Homilías

Toma de posesion episcopal

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HOMILÍA TOMA DE POSESIÓN
19 de Diciembre de 2004

Excelentísimo Señor Cardenal, D. Antonio María Rouco
Muy queridos hermanos Arzobispos y Obispos
Excelentísima Sra. Presidenta de la Comunidad de Madrid
Estimadas y dignas autoridades
Muy queridos hermanos y amigos.

El apóstol S.Pablo en el comienzo de la carta a los romanos, que acabamos de leer, se presenta diciendo quien es y cual es su misión: “Pablo. siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el evangelio de Dios. (Rom.1,1).

En el momento en que por voluntad del Santo Padre, Juan Pablo II, asumo, de forma plena, la responsabilidad de ser Obispo y Pastor de esta Diócesis de Getafe, le doy gracias a Dios por la gran misericordia que siempre ha tenido conmigo y le pido que, siguiendo el ejemplo del apóstol Pablo, mi presencia entre vosotros sea siempre la de un siervo de Cristo, llamado a ser apóstol para anunciar el Evangelio de Dios.

Reconocerme como “siervo de Cristo” significa afirmar que Cristo es el único Señor de mi vida: que Él es mi luz, mi esperanza, mi fuerza, mi vida; que El es mi Redentor, que me ha liberado del abismo del pecado y continuamente me salva por el don del Espíritu Santo; y en su Iglesia Santa, fortalecido y alimentado por la Palabra de Dios y los sacramentos, me conduce hacia el Padre, en quien encontraré la plenitud de la vida y del amor. Esta es la fe que recibí de mi padre y de mi madre, Joaquín e Isabel, en el seno de una familia feliz y ejemplar, a los que ahora recuerdo con profunda gratitud; y que da sentido a toda mi vida y me llena, en toda circunstancia, de paz y de esperanza.

Reconocerme como “llamado a ser apóstol para anunciar el evangelio de Dios”, significa tener el firme convencimiento de que si estoy aquí, entre vosotros, como Obispo, sucesor de los apóstoles, no es por propia iniciativa, sino porque Él lo ha querido. Estoy aquí porque , a través de la Iglesia, Él me ha llamado y me ha enriquecido con la gracia del Espíritu Santo, para que anuncie el evangelio de Dios. Y estoy seguro de que Él, que conoce mi debilidad, me dará la fuerza y la sabiduría necesarias par cumplir la misión que me ha confiado. Por eso puedo decir con toda confianza, con palabras del apóstol Pablo: “Doy gracias a Aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio(...) Y si encontré misericordia fue para que en íi primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en Él para obtener la vida eterna”(1Tim.1,12.16)

A través de los obispos, en comunión con el Santo Padre, sucesores de los apóstoles y de los presbíteros, su colaboradores, el Señor Jesucristo continua estando presente entre los creyentes. En todo tiempo y lugar, a través de ellos, Él predica la Palabra de Dios a todos las gentes, administra los sacramentos de la fe a los creyentes y dirige al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la bienaventuranza eterna.

Realmente la participación del Obispo en la vida y misión de Cristo, Buen Pastor, que no abandona a los suyos, sino que los custodia y protege, supone una participación en el misterio trinitario. La vida de Cristo es trinitaria. Él es el Hijo eterno y unigénito del Padre y el ungido por el Espíritu Santo, enviado al mundo. Esta dimensión trinitaria, que se manifiesta en el modo de ser y obrar de Cristo, configura también el ser y el obrar del Obispo. Y quiero, deseo y pido al Señor que sea siempre así en el ministerio pastoral que hoy inauguro.

El Obispo como imagen del Padre, debe cuidar con amor paternal al Pueblo Santo de Dios y conducirlo, junto con los presbíteros y diáconos, por la vía de la salvación.

El Obispo , actuando en la persona y en el nombre de Cristo mismo se convierte para al Iglesia a él confiada en signo vivo del Señor, Pastor, Esposo y Maestro de la Iglesia .

Y el Obispo por la unción del Espíritu Santo queda configurado con Cristo y capacitado para continuar su ministerio vivo a favor de la Iglesia.(cf. Ritual Ordenación del Obispo)

De esta manera, por el carácter trinitario de su ser, cada Obispo se compromete en su ministerio, y así quiero hacerlo, con la ayuda de Dios, en esta diócesis, a velar con amor por aquellos que la Iglesia le confía y guiarlos en el nombre del Padre, cuya imagen hace presente; en el nombre de Jesucristo, su Hijo, por el cual ha sido constituido maestro, sacerdote y pastor; y en el nombre del Espíritu Santo que vivifica la Iglesia y con su fuerza sustenta la debilidad humana. (cf.P.G. n.7)

Estos rasgos que configuran la identidad del Obispo, los hemos visto claramente reflejados en el primer Obispo de Getafe, nuestro querido D. Francisco José Pérez y Fernández Golfín. La Diócesis de Getafe tiene que dar continuamente gracias al Señor por el Obispo que ha tenido, desde su fundación , en estos últimos trece años. Su paso ha dejado, entre nosotros, un rastro de bondad. Podemos decir que él fue para todos, signo y sacramento de Jesucristo Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Ha sido para nosotros hermano, amigo, padre y maestro, dándonos seguridad y confianza para afrontar los problemas; y siendo instrumento providencial del Espíritu para consolidar en la diócesis lazos muy fuertes de comunión y ardor apostólico.

Podemos decir que Dios nos hizo un gran regalo con su vida y su palabra; y que la diócesis de Getafe ha encontrado en su ministerio episcopal unos fundamentos y unos frutos que nosotros ahora, con la ayuda de Dios, hemos de continuar.

Siguiendo este camino, tan sabiamente iniciado, os convoco a todos a la gran misión de seguir ofreciendo a los hombres de nuestro tiempo con humildad, pero con mucha claridad y firmeza, el bien más grande que ninguna otra institución puede darles: la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda y de una verdadera comunión de amor entre los hombres; la certeza de que Jesucristo es el Señor: en Él y en ningún otro podemos salvarnos (Cf. Hech 4,12).

