propia de esta solemnidad nos hemos dirigido a Dios diciendo: “Dios Todopoderoso, al celebrar la solemnidad del Corazón de Jesús, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracias”.

Esta fiesta nos invita especialmente a recordar los beneficios que Dios nos ha otorgado por medio de Jesucristo su Hijo: por medio de la humanidad de Cristo. Hablar del Corazón de Jesús es hablar de la humanidad de Jesús en la que se manifiesta la plenitud de la divinidad.

En la Sagrada Escritura el “corazón” es el centro mismo de la persona. “Corazón” significa intimidad, afectividad, profundidad. El “corazón” es como el manantial del que brota la vida y los sentimientos más íntimos de la persona. En el corazón de Jesús podemos decir que Dios expresa sus sentimientos, su intimidad, Dios nos dice quien es, Dios nos habla al corazón. “A Dios nadie le ha visto jamás, pero el Hijo único que está en el seno del Padre, Él mismo nos lo ha contado” (Jn.1). No hay más camino para llegar a Dios que la humanidad de Cristo. No hay más camino para llegar a la intimidad de Dios que la intimidad de Cristo, es decir, el Corazón de Cristo., el Corazón de Jesús. Y, al Corazón de Jesús sólo se llega desde el corazón. Así nos lo pide el primer mandamiento de la Ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todas tu fuerzas, con todo tu corazón, con todo tu amor” .

La liturgia de hoy nos ilumina para entender cómo debe ser nuestra relación con el Señor y descubrir las actitudes que hacen posible esa relación.

1.- Nuestra relación con el Señor ha de tener , en primer lugar, un carácter personal. Nuestra relación con el Señor ha de ser una relación “de corazón a corazón”. Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre. Conoce nuestra vida entera: lo que somos y tenemos, nuestras luces y nuestras sombras, nuestros miedos y complejos, nuestra búsqueda de la verdad y nuestras dudas, nuestros deseos de amor, de verdad y de bien. La fe es el fruto de un encuentro personal y el seguimiento de Cristo brota de ese encuentro. La fe es un tu a tu con el Señor, que cambia la vida y nos hace criaturas nuevas. Por eso el seguimiento de Cristo puede adquirir modalidades muy diversas y puede ser fruto de carismas muy diversos. El Señor conoce lo que somos y nos quiere como somos y nos invita a seguirle de la manera más apropiada a nuestro modo de ser. Dios no cambia nuestro ser, no cambia nuestra naturaleza, sino que la ilumina, la transfigura y hace brotar de ella, con su divina gracia, todas sus potencialidades. Por eso en la Iglesia hay tantos carismas, tantos ministerios y carismas, todos ellos encaminados a la edificación del Cuerpo de Cristo.

2.- En segundo lugar nuestra relación con el Señor ha de tener un carácter de totalidad. Seguir a Jesús compromete la vida entera. No es algo parcial, algo que ocupa sólo un aspecto de la vida, algo ocasional o pasajero. Seguir a Jesús compromete la vida entera, en todas su dimensiones. Hay muchas expresiones de Jesús que indican el carácter radical que implica su seguimiento. Al joven rico, que quiere seguirle, le invita vender todo lo que tiene. En la parábola del mercader de perlas finas le sugiere que se desprenda de toda su mercancía para alcanzar la perla preciosa. Y a los apóstoles claramente les dice: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mi y por el evangelio la salvará. Pues de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida”.

La contemplación del amor de Dios siguiendo a Jesús, exige totalidad. Un corazón dividido, descentrado o perdido nunca llegará a vivir con plenitud la experiencia gozosa del amor de Dios.

3.- En tercer lugar la relación con el Señor tiene un carácter salvador. El seguimiento de Jesús es un seguimiento que salva y la contemplación del amor de Dios en la humanidad de Cristo, en su Corazón, es una contemplación que nos hace criaturas nuevas. Conocer a Cristo, en su intimidad, en su Corazón, lleno de misericordia, es un conocimiento que da sentido a la vida y la llena de esperanza y de luz. En el Corazón de Cristo el hombre descubre la verdad. En el Corazón de Cristo, en el amor de Dios manifestado en la humanidad de Cristo todo adquiere consistencia y sentido y todo se ilumina. En El Corazón traspasado de Cristo, en el misterio de la Cruz, la creación entera, herida por el pecado de Adán, vuelve a recobrar su verdadera belleza para retornar al Padre y alabarle eternamente.

Encontrase con Jesús y seguirle es alcanzar la salvación y reconocer que sólo en Él podremos descubrir la verdad de todas las cosas. Sin Cristo vamos a tientas. Sin Cristo todo es oscuro y confuso. En Cristo “hemos pasado delas tinieblas a la luz”. En Él y con Él salimos de la oscuridad y entramos en la luz. El encuentro con Cristo siempre es un encuentro salvador y hasta lo más pequeño y sencillo, lo aparentemente más insignificante se llena de significado.

En el ofertorio de la Misa, junto con el pan y el vino que se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre del Señor, hemos de poner toda nuestra vida, esa vida que está hecha de pequeñas cosas, pero que unida a la del Señor, por el don del Espíritu Santo, adquiere dimensiones de verdadera grandeza hasta el punto de convertirse también, junto a Cristo, en fuente de salvación para todos los que nos rodean. “La creación expectante está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”. Nuestra vida unida a la de Cristo nos convierte en verdaderos hijos de Dios que hacen presente en el mundo el amor de Dios y la salvación de Dios que la creación espera con tanto anhelo.

4.- En cuarto lugar nuestra unión con el amor de Dios en la humanidad de Cristo ha de tener un carácter de adoración. Los evangelios narran la Transfiguración del Señor en el contexto del seguimiento a Cristo, que camina hacia Jerusalén para ofrecerse al Padre en la Cruz. En ese Cristo transfigurado resplandece la divinidad. En la humanidad de Cristo que camina hacia la cruz para entregarse como cordero inmaculado, se nos revela el misterio de Dios. Por eso nuestro encuentro con el Corazón de Cristo es un encuentro de adoración. Y hemos de postrarnos ante Él para decirle. Señor mío y Dios mío. En la humanidad de Cristo, humanidad que se prolonga en la Iglesia haciéndose especialmente presente en los sacramentos, resplandece la luz de Dios. “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Pidamos a Dios ese corazón limpio para descubrir y adorar su divinidad en la humanidad de Cristo y en la humanidad de la Iglesia. Y ese encuentro con la divinidad de Cristo, con la luz de Cristo, nos convertirá en hijos de la luz y hará que en nuestra vidas resplandezcan amando de corazón a todos nuestros hermanos. “Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna ... quien dice que está en la luz y aborrece al hermano está aun en las tinieblas”

Pidamos a la Santísima Virgen, que tan cerca estuvo de su Hijo en la Cruz, que nos haga comprender la riqueza de amor que brota del Corazón de su Hijo y vivamos siempre de ese amor, para convertirnos también nosotros en fuente de salvación y amor para todos los hombres.

 

centenario3