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HOMILÍA DÉCIMO ANIVERSARIO DEL SEMINARIO
(Domingo V de Pascua)

“Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (I Ptr. 2,4 ss.)

Querido Sr. Rector y formadores del Seminario, queridos seminaristas, queridos sacerdotes, queridos amigos y hermanos, que en este quinto domingo de Pascua, estáis participando con gozo en esta solemne Eucaristía para conmemorar, con un corazón agradecido, el décimo aniversario de la fundación de nuestro Seminario. Es un día de gozo para nuestra diócesis, pero lo es también para toda la Iglesia por la entronización, como Pastor Supremo de la Iglesia de Su Santidad Benedicto XVI, celebrada esta mañana en la Basílica de S. Pedro. Pediremos con filial afecto por él en esta Misa para que el Señor le llene de su Espíritu de sabiduría y con fortaleza apostólica nos confirme a todos en la fe.

La palabras de la primera carta del apóstol Pedro, que hemos escuchado en la segunda lectura, nos animan, una vez más, a poner nuestra mirada en. Jesucristo nuestro Señor, muerto y resucitado, piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. En Él, todo tiene consistencia y nuestra vida se llena de luz.. Él ha querido contar con nosotros para que unidos a Él, como piedras vivas, entremos a formar parte en la construcción del Templo del Espíritu y, en esta porción de la Iglesia que es la diócesis de Getafe, seamos protagonistas directos y testigos privilegiados de las maravillas que el Señor ha querido realizar en nosotros.

El Señor, en su misericordia infinita, quiso elegir para guiar, como primer Obispo de la recién creada diócesis de Getafe, a una persona providencial.

D. Francisco José Pérez y Fernández Golfín, al que de una manera especial tenemos presente en este momento, tuvo en su mente desde los comienzos mismos de la diócesis, la creación del Seminario. Como maestro y formador de muchos sacerdotes, tanto en su etapa de director espiritual del Seminario, como más tarde como Párroco, Vicario episcopal y Obispo Auxiliar de Madrid, tuvo siempre la gran preocupación de formar sacerdotes santos, entregados en cuerpo y alma a su ministerio sacerdotal, que trasmitieran la alegría infinita de haber sido llamados por Dios para hacer presente entre los hombres a Jesucristo, Buen Pastor.

Al ser llamado por Dios para poner en marcha la diócesis de Getafe, su principal deseo fue la creación del Seminario. En Cubas de la Sagra, comenzaron los primeros pasos y felizmente, con la ayuda eficaz y generosa de D. Rafael Zornoza, nacía el Seminario de Getafe el año 1995, siendo inaugurado, en una ceremonia sencilla y entrañable, por el Nuncio de su Santidad, Mons. Mario Tagliaferri.

Han sido diez años muy fecundos; y aquí estáis ahora, para darle gracias a Dios gran parte de los sacerdotes que en él os habéis formado. Podemos decir que las palabras del Señor , que hemos escuchado en el evangelio, se han cumplido en la breve historia de nuestro seminario diocesano: “El que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”(Jn.14,12). El Seminario es una obra de Dios, fruto de la fe y la confianza en Él. Pero una obra, que está en sus comienzos y que, animados por esa fe, hemos de seguir construyendo, entre todos, con la ayuda de Dios. En el Seminario está el futuro de la diócesis y seguirá caminando y dando frutos si , entre todos, lo sacamos adelante, poniendo cada uno, según la misión que en la Iglesia ha recibido, la parte que le corresponda, y uniéndonos todos, siempre y en todo momento con la fuerza insustituible de la oración., en la que participan de forma intensa y misteriosamente eficaz nuestras monjas de clausura y una gran cadena de oración por el Seminario.

A los formadores del Seminario, con los que ahora convivo y a los que estoy profundamente agradecido, les pido que , como han hecho hasta este momento, muy unidos a su Obispo, sigan fielmente las orientaciones de la Iglesia . “El Seminario es, sobre todo, una comunidad educativa en camino: la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce (...) La identidad profunda del Seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión” (PDV.60) . Siguiendo estas orientaciones aparece con claridad la importancia de hacer del seminario una verdadera comunidad educativa que, en comunión con el Obispo, tenga un claro y único proyecto formativo para que los que caminan al sacerdocio conozcan y amen la inmensa riqueza de ministerios y carismas que el Señor ha derramado en esta Diócesis y se preparen para ser pastores , según que el corazón de Cristo, de todos aquellos que la Iglesia un día les confíe, acogiendo a todos con paternal afecto sin otra preferencia que la de los más pobres y desfavorecidos.