Creemos y por eso lo proclamamos que la fuente de la esperanza para el mundo entero es Cristo; y la Iglesia es el canal, a través del cual, pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del corazón traspasado del Redentor (cf. Igl. Eur. 18). En Cristo y con Él podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la diversidad puede transformarse en riqueza, la fuerza del reino de Dios ya está actuando en la historia y contribuye a la edificación de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos de la humanidad, los pobres son evangelizados, el dolor puede hacerse salvífico y lo creado participará en la gloria de los hijos de Dios.(cf. Igl.Eur. 18). En Cristo, nuevo Adán, primogénito de la humanidad redimida, el hombre alcanza su grado más alto de dignidad, el valor de la vida humana es respetado y los derechos humanos encuentran su fundamento.

Y en el centro de la evangelización, como fuente y cumbre de la vida cristiana: la Eucaristía. Hemos de vivir de la Eucaristía. La Eucaristía ha de ser el centro de nuestra vida y el centro y alimento de la vida de nuestra diócesis. En la Eucaristía somos todos uno en el Señor, estemos donde estemos. Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo nuestra Pascua fue inmolado (cf. 1Cor.5,7) se realiza la obra de nuestra redención.

El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes que forman un solo cuerpo en Cristo. Y así, al unirse a Cristo, la Iglesia entera y nuestra diócesis en particular, se convierte en la obra de Cristo, en la luz del mundo y en la sal de la tierra para la redención de todos. (cf. E.de E.. n.22).

En esta inmensa tarea de la evangelización, vosotros queridos presbíteros, sois los primeros colaboradores del Obispo. Doy gracias a Dios por el presbiterio de esta diócesis. Con vosotros he vivido momentos muy intensos de encuentro con el Señor. A vosotros he acudido muchas veces para pediros consejo y para pediros, como penitente, el sacramento de la reconciliación. En vosotros he encontrado ejemplos admirables de caridad pastoral. Y, ahora, con vosotros, apoyándome en vosotros y confiando en vosotros, espero llevar adelante la misión que me ha sido encomendada. Los presbíteros estáis llamados a prolongar, junto con el ministerio episcopal, la presencia de Cristo, único y supremo pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del pueblo que os ha sido confiado, sois en la Iglesia y para la Iglesia representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor y habéis sido llamados por el Señor para proclamar con autoridad su Palabra y para renovar sus gestos de perdón y de ofrecimiento de salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía.

Preparándoos para el sacerdocio estáis vosotros queridos seminaristas. Todos los días presento en mi oración al Señor la urgente necesidad que nuestra Iglesia particular de Getafe tiene de encontrar jóvenes como vosotros, generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo entre los hombres. Él ha hecho resonar en vosotros la llamada para dejarlo todo y seguirle (Mt. 4,19,20); para estar con Él y para ser enviados a predicar (Mc.3,14); a la espera de la imposición de manos del Obispo, que hará de vosotros sus sacerdotes, su signo personal en un mundo que con urgencia necesita ver huellas claras del evangelio. Vuestra comunidad cristiana es ahora el Seminario: una comunidad educativa en camino; la comunidad que, promovida por el Obispo, os ofrece, a los que sois llamados por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor, Buen Pastor, dedicó a los Doce Apóstoles. “La identidad profunda del seminario es ser una continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús en la escucha de su Palabra, en camino hacia la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión” (PDV.60). Doy gracias a Dios por nuestro Seminario de Getafe, por vosotros seminaristas y por vuestro rector y formadores que con entrega ejemplar se desviven por vosotros.

Con especial afecto quiero ahora, también, dirigirme a vosotros, hombres y mujeres de nuestra diócesis consagrados al Señor con los votos de pobreza, castidad y obediencia. Vivid plenamente vuestra entrega a Dios para que no falte a este mundo un rayo de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia humana. Los cristianos, inmersos en las ocupaciones y preocupaciones de este mundo, pero llamados también a la santidad, tienen necesidad de encontrar en vosotros corazones purificados que “ven” a Dios en la fe, personas dóciles a la acción del Espíritu y obedientes a la Iglesia y al magisterio de sus pastores, que caminan libremente en la fidelidad al carisma de la llamada y de la misión.

Personas consagradas de nuestra diócesis de Getafe: vivid la fidelidad a vuestro compromiso edificándoos mutuamente y ayudándoos unos a otros . Tenéis la tarea de invitar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a mirar a lo alto, a no dejarse arrollar por las cosas de cada día, sino a ser atraídos por Dios y por el evangelio de su Hijo. Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, al carisma de vuestro fundadores y a los hombres de nuestro tiempo. (cf. VC 109)

Con particular cariño y gratitud, tengo muy presentes, en este momento, a nuestras queridas monjas de clausura, que en los trece monasterios de nuestra Diócesis, se unen espiritualmente a nuestra celebración. Continuamente me siento fortalecido y animado en el ministerio apostólico con el poder misterioso, pero auténticamente real, de su oración y de la entrega de sus vidas como ofrenda agradable a Dios. A ellas quiero expresarles la gran estima que la comunidad diocesana siente hacia este género de vida que es para todos nosotros un “signo de la unión exclusiva de la Iglesia -Esposa con su Señor, profundamente amado” (VC 59)

Nuestra vida y ministerio como sacerdotes o consagrados no tendría ningún sentido si no fuera pensando en la misión de la Iglesia, en su conjunto, en la que vosotros, fieles laicos, llamados a la santidad con vuestra vocación específica e insustituible, ocupáis un lugar esencial. Los fieles laicos sois llamados por Dios para contribuir, desde dentro de las realidades temporales, a modo de fermento, a la santificación del mundo, mediante el ejercicio de las propias tareas, guiados por el espíritu evangélico y, así, manifestar a Cristo ante los demás en vuestras ocupaciones diarias y en la vida pública principalmente con el testimonio de vuestra vida y con el fulgor de vuestra fe, de vuestra esperanza y de vuestra caridad. De este modo el ser y el actuar en el mundo se convierte para vosotros en el lugar para encontraros con Dios y para mostrar a los hombre su presencia. (cf. Ch L n.15)

De, entre los diversos ámbitos en los que los fieles laicos han de santificarse quiero referirme, por su especial urgencia, al ámbito de la familia y al ámbito de la juventud.

El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia. La familia, fundada en la unión indisoluble y abierta a la vida entre un hombre y una mujer, tiene la misión maravillosa e insustituible de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo el Señor por la Iglesia su esposa.

A los que formáis parte de la comunidad diocesana, os invito en este día a colaborar con todos los hombres de buena voluntad que viven su responsabilidad al servicio de la familia con fidelidad a los valores del evangelio y del hombre. El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Es indispensable y urgente que todos nos esforcemos por salvar y promover los valores y las exigencias de la verdadera familia; y no permitir que se desvirtúe y se disuelva la institución familiar dando el nombre de familia a otras realidades que nada tienen que ver con ella.

Y junto al matrimonio y la familia otra gran tarea nos espera. Es el mundo de los jóvenes: la evangelización de los jóvenes. Y en esta gran misión los primeros y principales protagonistas sois vosotros, los propios jóvenes. Vosotros jóvenes cristianos de la Diócesis de Getafe, con los que he compartido momentos inolvidables, como el de la peregrinación de este verano a Santiago de Compostela, vosotros queridos jóvenes, no sois solamente objeto de la solicitud pastoral de la Iglesia, sino también sujetos activos y artífices de la evangelización de los jóvenes en nuestra diócesis. Y sólo hay un camino para hacer partícipes a otros jóvenes del don precioso de la fe y del conocimiento de Cristo. Ese camino es el de la santidad.

Me preguntaréis ¿cómo podemos llegar a ser santos si encontramos tantos obstáculos en nuestro camino? ¿cómo podemos ser honestos si a nuestro alrededor hay tanta mentira, tanta inmoralidad y tanta corrupción? ¿cómo podemos hacernos santos si vivimos en un mundo que no valora el verdadero amor, ni aprecia la belleza del amor casto?. Tenéis razón, hay muchos obstáculos. Es verdad que el camino hacia la santidad es un viaje , en ocasiones difícil, que implica una lucha interior contra el egoísmo y el pecado. Pero en ese viaje no estáis solos. Jesucristo y la Iglesia os acompañan. Y sabéis, porque ya lo habéis vivido muchas veces, que la gracia de Dios hace maravillas; y que cuando uno ha experimentado en su propia vida la belleza del evangelio y de la vida cristiana, la alegría de la fraternidad y la certeza de sentirse amados por Dios, nada ni nadie podrá deteneros en la carrera hacia la santidad y en el deseo de comunicar a vuestros amigos jóvenes el gozo inigualable del conocimiento de Cristo. Queridos jóvenes confío en vosotros y en la fuerza de la gracia. Una inmensa multitud de jóvenes de nuestra diócesis, como ovejas sin pastor, está esperando vuestro testimonio y está deseando, quizás sin saberlo, que les abráis una puerta para el encuentro con Aquel que dará sentido y consistencia a sus vidas. “La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes y los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia. Este recíproco diálogo, que se ha de llevar a cabo con gran cordialidad, claridad y valentía, favorecerá el encuentro y el intercambio entre generaciones, y será fuente de riqueza y de juventud para la Iglesia y la sociedad” (ChL46)

Comienzo esta nueva etapa de la diócesis con mucha esperanza y pongo en manos de la Virgen María, Madre de la Esperanza y Reina de los Ángeles el futuro de nuestra diócesis. A ella quiero hoy consagrar mi vida y la vida de todos los que formamos la comunidad diocesana, en este año de la Eucaristía dedicado también a la Inmaculada:

María, Madre de la esperanza,
¡camina con nosotros!
María, Reina de los Ángeles,
Patrona de la Diócesis de Getafe,
cuya imagen bendita nos acompaña en esta celebración,
enséñanos a proclamar al Dios vivo.
Ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador;
Haznos serviciales con el prójimo,
acogedores de los pobres, de los enfermos
y de los que viven en soledad.
Haznos artífices de justicia,
y constructores apasionados
de un mundo más justo.
Vela por la Iglesia en esta diócesis de Getafe:
que sea transparencia del evangelio;
que sea auténtico lugar de comunión ;
que viva la misión de anunciar, celebrar y servir
el Evangelio de la esperanza
para la paz y la alegría de todos. Amen ( cf. Ig.en Eur.125)

Profesion de Sor Isabel de la Inmaculada

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HOMILÍA PROFESION DE SOR ISABEL DE LA INMACULADA
(18 de Diciembre de 2004)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes.
Querida comunidad de hermanas clarisas
Queridos amigos y hermanos
Y muy especialmente querida Sor Isabel y queridos padres y familia de Sor Isabel

Es este un día que nos llena a todos de mucha emoción y alegría. Vamos a ser testigos, en esta celebración, de la entrega plena al Señor de nuestra hermana Sor Isabel. Cuando yo le pregunte dentro de un momento: “¿Qué pides a Dios y a su Santa Iglesia?”. Ella me va a responder: “Pido humildemente ser admitida a la Profesión en esta familia de Hermanas Pobres de Santa Clara, para seguir con fidelidad, hasta la muerte, a Cristo pobre y crucificado, y entregar mi vida en alabanza de Dios para bien de la Iglesia y la salvación del mundo.”