Tarea importantísima de todos es la pastoral vocacional. Es verdad que tenemos que darle muchas gracias a Dios porque, en estos años, no nos han faltado vocaciones y nuestro seminario figura entre los primeros de España en número de vocaciones. Pero, proporcionalmente a la cantidad de habitantes, el número de vocaciones sigue siendo insuficiente y es mucho lo que nos queda por hacer. Por el misterio de la Encarnación sabemos que Dios siempre actúa por mediación nuestra. Y es muy grande la responsabilidad que tenemos para que lleguen a buen término las vocaciones que el Señor sigue suscitando.

Sabemos muy bien que nuestra primera responsabilidad es vivir santamente nuestra vocación sacerdotal. Al lado de un sacerdote santo siempre surgen vocaciones. Y la santidad va siempre unido al gozo inmenso de una vida totalmente entregada al servicio de Dios y de los hermanos. Ser sacerdote hoy es algo apasionante. Nadie como el sacerdote puede acercarse, con la luz de la fe, a los abismos más profundos del corazón humano, participando en su alegrías y penas y siendo para todos cauce e instrumento privilegiado de la misericordia divina. Nadie como el sacerdote llega a alcanzar un grado de comunicación tan intenso con los hombres que le permita se compañero, amigo y padre de mucha gente hambrienta de Dios y deseosa de escuchar palabras verdaderas que ayuden a entender el significado más hondo de la realidad en la que vivimos inmersos. Y esta pasión y este gozo de la vida sacerdotal hemos de transmitirla a nuestros jóvenes, para que, a través nuestro, el Señor, si es su voluntad, les llame al ministerio sacerdotal.

Pero esto, siendo lo más importante, no basta. Para fomentar la pastoral vocacional, junto al atractivo de nuestro testimonio personal, los jóvenes han de sentir el atractivo de una Iglesia unida; han de sentir la belleza una Iglesia que transparenta en su forma de ser y en su misión evangelizadora, esa unidad que brota de las Tres divinas Personas y que por la gracia que nace de los sacramentos, especialmente del bautismo y de la Eucaristía, va dando frutos abundantes de comunión. Estos frutos hemos de verlos, en lo que se refiere al cuidado y fomento de las vocaciones, en la pastoral de juventud. Es fundamental una pastoral de juventud, sin ambigüedades, con una propuesta clara y valiente del misterio de Cristo y, como ha venido haciendo Juan Pablo II en todo su pontificado, fomentando la vida interior y ofreciendo a los jóvenes la vocación a la santidad como algo que, con la gracia de Dios, es posible alcanzar. El día a día de la pastoral de juventud hemos de hacerla en nuestras comunidades parroquiales y movimientos apostólicos, pero no es suficiente. Los jóvenes necesitan espacios más amplios y por ello hemos de ayudarnos mutuamente para poder ofrecer a los jóvenes signos eclesiales y encuentros comunitarios que hagan visible la rica realidad de nuestra Iglesia diocesana; y, junto al Papa, en las jornadas mundiales, poder experimentar con gozo la catolicidad de la Iglesia. Las fronteras entre las naciones y las culturas son cada vez más flexibles y los jóvenes han nacido ya en un mundo globalizado en el que la Iglesia ha de manifestar la universalidad del evangelio y su capacidad de ser fermento de las culturas , fuente de unidad y semilla de un mundo y de una humanidad nueva en donde resplandezca la dignidad del hombre.

En nuestra diócesis abundan los jóvenes y, por ello nuestra responsabilidad es aún mayor. El Señor nos está bendiciendo con muchos dones y nuestra respuesta ha de ser generosa. No escatimemos esfuerzos. Presentemos con toda su fuerza transformadora la palabra de Cristo, en el seno de una Iglesia diocesana unida y vigorosa, en la que todos los hombres de buena voluntad puedan reconocer la vitalidad de aquella primitiva comunidad cristiana de la que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles donde “los hermanos eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, en la vida en común , en la fracción del pan y en las oraciones y todo el ,mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén” (Hech.2,42-47)

Encomendemos nuestro Seminario y nuestra diócesis a la Virgen María.en este año de la Inmaculada y de la Eucaristía. Que ella, mujer eucarística, sea siempre nuestra maestra e intercesora.

“Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo;
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio sacerdotal
Oh Madre de los sacerdotes” AMEN. (PDV.82)

 

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