Sor Isabel, por una gracia especial del Señor, ha sentido en su corazón el deseo de entregarse totalmente al Señor. “Dichoso aquel – decía Santa Clara - que le es dado alimentarse en el banquete sagrado y unirse en lo más íntimo de su corazón a Aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente”. (Santa Clara a la Beata Inés de Praga)

Sor Isabel ha escuchado en el silencio de su corazón, como dirigidas personalmente a ella, las palabras del salmo: “Escucha hija mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante Él, que Él es tu Señor”. Y ella, lo mismo que la Virgen María cuando escuchó las palabras del ángel, ha respondido: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra” El Señor le ha dicho con las palabras del Cantar de los Cantares, que acabamos de escuchar: “Levántate amada mía, hermosa mía, ven a mí ”. Y ella ha respondido “Mi amado es para mí y yo soy para mi amado, ponme como sello sobre tu corazón (...) porque el amor es más fuerte que la muerte...” (Cant. 2,8-10 ss.)

Una vocación como la de Sor Isabel es imposible de entender en un clima cultural, como el que desgraciadamente nos domina, en el que el valor supremo es el bienestar material, a costa de lo que sea; en el que el amor se ha desvirtuado de tal manera que se ha convertido en pura emotividad, egoísta y sin control, a merced de los sentimientos y de las pasiones, sin entrega, sin donación, sin sacrificio, sin constancia, sin Dios; y la libertad, en lugar de ser esa cualidad maravillosa del ser humano que, fundamentándose en la verdad, le anima y guía para orientar la vida hacia los bienes que le hacen feliz y en especial hacia el Bien Supremo que es Dios, se ha deteriorado hasta el punto de convertirse en un dejarse llevar irresponsablemente por el capricho o por la comodidad.

Para quien cree que la felicidad sólo consiste en la posesión egoísta de bienes materiales la vocación de Sor Isabel es una locura.

Sin embargo para quien vive en la fe, para quien ha conocido a Jesucristo y ha descubierto en Él la perla preciosa, esta vocación es verdaderamente admirable y sólo accesible, por una gracia especial, para aquellos a quienes Dios quiere llamar. Es una vocación de total entrega a Dios, sin las mediaciones humanas, de tipo familiar o social, ordinarias y habituales. Es una vocación que se convierte en un signo del amor absoluto de Dios, ayudando y mostrando a la Iglesia entera, llamada también a la santidad, a descubrir cual es su meta. “La comunidades de clausura – nos dice el Papa – puestas como ciudades sobre el monte y luces en el candelero (cf. Mt 5,14,15), a pesar de la sencillez de vida, prefiguran visiblemente la meta hacia la cual camina la entera comunidad eclesial que, entregada a la acción y dada a la contemplación, se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo, cuando la Iglesia se manifieste gloriosa con su Esposo y Cristo entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad para que Dios sea todo en todo”(VC 59 c)

La vida de las monjas de clausura es un gran don para la Iglesia. Su modo de vivir nos esta recordando a todos los cristianos, muchas veces enredados y agobiados por las ocupaciones diarias y por la seducción de las cosas terrenas, que nuestra vocación es la santidad y que sólo en Dios encuentra el hombre la verdadera alegría y la paz del corazón.

Nos cuenta el Evangelio que en cierta ocasión Jesús acudió a Betania y se hospedó en casa de Marta y de María. María estaba absorta, a los pies de Jesús, escuchando su Palabra. Marta estaba ocupada en las cosas de la casa. Y cuando Marta, nerviosa y agobiada por sus muchas tareas, se queja por la aparente inactividad de María, el Señor le dice: “Marta, Marta, estás nerviosa e inquieta por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la va a arrebatar.” Podemos decir hoy que Sor Isabel ha elegido la mejor parte: ha elegido estar con el Señor y en el silencio del claustro escuchar su palabra, como esposa escogida por ÉL; y nada ni nadie le arrebatará este privilegio.

Dentro de un momento, Sor Isabel, después de pedir a Dios, por medio de Jesucristo, el don del Espíritu Santo y en unión de la Santísima Virgen y de todos los santos, va a prometer y a hacer voto solemne a Dios Omnipotente de vivir por todo el tiempo de su vida en castidad, pobreza y obediencia.

Hacer voto de castidad significa testimoniar ante el mundo “la fuerza del amor de Dios en la fragilidad de la condición humana. La persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen que es imposible es posible y verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús (...) En Cristo es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor, y amar así con la libertad de Dios a todas la criaturas” (VC.88)

El voto de pobreza consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano. Frente a la idolatría del dinero que encadena hoy el corazón de mucha gente, la pobreza evangélica aparece ante nosotros como un verdadero gesto profético en una sociedad que corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de las cosas. La pobreza que S. Francisco y Santa Clara vivieron y que sus hijas siguen haciendo presente entre nosotros, es un testimonio evangélico de abnegación y sobriedad. Es un estilo de vida lleno de sencillez, belleza y hospitalidad, convirtiéndose en un ejemplo vivo para todos lo que, dominados por el egoísmo y el afán de acumular riquezas, permanecen indiferentes ante las necesidades del prójimo. (cf. VC. 90)

Y finalmente el voto de obediencia hace presente de un modo particularmente vivo la obediencia de Cristo al Padre y testimonia que no hay contradicción entre obediencia y libertad. Porque la verdadera libertad consiste en orientar nuestra vida de una manera decidida y responsable hacia su plenitud y felicidad. Y esa plenitud sólo Dios la conoce y, por tanto, sólo la alcanzaremos haciendo su voluntad. La actitud de Jesucristo, Hijo de Dios, desvela el misterio de la libertad humana como camino de obediencia a la voluntad de Padre y el misterio de la obediencia como camino para lograr progresivamente la verdadera libertad. (cf. VC 91). Este testimonio de obediencia en la vida religiosa y, en particular en nuestras hermanas clarisas, tiene una importante dimensión comunitaria. La vida fraterna es el lugar privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntas en unión de espíritu y de corazón, reconociendo en la priora la expresión de la paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida de Él al servicio del discernimiento y de la comunión” (VC. 92 a)

Damos gracias a Dios por la llamada especial que el Señor hace hoy a Sor Isabel y por su generosidad en la respuesta; y damos gracias también por sus padres y su familia que ofrecen al Señor el sacrificio de entregar a su hija para su servicio y alabanza. Tened la seguridad de que Dios os recompensará con el ciento por uno, participando con ella en su felicidad y en la alegría de darse por entero al Señor.

Todos nos alegramos y damos gracias a Dios porque el carisma de Santa Clara sigue vivo en nuestra diócesis, en este querido convento de Valdemoro.

El mensaje de Santa Clara sigue estando hoy muy vivo entre nosotros. Santa Clara nos invita a dejar que Dios llene totalmente nuestras vidas: que Jesucristo, en quien se ha manifestado la gloria y el amor divino, sea el centro de nuestra existencia; que Él lo llene todo, para poder encontrar en Él todo lo que el corazón humano desea, y se convierta Cristo para nosotros en fuente de alegría incesante.

Nos encomendamos especialmente a la Virgen María, en este tiempo de esperanza, que es el Adviento. Que como la Virgen María, esperando en estos días el nacimiento de su Hijo, estemos también nosotros esperando la venida del Señor para que, como dice la liturgia de este tiempo “cuando el Señor venga y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza”. AMEN

 

Santa Maravillas de Jesus

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HOMILIA – SANTA MARAVILLAS DE JESÚS
11 de Diciembre de 2004

Con verdadero gozo celebramos, un año más la fiesta de Santa Maravillas de Jesús. Todos los santos son universales. Son un regalo de Dios a la Iglesia. Ellos manifiestan en su vida el poder de la gracia. Sendo dóciles a la acción del Espíritu Santo fecundan a la Iglesia con vitalidad nueva y se convierten para nosotros en una prueba del amor de Dios.

Pero siendo universal, para toda la Iglesia y para todos los hombres, la santidad y el ejemplo de la Madre Maravillas, podemos decir que en nuestra diócesis de Getafe y en este Carmelo de la Aldehuela, donde veneramos sus reliquias, sentimos a la Madre Maravillas como un santa muy nuestra, muy de casa. Una santa a la que podemos acudir, pidiendo su intercesión con mucha confianza y de la que tenemos que aprender muchas cosas. Nuestra diócesis, siguiendo el camino tan sabiamente iniciado por su primer Obispo D. Francisco, se prepara para iniciar en este tiempo de Adviento, que es tiempo de esperanza, una nueva etapa. Y la Madre Maravillas tiene mucho que decirnos.

Dios siempre suscita en cada época los santos que esa época necesita. Nuestra época es apasionante pero difícil. Vemos cómo, de una manera o de otra, la sociedad o mejor dicho la cultura que pretende dominar y avasallar esta sociedad, trata por todos los medios de alejar a los hombres de Dios. En los medios públicos de comunicación, en las costumbres, en las modas, en las fiestas y en las leyes se quiere dar la impresión de que Dios no existe o si existe no tiene nada que decirnos. El Dios verdadero está siendo sustituido por ídolos falsos: especialmente el ídolo del poder, el ídolo de un bienestar material, vacío de valores espirituales y, sobre todo, el ídolo del dinero intentan acaparar y dominar el corazón de los hombres. El Santo Padre, refiriéndose no sólo a nuestro país sino a toda Europa entera nos dice: “La época que nos ha tocado vivir, con sus propios retos resulta, en cierto modo desconcertante. Muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo (...) Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; y en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente(...)” (IE. n..7.)

Pues bien, en un ambiente así aparece ante nosotros la figura de Santa Maravillas de Jesús. Los santos son, nos dirá también el Papa, la prueba viva del cumplimiento de la promesa de Jesús: “El que crea en mi, hará él también las obras que yo hago y aun mayores” (Jn 14,12). Santa Maravillas viviendo en Dios y sólo para Dios, buscando con todo el corazón y con todas sus fuerzas hacer su voluntad, es una prueba viva del poder de la gracia. Ella nos dice con sus obras que cuando Dios llena nuestra vida es tal la alegría que sentimos, como en la parábola de la perla preciosa, que todo lo demás se oscurece. “·Quién a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”

Dios quiso dotar a Santa Maravillas de unas extraordinarias cualidades humanas de inteligencia, capacidad de relación con todo tipo de personas, alegría, decisión, sentido práctico y bondad. Dios quiso que tuviera una educación esmerada en el seno de una familia profundamente católica. Y la Madre Maravillas supo responder a esas gracias extraordinarias, desde muy niña, con una entrega incondicional al Señor.

Cuando la naturaleza humana colabora con la gracia divina, el resultado es la santidad. En la escuela de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, Dios fue purificando a la Madre Maravillas para irla configurando cada vez más con Jesucristo, en el misterio de la cruz, y hacerla capaz de realizar todas las obras y fundaciones que, que por su medio el Señor quiso realizar; y para asumir, con verdadera docilidad, las enseñanzas del Vaticano II, entendiendo muy bien, por una iluminación especial del Espíritu, lo que era la verdadera renovación que el Concilio pedía y lo que sólo eran falsas reformas que desfiguraban en su esencia mas profunda el verdadero espíritu carmelitano.

La comunidades contemplativas son como una antorcha de luz en medio de la Iglesia y en medio del mundo. Ellas nos evangelizan recordándonos la primacía de Dios por encima de cualquier realidad humana. “Procure no querer ni desear más amor que el suyo, y verá que bien le va siempre. Todo lo que no es Dios es nada en absoluto. Déjele que Él la lleve por donde Él quiera, sin tristezas ni preocupaciones” (C.5034). Las almas contemplativas nos dicen con su testimonio que sólo en Dios, por medio de Jesucristo que es su Palabra, en el seno de la Santa Madre Iglesia, donde permanece permanentemente entre nosotros, vivo y resucitado, la vida del hombre adquiere consistencia y sentido, recupera la esperanza y es capaz de amor a los hermanos hasta dar la vida por ellos.

“Los Institutos dedicados por entero a la contemplación, cuyos miembros se dedican sólo a Dios en la soledad y en el silencio, en la oración asidua y en la generosa penitencia (...) siguen siempre ocupando un lugar preclaro en el Cuerpo Místico de Cristo, en el que todos los miembros no tienen la misma función. Pues ellos ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos ubérrimos de santidad, lo arrastran con su ejemplo y lo dilatan con una misteriosa fecundidad apostólica” (PC 7)

La vida de santa Maravillas es un prueba clara de esta fecundidad apostólica de la vida contemplativa.

Cuando se conoce la vida de la Madre Maravillas sorprende su capacidad de vivir con espíritu universal su vocación contemplativa. Realmente ella nos muestra que el verdadero espíritu contemplativo no aleja de los problemas de los hombres sino que lo que produce es un modo de presencia entre ellos mucho más hondo, intenso y universal. Para un alma contemplativa nada de lo que sucede en la humanidad y en la Iglesia le resulta ajeno. Se produce una identificación con los sentimientos de Cristo que , como nos dice el evangelio, cuando veía aquellas multitudes hambrientas de pan y hambrientas de la Palabra de Dios, sentía compasión de ellas porque estaban como ovejas son pastor.

La Madre Maravillas amaba mucha a la Iglesia y sentía como propios los problemas que la Iglesia vivía, con espíritu misionero. Lo que le animaba en sus fundaciones era su deseo evangelizador: que hubiera en muchas lugares comunidades que hicieran visible para todos la presencia de Dios y que tuvieran como Madre e intercesora a la Virgen María. Este espíritu misionero será el que la anime a fundar también en la India.

Su espíritu de caridad se desborda especialmente en sus hijas carmelitas y de una manera muy particular en las nuevas aspirantes y novicias. Será una gran pedagoga y formadora. Supo combinar con verdadera inteligencia y fortaleza por un lado las exigencias de una entrega a Dios plena y total, indicándoles con fortaleza y sin rodeos el camino de abnegación, de desprendimiento, de renuncia y de total donación de si mismas y por otra la delicadeza en el modo de relacionarse con cada una, lleno siempre de comprensión, solicitud y atención a las diversas circunstancias y al modo de ser de cada una, sabiendo, con espíritu sobrenatural, reprender, animar, infundir aliento y alegría y sinceros deseos de corresponder al Señor, que las había llamado para que fueran totalmente para sí.

Pero la Madre Maravillas no se olvida de las necesidades de sus hermanos de afuera. No hay preocupación material o espiritual que llegue a sus oídos que no procure atender. Por algo decía a sus hijas: “Hermanas, quisiéramos abarcar el mundo entero, pero como esto no es posible, que no quede sin atender nada de lo que pase a nuestro lado”.

En este momento tan especial de nuestra Diócesis, nos encomendamos a la Virgen María, en este año de la Inmaculada, a la que Santa Maravillas amó tan tiernamente para que nos ampare, proteja y nos haga dóciles a las enseñanzas de su Hijo Jesucristo; y pedimos también la intercesión de la Santa para que el Señor infunda en nosotros un verdadero espíritu de oración, junto con una caridad, sin límites, que nos haga cercanos a todas las necesidades de los hombres. AMEN

Funeral por las victimas del once de marzo

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FUNERAL POR LAS VÍCTIMAS DEL ONCE DE MARZO
Leganés – 25 de Marzo de 2004

Todos estamos profundamente conmovidos. Estamos viviendo, junto a los familiares y amigos de las víctimas, días de dolor y de sufrimiento inmenso, compartidos por muchas personas de bien de dentro y fuera de España. Después de lo que hemos llorado, ha llegado el momento - y así lo hacemos en la acción litúrgica de esta tarde - de la oración serena, confiada y esperanzada.

Debemos orar, antes que nada, por los que han fallecido, víctimas del cruel atentado del pasado once de Marzo. Creemos en la palabra del Señor que nos dice: “Este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria” (Jn.17,24). Creemos que los que han muerto están en los brazos del Dios de la vida y por eso nuestra oración llena de dolor es también una oración llena de esperanza pidiendo por ellos para que sean acogidos en la gloria el Reino futuro, en el que, como dice el libro del Apocalipsis “ ya no habrá ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, sino felicidad y alegría sin fin”

Pedimos también por los heridos para que pronto puedan recuperar la salud y restablecerse; y, para que sientan, en medio de sus tribulaciones y sufrimientos el afecto cálido y cercano de los suyos y de todos los que hoy nos congregamos aquí.

Y, por supuesto, oramos, con especial intensidad, por los familiares de las víctimas, especialmente, los que viven en esta ciudad de Leganés. Necesitan ser confortadas con nuestro cariño y afecto, pero, sobre todo, con el consuelo y aliento que vienen de Dios. Un consuelo que acreciente su esperanza y les haga fuertes para seguir caminando en la vida, asumiendo nuevamente sus tareas cotidianas, cuidando a los suyos y mirando el futuro con fortaleza.

En nuestras plegarias no podemos tampoco olvidar a todos los que han colaborado prestando los primeros auxilios a los heridos y a las familias de las víctimas: las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, funcionarios y personal sanitario que han sido ejemplares en su dedicación y entrega personal, humana y cristiana, así como a los innumerables voluntarios de todo tipo de procedencia y a tantos y tantos ciudadanos anónimos que han demostrado con actitudes, en muchos casos heroicas , que el amor es mas fuerte que el odio y que la muerte. La perversidad cruel de unos asesinos sin entrañas nunca podrá oscurecer el caudal inmenso de bondad que existe en la inmensa mayoría de los seres humanos y nunca destruirán nuestra confianza en la dignidad de la persona humana y en los valores que sustentan una convivencia en paz. Pedimos al Señor que nos muestre a todos su Rostro lleno de bondad y nos anime a ser testigos de la Buena Noticia del amor misericordioso de Dios.

Y, finalmente, debemos orar por Madrid, por España y por esta ciudad de Leganés: para que vuelva a encontrarse con sus raíces cristianas, para que la paz y la unidad solidaria de todos y el bienestar material y espiritual de sus hijos ilumine su futuro y crezca la concordia. Pedimos por las más altas autoridades del Estado, actuales y futuras, por las autoridades locales de Leganés, y por todos los que ejercen cualquier forma de autoridad en la Iglesia y en la sociedad civil, para que el Señor les conceda prudencia clarividente, fortaleza y espíritu de servicio en el noble empeño de superar y erradicar el terrorismo en España y asegurar, de este modo, la pacífica y libre convivencia de todos los españoles.

Y, junto con nuestra oración serena, queremos, en esta tarde, proclamar con firmeza nuestra fe en el Dios de la vida, el Dios cercano a los hombres, precisamente en este día en que la Iglesia celebra la solemnidad de la Encarnación del Señor. Si. Creemos y proclamamos que en Jesucristo, Dios se ha hecho hombre y, a partir de ese momento, no hay nada humano, incluso el sufrimiento, que sea ajeno al misterio de Dios. Queremos proclamar nuestra fe en Aquel, que en la cruz, hizo suyos, todos los sufrimientos de la humanidad, también los sufrimientos que hemos vivido en los últimos días, y muriendo, por nosotros, destruyó la raíz de todos los males, que es el pecado y la muerte, y nos dio la posibilidad de vivir, ya desde ahora, la vida eterna, es decir, la plenitud de lo humano, la victoria sobre el egoísmo y el odio, la paz que viene de Dios y que nadie nos podrá arrebatar.

Por eso nuestro dolor, aunque es muy intenso, es, sin embargo, un dolor lleno de esperanza y podemos hacer nuestras las palabras del profeta que hemos escuchado en la primera lectura: “Me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha…No hago mas que pensar en ello y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza. Que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión. El Señor es bueno para los que en Él esperan y lo buscan. Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”.

Los discípulos de Emaus, según nos cuenta el evangelio, estaban tristes y desesperanzados y no hacían mas que darle vueltas al drama del calvario, sin terminar de entender. Pero Jesús resucitado, en persona, les salió al encuentro y se puso a caminar con ellos; y sus ojos se abrieron y, al partir el pan, es decir, en la Eucaristía, reconocieron su presencia y creyeron en su resurrección.

Hoy, también, el Señor sale a nuestro para caminar con nosotros, nos da su paz y nos invita a creer en la fuerza de su Palabra. Dejemos que esa Palabra cure nuestros corazones desgarrados y nos devuelva la esperanza.

Que la Virgen María en la advocación tan querida para Leganés de Ntra. Sra. de Butarque nos llene de su ternura maternal y de su consuelo y “después de este destierro nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre”. AMEN

Consagracion de Arantxa

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HOMILÍA DE LA CONSAGRACIÓN DE ARANTXA
Festividad de Jesucristo Rey del universo
21 de Noviembre de 2004

Queridos amigos y hermanos y muy especialmente querida Arantxa y queridos padres, familiares y amigos de Arantxa.

Quiero empezar con las palabras de S. Pablo en su carta, a los Colosenses, que acaban de ser proclamadas en la liturgia de la Palabra, dándole gracias a Dios, por haber llamado a su hija Arantxa a una vocación de especial intimidad con Él; y por su respuesta generosa a esta llamada; y por su familia en la cual su fe ha ido creciendo y madurando; y por las hermanas de la Fraternidad seglar en el Corazón de Cristo, entre las que su seguimiento al Señor se ha ido concretando y definiendo; y por todos los que hoy, llenos de alegría acompañamos a Arantxa y con ella alabamos a Dios por las maravillas que realiza en aquellos que fiándose de sus promesas quieren seguirle con todo el corazón: “Damos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido”.

Las tinieblas designan la situación en que se encuentra la humanidad antes de la venida de Cristo. Una humanidad encerrada en sí misma, sin más aliciente que el puro bienestar material, sin más esperanza que la que pudieran alcanzar con las fuerzas humanas, siempre frágiles y contradictorias, siempre insuficientes para poder responder al deseo de plenitud al que aspira el corazón humano, siempre abocadas a la muerte. Pero Dios, en su infinita misericordia, ha querido sacarnos de ese mundo de tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido. Nos ha llamado a encontrar en Cristo, como piedra angular, el sentido de todas las cosas. “El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura(...) Él es anterior a todo y todo tiene consistencia en Él”. En Cristo Jesús, el Hijo amado del Padre, nuestro Señor, nuestro hermano y nuestro amigo del alma, la vida se hace inteligible y nuestras débiles fuerzas, con el don de su Espíritu, se hacen capaces de tareas que parecen imposibles. Conocer a Cristo, seguir a Cristo, vivir en Cristo, morir con Él y resucitar con Él esa es nuestra vocación: la vocación de aquellos que hemos sido bautizados en el nombre del Señor. Nuestra vocación es salir del dominio de tinieblas y entrar en el Reino del Hijo querido del Padre y con Él, entrar en el misterio de amor de la Trinidad santa, para ser en el mundo, entre los hombres, nuestros hermanos, reflejo de ese amor. Nuestra vocación, queridos hermanos, es la santidad. Como nos dice el Concilio: “El Señor Jesús, Maestro divino y modelo de toda perfección, predicó a todos y cada uno de sus discípulos de cualquier condición que fueran, la santidad de vida de la que Él es el autor y consumador: “Sed pues perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt.5,48). Él envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente y así amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y con todas sus fuerzas (Cf. Mt.12,30) y se amen unos a otros como Cristo los amó (Cf. Jn.13,34; 15,12)(L.G.40)

Y dentro de esta vocación universal a la santidad, que brota del propio bautismo, Dios ha querido, por una gracia especial y para el bien de toda la Iglesia, elegir a algunos hijos suyos y entre ellos a Arantxa a una vocación de especial intimidad con Él. Es una vocación imposible de entender para quien no tiene más criterio de valoración que los valores de un mundo sin Dios. Pero es una vocación realmente maravillosa para quien desde la fe, reconoce y cree firmemente que Dios es el sumo bien y la fuente de todo bien. “Gustad y ved - nos dice el salmista- qué bueno es el Señor”. Cuando alguien se siente tocado en su corazón por la luz del amor divino y cuando Dios de una manera delicada y suave, pero muy honda, le invita a dejarlo todo por Él, no hay fuerza humana que pueda impedirlo. Es la experiencia que tan bellamente supo describirnos S. Juan de la Cruz: “Oh llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro; pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres; rompe la tela de este dulce encuentro”. Hoy podemos repetir, refiriéndolas a Arantxa las palabras de Jesús, en Betania, a Marta, cuando su hermana María permanecía absorta, a los pies de Jesús, escuchando su Palabra: “Sólo una cosa es necesaria. Arantxa ha elegido la mejor parte y nadie se la podrá arrebatar.”

La vocación de Arantxa, como ella misma dirá al pronunciar su compromiso definitivo es una vocación de amor, de servicio y de gozo.

Una vocación de amor a Jesucristo, con todo el corazón. Un amor esponsal, hecho de mutua entrega, de donación plena, de desprendimiento y de cruz. Ella prometerá ante nosotros, con la gracia de Dios, llevar a su plenitud con la ofrenda de su vida y un corazón virginal la configuración con Cristo que un día se realizó en los sacramentos del bautismo y la confirmación.

Una vocación de servicio a la Iglesia y a su misión evangelizadora. Arantxa, viviendo el sacerdocio bautismal en medio del mundo, identificada y transformada por el Señor, descubrirá el amor misericordioso y redentor que brota del corazón de Cristo y hará suya su sed por la redención de los hombres, en el seno de la Iglesia, por medio de María, la virgen humilde y fiel, que dejándose guiar por Dios y fiándose de su palabra, dejó que el Señor hiciera en ella maravillas. Hoy es especialmente urgente la evangelización y de una manera particular en nuestra Diócesis de Getafe. Hay mucha gente desorientada, muchas familias rotas, muchos jóvenes que necesitan que alguien les abra los ojos y les haga comprender que sólo en Cristo encontrarán lo que busca su corazón. Sabemos por experiencia, y Arantxa puede dar testimonio de ello, que cuando Cristo es anunciado con entusiasmo y ese anuncio va acompañado del testimonio de la propia vida y del signo de una Iglesia unida y esperanzada, nadie queda indiferente. Tenemos que seguir anunciando a Cristo con fortaleza de ánimo. El mundo necesita a Cristo para vivir en paz. Los jóvenes, tan abundantes en nuestra diócesis, necesitan ser evangelizados por los propios jóvenes. Y hoy os invito especialmente a todos los jóvenes que habéis venido a acompañar a Arantxa a escuchar la llamada de Dios y a ser protagonistas de la evangelización de los jóvenes. “Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto de la solicitud pastoral de la Iglesia; son de hecho- y deben ser incitados a serlo- sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social” (ChL.46)

Y también la vocación de Arantxa es una vocación de alegría. La alegría es lo propio de Dios. La alegría de una vida entregada a Cristo y a los hermanos y la alegría de la fraternidad. Cuando le pregunte dentro de unos momentos “¿qué es lo que pides a Dios y a su Santa Iglesia?”, me va a responder. “Amar a Jesucristo mi Redentor, con todo mi corazón, servirle en la Fraternidad seglar en el Corazón de Cristo y gozar de la compañía de las hermanas”. Que la compañía de las hermanas sea siempre un gozo para ti, Arantxa,. Vive intensamente el gozo de la fraternidad. Una fraternidad, construida por el Espíritu Santo, en la que Cristo y su obra redentora sea vuestra gran pasión, y el amor del Padre sea siempre vuestro fundamento y vuestra meta. Una fraternidad que como pequeña Iglesia sea icono e imagen viva de la Santísima Trinidad y signo en medio del mundo del poder de la gracia y del reino futuro, cuando Dios lo sea todo en todos. Una fraternidad así, sólo es posible, reconociendo en cada hermana, por encima de sus debilidades y limitaciones humanas, al mismo Cristo, que en cada uno de ellas os invita al desprendimiento, a la acogida y a la generosidad. Una fraternidad así sólo es posible, viviendo, en todo momento la caridad, con un profundo espíritu de oración y haciendo de la Eucaristía vuestro centro y vuestra meta. Que vuestra fraternidad sea, y de una manera muy especial en este año de la Eucaristía, un verdadera comunidad Eucarística, viviendo la Eucaristía, como banquete de comunión, sobre el que se edifica la Iglesia, como sacrificio redentor por el cual la Iglesia actualiza sacramentalmente el misterio de la cruz y hace posible nuestra participación en ese misterio convirtiéndonos con Cristo, por el don del Espíritu Santo en ofrenda agradable al Padre y como presencia real de Cristo en el Sagrario. Esa presencia que invita a una oración de intimidad, que nos anima y consuela en todo momento y que nos recuerda que Cristo, según nos prometió estará siempre con nosotros hasta el fin de los siglos.

Celebramos hoy la fiesta de Cristo Rey del universo, como resumen y síntesis de todo el año litúrgico que hoy concluye. Un rey que reina en la cruz. Un rey que muere, sediento de redención, perdonando a sus verdugos y abriendo las puertas del paraíso al ladrón arrepentido. Y Junto a este rey, Siervo de Yahvé, que en obediencia total al Padre, lo da todo amando a los suyos hasta el extremo, está María y con María la Iglesia. Que ella nos haga vivir este misterio de amor. Que la Virgen María, Madre del Redentor y Madre nuestra, nos haga partícipes, como ella, de la redención de Cristo viviendo el misterio de la Iglesia y que a nuestra hermana Arantxa, que con gozo va a hacer hoy su compromiso definitivo de consagración a Dios, la conduzca siempre por el camino de la santidad hacia Cristo, para morir y resucitar con Él, y ser testigo valiente, en el mundo, de su misión redentora.

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